Número 278  //  18 de Febrero de 2005  //  9 Muharram 1426

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Referéndum para una Constitución en Europa: una respuesta cuántica

Hashim Cabrera


A medida que se acerca la cita electoral, los ciudadanos vamos aproximándonos poco a poco al sentido de este evento y a valorar las probables consecuencias de cada una de las opciones. Siempre ocurre igual en los refrendos, que se trata de un posicionamiento radical a favor o en contra, que no contempla ni siquiera la neutralidad de la abstención pues ésta siempre favorece a alguien. Además, un referéndum es siempre un reconocimiento del poder a la soberanía popular, la necesidad y pertinencia del pronunciamiento de la ciudadanía sobre cuestiones que afectan de manera trascendente a sus vidas y a sus expectativas. Un seguro de legitimidad para el gobernante y un dilema más o menos intenso para el ciudadano. Hace ya mucho tiempo que los ciudadanos sabemos que no tomamos decisiones, que nuestra participación electoral es sólo un barómetro puntual indicativo de la marcha de la economía y de la alta política.

La construcción de una estructura supranacional como la UE se encuentra con las mismas contradicciones que existen en el diseño de los estados-nación, pero amplificadas hasta un límite tal que la brecha entre los poderes políticos y la ciudadanía se ensancha inevitablemente.

A medida que vamos conociendo los contenidos de esta CE nos damos cuenta de que expresa de una manera clara y sin ambages la naturaleza de la Unión Europea, su génesis y fundamento netamente economicista, que nos retrotrae a sus inicios como Mercado Común. Por lo tanto, pensar que ahora, con esta Constitución, Europa pierde sus valores ilustrados y se consagra al capital es no tener en cuenta la historia contemporánea europea. Es la Europa del capital la que se une precisamente para constituir una economía de mercado competitiva y eficiente. Por lo tanto no es un dato que la CE añada a lo ya trazado, sino que en cierta manera lo ratifica. Y se solicita su refrendo precisamente porque ha sido trazada así, porque necesita por eso mismo de la aquiescencia de la Europa real, la de los pueblos, la legitimación fundacional en la soberanía de los ciudadanos. Además, en este caso, el resultado del referéndum no es vinculante sino meramente consultivo. Todo esto debería hacernos comprender mejor la naturaleza del espacio sociopolítico que habitamos.

Ya lo dijeron con claridad los padres del pensamiento posmoderno: las sociedades postindustriales se caracterizan por su rendición al principio de la eficiencia, a la performatividad del sistema económico, sin que se pueda articular una alternativa real a este principio a menos que el propio sistema cambie como consecuencia de sus propias contradicciones internas y del desarrollo de tecnologías alternativas. Lyotard nos dice que economicismo y pragmatismo devienen juntos en las sociedades postindustriales, y las que conviven en Europa lo son sin ninguna duda.

Esta constitución es la expresión de lo que ha llegado a ser la agenda política eurocontemporánea, un proyecto donde los principios, ideas y valores ilustrados legitimadores quedan inevitablemente supeditados al mercado, relegados a su condición de señas de identidad históricas y culturales que, en cualquier caso, hay que defender y promover. Europa no es, por el momento, una excepción dentro del pensamiento dominante en la contemporaneidad, un pensamiento que consagra la eficiencia económica como principio vertebrador. A esto le llamamos de diversas maneras, pero básicamente lo conocemos como neoliberalismo o, más recientemente,  trasliberalismo. Y no es precisamente el modelo neoliberal lo que ahora está en juego en Europa sino su expresión, su puesta en práctica en relación con los pueblos, con los estados, con las culturas, sus posibles consecuencias sobre las sociedades.

Y he aquí que, en una situación de este tipo, los musulmanes que vivimos en España, nos damos cuenta de que esta CE es un marco de convivencia y desarrollo más adecuado, por ejemplo, que la Constitución Española, la cual, aunque ha proclamado el principio de libertad religiosa y la igualdad legal, aún no ha podido desarrollar en la práctica esos aspectos legales por una cuestión de simple evolución política, social e institucional, una situación que lleva a algunos políticos de izquierda a hablar todavía de la necesidad de una "segunda transición". En ese sentido la CE garantiza un marco de relaciones más laico y aconfesional que la española hoy vigente, aunque consagre grandes parcelas de poder a las iglesias. Nuestro posicionamiento favorable al espacio laico viene de antiguo, ya lo hemos razonado en diversos momentos y lugares. Ese es uno de nuestro puntos fundamentales de encuentro con los valores democráticos, una de nuestras mejores coincidencias políticas.

