Número 185  //  3  de Septiembre de 2002  //  26 Jumada Al-Thaani 1423 A.H.

 PORTADA

Por la puerta falsa

Por Yamila


 

 


Estimado hermano Abdelkarim: (¿puedo llamarte así?) 

Anoche estuve de visita en la página de Webislam y, por supuesto, leí la respuesta de Ahmed. Aún estoy muy dolorida por el golpe recibido, pero sentí cierto consuelo leyendo la respuesta, y varios artículos más, entre ellos “La Shahada, significación de un rito”, “Los ulemas de la maldad”, “Busca hacer las cosas fáciles para la gente, no difíciles”, “Sobre la lapidación”, “El Islam es todas las religiones”, “¿Qué piensa el Islam de la representación de seres en la pintura o la escultura?”. Es increíble la cantidad de material sobre temas de gran interés que se pueden consultar en Webislam. Es como asomarse a un mundo nuevo. Me siento muy afortunada por encontrar muchas de las respuestas que he buscado, infructuosamente, desde hace varios meses, aquí en Buenos Aires.  El Centro Cultural Islámico de la Mezquita de Palermo posee una página muy pobre, casi tan vacía como las mezquitas. Puedes visitar www.centroculturalislamico.org  para comprobarlo.  

Pero lo mejor de todo en “Webislam”, fue cuando entré en las explicaciones relativas al salat. ¿Sabes? Desde los días de ese malhadado seminario, abandoné la oración. No hacía mucho que había comenzado a tomarle el gusto a las oraciones. No eran perfectas, pero mi intención era buena y sincera, hasta que uno de estos sabios descalificó letra por letra mi recitación de Al Fatiha. Para él, no alargaba lo suficiente las vocales, por ejemplo, no decía Arrahmani Rahiiim. Esto sucedió en un aula llena de mujeres. Realmente, fue algo muy estúpido y necio. Pero él tenía que demostrar quién era el sabio. A partir de ese entonces, empecé a sentir que todo era una farsa estúpida, de la que yo tomaba parte como una mentecata más, esmerándome en memorizar recitaciones en un idioma extraño como si Dios no supiese lo que yo quería decirle. A Allah le agradaba la pronunciación de Bilal, el esclavo abisinio. 

Puse en duda tantas cosas respecto al Islam y sus sabios, que hasta las oraciones dejaron de tener sentido para mí. Pero anoche, cuando empecé a leer Al Fatiha, nuevamente, sentí cierta emoción. Sentí deseos de orar otra vez, Bismil lahi rahamani rahim. ¿Cómo es posible que esta gente pueda hacerte tanto daño? 

Te cuento que ya escuché las voces de espanto de una hermana que quiso advertirme que Uds. son de orientación chiíta, lo que a mí, en este momento, me despierta muy poca preocupación. Ella no parece entender la gravedad de lo que hacen sus sabios wahhabitas. No se hacen cargo del daño que ocasionan. O tal vez, es así como logran su objetivo: alejarnos del Islam, dándonos una imagen totalmente opuesta a lo que un creyente espera encontrar en él. Quienes obran así, están inspirados por el mismísimo demonio. 

Mi experiencia es un poco más compleja de lo que se puede entrever, pero no quiero aburrirte con el relato de mis percances. Sí te puedo decir que esta gente está sumamente extraviada. Según tengo entendido, la mezquita ubicada en Palermo, es “propiedad” de los alauitas, de cuyas intenciones y motivaciones, tampoco tengo la menor idea. En realidad, he oído mencionar a sunnitas, chiítas, wahhabitas, alauitas, pero sin saber distinguir a unos de otros. En esta mezquita, su “prédica” pretende tener matices sunnitas, pero hay cosas que parecen poco atribuibles al Profeta (PBD).   

De cualquier forma, mi único interés era reencontrarme con Dios, recuperando mi fe perdida a través de la práctica religiosa. No me interesaban los intermediarios, ni las antesalas con sus voceros, ni las alineaciones políticas propiamente dichas.  Pero, por lo visto, era inevitable que me encontrara atrapada en medio de estas pujas. Como podrás apreciar, mi ignorancia, en lo que a escuelas islámicas se refiere, es absoluta.  Pero no creo que Allah le interese una musulmana con grandes conocimientos, sino una mujer con buena intención.   

Mi “curiosidad” por el Islam, se despertó después del 11 de setiembre. Me indignó el ataque norteamericano contra un pueblo afgano indefenso. Fue en ese entonces que vi fotografías publicadas en los medios que me acercaron a un mundo tan remoto como ignoto. Las imágenes que más me impactaron fueron las de unos hombres de “raro” aspecto, con barbas grises y turbantes, pieles curtidas, con sus manos extendidas frente a sus ojos gastados, y una mirada llena de fe y adoración en ellos, como si estuvieran a pocos pasos de Dios, mirándolo frente a frente. Me sobrecogió la visión de estas criaturas humanas, inclinadas sobre la arena, en medio de un desierto, orando. Parecían como escapados de un cuento de “Las mil y una noches”.  

Recuerdo que pensé que daría cualquier cosa por poseer una pizca de la fe de esos hombres. Eran sublimes en su adoración. No había duda que Allah estaba más cerca de ellos que su vena yugular, y de algún modo, era posible ver a Dios, asomado a la mirada de sus ojos. Aún hoy encuentro hermoso ese gesto de alzar las manos implorando a Dios.    

