Número 183  //  20 de Agosto de 2002  //  12 Jumada Al-Thaani 1423 A.H.

 AL-ANDALUS

El filósofo autodidacto (4 y último)
Historia de Asal y Salaman
 

Por Ibn Tufayl



 



Cuentan que en una isla cercana a aquella en donde nació Hayy ibn Yaqzan, según una de las dos versiones relativas a su origen, habíase introducido una de las religiones verdaderas, derivadas de uno de los antiguos profetas (¡las bendiciones de Dios sean sobre ellos!). Era una religión que expresaba todos los seres reales por medio de alegorías que daban las imágenes de estas [180] cosas reales y que fijaban así en las almas humanas sus significaciones, como es costumbre en el lenguaje destinado al vulgo. No cesó esta religión de extenderse por aquella isla, de fortalecerse y de manifestarse, hasta que su rey la abrazó e impulsó a la gente a que la adoptara.

Diversos criterios de Asal y de Salaman en punto a religión: aquél partidario del retiro; éste, de la vida social

Vivían allí dos jóvenes virtuosos y amantes del bien, llamados el uno Asal y el otro Salaman. Al conocer esta religión, la adoptaron de buen grado, dedicándose a cumplir todas sus leyes y aplicándose observar todas sus prácticas, para lo cual vivían juntos. Algunas veces se esforzaban por conocer el alcance de las palabras de esta religión que tratan de Dios (¡honrado y ensalzado sea!) y de sus ángeles, de la descripción de la resurrección y de los premios y castigos de la vida futura. De ambos, Asal era muy sagaz para penetrar en el sentido íntimo de las cosas, muy propenso a adivinar lo esotérico de las ideas espirituales y partidario de la interpretación alegórica; Salaman, al revés, prefería el sentido exterior, absteniéndose de la interpretación, del libre examen y de la especulación.

Ambos eran, no obstante, celosos en el [181] cumplimiento de las prácticas exteriores, en el examen de conciencia y en la lucha contra las pasiones. Tenía esta religión máximas que invitaban al retiro y a la soledad, dando a entender que en ésta se hallan la felicidad y la salvación, y otras que invitaban al trato y sociedad con los hombres. Asal se dedicó a buscar el retiro, prefiriendo las máximas que trataban de él, porque por naturaleza tendía a una continua meditación y a la busca de interpretaciones y de sentidos místicos de las ideas; y esperaba alcanzar en la soledad muchas de estas cosas. Salaman, por el contrario, inclinándose a las máximas que juzgan preferible el trato social, buscaba la compañía de los hombres, por su natural apatía hacia la meditación y el libre examen; según su opinión, la vida mundana permitía además fácilmente apartar las tentaciones, alejar los malos pensamientos y librarse de las sugestiones de los demonios. Tal divergencia de criterio fue causa de que ambos se separasen.

Asal se retira a la isla donde Hayy vivía

Asal había oído hablar de la isla en que se dice que había sido formado Hayy ibn Yaqzan; sabía de su fertilidad, sus productos, su clima templado, y esperaba que la soledad en esta isla lo llevaría a la satisfacción de su deseo. Decidióse, pues, a trasladarse a ella y a vivir allí alejado de la gente. Reunió todos sus bienes, [182] alquiló con parte de ellos un navío que lo llevase a aquel paraje, y el resto lo repartió a los pobres; despidióse de su compañero, y surcó las olas del mar. Los marineros lo llevaron a la isla, dejándole en la playa, y partieron. Quedó allí Asal, adorando a Dios (¡honrado y ensalzado sea!), exaltándolo, santificándolo, meditando sobre sus santos nombres y acerca de sus atributos excelsos, sin que nada le interrumpiese el pensamiento, ni le turbase la meditación. Cuando tenía necesidad de alimentarse, comía frutas de la isla o algo de caza, para satisfacer el hambre. De esta manera pasó algún tiempo en la más completa felicidad y en la mayor intimidad con su Señor; en cada día se le mostraban sus beneficios, sus dones, sus regalos, y cómo le facilitaba la satisfacción de sus necesidades y su sustento, todo lo cual contribuía a fortalecer su viva fe y a consolar su corazón.

