Número 192  //  8  de Noviembre de 2002  //  3 Ramadan 1423 A.H.

 AL- ANDALUS

Anales de Córdoba musulmana (711-1008)

Por Antonio Arjona Castro *



 


Iniciamos en este número la publicación de una serie de documentos recogidos por D. Antonio Arjona Castro, médico cordobés profundamente interesado en la cultura hispano musulmana de Al Andalus, a la que ha dedicado años de reflexión y estudio. La presente obra es una recopilación de textos sobre la Córdoba musulmana.

Siguiendo el criterio de Olagüe, hemos considerado de dudosa fiabilidad tanto los textos beréberes que se refieren a los primeros tiempos (Ajbar Maymu’a) como las crónicas trinitarias de los mártires cordobeses, textos que, en ambos casos son muy posteriores a los hechos que narran. La desaparición de prácticamente la totalidad de los documentos del siglo VIII, no sólo en España sino también en Francia, y al otro lado del Mediterráneo, hace muy difícil precisar donde acaba la historia y empieza la leyenda. El cuestionamiento lleno de sentido que Ignacio Olagüe hace de la existencia misma de Abd al Rahmán I, nos ha hecho adoptar el criterio de publicar sólo aquellos documentos que, al menos, están hablando de sucesos acaecidos realmente, y constatados no sólo por la documentación sino también por los testimonios arquitectónicos y las obras de arte y la poesía.

Comenzamos en las fechas en las que Olagüe sitúa la eclosión pública del Islam en la ciudad de Córdoba, casi un siglo más tarde de lo que sostienen los historiadores oficialmente admitidos.

Reinado de Abd al Rahman II (822)

Documento núm. 31

822-852. ‘Abd al-Rahman II y los zalmedinas de Córdoba

“Cuéntase de ‘Abd al-Rahmán ben alhakam que le fueron llegando repetidas quejas contra los zalmedinas ("sahib al-madina") que iban nombrando para la ciudad y juró que nombraría para ese cargo de la ciudad a hombre alguno de Córdoba. Para ello tomó informes de quiénes eran dignos para el caso entre los clientes suyos que vivían en provincias y se le recomendó al Muhammad ben Alsalim por las bellas cualidades que le adornaban, diciéndole que era hombre que había hecho la peregrinación a la Meca y por lo demás prudente y modesto. El primer día que comenzó a ejercer su cargo, cuando ya estaba a caballo, dispuesto para ir al alcázar, se le dijo que habían encontrado un cadáver en la calle de Carniceros metido en una sera. Inmediatamente dio órdenes para que lo trajeran y al presentárselo (como no conocieran al muerto) mandó que lo descargasen en la calzada ("al-rasif" (del Guadalquivir), pues pudiera ser que allí (lugar sin duda de mucho tránsito) pasara por su lado alguien que lo conociera. También ordenó que la sera se la trajesen y al presentársela vio que era nueva: "Que vengan los estereros, dijo; no sólo los comerciantes que las venden, sino también los industriales que las trabajan." Una vez llegados todos hizo que se les presentaran los principales y les preguntó: "Las seras y los capazos, ¿se trabajan de manera que no se pueda saber cuál es la mano que los ha hecho o pueden conocer unos las manos de otros?" Ellos contestaron: "Suelen conocer unas obras de los provincianos de las que hacen en Córdoba."

Entonces dispuso que les mostrasen la sera y (al verla) dijeron: "Esta es obra de fulano, que precisamente está ahí fuera, entre los que han venido." Dispuso el gobernador ("‘amil") que se les hiciera pasar; le expuso la sera y el hombre dijo:

"Sí, efectivamente; la sera me la compró ayer un muchacho que llevaba el traje de los domésticos del "Sultán", de tales y tales señas." Y dijeron los de la policía ("Shurta") y comerciantes: "Esas señas son las de fulano, el Mudo." La policía se echó sobre su casa, la registraron y se encontraron los vestidos del muerto. Cuando tuvo noticia de ello ‘Abd al-Rahmán, lo nombró ministro ("al-Wazir") al propio tiempo que siguió de zalmedina y tal prestigio alcanzó que, cuando entraba él en la sala del consejo de ministros, todos ellos deferían de su parecer.

