Número 195  //  22  de Noviembre de 2002  //  17 Ramadan 1423 A.H.

 LITERATURA

Reflexiones sobre la oración

Por Abbé Henri Stéphane


 

 
No es cuestión aquí de hacer un tratado completo sobre un tema tan difícil; conviene solamente dar algunas sugerencias relativas:

1- al lugar de la oración en la vida espiritual;

2- a la manera de comprender esta práctica.

Parece antes que nada indispensable recordar su origen histórico. A pesar de que se pueda atribuir la oración mental en su forma actual a San Francisco de Sales, no remonta sin embargo apenas más allá del siglo XVI: ni la regla de San Bruno, ni la de San Benito hacen mención de ella.

Estos hechos que, a ojos de algunos, podrían aparecer sin importancia, parecen tener por el contrario un alto significado y tener una importancia capital; ellos prueban que los hombres de la Edad Media tenían otra espiritualidad, hoy en día perdida, y que ellos podían pasar sin oración. La necesidad de oración, que los autores modernos recomiendan con insistencia, se debe a la desgracia de los tiempos, a la decadencia intelectual y espiritual surgidas del Renacimiento; es un «último recurso» destinado a compensar perfectamente las pérdidas de las que vamos a decir algunas palabras.

Esta decadencia puede resumirse en dos puntos principales:

1) Desaparición del esoterismo occidental, con la supresión de la Orden de los Templarios y de las Ordenes de Caballería, que se consuma con la ruptura con el mundo oriental; perdidas progresivas de las tradiciones de oficio: el artesano y el constructor de catedrales encontraban en su arte una verdadera iniciación, y «temas de meditación» en el transcurso mismo de su trabajo «litúrgico» y sagrado, lo que les dispensaba de hacer media hora de meditación todas las mañanas, meditación que rápidamente se olvida a continuación en la labor cotidiana «profana».

2) Como consecuencia de lo que precede, separación de la religión y de la vida, realizada por el Renacimiento. Habiéndose vuelto paganas la vida, los oficios y las artes, el hombre a no encuentra más en el simbolismo de las cosas el alimento natural de su vida espiritual. La ciencia profana acentúa la pérdida del simbolismo de la naturaleza y es necesario crear medios artificiales, de orden psicológico, para regenerar imperfectamente una mentalidad espiritual que, ya no siendo engendrada por la «eficacia sacramental» del mundo exterior, tiende a ser puramente «interior», imaginativa y sicológica. La perdida del sentido espiritual de las cosas desembocará en una reacción protestante contra una religión de practicas que se han vuelto puramente «formalistas», para no mantener más que el culto «en espíritu y en verdad» preferible a un «ritualismo» desespiritualizado.

Es en el seno de esta decadencia donde nace la oración concebida como la «reanudación» de los «valores espirituales» que no proporciona ya más la contemplación del mundo exterior, ni el uso de los símbolos tradicionales de los que se ha perdido el significado. La oración aparece entonces como un ejercicio autónomo y metódico, orgánicamente distinto de todos los demás, viviendo su propia vida, ejercicio por el cual, después de habernos instalado en una especie de «estado meditativo» (un estado de concentración diríamos hoy en día), introducimos en nuestra consciencia una idea santificante para considerarla con nuestra memoria, nuestro entendimiento y nuestra imaginación. Esta consideración debe tener como objetivo el conmovernos y llevarnos a resoluciones, y después a actos conformes a la idea o a la virtud meditada. Es un instrumento de educación de la voluntad.

Como lo dijimos más arriba, es una ejercicio autónomo, distinto de todos los demás, viviendo su vida propia. Ahora bien, esto es muy grave, y marca claramente la separación no solamente de la religión y de la vida, sino además de la oración así concebida y de la vida litúrgica, como si la vida religiosa consistiese en actos de voluntad independientes de los ritos simbólicos que confieren la gracia.

El primer escollo a evitar será por lo tanto el separar la oración mental de la oración litúrgica. Son dos modos complementarios de toda vida espiritual. Pero la oración litúrgica, que es la plegaria oficial de la Iglesia, Esposa sagrada y Cuerpo místico de Cristo, es evidentemente superior a la oración metal individual, y más agradable a Dios. La Iglesia, con sus ritos sacramentales y su Oficio Divino, aparece así como la Fuente en la que se alimenta el fiel; o, si se prefiere, ella ofrece a las almas, con vistas a su santificación, un alimento que puede resumirse en dos fuentes esenciales, la Eucaristía, alrededor de la cual está centrada toda la liturgia sacrificial, y la Santa Escritura que sirve de base principal al Oficio Divino o a la liturgia de la alabanza (liturgia de las Horas).

