Número 183  //  20 de Agosto de 2002  //  12 Jumada Al-Thaani 1423 A.H.

 INICIACIÓN AL ISLAM

El emir y el asceta

Por Yalal al-Dîn Rumi 
(El libro interior, Fihi-ma-fihi, ed. Paidós, p. 44-47)



 


— ¿Por qué, dijo él [el emir de Pervâna] me ha hecho objeto nuestro Maestro de tanta benevolencia y favor? No me lo esperaba ni se me había ocurrido nunca esa idea. ¿Cómo podría yo ser digno de ello, si ni siquiera me considero digno de estar, día y noche, con las manos juntas, entre sus servidores y su séquito? ¡Qué inmensa gracia me ha concedido! 

— Te distinguimos, dijo el Maestro, porque has aspirado a lo más alto. A pesar de tu noble y eminente rango y la importancia de tus cargos, tienes tan buena voluntad que te valoras modestamente, no estás satisfecho de ti mismo y te impones innumerables obligaciones. Aunque nuestro corazón estaba permanentemente a tu servicio, queríamos honrarte también externamente, pues también las formas poseen un valor elevado. No sólo tienen ese valor, sino que están asociadas asimismo con el centro del ser; y de igual modo que nada puede brotar sin el hueso de la fruta, tampoco se puede obtener nada sin la piel. Si se pone una semilla sin piel en tierra, nada brotará; pero si se la pone con su piel, se convertirá en un gran árbol. 

También el cuerpo es de gran importancia y absolutamente necesario; sin él nada se puede hacer y no se alcanza el objetivo. ¡Sí, por Al-lâh! Lo esencial es captar el verdadero sentido y convertirse uno mismo en el verdadero sentido, Si decimos que «dos rakats de oración valen más que este bajo mundo y todo cuanto contiene» (hadiz referido por al-Munawî) no todos comprenderán su sentido. Comprende estas palabras quien considera que olvidar dos rakats es más grave que perder el mundo entero y todo lo que le pertenece. 

Un derviche fue a casa de un rey. Éste le dijo: 

— ¡Oh asceta! 

— El asceta eres tú, respondió él. 

— ¿Cómo puedo yo ser un asceta, preguntó el rey, si me pertenece el mundo entero? 

— No, tú ves las cosas al revés, respondió el derviche; este bajo mundo, el otro mundo y la propiedad de todas las cosas, todo eso me pertenece. Yo he elegido el mundo entero y tú te contentas con un solo bocado y un solo hábito. 

«A dondequiera que volváis el rostro, aIIí está la Faz de Al-lâh» (Corán II, 115). Esta Faz está siempre presente, actual, continua y eterna. Los enamorados de Al-lâh se han sacrificado a esta Paz sin pedir nada a cambio. Los demás sólo son animales. 

— Aunque sólo sean animales, dijo el Maestro, son dignos de recibir cierto beneficio. Están en el establo, pero son objeto de los cuidados del Dueño del establo. Si Él quiere, puede transferirlos de un establo a otro. De igual modo que los hace surgir de la nada y aparecer entre los existentes, los ha transportado del establo de la existencia al del orden mineral, del establo del orden mineral al del orden vegetal, del orden vegetal al orden animal, del orden animal al orden humano, del orden humano al orden angélico, y así hasta el infinito. 

Ha manifestado todo esto para que reconozcas que tiene muchos establos clasificados jerárquicamente: «[habéis de pasar] de uno a otro estado, pero, ¿por qué no creen... ?» (Corán LXXXIV, 19-20). Al-lâh ha manifestado estos órdenes para que reconozcas los demás grados que faltan por recorrer. No los ha mostrado para que los niegues y digas: «Eso es todo lo que existe». El artista muestra su arte y su talento para que se crea en él y se reconozca su capacidad. De igual modo, si un rey ofrece a alguien un traje de honor, lo obsequia y le muestra su afecto, es para que las gentes esperen otros favores suyos; éstas preparan entonces otras bolsas con la esperanza de que se les llenen. El rey no les concede esos presentes para que digan: 

— Es todo; el rey no nos favorecerá con más liberalidades. 

Si se contentan con lo recibido, el rey, al saber lo que han dicho o pensado, nunca más las favorecerá con su liberalidad. 

El verdadero asceta es el que siempre ve el fin, y las gentes del mundo no ven más allá del establo. Pero los privilegiados e iniciados no ven ni el fin ni el establo. Sólo han buscado el origen y conocen el de cada cosa. Un hombre clarividente siembra trigo sabiendo que lo que va a brotar es trigo: ha previsto el fin a partir del origen. Es igual en cuanto a la cebada, el arroz, etc. Una vez que conoce el origen, ya no necesita considerar el fin. Todo fin es claro para quien conoce el origen. Estas gentes son muy escasas; un pequeño numero ve el fin, pero los que están en el establo no son otra cosa que animales. 

El dolor es el que guía al hombre en todas las cosas. Mientras en su corazón no surjan el dolor, la pasión y el deseo de una cosa, nunca tenderá hacia ella ni le será nunca posible realizar sus deseos, ya se trate de este mundo o del otro, de comercio, realeza, ciencia, astronomía, etc. Mientras que María no sintió los dolores del parto, no se dirigió hacia el árbol de la dicha: «Los dolores deI parto Ia hicieron dirigirse hacia eI tronco de la palmera» (Corán XIX, 23). Este dolor la impulsó hacia el árbol y aquel árbol, que estaba seco, fructificó. 

El cuerpo es semejante a María y cada uno posee un Jesús en si mismo. Si experimentamos en nosotros este dolor, nuestro Jesús nacerá: pero si no sentimos dolor alguno, Jesús vuelve a su origen por el camino secreto que había tomado, dejándonos privados de sus beneficios. 

El alma, en el fuero interno, es indigente,
y nuestra naturaleza corporal está satisfecha.
El demonio está saciado de alimento,
pero
Yamshid está en ayunas.
Busca un remedio mientras que tu Jesús está en la tierra:
una vez que Jesús haya partido hacia el cielo,
tu remedio habrá desaparecido.
 

 

Portada  Búsqueda  Hemeroteca  Biblioteca Virtual  |  Cartas de  lectores  

 
Noticias  Pensamiento  Mujer  Al Ándalus  Geo-política  Sociedad y Economía 
Ciencia y Salud  Arte y Literatura  Qur'an y Hadiz  Jutbas  Iniciación al Islam
Religiones Comparadas 
Entrevistas y Conferencias  Educación y Normativas 
Derecho islámico 
Vida de Muhammad