En este tiempo, Hayy ibn Yaqzan estaba completamente abismado en sus éxtasis sublimes y no abandonaba su cueva más que una vez a la semana para tomar el alimento que se le presentaba. Por esta razón, no lo descubrió Asal desde el primer momento; al contrario, había dado la vuelta a las playas de la isla y recorrido sus comarcas, sin ver hombre alguno ni descubrir sus huellas. Con esto se aumentó su alegría, ensanchándosele el corazón, puesto que se había decidido a llegar al último extremo en busca del retiro y de la soledad. [184]

Encuentro de Asal con Hayy Ibn Yaqzan

Al fin ocurrió, en cierta ocasión, que salió Hayy ibn Yaqzan a buscar su comida por el mismo sitio a que Asal se había dirigido, y ambos se vieron. Asal no tuvo duda de que Hayy era un asceta solitario, venido a esta isla para buscar el retiro como él; temió que al abordarlo y trabar conocimiento con él fuese causa de turbación en su propio estado y obstáculo para la realización de sus deseos. Hayy ibn Yaqzan no supo qué era aquello, puesto que no veía en él la forma de ninguno de los animales que había visto hasta aquel momento: vestía Asal una túnica negra de pelo y de lana; Hayy creyó que era piel natural, y se quedó contemplándolo muy admirado. Volvióse Asal y huyó, temeroso de distraer al supuesto asceta en su meditación; y Hayy ibn Yaqzan siguió sus pasos, por su tendencia natural a examinar las realidades de las cosas. Cuando vio Hayy que huía velozmente, se quedó rezagado y se ocultó. Asal engañóse, sospechando que se había apartado de él y alejado de aquellos lugares; entregóse, pues, de nuevo a la oración, a la lectura, a las invocaciones, a las lágrimas, a las súplicas y a los gemidos, hasta que olvidó todo lo demás.

Pero Hayy ibn Yaqzan fue acercándosele poco a [185] poco, sin que Asal lo notara; aproximósele tanto, que oía sus lecturas y sus alabanzas a Dios y veía su humilde actitud y sus lágrimas; oyó una hermosa voz y unos sonidos articulados armoniosamente, cual no había encontrado en ninguna clase de animales. Se fijó en la forma y líneas de su aspecto y vio que eran iguales a las suyas, cerciorándose de que la túnica que llevaba no era una piel natural, sino un vestido hecho, como el suyo propio. Al ver su compunción, sus súplicas y sus lágrimas, no dudó que era una de las esencias que conocen la Verdad. Sintió afecto por él y quiso saber qué tenía y cuál era la causa de su llanto y de sus plegarias. Se acercó más a él, hasta que Asal lo sintió y apretó a correr; Hayy ibn Yaqzan le persiguió, dándole alcance, gracias a la fuerza y a la capacidad, así intelectual como física, con que Dios lo había dotado; lo agarró y sujetó de modo que no podía escaparse. Al fijarse Asal en él y verlo vestido con pieles de animales recubiertas de pelo, con los cabellos tan largos que le cubrían gran parte del cuerpo, tan veloz en la carrera y tan valiente, le tomó miedo; empezó a suplicarle y a rogarle, con palabras que Hayy ibn Yaqzan no comprendía ni sabía lo que eran, y en las cuales sólo distinguía señales de una violenta emoción. Mostróse afable con él, mediante voces que había aprendido de algunos animales; le pasó la mano por la cabeza y por los costados, lo acarició [186] y se le mostró con rostro alegre y contento, hasta que Asal perdió el miedo, y vio que no intentaba nada malo contra él.

Asal da a Hayy a comer provisiones de las que guardaba del mundo, y esto le sirve de obstáculo para conseguir el éxtasis

Asal, de tiempo atrás, por su afición a la ciencia de la interpretación, había aprendido muchas lenguas, y era experto en ellas; se puso, pues, a hablar a Hayy ibn Yaqzan y a preguntarle por su condición, en todos los idiomas que sabía, tratando de hacerse entender, sin lograrlo; Hayy en todo esto se admiraba de las palabras, sin saber lo que eran y sin ver otra cosa en ellas que alegría y afabilidad. Cada uno de ambos, pues, se admiraba del otro.

Asal guardaba restos de las provisiones, traídas de la isla habitada, y se las ofreció a Hayy, el cual no supo lo que eran, porque nunca las había visto. Comió Asal y le indicó por señas que comiera; pero Hayy pensó en las obligaciones que se había impuesto respecto de la comida, y como no conociese el origen de aquello que se le presentaba, ni si le sería o no lícito el tomarlo, se abstuvo de comer. Asal siguió rogándole e invitándole, y como Hayy le había tomado [187] afición, temió afligirlo, si seguía rehusando; tomó, pues, por fin de aquellas provisiones y comió. Pero una vez que las hubo probado, encontrándolas buenas, le pareció mal lo que había hecho, violando sus compromisos respecto de las condiciones de la comida; arrepintióse de su acto y quiso separarse de Asal, para dedicarse a su ocupación de buscar la vuelta al éxtasis sublime.