El alma se alimenta entonces de este doble Manantial divino participando en la liturgia, pero además es necesaria que ella asimile, que ella digiera este alimento: este será el papel de la oración mental. En esta perspectiva, sin embargo, en lugar de ser visto como un ejercicio autónomo viviendo su propia vida, o como un comercio íntimo y un coloquio del alma con Dios, la oración metal es reubicada en su relación normal vis-a-vis con la oración ritual; esto impide que esta última degenere en ritualismo, en gestos incomprendidos, infructuosos, vacíos de todo contenido espiritual, en rutina o en psitacismo. Pero, a su vez, la oración ritual evita que la oración mental degenere en un puro ejercicio psicológico que puede desembocar en un rumiar puramente interior en el cual la acción individual de las facultades mentales del sujeto corre el riesgo de impedir la acción del Espíritu Santo, que se ejerce normalmente por la vía sacramental de la Iglesia. En otras palabras, la oración mental «aislada» está más o menos separada de la fuente de la que ella toma su alimento; corre el riesgo entonces de «desvariar» sobre ideas «desencarnadas» al estar privadas del soporte material que constituye el simbolismo sacramental, y puede desembocar también en una mística desenfrenada. Así, la oración litúrgica aparece ala vez como la fuente irreemplazable, la «regulación» y el «soporte» material de la oración mental, al mismo tiempo que ella multiplica por diez la acción individual del sujeto por su participación en la acción comunitaria de la Iglesia.

Si se objeta que la oración y los ritos no son más que medios para llegar al objetivo de la vida espiritual, es decir a la unión con Dios, y que la oración mental parece más directamente orientada hacia esa unión, hay que responder que el «medio próximo» de unión con Dios es la gracia santificante, y que, si la oración mental consiste en el ejercicio de las facultades espirituales bajo la acción de la gracia, de las virtudes teologales y de los dones del Espíritu Santo, es importante permanecer en relación con la Fuente de la gracia, y no hacer de la oración mental un ejercicio separado de la Fuente en la que se alimenta. La oración mental no es en si misma más que un medio, que pone en juego las facultades humanas, y que, además, no puede pretender igualar la acción de un rito: ella debe de estar por lo tanto subordinada a este último (1).

En resumen, plantearemos en principio, que la oración mental debe quedar subordinada a la oración litúrgica, en relación estrecha con ella, puesto que ella consiste en la «digestión» y en la asimilación interior del alimento espiritual proporcionado por la oración litúrgica.

Una vez planteado esto, podemos ahora precisar en que consiste la oración; su naturaleza depende, en efecto, del lugar que ocupa en la vida espiritual, y, en particular, de la dependencia que hemos reconocido en ella vis-a-vis de la oración litúrgica. Pero antes, es importante retomar la cuestión por la base y hacer algunas distinciones indispensables.

Se confunde a menudo «meditación» y «oración»; ahora bien, «meditar» sobre una virtud, hacer nacer «afecciones», tomar «resoluciones», o incluso meditar un misterio, una parábola, un versículo del evangelio, no es hablando con propiedad «hacer oración», a pesar de que estos dos ejercicios puedan compenetrarse en la práctica. La primera está más bien orientada hacia la acción y la educación de la voluntad, la segunda hacia la contemplación, a pesar de que aquella deriva de «la plenitud de esta». La oración es por lo tanto superior a la meditación, que puede reducirse a una simple lectura «reflexionada»; de esta manera encontramos en ciertas obras la gradación siguiente: lectio, para dar ideas y una materia a meditar; meditatio, para que estas ideas penetren en el alma; oratio y contemplatio. Ahora bien, «rezar», no es hablando con propiedad «meditar», es «orar»; la oración es una plegaria mental, más interior que la plegaria vocal a menudo amenazada por el psitacismo. La oración nace con motivo de la meditación, pero, en el fondo, sucede a esta ya que, en el transcurso mismo de la práctica, se pasa de una a la otra, sin que en realidad se mezclen. Por ejemplo, meditar sobre el Prologo de San Juan puede situarnos en «estado de oración»; en esto la meditación favorece la oración que a su vez tiene como término la contemplación. Pero, repitámoslo, la oración es, como la palabra indica, una plegaria: orare. Esto nos invita a retomar rápidamente la cuestión de la plegaria.

