Número 191  //  29  de Octubre de 2002  //  23 Sha'ban 1423 A.H.

 AL- ANDALUS

Al-Andalus: Patrimonio científico y pensamiento europeo

Por Pierre Philippe Rey
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Situada en el norte del Maghreb y al sur de Europa, al-Andalus es la heredera del pensamiento racionalista, filosófico y científico de la Persia y la Grecia antiguas, reformulado a la luz del universalismo nacido de la dialéctica fecunda entre las tres grandes religiones monoteístas que hizo coexistir. Transmitió esta nueva razón universalista a Europa del norte, directamente o transitando por Sicilia, su hermana gemela.

Una figura marca más que cualquier otra esta aparición del racionalismo europeo en al-Andalus: Ibn Rushd, Averroes, médico, jurista y filósofo. Nos detendremos en él, señalando, sin embargo, que Averroes no es más que la culminación de un largo proceso anterior.

Existe, en efecto, una verdadera "ruta de la racionalidad universalista" que convendría estudiar etapa por etapa, como se estudia la ruta de la seda o la ruta del oro y la de las especias. Su punto de partida es el conjunto Maghreb-África Occidental musulmana. Es allí, en efecto, donde en el siglo VIII de la era cristiana florecen dos corrientes del jariyismo: el ibadismo (que existe hasta nuestros días en el Maghreb, en Mzab en Argelia, en Djerba en Túnez y en Djebel NaBusa en Libia, además de Omán y Zanzíbar) y el sufrismo (desaparecido desde hace varios siglos). Estas corrientes, muy democráticas desde su fundación en Arabia, se encontraron con la tradición de democracia de clanes propia de los beréberes de África del Norte y se fusionaron con ella. Por lo demás, esto hizo triunfar el Islam en el África del Norte: mientras que los primeros conquistadores musulmanes sunitas ortodoxos, conducidos por Okba Ibn Nafi, vencido y muerto en una batalla contra el jefe beréber Kuceila, no hablan logrado convertir a los beréberes con las armas, algunos misioneros pacíficos y pobres, armados únicamente con su saber (se les denomina "hamallet el-ilm" es decir, portadores de la ciencia) difundieron las doctrinas disidentes sufritas e ibaditas de un extremo a otro de esa región. Más aún, los clanes beréberes se convirtieron en masa a ese Islam disidente y democrático que los unificaba y les permitía así resistir eficazmente a las nuevas tentativas de conquista de los orientales: la islamización masiva y profunda de los beréberes se realizó contra la conquista árabe.

Así pues, desde el siglo VIII de la era cristiana esa corriente disidente del Islam instalada en el Maghreb, al mismo tiempo que en Omán, desarrolló y dio una nueva formulación a los logros científicos y técnicos de Grecia y Persia. Sin embargo, así como el saber en la sociedad sumamente jerarquizada de la Persia antigua, e incluso en la democracia restringida de Grecia, estaba reservado a una minoría, los ibaditas lo difundieron a todos con una voluntad de generalizar la escolarización, que sólo se volverá a dar en la Historia después de la Revolución Francesa. Se pasa, pues, de una concepción iniciatica a una concepción universalista del saber. Por lo demás, los ibaditas renunciaron muy pronto a la guerra santa ofensiva como medio de difundir su doctrina, recurriendo en su lugar a la escolarización.

A fines del sigloVIII esta doctrina atraviesa el Sahara y produce en África negra la única versión del Islam que se conocerá en esa región durante siglos y acompañará la expansión de la diáspora soninke y, más tarde, malinke que la población de habla árabe denomina "wangara" y que conocemos hoy con el nombre de diula. Codificado en el siglo XV por el-Hadj Salim Suware, el Islam diula aparece en sus rasgos principales como heredero del ibadismo. Uno de los principales grupos islamizadores wangara-diula, los saganogo, era ibadita a mediados del siglo XIV, según Ibn Battuta. La aparición de ese Islam portador del racionalismo universalista en el sur del Sahara, esta temporalmente tan próxima a su instalación en África del Norte que consideraremos que el punto de partida de la ruta de la racionalidad universalista es el conjunto África del Norte-África Occidental musulmana y dataremos en el siglo VIII de la era cristiana el comienzo de ese movimiento.