No alcanzó la visión intuitiva con celeridad, y entonces pensó en seguir con Asal en el mundo sensible, hasta conocer la verdadera condición de éste y perderle todo afecto, después de lo cual volvería a su éxtasis sin que nadie ya le distrajera. Se impuso, pues, la compañía de Asal. A su vez éste, viendo que Hayy no hablaba, se tranquilizó respecto de los peligros a que su nuevo compañero podría exponer su devoción; confió en hacerle aprender el lenguaje, la ciencia y la religión, con lo cual obtendría una gran recompensa y una gran aproximación a Dios.

Asal enseña a Hayy a hablar

Comenzó Asal a enseñarle a hablar. Primero le mostraba los objetos, diciendo sus nombres; se los repetía y le hacía reproducirlos. Hayy los pronunciaba también al mostrárselos; así llegó a enseñarle todos los nombres, y poco a poco consiguió que hablara, en un corto período de tiempo. [188]

Asal empezó entonces a preguntar a Hayy por su condición y por el lugar de donde había venido a aquella isla; éste le hizo saber que ignoraba su principio, y no tenía idea de padre ni de madre, fuera de la gacela que lo había criado. Y le contó todo lo que a él se refería y cómo había aumentado gradualmente sus conocimientos hasta llegar al grado de la unión [divina].

Asal se maravilla al saber que Hayy ha llegado, por la razón natural, a los más altos grados espirituales que él pensaba alcanzar por medio de la religión

Cuando Asal le oyó describir estas realidades y esencias, separadas del mundo sensible, conocedoras de la esencia de la Verdad (¡honrada y alabada sea!); cuando le oyó describir la esencia de la Verdad (¡ensalzada y glorificada sea!) con sus santos atributos; cuando le oyó explicar, dentro de lo posible, lo que vio en el grado de la unión divina, así de los placeres de los que lo han alcanzado, como de los tormentos de los privados de él, no dudó de que todas las cosas contenidas en su ley religiosa, respecto de Dios (¡honrado y ensalzado sea!), de sus ángeles, de sus libros, de sus profetas, del día del juicio final, de su gloria y de su infierno, eran símbolos de lo que había visto intuitivamente Hayy ibn Yaqzan.

Se abrieron los ojos de su corazón, se encendió el fuego de su pensamiento, púsose en su [189] alma de acuerdo lo racional con lo tradicional, los métodos de la interpretación alegórica se le hicieron más familiares, no encontró ya en la ley dificultad alguna que no se le hiciera evidente, ni cosa cerrada que no se le abriera, ni oscura que no se le iluminase. Vino a ser uno de esos hombres «dotados de tal penetración que, sin detenerse en la corteza y sobrehaz de los problemas, profundizan lo más abstruso de ellos, lo que constituye su médula y su esencia». Por esto miraba a Hayy ibn Yaqzan con veneración y respeto, certificándose de que era uno de los Santos de Dios, «que no tendrán ningún temor ni serán afligidos». Se impuso la obligación de servirlo, de imitarlo y de seguir sus indicaciones que se le ofreciesen, aprendidas ya por él en su religión.

Hayy encuentra acorde lo que Asal le comunica de la religión con lo que él mismo había aprendido por la razón

Hayy ibn Yaqzan, a su vez, le preguntó por él y por su condición. Asal le describió el estado de su isla y de la gente que en ella había; su manera de [190] vivir, antes de haber llegado a ella la religión y después de haberla recibido. Le contó todo lo que aparecía en la ley sobre la descripción del mundo divino, de la gloria, del infierno, de la resurrección, de la reunión del género humano resucitado, de la cuenta [que habrá de dar], de la balanza y del puente. Comprendió Hayy todo esto y no halló nada contradictorio a lo que él había visto en su éxtasis sublime; conoció que el autor y portador de estas descripciones era veraz en sus relatos, verídico en sus palabras y Enviado de parte de Dios; creyó, por tanto, en él, le dio crédito y rindió testimonio de su divina misión.

