Número 186  //  12 de Septiembre de 2002  //  5 Rajab 1423 A.H.

 AL ÁNDALUS

Ibn Hazm de Córdoba, polemista incansable

 



 


Polemista incansable

Tras diversas vicisitudes, en el año 1023 fue proclamado califa Abd al-Rahman Mustazhir, nuevo pretendiente legitimista omeya y hombre especialmente culto. Ibn Hazm fue llamado a colaborar en las tareas de gobierno y nuestro hombre, gozoso, prestó todo su apoyo al nuevo proyecto, que, sin embargo, fue especialmente efímero. Apenas un mes y medio después el califa había sido ejecutado e ibn Hazm se encontraba en la cárcel. Desde este momento, ya intensamente desengañado, renunció plenamente a la política activa y se dedicó, siempre errante y perseguido, a los estudios jurídicos y teológicos. Todas las traumáticas experiencias vividas en estos años de desolación habrían de hacer exclamar a ibn Hazm que la flor de la guerra civil es estéril. Desde ahora el que pudo haber sido un cortesano de éxito se convirtió en un implacable moralista radical, dotado de una conciencia cada vez más solitaria, que habría de buscar el conocimiento de una ciencia que sería contestada por todos. 

Ibn Hazm, en su juventud consagrado a la vida política y a la creación poética, llegó a convertirse en un escritor erudito e intensamente fértil que se dedicó con especial apasionamiento a los estudios filosóficos, jurídicos, teológicos, históricos y literarios. De él se dice que llegó a producir unas 80.000 páginas manuscritas, que componían 400 volúmenes, entre los que destacó, sin duda, su Fisal o Historia crítica de las ideas religiosas, obra especialmente avanzada en relación con el tiempo en que fue escrita. Habrían de pasar muchos siglos para que surgiera en Occidente otra obra de estas características. 

Dotado de unos inmensos conocimientos y de una energía inagotable, ibn Hazm sobresalió por el continuo inconformismo y la audacia revolucionaria que siempre presidieron su vida. Entonces el malikismo era señor absoluto en las escuelas de Córdoba y, sin embargo, ibn Hazm decidió seguir las enseñanzas del maestro zahirí Abu-l-Jiyar de Santarén. Explicó cursos en la Mezquita Aljama de Córdoba entre los años 1027 y 1029, pero muy pronto los malikíes y el populacho denunciaron a este revolucionario maestro, ya que suponía un peligro patente para la ortodoxia religiosa. Sus ideas, para los detractores de las mismas, causaban la corrupción de los fieles. Sus enseñanzas pronto fueron prohibidas.

Polemista incansable y dotado de un verbo áspero y virulento, ibn Hazm supo dirigir sus críticas e insultos contra todo aquello que no compartía. Con respecto a los seguidores de Jesús, a modo de ilustración, dejó escrito lo siguiente: 

"Nunca debemos admirarnos de la superstición de los hombres. Los pueblos más numerosos y más civilizados están sujetos a ella. ¡Ved los cristianos! Son tan numerosos que sólo su Creador puede contarlos; hay entre ellos sabios ilustres, y príncipes de rara sagacidad, y, sin embargo, creen que uno es tres y tres son uno; que uno de los tres es el padre, el otro el hijo, y el tercero el espíritu; que el padre es el hijo y que no es el hijo; que un hombre es Dios y que no es Dios; que el Mesías es Dios enteramente, y que sin embargo, no es el mismo que Dios; que el que ha existido de toda la eternidad ha sido creado. La secta que se llama de los jacobitas, y que comprende centenas de millares, cree también que el Creador ha sido azotado, abofeteado, crucificado y muerto; en fin, ¡que el universo ha estado privado durante tres días de aquel que lo gobierna!...." 

Las fuentes islámicas nos han transmitido de ibn Hazm la imagen de un polemista feroz que dotado de un verbo virulento atacaba de manera ardiente e incansable a sus oponentes. Se llegó a comparar su lengua con la legendaria espada de al-Hachach ibn Yusuf, que había sido un sanguinario gobernador oriental. Cuando polemizaba con sus adversarios ibn Hazm seguía sin ningún tapujo la línea recta que Dios traza a los hombres de ciencia, obligados a revelar sus pensamientos de manera clara pregonando cuanto piensan sobre el asunto concreto que les ocupa, sin reticencias ni sutilezas. Nunca intentó matizar sus críticas. Nunca quitó hierro a sus opiniones. Al contrario "caía sobre su adversario con el ímpetu de la catarata y lo aguijoneaba con el acicate de su crítica, más picante que la mostaza".