En España, la difusión de esa corriente religiosa entre los beréberes (que desde el principio constituían las dos terceras partes de la población musulmana instalada en la Península Ibérica) culminará en el gran levantamiento beréber contra los árabes orientales en 742, revuelta que explica mucho más que la batalla de Poitiers q1le la expansión musulmana hacia Europa del Norte se detuviera. Los grupos árabes de España, divididos entre originarios de la "Arabia Feliz" y originarios del desierto arábigo, sólo lograran restablecer la situación con la instalación de los omeyas, expulsados de oriente por los abasidas (750). Los omeyas comprenderían muy pronto que sólo podrían gobernar España apoyándose en el elemento musulmán demográficamente dominante, es decir los beréberes, cosa que harán hasta la desaparición de su dinastía a principios del siglo XI. A lo largo de todo el imamato ibadita de Tahert en África del Norte e incluso después (piénsese en el apoyo prestado por los omeyas al levantamiento ibadita radical de Abu Yazid contra los fatimidas de 943 a 946) los omeyas mantendrán una alianza privilegiada con los ibaditas de África del Norte, por la que transitarán los conocimientos científicos y técnicos de esos ibaditas (por ejemplo, de matemáticas, astronomía, navegación o irrigación de las zonas áridas, y además de historia. E1 gran historiador andaluz Al-Warraq recogerá directamente del hijo de Abu Yazid, refugiado en Andalucía tras la derrota y muerte de su padre, los datos sobre las genealogías beréberes y sobre África negra, que ulteriormente reproducirán Al-Bakri e Ibn Jaldún). Sin embargo los omeyas, e incluso el conjunto de los beréberes de España, no se adherirán al ibadismo sino que serán masivamente sunitas de la escuela malekita. Se trata, sin embargo, de un malekismo abierto y tolerante, como lo era el propio ibadismo.

Más de un siglo transcurrirá entre la caída de los omeyas de España y el nacimiento de Averroes, pero precisamente durante este periodo de circulación intensa de ideas y riquezas entre el África negra de los wangara, el África del Norte ibadita y la España omoya se constituye la cultura andaluza que florecerá en los siglos siguientes.

Ese florecimiento se traduce en los siglos X, XI y XII por un desplazamiento del polo científico del mundo musulmán de Oriente a Occidente. Mientras que en los siglos VIII y IX la totalidad de los científicos célebres del mundo musulmán estaba concentrada en Bagdad, en los siglos X y XI Córdoba es más importante que Bagdad a ese respecto y superará todo el Oriente en los siglos XII y XIII. Por lo demás, El Cairo experimentó un auge paralelo al de Córdoba, pero en menor escala (véase Paul Benoît y Françoise Michaud, L'intermédiaire árabe?, mapas págs. 158 y 159, en Michel Serres, Eléments d'Histoire des Sciences, Bordas, tercera edición, 1994).