(Ibn al-Qutiyyá, Iftitah, pp. 69-70 del texto y 55-56 de la traducción de Ribera.)
 

Documento núm. 32

822-852. ‘Abd al-Rahman II introduce medidas organizativas en la vida palatina y realiza diversas obras en los alcázares y mezquitas. Construye el arrecife de la orilla derecha del Guadalquivir, en Córdoba. Establece en Córdoba las fábricas de Tiráz y la Ceca [‘Dar al-Sikka"]

“El fue el primero que extendió a las costumbres de los califas el boato, la ostentación y ceremonial de servicio y revistió el califato de ilustre gloria. Levantó los alcázares, llevó a ellos el agua. Construyó el arrecife y levantó sobre él las galerías ("Saqa’if"), edificó mezquitas mayores ("aljamas") en al-Andalus e hizo la siqaya [conducción de agua] sobre el arrecife. Creó las fábricas de tejidos ("Tiráz") y hizo nueva su obra. Estableció la ceca en Córdoba y engrandeció su reino.”

(Ibn ‘Idari, Bayan II, 91 del texto árabe.)
 

Documento núm. 33 a

Más detalles sobre las obras realizadas en Córdoba por ‘Abd al-Rahman II Construcción de dos pórticos de la Mezquita aljama

“‘Abd al-Rahmán fue el primero que organizó la comparecencia de los juristas en el alcázar y les ordenó que discutiesen en su presencia. Dotado de gran penetración de espíritu, construyó alcázares y muchos lugares de recreo y acrecentó con dos pórticos la Aljama de Córdoba. Sus días fueron prósperos y felices, se multiplicaron los bienes en su tiempo, mantuvo en pie el esplendor de su reino y ordenó sus fundamentos. Fue el primero que trajo el agua potable a Córdoba, introduciéndola en sus alcázares, y construyó para el sobrante de aquélla un gran estanque, del cual bebía la gente cuando salía de los alcázares. Dios, que es alto, se apiade de él.

(al-Nuwairi, Nihayat al’Arab p. 42 del texto y 45 de la traducción de Gaspar Remiro.)
 

Documento núm. 33b

833-834 [=27 enero al 16 enero]. Ampliación de la mezquita Aljama de Córdoba por ‘Abd al Rahman II

“En este año se hizo el ensanche de la mezquita Aljama, desde las columnas gruesas (ary’ul) que hay entre los muros hasta la qibla.”

(Ibn ‘Idári, Bayan II, p. 84 del texto árabe.)
 

Documento núm. 34

833 [septiembre]. Eclipse de sol

“Y en el año 218 [=833-834] ocurrió un gran eclipse de sol, con el cual se ocultó el sol y se mostraron las tinieblas. Y esto fue antes de la puesta de sol, en los últimos días de ramadán.”

Ibn ‘Idári, idem.
 

Documento núm. 35

845-846 [=7 agosto 845 a 28 agosto 846]. Sequía y hambre

“En este año (231 H.) hubo una gran sequía que afectó a al-Andalus: se perdieron los ganados, se quemaron las viñas, hubo plaga de langosta, aumentando la carestía y las dificultades para subsistir.”

Ibn Hayyán, Muqtabis, edic. M.A. Makki, El Cairo, 1971, p. 143.
 

Documento núm. 36

848 [diciembre]. Se terminan las obras de ampliación de la mezquita Aljama

“La ampliación de ‘Abd al-Rahmán ben al-Hakam... fue con pilares [=aryul], siendo su extensión de 50 codos de largo por 150 de ancho. El número de columnas, dentro de sus muros, fueron 80. La inauguración de esta ampliación fue en yumada 1 de 234 [=diciembre 848].”