Es el pragmatismo el que aconseja el pacto. La política es pacto, negociación, y los musulmanes tenemos una referencia muy clara sobre la forma de hacer la política en las decisiones y actos del profeta Muhámmad, la paz sea con él, en su condición de líder político, de emir de una comunidad de seres humanos. El pacto surge siempre tras medir el poder de cada uno de quienes pactan, pero el pacto no es, en sí, el fin de toda política, tan sólo garantiza un status quo, una cierta paz social y las parcelas o delegaciones proporcionales de poder y responsabilidad. El verdadero fin de la política es, en la teoría al menos, la obtención de poder para articular, en el mejor de los casos, una transformación social, cultural y económica que beneficie al conjunto de la ciudadanía.   

En este tipo de referéndum siempre se acaba proponiendo, con toda razón, de que se trata de elegir entre esto y el caos, entre algo y la nada, habida cuenta de que no existe una alternativa que pudiese articular soluciones viables en calendarios posibles y de que la abstención siempre favorece a alguien, normalmente a quienes se oponen. En eso están de acuerdo las fuerzas políticas mayoritarias, gobierno y oposición, empresarios y sindicatos. Finalmente, —salvo en el caso flagrante de error e imprudencia temeraria de los gobernantes, como en la contestación a la guerra de Iraq— la mayoría cedemos ante la rotundidad de los hechos evidentes y asumimos así el pragmatismo como forma de expresión política, haciendo nuestro el viejo aforismo de que "la política es el arte de lo posible". Sin nostalgia alguna de la política moderna, de aquella que basaba insistentemente sus planteamientos en la dignidad de  los valores del pensamiento ilustrado. Hoy tal vez la política sea más sincera y más cruda que entonces.

El dilema entre el si y el no es el viejo dilema de Averroes, que es  siempre el dilema de la razón práctica e instrumental, el dilema del paradigma de la eficiencia, un modelo binario que se basa en una polaridad. De ahí la naturaleza de la consulta, binaria, trazadora, divisoria. Nadie puede obligarnos a interiorizar un dilema y mucho menos una paradoja. Eso sería algo así como terrorismo mental. Nadie, de hecho, puede hacerlo si nosotros no queremos. Podemos adoptar una solución amplia, ecuánime, casi cuántica. Decir "si y no" es decir que sí pero afirmando al mismo tiempo lo contrario. ¿Es esto posible? Para la moral de la eficiencia no, es imperdonable, pero para el pensamiento libre y creativo sí lo es, porque parte de la base de que nadie, ningún ser humano, ningún pueblo, conoce lo que el futuro le depara, y de que existen siempre factores imponderables. Tal vez nuestra enfermedad sea un mal intelectual, pobreza intelectual más bien, rendición al pragmatismo de la eficiencia, renuncia al pensamiento creativo, incluso a la filosofía y a la historia.

Pero el sí, en unas condiciones como las mencionadas, no implica necesariamente la rendición al paradigma de la eficiencia, al pleno ideario posmoderno, sino que más bien nos recuerda que esa rendición tuvo lugar hace ya tiempo, cuando las ideologías del siglo XIX, aún supervivientes en el siglo XX, hicieron aguas en la aldea telemática de McLuhan, en las redes de comunicación global, hace casi tres décadas. En ese momento los modelos sociales derivados del humanismo ilustrado se hicieron pedazos entre las trompetas del nuevo orden internacional. La globalización economicista es hoy como la construcción europea fue ayer. Es más, tal vez la construcción europea haya sido el modelo sociopolítico, un ensayo regional para proponer el mercado como instrumento para la globalización. ¿Cómo podemos entonces extrañarnos de que la CE sea como es? ¿Ha sido Europa —sus estados, sus pueblos, su ciudadanía— capaz de articular un tratado distinto en estos treinta años? ¿Hemos sido capaces?

Éstas son básicamente las razones y preguntas que pueden llevarnos a muchos musulmanes hacia el si en este referéndum, razones netamente pragmáticas, es cierto, que se corresponden con nuestras condiciones reales aquí y ahora, como minorías en expansión en el seno de una sociedad que se propone multicultural pero que inevitablemente produce una homogeneización de prácticas e ideas, en una sociedad postindustrial avanzada. ¿Cuál es marco más adecuado para nuestra vida en libertad? ¿Qué escenarios nos resultan más favorables?