En los autores que acabamos de citar esa ruta de la ciencia musulmana, de Oriente a Occidente, no pasa por el Tahert ni el Djebel NaLusa ibaditas, pese al considerable numero de hombres de ciencia que un historiador como Tadeusz Lewicki repertorió en las mismas épocas, según las crónicas de los propios ibaditas. Seguramente, porque las fuentes en las que se apoyaron los autores de los mapas citados (Dictionary of Scientific Biographies y Encyclopédie de l'Islam) no atribuyen a los sabios ibaditas una proyección suficiente fuera de su corriente religiosa para que figuren en sus repertorios. Pero ciertamente también porque el saber en el mundo ibadita, sobre todo en los siglos considerados en este articulo, es tan difuso que no sobresale ningún personaje en particular: se trata de un saber de masas y no de un saber minoritario. Sin embargo, el paso por Tahert y por el mundo diula (en el que los nombres de los sabios son totalmente desconocidos, aparte del nombre colectivo saganogo o el nombre particular mucho más tardío de el Hadj Salim Suware Cisse) se lee indirectamente en la historia de la filosofía musulmana, la falasfa: ésta, cuya denominación es la deformación persa-árabe de su nombre griego flosoffa, procede en Oriente a su autodestrucción. Es lo que se puede leer en el movimiento que lleva de Ibn Sinâ (985-1036, Avicena en la Europa medieval), persa profundamente marcado por la filosofía griega, a Al-Ghazali (muerto en 1111), persa igualmente, nacido en Jurasan, que se propone destruir el legado racionalista griego-persa de los filósofos musulmanes anteriores, cuyo más brillante representante es Avicena, estableciendo el ateísmo profundo. La obra de Al-Ghazali, Tahafut al-falasifa, (Destrucción o Incoherencia de la Filosofía) tiene ese objetivo.
El paso por el universalismo ibadita y su influencia científica en Andalucía permite al andaluz Ibn Rushd (1126-1198, Averroes en la Europa medieval) zanjar esa querella de persas (o de greco-persas). En efecto, responde a Al-Ghazali con su Tahafut al-Tahafut (Destrucción de la destrucción o Incoherencia de la incoherencia) , titulo tan hegeliano que cuesta darse cuenta de que procede de la pluma de un filósofo del siglo XII. En dicha obra muestra que no hay contradicción alguna entre el discurso elitista de los filósofos y el discurso universalista de la religión, sino que se trata sencillamente de dos modos de exposición de una misma verdad: la Revelación. Cuando esta en contradicción con la razón tal y como la han constituido los filósofos, se deberá reinterpretar hasta que la contradicción desaparezca. Aparece así un nuevo Universal, el de la Razón, Universal inmanente que paulatinamente va a sustituir en los siglos siguientes al Universal trascendente revelado.

En Andalucía es donde se constituye esta Razón Universal como algo distinto de la religión, mientras que para los ibaditas de África del Norte, la Ciencia, Ilm, es la unidad del saber religioso universalista y el legado científico y técnico profano de griegos y persas (los imanes ibaditas de Tahert, los Rustam, son los descendientes directos de una de las más célebres familias persas a la que pertenecía su antepasado, el general en jefe que mandaba las tropas sasanidas en la batalla de Qâdisiyya, donde, en el año 14 de la Hégira los persas sufrieron su primera gran derrota ante los musulmanes; por ellos transitó una parte considerable del saber persa. En el siglo XII se autonomiza en Andalucía la Razón. Se trata de un hecho propio de esa época, consecuencia del gran auge de las ciencias y las técnicas. Entre los contemporáneos de Averroes, dan testimonio de una comunidad de planteamientos dos nombres muy próximos al suyo: el de su compañero Ibn Tufayl y el de Ibn Maimun, de religión judía, conocido en la Europa medieval con el nombre de Maimónides.

El mensaje racionalista de Averroes pasaría un siglo más tarde a Francia. Por lo demás, poco faltó para que pasará directamente a Alemania; en efecto, el emperador alemán Federico II de Hohenstaufen, nieto por su padre de Federico I Barbarroja, era al mismo tiempo rey de Sicilia, ya que por su madre era nieto de Roger de Sicilia, el primer conquistador normando de la isla. Ahora bien, el rey normando había seguido rodeándose de una corte musulmana, cambiando poco el modo de vida de la isla. Por lo demás, a él esta dedicada la obra principal del gran geógrafo árabe Al-Idrissi, denominada por ello Kitab Rudjar (El libro de Roger). Federico II consolidó aún más este aspecto interno y, en cuanto al exterior, se unió a la dinastía ayubi de El Cairo y Damasco, lo que le sirvió para entrar pacíficamente en Jerusalén, ciudad que los cruzados no habían logrado conquistar. Los Papas sucesivos le juraron un odio mortal, pero gracias en particular a sus ejércitos musulmanes sicilianos logró resistirles durante toda su vida; se vengaron en sus descendientes, a los que exterminaron hasta el ultimo. Federico II hizo construir en la parte continental del reino de Sicilia, es decir el sur de Italia, una universidad en la que discutían las inteligencias más brillantes de la época, cristianos, judíos y musulmanes. Era grande en ella la influencia de Averroes, cuyas obras, junto con las de Aristóteles y Tolomeo, fueron traducidas al latín. Federico II, que tenía suficiente poder político para hacerlo, mostraba un ateísmo mucho más claro que el de Averroes, pero la destrucción de su dinastía dejó su empresa sin porvenir. Con todo, su primer ministro en Sicilia, Tomás de Acerra o Tomás de Aquino, tenía un sobrino que, impregnado muy pronto de la cultura árabe y de averroismo en esa Universidad seria, con el nombre de Santo Tomás de Aquino, el principal crítico y al mismo tiempo el principal propagador de las teorías averroistas en la cristiandad.