El sabio ibn Hazm fue un hombre que siempre quiso ignorar las artes de la política. Su falta de tacto y delicadeza, además, se agravó con la edad y se llegó a pensar, incluso, que era un hombre cuya mente se había ido transtornando de manera paulatina. En efecto,

"aunque de primera intención, cuando alguien pretendía sonsacarle qué pensaba de un problema, se mantenía dentro de cierta reserva, tan pronto como se le excitaba mediante la más sencilla observación o pregunta, desbordábase a torrentes el océano de su ciencia, sin que nada fuese ya capaz de enturbiar o amenguar el límpido caudal de sus aguas. Y de esta impetuosidad en sus discusiones consérvanse señalados ejemplos y noticias que se han hecho ya proverbiales.......".

El saqueo de Córdoba

Los efectos del terrible saqueo al que Córdoba fue sometida por los beréberes fueron descritos por ibn Hazm, desde el exilio, utilizando un estilo inimitable: 

"Uno de los que han venido hace poco de Córdoba, a quien yo pedí noticias de ella, me contó cómo había visto nuestras casas de Balat Mugit, a la parte de poniente de la ciudad. Sus huellas se han borrado, sus vestigios han desaparecido, y apenas se sabe dónde están. La ruina lo ha trastocado todo. La prosperidad se ha cambiado en estéril desierto; la sociedad, en soledad espantosa; la belleza, en desparramados escombros; la tranquilidad, en encrucijadas aterradoras. Ahora son asilo de los lobos, juguete de los ogros, diversión de los genios y cubil de las fieras los parajes que habitaron hombres como leones y vírgenes como estatuas de marfil, que vivían entre delicias sin cuento. Su reunión ha quedado deshecha, y ellos esparcidos en mil direcciones. Aquellas salas llenas de letreros, aquellos adornados gabinetes, que brillaban como el sol y que con la sola contemplación de su hermosura ahuyentaban la tristeza, ahora —invadidos por la desolación y cubiertos de ruina— son como abiertas fauces de bestias feroces que anuncian lo caedizo que es este mundo; te hacen ver el fin que aguarda a sus moradores; te hacen saber a dónde va a parar todo lo que en él ves, y te hacen desistir de desearlo, después de haberte hecho desistir durante mucho tiempo de abandonarlo. Todo esto me ha hecho recordar los días que pasé en aquellas casas, los placeres que gocé en ellas y los meses de mi mocedad que allí transcurrieron entre jóvenes vírgenes como aquellas a que se inclinan los hombres magnánimos. Me he imaginado en mi interior cómo estarán estas vírgenes debajo de tierra, o en posadas lejanas y comarcas remotas desde que las separó la mano del destierro y las dispersó el brazo de la distancia. Se ha presentado ante mis ojos la ruina de aquella alcazaba, cuya belleza y ornato conocí en tiempos, pues en ella me crié en medio de sólidas instituciones, y la soledad de aquellos patios que eran antes angostos para contener tanta gente como por ellos discurría. Me ha parecido oír en ellos el canto del búho y de la lechuza, cuando antes no se oía más que el movimiento de aquellas muchedumbres entre las cuales me crié dentro de sus muros. Antes la noche era en ellos prolongación del día por el trasiego de sus habitantes y el ir y venir de sus inquilinos; pero ahora el día es en ellos prolongación de la noche en silencio y abandono. Mis ojos han llorado, mi corazón se ha dolorido, mis entrañas han sido lastimadas por estas piedras, mi alma ha aumentado en angustia......"