Tampoco sabemos si ese sí, porque ningún ser humano puede saberlo, va a promover una lectura más humanizada del neoliberalismo, una expresión más culta del modelo globalizador, o por el contrario va a apuntalar con fuerza la resolución del genocidio global que ahora, desde las corporaciones norteamericanas, se impone como solución inevitable. Por cierto, que se trata de esa vieja y pragmática ideología que no ha cesado de camuflarse en todas las épocas y lugares para mantener a una clase en el poder, para garantizar su status quo. Los poderes nos recuerdan que la historia siempre se ha impuesto y escrito mediante la creación del consentimiento colectivo a la barbarie mediante cualquier tipo de coacción o seducción. ¿Consentiremos ahora en creer que la guerra y el genocidio son inevitables en aras de la pacificación global?

No podemos saber qué lecturas van a hacerse de un texto tan complejo ni qué leyes nos van a gobernar a la sombra de esta histórica propuesta que surge de viejas luchas entre enemigos íntimos, de dos guerras mundiales y de un siglo que se quedó a las puertas de la paz con la boca abierta.

Los partidos mayoritarios proponen el si porque en cierta manera comparten el poder, porque sus políticos conocen mejor que nadie el paradigma de la eficiencia, porque conocen la naturaleza pragmática de la política. El sí en un referéndum no vinculante es la aquiescencia que necesita el poder político para sentirse legítimo, y ahí el poder en cierta manera, con red y todo, se la juega, y se la juega aunque no sea más que por salvar la cara de la soberanía popular, para que conste en algún lugar esa soberanía, aunque sea sólo aquiescencia. Y también es una cruda verdad que el "no" es poco menos que nada, que fuera del sí no hay nada, ni no ni abstención, sólo fricción política y, en muchos casos, simple ansiedad de poder, conciencia resistente y residual, baluarte de inciertas y deseables transformaciones.

Las razones para pedir el no saltan a la vista, son fáciles de detectar, pero no por el texto de la Constitución Europea, sino por un modelo socioeconómico que se abre paso entre todos los pueblos de la tierra desde hace tres décadas y que ha situado el fin del vínculo social, de las tradiciones y las culturas en las fluctuaciones de los mercados. Ese paradigma ha condicionado desde el principio la construcción política europea.  

La pérdida de los modelos sociales y territoriales de la modernidad y el debilitamiento de las referencias ideológicas ilustradas, nos aboca a una contemporaneidad que incluye necesariamente el mestizaje como un bien necesario derivado de la globalización. La multiculturalidad nos hace transitar por una tierra de contrastes, de intercambio de visiones diversas y formas de vivir. El fin de las culturas será la fusión en una sola tierra, pero no nos gustará sentirnos como los animales en la granja de Orwell. Europa hace mucho tiempo que apostó por el modelo neoliberal y está gobernada por fuerzas muy conservadoras. La CE es una expresión cruda del papel secundario que ocupan en la política contemporánea las conquistas sociales de los pueblos y sus luchas reivindicativas, de su naturaleza subsidiaria con respecto al principio de eficiencia neoliberal. Adaptación, flexibilidad, movilidad de la mano de obra, de la ciudadanía, adaptándose incesantemente a las ondulaciones del mercado. Un proceso que vamos conociendo y padeciendo hace ya mucho tiempo, descubriendo una vez más, su forma voraz y camaleónica.

Evidentemente los musulmanes somos libres, como cualquier ciudadano, al decidir nuestro voto. No existe un ‘voto islámico’ frente a otro que no lo es. Habrá musulmanes que voten si, que voten no y que no voten. Decidimos en conciencia, según nuestra capacidad y sensibilidad. El voto político islámico, es decir, el voto de nuestros dirigentes y representantes legales es de hecho un voto institucional y, por lo tanto, necesariamente habría de ser favorable al sí, por un principio de coherencia institucional, de defensa de las instituciones democráticas que garantizan la libertad religiosa, de conciencia y expresión, por eso nada más y nada menos.

Él no tendrá un sentido político más positivo cuando exista un verdadero movimiento antiglobalización cohesionado, cuando una izquierda real exprese, desde las bases, las reivindicaciones alternativas emergentes, el antimilitarismo, la conciencia medioambiental, la redistribución, el desarrollo sustentable, etc, cuando esta conciencia forme mayorías suficientes en la sociedad civil global. Tal vez esa conciencia generalizada capaz de templar el modelo mercantil con una buena dosis de sentido social e ideas inteligentes y transformadoras venga de la mano de factores ahora imponderables: medioambientales, migratorios, etc, pero por el momento es sólo el tiempo para que un espacio ahora testimonial se convierta en una fuente posible y real de transformación social y civilizacional. Si y no es el sí de la conciencia que no quiere renunciar a la lógica ni a la posibilidad de imaginar un futuro menos hiriente.
 

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