Como el papado exterminó, si no a Federico II en persona si al menos a sus descendientes, el pensamiento averroista tuvo su mayor difusión en Francia, lo que se explica por dos razones geopolíticas. Sin ser verdaderamente aliados, el rey de Francia, Felipe Augusto, y el joven emperador Federico II combatían a los mismos enemigos, los sajones y anglosajones. La batalla de Bouvines (1214), de la cual han oído hablar muchos escolares franceses, es un episodio de esas luchas convergentes. Desconfiado igualmente del papado, Felipe Augusto comenzó a dotar de estatutos a la Universidad de París desde 1215 (año siguiente a Bouvines). Esta, en particular su Facultad de Artes en la que se cursaban los primeros años de estudios y se obtenían los primeros diplomas universitarios, se convirtió algunos decenios más tarde en feudo averroista. A mediados del siglo XIII dos de los más célebres "averroistas latinos", Siger de Brabante y Boecio de Dacle, enseñaban en esa Universidad el pensamiento del maestro andaluz, que se convirtió así en el origen del pensamiento racionalista francés casi cuatro siglos antes de Descartes. A esa Universidad acudió Santo Tomás de Aquino para combatir (aparentemente) pero también para difundir (realmente) ese nuevo racionalismo. Su obra Contra Averroes está dirigida, por lo demás, más contra los averroistas latinos que contra el propio Averroes.

Ulteriormente ese pensamiento racionalista universalista proseguiría su camino en Francia, desembocando en el siglo XVII en los sistemas de los grandes filósofos-matemáticos-físicos, Descartes, Pascal y Leibniz (este último alemán, pero escribió parte de su obra filosófica en francés; gran conocedor de Aristóteles, también hizo traducir una alegoría filosófica de Ibn TuLayl, amigo y émulo de Averroes) y, en el siglo XVIII, en el naturalismo de Buffon y el evolucionismo de Lamarck, antes de culminar en la Ilustración, con los enciclopedistas, Voltaire y Rousseau.

Ese pensamiento llegará a su apogeo con la Revolución Francesa, que se llevó a cabo bajo el estandarte de la Razón Universal, pero desembocó en una filosofía de la Libertad, plenamente elaborada por Hegel, en la que la razón triunfante del siglo XII al XVIII aparece fusionada, pero también subordinada a la construcción principal del espíritu humano, la Libertad.

Así avanza la ruta de la Razón Universalista. África del Norte y el África negra occidental son el lugar de su nacimiento en los siglos VIII y IX. Andalucía es el lugar de su autonomización en relación con la Revelación en los siglos X, XI y sobre todo XII. Es principalmente en Francia donde proseguirán su construcción y la conquista, paso a paso, de todo lo que antes dependía de la Revelación. Su victoria total con la Revolución Francesa la llevará a su subordinación a una finalidad que lo engloba todo: la Libertad.

Hoy en día Europa se ve tentada por un retorno al antirracionalismo, cuya horripilante figura hizo renacer el nazismo de los años 30 y 40. Para luchar contra la nueva ola de ese antirracionalismo que amenaza actualmente con sumergirnos, Europa debe dejar de creer que es en este continente donde nació y se resumió su pensamiento racionalista. Ese racionalismo le llegó de otras regiones: África del Norte y África Occidental y Andalucía, que pertenece geográficamente a Europa, pero de la que ésta trata constantemente de olvidar que le debe lo que la constituye. Sólo si es capaz de volver a relacionarse a través de la historia de Andalucía con África del Norte y África Occidental, punto de partida de la ruta de la racionalidad universalista, sólo si es capaz de integrarlas en el lugar que les corresponde, es decir, el lugar fundador de su Ser mismo, podrá Europa evitar la nueva decadencia que la acecha.
 

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