Ibn ‘Idari, Bayan II, 230 del texto árabe.
 

Documento núm. 37 a

849-850, año 235 H [=26 julio 849-J5 julio 850]. Se desborda el río Guadalquivir y el Genil. Inundaciones

“En este año sobrevino una gran riada en el río de Córdoba en el mes de rayab al-Quman [=enero 850], que es análogo al mes de Yunayr [=enero] del año solar, que es el comienzo del año de los cristianos en al-Andalus. Se salió de madre el agua del río [de Córdoba] y del mismo modo lo hizo el río Shanil [=Genil]. Este carcomió los arcos y los pilares del puente sobre Ecija. También se desbordó el curso del río en la kura de Sevilla, aunque parece que aquí se detuvo la riada; no obstante, entre Sevilla y la desembocadura en el mar inundó 16 aldeas.”

Ibn Hayyán, Muqtabis, Edic. M. A. Makki, p. 145-6.
 

Documento núm. 38

s. a.’Abd al-Rahman II ordena la construcción de la mezquita Aljama de Baena

“Bayyána: ... está dotada de un castillo inaccesible ("mani’u") y en ella hay una mezquita aljama ordenada construir por el Imán ‘Abd al-Rahmán y que tiene un mimbar (=púlpito]...”

(al-Himyari, Raed al-Mi’tar, p. 59 del tomo y 75 de la traducción de Léví-Provencal.)
 

Documento núm. 39

s. a. Detalles sobre la ampliación de la mezquita aljama de Córdoba por ‘Abd alRahman II

“El emir ‘Abd al-Rahmán (II) dio orden de agrandar la gran mezquita de Córdoba. Se le añadió el espacio que se extiende desde las grandes pilastras de piedra que se alzan en el interior del edificio, y que aparecen a los ojos de quien penetra en la mezquita, hasta el fondo del santuario, constituido por la trasera del mihrab.

Para estos trabajos hizo reunir los materiales más ricos y empleó en la construcción un número considerable de hábiles obreros. Encargó la dirección de las obras al primero de los eunucos de su corte Nasr y a su colega Masrwr en su deseo de acelerar el fin de los trabajos, asegurando, no obstante, la premura su solidez. Alláh le asistió con su ayuda, gracias a lo cual alcanzó sus designios. El ensanchamiento se realizó como deseaba (‘Abd al-Rahmán). Designó también como inspector de los trabajos al cadí y encargado de la oración en Córdoba Muhammad ben Ziyád...”

(Yadwat al-Muqtabis, Lambert: Ann. Inst. Est. Orientales, 11,1936, pp. 165-179.)
 

Documento núm. 40g

852, verano. Se celebra un concilio de obispos, presidido por el metropolitano Recafredo, para intentar refrenar el martirio de cristianos. Los obispos reunidos desautorizan el martirio voluntario. “San Eulogio” acusado de instigador

“Turbación de los cristianos y varios pareceres que emitieron en el concilio de obispos celebrado en Córdoba. En tal consternación muchos cristianos, inútiles para el granero del Señor, y merecedores -como paja- del incendio inextinguible, rehusando huir o padecer con nosotros y también ocultarse, abandonan la piedad, reniegan de la fe, abjuran de la religión y blasfeman de Jesucristo. ¡Oh dolor!, éstos se entregan a la impiedad de la ley musulmana, someten su cerviz a los demonios, blasfeman, denuestan y revuelven a los cristianos. Muchos, que antes, en sano juicio, celebraban los triunfos de los mártires, ensalzaban su conducta en la lucha, así sacerdotes como legos, mudan ahora su parecer, disienten, tienen por indiscretos.... “