En un primer grado, la plegaria aparece como un «coloquio» del alma con Dios, concebido como «exterior» al alma y distinto del hombre. Son dos seres distintos puestos de alguna manera uno frente al otro, y el hombre habla a Dios que le escucha: él le dirige todo tipo de peticiones que Dios es «rogado» de conceder. Subrayemos sin embargo, como dice santa Teresa, que la simple recitación del Pater puede invitar a Dios a ponernos en la contemplación perfecta.

La oración metal es concebida como algo más interior; constituye un grado de más en la vía de la interioridad, pero no difiere esencialmente de la plegaria. Es todavía un coloquio, pero más íntimo, entre el alma y Dios visto siempre como distinto del alma, pero «menos exterior». Se toma más conciencia de la presencia de inmensidad de Dios en el alma, de la presencia de la gracia y de la inhabilitación trinitaria; sin embargo este modo de representación reposa en una visión antropomórfica del mismo género que para la plegaria ordinaria: es un coloquio más profundo del alma y Dios.

Ciertamente no se puede recurrir más que a metáforas y antropomorfismos, pero existen modos de expresión menos antropomórficos, que «delimitan» a la verdad desde un poco más cerca. De esa manera parece preferible ver la oración, mental o no, no como un coloquio en el que el alma y Dios parecen ser puestos en el mismo plano, sino más bien como una apertura del alma a la gracia; es eso lo que expresa la palabra orare («abrir la boca»), y el versículo del Salmo: Os meum aperui et attraxi Spiritum (2); es eso también lo que expresa la palabra «adoración»: abrir la boca hacia.. Dios. Esta manera de ver las cosas conlleva entonces una actitud general del alma «orante», más pasiva sin duda, pero que tiene menos riesgo de entorpecer la acción del Espíritu con un parloteo insípido y pueril. Esto parece muy de acuerdo a la expresión de San Pablo: «Nosotros no sabemos lo que debemos pedir, según nuestras necesidades, en nuestras oraciones; pero el Espíritu él mismo ora por nosotros con gemidos inefables» (Rom. VIII, 26). La oración aparece entonces como apertura del alma a la acción del Espíritu que quiere orar en ella y realizar allí el misterio de la Vida trinitaria, lo que San Pablo llama un poco más lejos «los deseos del Espíritu»; aparece la oración como una actitud del alma que se pone en estado de disponibilidad, de receptividad, de docilidad vis-a-vis la gracia y la acción santificante de la Voluntad del Cielo, o aún más como una «dilatación» del alma bajo la acción del Soplo divino, pudiendo ir hasta el excessus mentis, al éxtasis de la Contemplación perfecta. Pero el alma no puede, normalmente, abrirse a la Gracia más que si ella está situada en la Fuente de esta, Fuente que es de orden sacramental, como lo hemos dicho, y re-situamos así la oración mental en su relación normal con la oración litúrgica: ésta, Fuente de la Gracia que fluye del costado abierto del Cristo por la intermediación de su Esposa Sagrada, la Iglesia, invade al alma «abierta» y dilatada que se sumerge de alguna manera en esta «fuente de vida surgiente» , para beber ahí la «bebida de inmortalidad».

Así vista, la oración aparece menos como un coloquio en el que el alma y Dios se ponen en el mismo plano, en el que el alma, ejerciendo sus facultades mentales, parece jugar el papel principal y corre el riesgo de entorpecer la acción del Espíritu, que como una actitud, caracterizada por las palabras «apertura», «receptividad», «disponibilidad», etc., en la que Dios juega el papel principal y en el que el alma se borra para dejar a Dios realizar en ella el Misterio de la Vida Trinitaria, Misterio de Pobreza y de Caridad, el Misterio del Amor, del Don total, del Perfecto Extasis de las Tres Personas en la Unidad de un mismo Espíritu. El papel de la voluntad es entonces menos el de producir actos de virtud específicos por su objeto, que el de apartar los obstáculos a la acción divina y realizar la transparencia del alma a la Luz Increada, por el desapego de todas las cosas, el despojamiento de si, la «dimisión del yo», y el «revestimiento de Cristo», que es el único capaz de ofrecer al Padre un sacrificio de alabanza, es decir «el fruto de los labios que celebran su nombre» (Heb. XIII, 15).