Luego siguió preguntando a Asal respecto de los preceptos que este Enviado de Dios había traído y sobre las prácticas religiosas que impusiera. Asal le habló de la oración, la limosna legal, el ayuno, la peregrinación y otras prácticas exteriores semejantes; Hayy las aceptó y se las impuso como obligación, dedicándose a cumplirlas, para obedecer el mandato de aquél cuya veracidad le era evidente. [191]

Causa a Hayy extrañeza que el Profeta empleara alegorías y que los hombres se preocuparan de las riquezas y cosas materiales

Sin embargo, había dos cosas que le produjeron admiración, y respecto de las cuales no encontraba razón explicable. Una era, por qué este Enviado empleaba alegorías al hablar a los hombres, en la mayor parte de las cosas que les contaba respecto del mundo divino, y se abstenía de descubrir claramente la Verdad, hasta el extremo de hacer caer a la gente en el grave error de atribuir cuerpo [a Dios] y de suponer en la esencia de la Verdad cosas de las que está exenta y libre; pudiéndose decir lo mismo respecto de los premios y los castigos. Otra era, por qué se limitaba a estos preceptos y a estas prescripciones rituales, y permitía la adquisición de riquezas y la laxitud respecto a las comidas, hasta el punto de que los hombres se entregasen a ocupaciones inútiles, apartándose de la Verdad. Porque la opinión de Hayy era que nadie debía comer más cosas que las precisas para que subsista un soplo de vida; y respecto de las riquezas, nada eran a sus ojos.

Veía las disposiciones de la ley, relativas a este punto, como la limosna ritual en sus varias clases, las ventas, la usura, las penas dictadas por la ley o dejadas a la [192] apreciación del juez, y todo esto le parecía extraño, a la vez que lo hallaba inútil; y entre sí decía que, si los hombres comprendiesen este asunto en su realidad, se apartarían seguramente de las cosas inútiles, dirigiéndose sólo a la Verdad y prescindiendo de todas las [leyes citadas]; nadie tendría propiedad privada por la que hubiera de pagar limosna legal, o por cuyo hurto se hubieran de cortar las manos [al ladrón], o cuyo robo público hubiera de castigarse con pena capital.

Lo que le sugería tal creencia era su opinión de que todos los hombres están dotados de un natural excelente, de una inteligencia penetrante, de un ánimo resuelto. No sabía lo estúpidos, imperfectos, faltos de juicio e inconstantes que son los hombres; ignoraba que son «como las bestias y aún más extraviados que ellas del buen camino».

Desea Hayy comunicar a los hombres la verdad

Como tuviese, pues, gran compasión hacia los hombres y desease que la salvación les llegara sirviendo él de intermediario, concibió el deseo de aproximarse hasta ellos para exponerles claramente la [193] verdad y hacérsela evidente. Confió este designio a su compañero Asal y le preguntó si le sería posible hallar un medio para acercárseles. Asal le informó sobre el natural imperfecto de los hombres y sobre el apartamiento en que viven de los preceptos divinos, pero Hayy no lograba comprender esto, y en su interior siguió aferrado a su primera esperanza. Asal, por otra parte, deseaba también ser el medio por el cual Dios dirigiese a algunos hombres de los que lo conocen, a los iniciados, que están más cercanos a la salvación que los otros; y, así, acompañó a Hayy en su intento. Juzgaron de común acuerdo que debían permanecer en la orilla del mar, de día y de noche, por si acaso Dios les facilitara el medio de cruzarlo. Así lo hicieron, suplicando humildemente en sus oraciones a Dios (¡honrado y ensalzado sea!) que los guiase en su empresa.

Hayy y Asal se trasladan a la isla gobernada por Salaman

Sucedió por voluntad divina (¡honrada y ensalzada sea!) que un navío perdió su ruta, y los vientos y las olas tempestuosas lo arrojaron a la orilla de esta isla. Al acercarse a tierra, la gente de a bordo vio a los dos hombres en la playa y se aproximaron hacia [194] ellos. Asal les habló y les pidió que los embarcaran. Accedieron a ello y les hicieron entrar en el navío. Dios les envió un viento suave que llevó al barco en muy poco tiempo a la isla, adonde ellos deseaban ir. Desembarcaron ambos y entraron en la ciudad. Los amigos de Asal vinieron a verle, y éste les contó la historia de Hayy ibn Yaqzan. Ellos lo rodearon con ávida curiosidad, se admiraron de su caso, se reunieron con él, le honraron y lo reverenciaron. Asal hizo saber a Hayy que este grupo de hombres era más inteligente y perspicaz que la generalidad, y que si no lograba instruirlos, menos lo conseguiría con el vulgo. El jefe y príncipe de esta isla era Salaman, aquel amigo de Asal, que había juzgado mejor dedicarse al trato social, y que tenía por ilícito el retiro.