“Mas los que en un principio no dejaron de censurar la conducta de los santos, y por todos los medios trabajaron para denigrar su intención, murmurando de ellos; esos mismos, por no poder hacer daño a los valerosos soldados, volvieron sus iras contra mí, esparciendo la especie de que yo era el autor de toda esta novedad y que instigados por mí iban voluntariamente al martirio. Llegó a tanto que un cierto exceptor, poderosos en riquezas y vicios, que no era cristiano sino de nombre, por sus obras desconocido de Dios y sus ángeles, quien desde un principio se había declarado detractor y enemigo de los mártires, hombre murmurador, chismoso, inicuo, arrogante, soberbio, pagado de sí mismo y malvado; éste, cierto día en presencia del concilio de obispos, con su lengua viperina lanzó contra mí muchas injurias. Decretó éste, como presidente del concilio, condenar a los cristianos que persistían en ir al martirio voluntario (talia meditandes), vituperarlos e ir contra ellos; él, el más desgraciado de los mortales, lo hizo por temor de perder el honor, es decir, la privanza del Emir; él, que no se preocupó de honrar a los mártires, antes bien mandó se propagase por doquier a las gentes que obraban mal, presentándose a las jueces.

Mas aunque forzados en parte por el miedo y en parte por el parecer de los prelados, que el emir había mandado venir por esta causa de diversas provincias, firmamos algo que halagase los oídos del Rey y de los pueblos muslimes, o sea, que en adelante se prohibía presentarse al martirio, no siendo lícito a nadie hacer profesión de fe ante los jueces sin ser interrogado; pues así quedaba decretado en las actas firmadas por los padres. Sin embargo, aquel documento en manera alguna vituperaba a los que morían por esta causa; es más, dejó traslucir algún elogio hacia los que en lo sucesivo combatiesen por la fe. Dicho decreto tenía un sentido alegórico, por eso no eran capaces de comprenderle, sino los más avisados. Yo no creo exento en culpa aquel decreto simulado, pues conteniendo una cosa y significando otra parecía dictado para apartar a los fieles de ir al martirio. Es más, pienso que no se debe darle publicidad, sino se explica rectamente su sentido.”

(San Eulogio, Memorialis Santorum, cap. XV, 1, 2 y 3.)
 

Documento núm. 41 a

852, septiembre, 22, noche del miércoles al jueves. Muere el emir ‘Abd al-Rahman II y es enterrado en el panteón de los califas en el Alcázar de Córdoba

“Muere el emir ‘Abd al-Rahmán (II) ben al-Hakam ben Hishám b. ‘Abd alRahmán ben Mu’awiya b. Hishám b. ‘Abd al-Málik ben Marwán, la vela del jueves a tres días pasados de Rabi ‘II de este año [=22 septiembre 852] y se enterró el jueves en la tumba de los califas en el Alcázar de Córdoba. Cerca de su tumba estaban enterrados sus hermanos, al-Mugira y Umaya. Rezó la oración fúnebre su hijo, el emir Muhammad ‘Abd al-Rahmán. Había nacido en Toledo en el mes de Sha’ban del año 176 [= octubre-noviembre 792], desempeñando entonces su padre, al-Hakam, el gobierno del emir Hishám. Su reinado fue de treinta y un años, tres meses y seis días. Murió a la edad de sesenta y dos años.”

(Ibn Hayyan, Muqtabis edic. M. A. Makki, p. 158.)
 

Documento núm. 41b

852. Sobre la enfermedad y la muerte del emir ‘Abd al-Rahmán II

“Se aisló el emir ‘Abd al-Rahman ben al-Hakam de la gente antes de su muerte por un período de tres años a causa de la enfermedad que le produciría la muerte y que le afectó largo tiempo.

La fiebre se avivó, arruinó su cuerpo y debilitó su persona hasta la caquexia; llevó la melancolía a su ánimo y acentuó su tristeza de tal modo que alteró el período de su reinado.

