Número 277  // 4 de Febrero de 2005  //  4 Dhu´ l Hiyya 1425

 Opinión

Comentario sobre el libro "El Islam para ateos"

Abden Nur Prado*
 

 

Se acaba de publicar el libro de Abdelmumin Aya, “Islam para ateos”, un libro del cual vimos el nacimiento, un parto doloroso y de consecuencias no siempre deseadas. Eso que hemos llamado “el resurgir de al-Andalus” no puede ser un camino de rosas, sino el resultado de un gran esfuerzo por parte de todos aquellos que nos reconocemos herederos de la civilización andalusí, de la cual sólo poseemos ruinas y baraka. Heredar es re-crear, volver a ver la vida de todo un mundo en unas circunstancias diferentes.

Haber visto como se gesta un movimiento de estas características, esto es lo que nos queda a todos aquellos que convivimos y compartimos ideas y pasiones con Abdelmumin Aya. No es una opinión determinada lo que cuenta, sino la carga de profundidad que la sostiene. No importa si estamos o no de acuerdo con los diferentes análisis e interpretaciones: lo importante es comprender esa fuerza, esa energía desbordante que se quiere canalizar hacia la re-creación de un mundo, mediante el descubrimiento de un “nuevo paradigma”, en esta lucha constantemente retomada contra el dogmatismo y el anquilosamiento de las teologías.

Es como ver un mosaico que aflora, el revelado de una fotografía tomada hace cientos de años y que ahora aparece en la conciencia de los andalusíes como una marejada. Un pensamiento tempestuoso, que quiere despertarnos de nuestras concepciones estancadas. Quiere acabar con todos esos añadidos y alejamientos que se han impuesto entre la Palabra de Al-lâh y el creyente, de todas las interpolaciones dogmáticas, las codificaciones que ya no sirven para nada.

Restituir un mundo que ha sido traicionado. Islam cristianizado / Islam descristianizado. Más allá de lo desacertado del planteamiento, dicha tarea nos lleva a tomar conciencia de los modos de manipulación y las medidas, de la distancia que separa una espiritualidad vivida como espontaneidad y una espiritualidad cosificada. Pero sobre todo, de la importancia que aún poseen las palabras, sin lo cual la escucha del Mensaje se nos hace imposible.

Islam para ateos dice más de lo que dice, y no lo dice todo. Hay en su centro algo que constantemente se escapa a las palabras, a la exposición concreta de ideas y conceptos. El trabajo de destilación llevado a cabo por Abdelmumin Aya —basado en la recuperación idealizada y descontextualizada de palabras coránicas— no le permite siempre sacar la cabeza del texto y ver en la globalidad que aflora ese mosaico del cual este libro es una pieza, del mismo modo que todos los capítulos son piezas del mosaico que el libro es por si solo, del mismo modo que el propio resurgir del Islam en al-Andalus no es sino una pieza del mosaico de la Creación de Al-lâh subhana wa taala, un instante del despliegue del Islam en la historia, un instante que debemos esforzarnos por ver enlazado con el Todo, aquí y ahora.

Ese mosaico aflora en los lugares que ya no esperaban recibir ningún mensaje, en las paredes gastadas de al-Andalus, gastadas por la historia pero blanqueadas por la inmediatez de la experiencia, de la urgencia de lograr la mayor plenitud en nuestras vidas. Ese mensaje que aparece en las paredes blancas de Andalucía, cuando nadie ya lo espera, es el mismo Mensaje que el Profeta Muhámmad (la paz y la oración de Al-lâh sean con él) recibiera en su trayecto del Uno hacia el Uno. Un Mensaje capaz de formar comunidad, de unir a los hombres entre si, pues no se basa en ninguna idea o pensamiento, sino en el aflorar de todo aquello que está en la esencia misma del ser humano: una dimensión telúrica que inunda todas las facetas de la vida, —el trato con los hombres, las caricias, la busca de sentido— y una conciencia del equilibrio interno de las cosas, de la balanza o ley que todo lo gobierna. Esa balanza que el Corán invoca, al-miçan, el propio equilibrio interno que rige la existencia, el balanceo y definitiva unificación de lo múltiple en lo Uno.

Aquí se hace evidente el fracaso, su autor no logra traspasar el velo, hacerse transparente para dejar que la tarea se realice a través suyo. Existe una sensibilidad en todo el tratamiento que quiere ser destacada, ponerse en primer plano, pero la minuciosidad de la tarea, la concreción escrupulosa de Abdelmumin Aya a una hipotética “pureza de la lengua árabe”, así como un talante reactivo contra el cristianismo, no lo han permitido. Islam para ateos es un sumergimiento que no permite distracciones, pues la urgencia expositiva se lleva aquí la mayor parte, y su autor ha pagado caro sus errores, su propia intromisión en la tarea que le ha sido encomendada. Donde debía aparecer un mosaico antiguo, han aparecido opiniones modernas, un anticristianismo muy del gusto de la época. Al-lâh carga a cada uno con lo suyo, y cada uno debe hacer de esa carga el motivo de un nuevo nacimiento.

Arrancar un velo, desproteger una herida y ver que está curada, que el mejor remedio para que las heridas de la mentira cicatricen es exponerlas, devolverlas a la intemperie que las vio nacer, a la experiencia de nuestra vulnerabilidad de criaturas. Islam para ateos es el poema del hombre vulnerable que quiere ser guerrero, que quiere ir más allá de su combate consigo mismo para exportarlo a la propia vida, y de ahí a la comunidad de los creyentes. Es el canto de aquellos que saben que es posible zafarse de la mentira y que han sido capaces de descubrirse en la intemperie.

*Abden Nur Prado es Secretario de Junta Islámica.
 

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