Las enseñanzas de Hayy son despreciadas por los hombres, incapaces de comprender tales sublimidades

Hayy ibn Yaqzan se dedicó a instruirlos y a revelarles los secretos de la sabiduría. Mas apenas se elevó un poco sobre el sentido exterior y comenzó a describirles [verdades] contrarias a las que antes habían entendido, se apartaron de él; sus almas tomaron horror a las doctrinas que el traía; en su interior, se irritaron contra él, aunque le mostraran buena cara, [195] por consideración a su carácter de extranjero y por respeto a su amigo Asal. No dejó Hayy de manifestarse benévolo con ellos, día y noche, y de mostrarles la Verdad en privado y en público; pero esto no les produjo otro efecto que desdén y aversión, no obstante ser amigos del bien y deseosos de la Verdad; sólo que ellos, por su imperfección natural, no buscaban la Verdad por el debido camino, ni la tomaban por su exacta dirección, ni llamaban a su puerta, sino que querían conocerla por el camino común de los hombres.

Desesperó, pues, de corregirlos y renunció a la ilusión de que aceptaran [sus doctrinas]. Examinó luego las categorías de los hombres y vio que «los de cada categoría, contentos con lo que tienen delante, toman por dios a sus pasiones» y por objeto de adoración a sus deseos; se matan por poseer las vanidades del mundo, «absorbidos por el cuidado de atesorar, hasta que visitan la tumba»; no les aprovechan las advertencias, no les hacen ningún efecto las palabras buenas, la discusión sólo les aumenta la pertinacia; no tienen ningún camino para llegar a la sabiduría ni poseen una mínima parte de ella. Están sumergidos en la ignorancia, «y los bienes que persiguen han invadido sus almas como la suciedad. Dios [196] ha sellado sus corazones y sus oídos, y sobre sus ojos se extiende un velo. Un gran castigo les espera».

Cuando vio que el velo del castigo los rodeaba, que las tinieblas de la separación los envolvían, y que todos, salvo muy pocos, tomaban de la religión sólo lo referente al mundo; que «se echaban a la espalda las prácticas religiosas, por ligeras y fáciles que fuesen, y las vendían a bajo precio»; «que el comercio y las transacciones les impedían acordarse de Dios Altísimo; que no temían al día en que los corazones y los ojos quedarán confundidos», adquirió la evidencia y se cercioró completamente de que hablarles por el método de la verdad desnuda no era posible; que imponerles, en su manera de obrar, algo superior a la medida [suya] era irrealizable; que la mayor utilidad que el vulgo podía sacar de la ley religiosa se refería sólo a su vida mundana, para pasar tranquilamente la existencia, sin que nadie se les oponga al disfrute de lo que ellos juzgan cosa propia; que no alcanzarían la felicidad de la otra vida, salvo individuos raros y aislados, a saber, «aquellos que quieren la vida futura, que hacen esfuerzos serios por alcanzarla, y que son creyentes». «Pero el que es impío y prefiere la vida de [197] este mundo [a la futura] tendrá el infierno por morada». ¿Qué mayor pena, qué desgracia más honda que la de quien, examinadas sus obras desde el momento en que se despierta hasta el instante en que se duerme, no encuentra ninguna de ellas que no tenga por objeto alguna de estas cosas sensibles y viles: amontonar riquezas, procurarse un placer, satisfacer un deseo, dar rienda suelta a la cólera, [lograr] un honor que le dé inmunidad, [cumplir] una práctica religiosa con la cual se envanezca o que proteja su persona? «Todo esto no son más que tinieblas en un mar profundo. Y no hay ninguno de vosotros que no entre en él. Esto es, de parte de tu Señor, sentencia decretada».

Cuando comprendió la naturaleza de los hombres, que la mayor parte de ellos son como bestias irracionales, conoció que la sabiduría toda, la dirección y la confianza están en lo que los profetas han hablado y la ley contiene, y nada es posible fuera de esto, ni nada se le puede aumentar; pues para cada acción hay hombres y cada cual es más apto para lo que fue creado. «Tal ha sido la conducta de Dios respecto a aquéllos, que no son muchos. Tú no podrías encontrar en la conducta de Dios ningún cambio». [198]

Encarga Hayy a Salaman y sus amigos que guarden los preceptos de la religión y desiste de instruirles en las ciencias místicas