Se dice que verdaderamente dijo el emir un día al mayor de sus servidores íntimos, cuando ya le afectaba su enfermedad. Y con los servidores estaba Sa’dun, jefe ("za’¡m") de ellos, el cual había sustituido a Nasr después de su muerte. Le dijo: "¡Oh, hijos míos! -y en esto les hablaba con cariño en la intimidad-. Cada vez veo menos de cerca como de lejos, y, por otro lado, tengo prohibida por mi enfermedad la salida hacia el campo. Antes me distraía subiendo a la atalaya y contemplando desde allí el paisaje, pero ahora mi cuerpo está débil y por eso pregunto si esto no tendrá remedio." Entonces le respondieron: "Sí lo tiene, nuestro señor." Acudió inmediatamente el jefe de los sirvientes para cumplimentar su deseo. Y tomaron un sillón de caña de bambú y colocaron al Jalifa cómodamente sobre un cojín blando de plumas y lo sentaron. Sus sirvientes se lo colgaron al cuello. De este modo subieron hacia la "‘illyya" por su cuerpo central, el cual era de las construcciones que erigió el emir sobre la Bab al-Yinan [= Puerta de los jardines], una de las puertas meridionales del Alcázar. Luego el descenso lo harían de la misma forma. Y se ayudaron en aquel paso transportando al emir por las revueltas de la escalera de caracol. Se paraban en el descenso cada vez que quería el emir, evitando así que se fatigase.

Colocaron el cuerpo del emir ‘Abd al-Rahmán sobre aquel colchón, lo aseguraron por todos los lados para evitar que se cayese y lo subieron lentamente hasta que llegaron a la parte más alta de la ‘illyya (= mirador), sentándole en la parte delantera de ella, aproximándole hacia la puerta central de la misma. Se alzaba sobre la parte delantera de la sahra (= desierto) del arrabal que hay delante de la puerta del Alcázar y se explayó con su mirada en ella. Contempló las colinas de la campiña y delante el río, por donde los barcos subían y bajaban.

Se ensanchó su espíritu y se alegró su corazón. Por ello dio las gracias a sus servidores y les dijo: "¡Oh mis hijos! Tratadme familiarmente con vuestro lenguaje, dejadme disfrutar de vuestra conversación y seguir hablando entre vosotros como cuando estáis solos, como cuando estábais preocupados por los sufrimientos cuidándome de mi enfermedad."

Así lo hicieron con amabilidad, por lo que el emir gozó con ello.

Pasaron la mayor parte del día en esta ‘illyya (= altillo) y cuando se venía la noche encima lo trasladaron a su habitación. Pero mientras le preparaban para esto el emir seguía absorto con su mirada en el desierto ("sahrá"‘) del arrabal. Entonces observó un rebaño que allí pastaba, pero no veía el pastor que guardaba las ovejas y entonces dijo: “¡Oh mis hijos! ¿Cómo es que este ganado está suelto y no le guarda nadie?" Sus sirvientes, tras reflexionar un momento, le respondieron: "¡Oh, nuestro señor!, allí está el pastor que lo conduce, sobre un lado de la sahra’, descansando, frente al huerto de Tarub." Gozó largamente en su descenso y mientras dijo: "¡Oh!" Luego fijó la vista en el ganado y empezó a llorar de tal modo que sus lágrimas humedecieron su barba, mientras decía: “Yo quisiera, por Dios, ocupar el lugar de aquel pastor y no estar sujeto a la esclavitud del mundo ni de las cosas de la gente!" Luego pidió perdón a Dios repetidas veces y oró. Luego le bajaron a su cama y no tendría otro día semejante a éste en lo que quedaría de vida.

Refirió Ahmad, hijo del emir Muhammad ‘Abd al-Rahmán, lo siguiente: Contrajo la enfermedad mi abuelo, el emir ‘Abd al-Rahmán, la cual le ocasionaría la muerte. Su prolongación le agotó físicamente. Se prolongó mucho tiempo con episodios de mejoría y agravamiento, debilitándose progresivamente a pesar de los frecuentes tratamientos que recibió por los esfuerzos de los médicos con múltiples medicamentos ("shifa"‘).