El fuego y la palabra

Ibn Hazm rompió a lo largo de su vida con todo lo que la tradición cultural andalusí representaba. Fue por ello odiado universalmente y terminó convirtiéndose en un islote solitario dentro del panorama de nuestra cultura islámica medieval. Legitimista omeya empedernido nunca renunció de sus ideas ni apoyó las causas de los otros. Con la misma intensidad con que atacaba a los beréberes de Granada criticaba, simultaneamente, a los adversarios de estos, los abbadíes sevillanos. No es extraño que excomulgado por los teólogos, perseguido por los reyes de las Taifas, odiado por sus colegas y negado por el populacho terminara ibn Hazn no siendo admitido en ningún lugar. Sus ideas, siempre polémicas, le convertían en un huésped especialmente incómodo. Su intransigencia política y teológica le obligaron, en los últimos años de su vida, a retornar al cortijo rural que su familia había poseído desde siempre en Mont Lisam (Montija), en tierras onubenses. De allí, dos generaciones antes, había salido su abuelo Sa´id buscando gloria y fortuna en Córdoba.

A estos momentos de existencia retirada en Mont Lisam parece hacer referencia el cronista ibn Hayyan cuando nos dice que llegó un tiempo en que la mayor parte de los libros que el sabio escribía no llegaban, siquiera, a traspasar el umbral de la casa donde vivía, ya que por entonces los príncipes ordenaban que fueran quemados públicamente y los estudiantes, atemorizados por los irritados alfaquíes, tenían prohibida expresamente su lectura. 

En efecto, "en la mayor parte de las obras que escribió hablaba tan mal de su propio país, que los alfaquíes prohibieron a los estudiantes que las estudiaran. La cosa llegó hasta tal extremo, que algunas de ellas fueron quemadas en Sevilla y públicamente desgarradas. Más esta medida no sirvió sino para que su autor se animase todavía más a difundirlas y propagarlas y se entregara con mayor ardor a combatir duramente a sus adversarios en el resto de sus días hasta que murió....." 

Sería ahora, tras conocer que el reyezuelo sevillano al-Mutadid había ordenado destruir sus libros en la hoguera, cuando ibn Hazm habría de componer unos versos especialmente intensos, que desde entonces han causado estremecimiento en las mentes sensibles. Veamos como se inician:

Aunque el papel queméis,
no quemaréis lo que el papel encierra;
que dentro de mi espíritu,
a pesar de vosotros, se conserva
y conmigo camina
a dondequiera que mis pies me llevan.

Comentario al Evangelio de Lucas, IV, 24:

“Nemo propheta acceptus est in patria sua”

“Nadie es Profeta en su patria”

"Esto es particularmente verdad en España. Sus habitantes sienten envidia por el sabio que entre ellos surge y alcanza maestría en su arte; tienen en poco lo mucho que pueda hacer, rebajan sus aciertos y se ensañan, en cambio con sus caídas y tropiezos, sobre todo mientras vive, y con doble animosidad que en cualquier otro país. Si acierta, dicen: Es un audaz ladrón y un plagiario desvergonzado. Si es una medianía sentencian: Es una nadería insípida y una mediocridad insignificante. Si madruga en apoderarse del trofeo de la carrera, preguntan: ¿De donde ha salido este, dónde aprendió y cuándo ha estudiado? Si la suerte le lleva luego por el camino de descollar claramente sobre sus émulos, o le hace abrirse una senda que no es la que ellos frecuentan, entonces se le declara la guerra al desgraciado, convertido en pasto de murmuraciones, cebo de calumnias, imán de censuras, presa de lenguas y blanco de ataques contra su honor. Le atribuirán lo que no ha hecho, le imputarán lo que no ha proferido ni ha creído su corazón. Aunque sea hombre señalado y campeón de su ciencia, caso de no tener con el poder público relaciones que le procuren la dicha de salir indemne de los peligros y escapar de las desgracias, si se le ocurre desarrollar una idea nueva lo calumniarán, difamarán, contradirán y vejarán. Exagerarán y abultarán sus errores ligeros; censurarán hasta su más insignificante tropiezo; le negarán sus aciertos, callarán sus méritos y le apostrofarán e increparán por sus descuidos, con lo cual sentirá decaer su energía, desalentarse su alma y enfriarse su entusiasmo. Tal es la suerte entre nosotros, la suerte del que se pone a desarrollar un proyecto: no se zafará de estas redes ni se verá libre de tales calamidades, a no ser que se marche o huya o que recorra su camino sin detenerse y de un sólo golpe". 

 

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