Al comienzo de esta ascensión «mística», el alma se «dilata» al ritmo de la plegaria vocal: rosario, letanías, recitación de los Salmos, etc. En el segundo grado, el alma medita uno solo versículo, por ejemplo: In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum (3), entrecortando este «rumiar interior» de «silencios» más o menos prolongados, y armonizando, si se quiere, este ejercicio al ritmo de la respiración corporal, símbolo de la «respiración mística» que es la oración. En el límite de esta ascensión, el alma se establece en el Silencio de la Contemplación perfecta: ha llegado a ser la «lira» perfectamente dócil al Soplo Divino, ejecutando la Perfecta Sinfonía del Silencio Eterno en la Pura Luz de la Contemplación y en la consumación del Amor.

Reflexiones sobre la oración (II)

Que el lector no espere encontrar aquí un tratado completo de la oración, sino solamente algunas sugerencias destinadas a hacerle reflexionar sobre una cuestión mucho más complicada que lo que se cree habitualmente.

No se retiene ordinariamente de la oración más que uno de los aspectos bajo el cual se puede verla, la oración de petición, y se olvidan las otras. Se basa esto —y con razón— en varios pasajes de las escrituras como estos: “Pedir y se os dará; buscar y encontrareis; llamar y se os abrirá; (Mat. VII, 7); “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, yo lo haré; (Juan, XIV, 13).

Uno se cree entonces autorizado a pedir no importa que cosa, favores temporales u otros, y uno se extraña de no ser complacido; en particular, se interpreta mal el pasaje precedente de San Juan: “Todo lo que pidáis;. Se olvida “en mi nombre;, lo cual significa que se trata de una plegaria hecha en nombre de Jesús, dicho de otra manera; aquel que ora lo hace “en tanto que discípulo de Jesús; y continuador de su obra, de su misión ya que, el “nombre; en lenguaje bíblico significa la “misión;. Esta plegaria es principalmente la que hace la Iglesia; la eficacia prometida no concerniría por lo tanto más que a la obra redentora y no se aplicaría a cualquier cosa, sin solamente a la santificación de las almas.

Hecha esta reserva en lo que concierne a la indicación de orar “en nombre de Jesús; que se encuentra en otros lugares de San Juan, se puede admitir que la plegaria recomendada en los Sinópticos (Mat. VII, 7; XVII,19; XXI, 22; Marc. XI, 24) tiene un objeto y una eficacia menos limitadas. Todo el mundo se pone de acuerdo sin embargo en reconocer que Dios no satisface más que las plegarias que El juzga salvíficas.

Sin entrar en detalles podemos decir que esta segunda reserva (sumisión a la voluntad de Dios) es suficiente para asegurar a la oración de petición el carácter de humildad y de confianza requerido para evitar el atribuirle un efecto mágico o supersticioso.

Pero existe otro aspecto de la oración, muy a menudo mal apreciado, es la oración de adoración, por la cual el alma reconoce su dependencia frente a Dios, su pequeñez, su miseria, su “impotencia para todo bien; (Santa Teresa de Lisieux); es la oración del publicano. Todos están de acuerdo en reconocer que la adoración es la forma más alta de la oración pero además es ella la que da a la oración de petición el máximo de eficacia con las reservas hechas más arriba.

La adoración es esencialmente una actitud del alma, que se pone en estado de disponibilidad o de receptividad frente a la gracia. No busca el alma acosar a Dios con sus peticiones, abrumarlo bajo una montaña de formulas apremiantes. Su expresión más alta es el fiat voluntas tua o, si se quiere, todo el Pater, con ocasión del cual Cristo recomienda “no multiplicar las palabras, como lo hacen los paganos, que se imaginan ser complacidos a base de palabras; (Mat. VI, 7); la adoración es una orientación del alma que se pone en la “línea de la Gracia;; es una apertura del alma a la Luz de Lo Alto, es una docilidad del alma a la acción soberana del Espíritu.

Disponibilidad, receptividad, orientación, apertura, docilidad, son palabras que hay que meditar para coger su contenido. Tales serán los trazos característicos del alma “orante; orare, abrir la boca, con el fin de “aspirar; el Espíritu: “os meum aperui, et attraxi spiritum; ( Salmo 119, v.131: “He abierto la boca y he atraído el Espíritu en la Vulgata; en hebreo simplemente: “Abro la boca y aspiro;)

A fin de cuentas, es necesario siempre remontar al Principio ya que es Dios quien actúa, es Dios quien quiere “rendir gloria; a si mismo a través nuestra, con tal de que nosotros estemos disponibles, receptivos, dóciles, etc. es el Espíritu él mismo quien ora en nosotros y por nosotros, quien ruega al Padre que acabe en nosotros y por nosotros la obra de santificación y de santidad, que realice en nosotros y por nosotros el misterio de pobreza de amor, el misterio del aniquilamiento del Verbo Encarnado, de su Pasión y de su Muerte, el misterio de su Glorificación, de su Resurrección, de su “Exaltación;, el misterio de la “renovación de todas las cosas;, del “renacimiento espiritual;, de la “vida nueva;, de la “vida sobrenatural;, de la “vida eterna; y del éxtasis de Amor de las Tres Personas.