Anunció el momento de su muerte a ellos cuando enfermó. Y cuando faltaban cuatro días para su fallecimiento, más o menos, y hubo un respiro en su enfermedad. Se avivó la fuerza de su presunción en la enfermedad y evidentemente mejoró de su debilidad. Y ordenó que le sanaría el baño, y en efecto se equilibró su fiebre y no concilió el sueño en él, mejorando su color, ordenando que le tiñeran y embellecieran. Conversó de sí mismo en el paseo junto con sus servidores, reclamando un paseo donde él esperaba la contemplación (del paisaje). La muerte se aproximaba a él en su cita. Luego decidió la ejecución, llamando a su hayib ‘Isa ben Shuhayd, estando éste en seguida delante de él la misma mañana en que Dios decretó su fin.

Le comunicó, a su hayib, que estaba mejorado de su enfermedad (‘mardá") y entonces le dijo el emir: ‘¿Cómo ves mi color ‘Isa?" Y éste le respondió: "¡Dios sane al emir, mi señor! Mejore su color para siempre y lleve a mi señor a la recuperación, vuelva a la vida con la integridad de luna en su eclipse con la gracia de Dios sobre él y su familia."

Se alegró el emir  con lo dicho y le respondió: ‘Ciertamente una de nuestras nobles mujeres nos pidió la renovación de fidelidad sobre ellas en el viaje por causa del recreo según la costumbre.

Y aligera y toma un tiempo para la ejecución de nuestro paseo para completar el plan sobre él. Apresúrate en los preparativos porque viene la aurora de la mañana con la potestad de Dios."

Y se dio prisa el hayib ‘Isa para realizar su proyecto. Entonces dijo el emir a la Rashida que ataba a su cabecera, entra en el armario real de la ropa ("jazanati al-Kiswat") y elige para nosotros de la tela brocada de los vestidos Yusufiya los más vistosos de su clase.

Y pasó la Rashida hacia el departamento y trajo el vestido Yusufiyya floreciente, no vieron los ojos otro más bello que él. Y ordenó después al más grande de los servidores que viniera el jefe de los sastres ("arif al-jayyatin") en el Alcázar para cortar para él tela para su vestido. Y extrae de él -continuó diciendo- una capucha para su hayib ‘Isa como si se vistiera a él, para el paso de ambos por la mañana temprano. Y reúne a los artesanos para acabar el traje para los dos. Y trajo hacia él el criado con la respuesta del jefe de los sastres. Y dijo que la costura o hechura de tan delicada piel no se podía hacer en semejante tiempo del que disponía para tan delicado trabajo del tejido y por la perfección de su bordado y que era imposible poner todos (los operarios) las manos sobre él. Pues se habían perdido las piezas de los bonetes (capuchas), lo cual arreglaría tomando para ello para su hayib de los restos de las telas y las porciones de las más distales de ella.

Enojó aquello al emir y quebró a él hasta que le doblegó su hayib ‘Isa respecto aquello por su benevolencia. Alivió a él el asunto y le dijo: ‘Con lo que contiene el armario del emir de telas y los suntuosos bonetes que hay en él, hay opción para trabajar esta tela, lo que no asegura que no haya una equivocación en la rapidez (...)"

Y colocó el traje sobre el sillón en el maylis [= salón]. Para ello ‘Isa había trabajado sin descanso para hacer realidad el deseo del emir. Pero el día terminó, el emir hizo la oración de al-Magrib [= puesta del sol], pero entonces su enfermedad se avivó y le visitó la muerte. Vomitó, pidiendo la jofaina. Luego vomitó sangre a chorro, repitiéndose el mismo episodio varias veces, no terminando su mal hasta que echó por su boca el alma (es decir, hasta que murió).

Dios decretó su muerte y colocó en su lugar al emir Muhammad aquella misma noche. Por ello el nuevo emir cuando vio el traje, el tan esperado, y recordó las circunstancias que tuvo su padre con él la tarde anterior, dijo: "Aparta la mortaja del emir, ¡Dios ilumine su rostro!" Se hizo lo que ordenó. Aquí termina el relato del Ahmad hijo del emir Muhammad.”