Se dirigió, pues, a Salaman y a sus compañeros y les dio excusas por las conversaciones que con ellos había tenido, y les pidió perdón por ellas. Les hizo saber que pensaba igual que ellos, que su regla de conducta era la suya. Les recomendó observar rigurosamente los preceptos tradicionales y las prácticas exteriores, mezclarse poco en las cosas que no les importasen, creer con facilidad las [verdades] oscuras, apartarse de las herejías y de las pasiones, imitar a los antepasados virtuosos y huir de las novedades. Les encargó evitar la negligencia del vulgo respecto a la ley religiosa y su aferramiento a este mundo; los puso en guardia contra el peligro que esto entrañaba. Porque tanto él como su amigo Asal reconocían que esta clase de hombres rebeldes e incapaces no tenían salvación, sino por tal camino; que si se les apartaba de él, llevándolos al plano elevado de la especulación, se turbarían vehementísimamente, sin poder conseguir, no obstante, el grado de los bienaventurados, se agitarían de un lado para otro, estarían trastornados y tendrían un mal fin; mientras que, si perseveraban en su estado actual hasta la muerte, [199] alcanzarían la salvación y serían de los colocados a la derecha. «En cuanto a aquellos que hubieren tomado la delantera, serán colocados los primeros y más próximos [a Dios]».

Asal y Hayy vuelven a la isla desierta y continuan su vida mística

Asal y Hayy se despidieron de ellos, los abandonaron y esperaron pacientemente la ocasión de volver a su isla, hasta que Dios (¡honrado y ensalzado sea!) les facilitó la travesía. Hayy ibn Yaqzan trató de volver a su morada espiritual sublime, por los mismos medios que otras veces, logrando conseguirlo. Asal lo imitó tan bien, que casi alcanzó su nivel. Y los dos adoraron a Dios en esta isla, hasta que les llegó la muerte.

Razones que el autor ha tenido para divulgar este libro

Esto es, hermano (Dios te dé su inspiración), lo que hay de nuevo, respecto de Hayy ibn Yaqzan, de Asal y de Salaman. Abarca [este relato] muchas [200] cosas que no se encuentran en libro alguno, ni se oyen en las conversaciones corrientes. Es parte de la ciencia oculta, que no alcanzan sino aquellos que conocen a Dios y que sólo quienes le desconocen ignoran. Nosotros nos hemos apartado en esto del camino seguido por nuestros virtuosos antepasados, que ocultaban la [ciencia esta] y eran avaros de ella. Lo que nos ha inducido a divulgar este secreto y a descorrer el velo han sido las opiniones perniciosas aparecidas en nuestro tiempo, dadas a conocer por los filósofos de la época y por ellos manifestadas, hasta extenderse por todos los países y generalizarse el mal que han causado.

Hemos temido que las personas débiles de espíritu, que han rechazado la autoridad de los profetas, prefiriendo la autoridad de los necios y de los imbéciles, crean que estas opiniones de [los filósofos] son precisamente las cosas que se deben ocultar a los que no son iniciados, con lo cual se aumenta su afición y su pasión por ellas. Hemos preferido hacer lucir ante sus ojos algunos resplandores del secreto de los secretos, para atraérnoslos al lado de la verdad y apartarlos del camino que siguen. Sin embargo, los secretos que hemos confiado a estas pocas páginas los hemos dejado cubiertos con un velo tenue, que rápidamente lo descorrerán los iniciados, pero que será opaco y hasta impenetrable para los que no merezcan traspasarlo. [201]

Por mi parte, pido a mis hermanos, lectores de este libro, que reciban mis excusas por la llaneza de su exposición y por la libertad en su demostración. Sólo he obrado así, porque me he elevado a alturas que no están al alcance de la vista y he querido dar sus conceptos aproximados, con el fin de inspirar deseo y amor de entrar en la vía iluminativa. Pido a Dios indulgencia y perdón; y que nos abreve en la fuente de su conocimiento puro, porque Él es bienhechor y generoso. Y sean contigo, hermano mío, a quien estoy obligado a ayudar, la paz, la clemencia de Dios y su bendición.

Fin 

 

Portada  Búsqueda  Hemeroteca  Biblioteca Virtual  |  Cartas de  lectores  

 
Noticias  Pensamiento  Mujer  Al Ándalus  Geo-política  Sociedad y Economía 
Ciencia y Salud  Arte y Literatura  Qur'an y Hadiz  Jutbas  Iniciación al Islam
Religiones Comparadas 
Entrevistas y Conferencias  Educación y Normativas 
Derecho islámico 
Vida de Muhammad