La voluntad del Padre es por tanto la de realizar en nosotros su obra de amor. Así hay que comprender la palabra de San Pablo: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, ya que nosotros no sabemos lo que debemos, según nuestras necesidades, pedir en nuestras plegarias. Pero el Espíritu mismo ora por nosotros con gemidos inefables; y aquel que sondea los corazones conoce cuales son los deseos del Espíritu, él sabe que ora según Dios para los santos; (Rom. VIII, 26-27)

El deseo del Espíritu, es el de encontrar un alma suficientemente disponible, desapegada, pobre en espíritu, suficientemente receptiva, pura, transparente a la Luz, orientada hacia el Padre y hacia el Reino, abierta a la “fuente de agua viva brotando hasta la vida eterna; (Juan IV, 14), dócil a su acción purificante y beatificante, suficientemente despojada, desposeída, despejada de si para no entorpecer la Acción del Espíritu; es el deseo de encontrar “en el Padre, los verdaderos adoradores en espíritu y en verdad, aquellos que el Padre busca; (Juan, IV, 23), !y no “pedigüeños; de “gracias temporales;! de manera que no es ya más esta alma la que ora, la que “farfulla;, la que “gorjea;, la que corre el riesgo de obstaculizar la acción del Espíritu por su “desatino;, sus formulas hechas, despachadas con toda prisa; es el Espíritu el que hace al Padre la verdadera alabanza de gloria del Verbo Encarnado, con tal de que el alma despojada de si y revestida del Cristo no sea más que una pura disponibilidad entre las manos de Dios, una pura transparencia a la Luz increada: “No soy yo quién vive (o quien ora), es el Cristo quien vive en mí; (Gal. II, 20). “He aquí que estoy ante la puerta y llamo: si alguien escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré con él, cenaré con él y él conmigo; (Apoc. III, 20).

Alquimia de la oración

«No sabemos lo que debemos pedir en nuestras plegarias. Pero el Espíritu mismo ora por nosotros con gemidos inefables; y aquel que sondea los corazones conoce los deseos del Espíritu; él sabe que ora según Dios por los santos» (Epístola a los Romanos VIII, 26).

Los «deseos del Espíritu», son la «aspiración del Aliento»: «El Espíritu Santo, el cual, a manera de aspirar, con aquella su aspiración divina, muy subidamente levanta al alma y la informa, para que ella aspira en Dios la misma aspiración de amor que el Padre aspira en el Hijo y el Hijo en el Padre, que es el mismo Espíritu Santo, que a ella la aspiran en la dicha transformación.» (San Juan de la Cruz, Cántico espiritual A, 38).

El Padre profiere el Verbo, y de ahí procede el Espíritu. Al alma «anima» es el Aliento de Dios en el hombre y en el Cosmos. Dividido por la «caída», este «Aliento» debe retornar a la Unidad del Espíritu: in unitate Spiritus Sancti.

El Verbo se encarna en la Virgen –anima mundi, Substancia universal, Inmaculada Concepción– bajo la acción del espíritu. «El Alma del mundo» es así reintegrada en la Unidad; ella es «asumida» por el Espíritu; es la Asunción de la Virgen. Así debe suceder en el alma, que ha llegado a ser «virgen», del hombre.

La Virgen, fecundada por el Espíritu, engendra el Cristo-Jesús. El alma del hombre, llegada a ser «virgen» bajo la acción del Espíritu, profiere el Nombre divino de Jesús: es la «oración de Jesús» practicada en el hesicasmo. En realidad, es el Padre quien engendra al Hijo Único por el Espíritu Santo en el alma que se ha vuelto «virgen» y que la «transforma» –alquimia– en «la aspiración divina» (anima transformada en Spiritus).

La «oración pura» es pues una «alquimia» del alma.
 

Notas:

1.- Habría, de profesar la opinión contraria, una tendencia al «pelagianismo».

2.- Salmo 119,131: «He abierto mi boca y he atraído al espíritu», según el latín de la Vulgata; el hebreo dice simplemente: «Abro la boca y suspiro».

3.- «En tus manos, Señor, pongo mi espíritu» (Oficio de Completas).
 

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