“Descripción de los rasgos físicos del emir ‘Abd al-Rahmán: era alto, de perfil aguileño, de ojos grandes y negros con las cejas pobladas y la barba abundante, la que solía teñir de alheña.”

(Ibn Hayyán, Muqtabis, edic. M. ‘Ah Makki, pp. 158 al 163 del texto árabe)
 

Documento núm. 42

852-886. Los médicos cordobeses en tiempos del emir M’uhammad (852-886)

“En tiempos del emir Muhammad sobresalieron en el cultivo de la medicina:

Hamdin b. Ubba [= Oppas). Fue experto y hábil médico. Era yerno de los Banu Jalid. Tenía en Córdoba toda clase de bienes y propiedades. Sólo montaba en los caballos de sus cuadras, comía de sus cosechas, vestía de lino de sus fincas y se hacía servir por los hijos de sus esclavos nacidos en su casa.

Yawad, el médico cristiano. Vivía en la época del emir Muhammad. Es autor de la’uq que lleva su nombre y del medicamento ("dawa"‘) del monje. Las pociones "basun" (= veneno compuesto) se atribuyen a él y a Hamdin. La poción de Hamdin tenía ciento un ingredientes ("‘aquir"), todos de ellos vegetales ("sayariyya"). AI-Harrani. Llegó procedente de Oriente, en la época del emir Muhammad. Construyó la mezquita que lleva su nombre, o sea, la de al-Harrani, que está en la proximidad de la mezquita de al-Quman, y allí tenía su casa. Introdujo en al-Andalus un ma’yun [= mezcla, electuario] para los dolores de vientre, que vendía a cincuenta dinares el tratamiento ("saqya"). Así adquirió mucho dinero.

Cinco médicos, entre los que se encontraban Hamdin y Yawad, reunieron cincuenta dinares y le compraron una dosis de esa droga. Cada uno de ellos se marchó con parte de la misma: la olió, la gustó y puso por escrito lo que le habían revelado sus sentidos. Luego se reunieron, se pusieron de acuerdo sobre lo que creían y lo escribieron. A continuación se marcharon a al-Harrani y le dijeron:

"Dios te ha concedido un gran beneficio con esta droga que eras el único en conocer. Nosotros, los médicos, te hemos comprado una dosis y con ella hemos hecho eso y esto y hemos llegado a tal y cual conclusión. Si ésta es exacta hemos conseguido los que buscábamos; si no, haznos copartícipes de su composición, pues ya has obtenido bastantes beneficios." Al-Harrani pidió que le enseñaran la fórmula y luego dijo: "No habéis omitido ni un solo ingrediente, pero no habéis acertado en la determinación de los pesos." Este medicamento es conocido con el nombre de al-Mugit al-Kabir [= el gran auxilio]. Les dio a conocer la composición y desde entonces fue utilizado en al-Andalus. He visto escrito este relato con letra del emir de los creyentes, al-Mustansir. ¡Dios tenga piedad de él!, en casa de Abu-l-Asbag al-Rázi.

Le sucedió otra anécdota: Se encontró la descripción de un medicamento en el cual debía utilizarse la tuffa’ de tal y cual manera. Pero no se sabia qué era la tuffa’ Se le preguntó: “¿Tienes Tuffa’?" Contestó: "Sí" Se le añadió: "¿Cuánto cuesta un peso de dos dirhemes?" Replicó: "Diez dinares." Una vez los tuvo en su mano les sacó hurf [= berro, Lepidium sativum U.) Exclamaron: "¡Esto es hurf y sabemos lo que es!" Al-Harrani les replicó: "No os he vendido la droga en sí, sino la explicación de su nombre".

(Sulayman b. Hassan ibn Yulyul, Kitab tabaqat al-stibba’ wa-l-hukama, edic. Fu’ad Sayyid, El Cairo, 1955 p. 94 y trad. J. Vernet, An, Est. Med. 5 (1968) pp. 454-455.)

* Publicaciones del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba. Córdoba 1.982
 

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