Y no eran más que unos hombres de pobre aspecto, casi vestidos como hace 1.400 años atrás, donde las duras condiciones de vida mostraban sus estragos en las arrugas de sus manos y caras curtidas por el sol del desierto. 

También me pregunté por qué Allah los dejaba tan solos y desprotegidos frente a un enemigo tan cruel y poderoso. Y sin embargo, ellos no parecían renegar de  Dios sino que se refugiaban en su religión. Seguían elevando sus manos y sus oraciones, y sus miradas mudas, de amor y dolor. Y en medio de tanto horror, con las bombas norteamericanas cayendo sobre sus cabezas, saber que el Santo Padre que vive en Roma, sólo manifestaba su empatía por las víctimas norteamericanas del atentado del 11 de setiembre, me llevó, ineluctablemente, a buscar una mezquita en Buenos Aires, en el directorio de Telefónica de Argentina. 

Llevo unos 30 años viviendo en Buenos Aires, y nunca las había visto. Ni siquiera tenía la menor noción de una comunidad árabe en el país. Pero, en muchos aspectos, yo he vivido encerrada en mi propio mundo, y el “viaje” iniciado, buscando el Islam,  era semejante a salir del país, fronteras afuera. 

En la guía busqué por “mezquitas”, “templos”, “cultos”, etc. sin encontrar nada, hasta que se me ocurrió buscar por “centros”. Ahí tuve éxito porque me encontré con la dirección del Centro Islámico, sito en la Avda. San Juan 3053 de esta capital. Cuando llegué a la puerta, me extrañó la presencia de un policía haciendo guardia. Esto ocurría los primeros días de febrero. Pocos meses después, hubo un vandálico atentado en el cementerio islámico, donde destruyeron más de 150 tumbas. 

Toqué timbre y me atendió una señora muy ocupada, a juzgar por la ligereza con que me despachó. Tal vez, mi presencia entre tímida y vacilante, no le despertó mayor confianza. Te aclaro que no tengo aspecto de terrorista ni sospechosa.  Casi tartamudeando le dije que quería conocer el Islam y ése era el único lugar que había ubicado en la guía. “Ah, para eso vaya a la mezquita” dijo la mujer y apurada me dictó la dirección de Alberti 1541, y una hora equivocada.  

Al día siguiente, sábado, estuve esperando pacientemente, por espacio de una hora, que abriesen la mezquita. Apareció un AbdelKarim hosco y de modales bruscos, que sin mucha cortesía me preguntó que quería. No parecía estar muy dispuesto a permitir que yo le hiciera perder su tiempo. Otra vez, expresé con timidez, casi pidiendo permiso, que deseaba conocer el Islam. Se detuvo unos segundos como reflexionando  sobre mi pedido y, finalmente, para mi alivio, pareció encontrarlo razonable porque dijo: “está bien, pase”. 

Acto seguido, sin la menor demora, buscó unos ropajes blancos con los que me indicó cubrirme. Yo estaba tan emocionada que no se me ocurrió pensar que, para cumplir mi sueño, primero debía disfrazarme, de pies a cabeza, como el fantasma Benito.   

El hombre no era precisamente amable, comunicativo ni tranquilizador. También en la puerta de la mezquita había un policía de guardia. Me indicaron entrar descalza, tomar asiento a un costado, y observar. Estoy acostumbrada a mostrarme obediente y respetuosa. No quería hacer nada que los pudiese ofender. 

Cuatro o cinco hombres se alinearon de pie, uno junto al otro, y comenzaron sus oraciones, sin que yo pudiese comprender nada de lo que decían, ni mucho menos participar. Cuando terminaron, pregunté a AbdelKarim si podía volver al día siguiente. Me respondió con su fea cara de pocos amigos, informándome el “horario de visitas”. Este es “el portero” del que te hablé anteriormente. Me trató como a una visita molesta a  la que hay que sacarse de encima, lo antes posible. Yo no me di por vencida, y continué yendo, con temor a hablar o a formular preguntas que pudiesen irritar a mi anfitrión. Pero yo tenía un montón de preguntas, había tanto que quería saber. Por ejemplo, para mis adentros me preguntaba, mientras permanecía sentada en mi rincón, por qué no concurrían mujeres a la mezquita, o por qué eran tan pocos musulmanes orando. 

Yo había visto fotos de mezquitas colmadas de hombres orando, naturalmente, en países islámicos. AK no gastaba palabras conmigo, pero buscó unos libritos donde podía aprender las oraciones, los 40 Hadices, la ley islámica, etc. 

Realmente, no es este mi concepto de un recibimiento gozoso. No hubo fiesta ni celebración. Y los corazones permanecían cerrados. A mí me sorprendía tener un recibimiento tan poco acogedor. Cualquiera en mi lugar, hubiese cambiado de idea desde el primer día. Pero ahí estaba yo, esperando, sin saber muy bien qué.  

Uno de esos días, entró a la mezquita un pobre hombre, que como yo, deseaba informarse sobre el Islam. No había nadie para recibirlo en la puerta, y el hombre, simplemente pasó. Casi de inmediato, apareció otro musulmán, increpándolo por haber pasado sin que nadie lo hubiese autorizado. El pobre hombre se sintió agredido. Fue una situación bastante incómoda e injusta para el individuo que dijo que ese no es el recibimiento que se hace en una Iglesia católica. Me asombró la brutalidad puesta en evidencia. Pero luego apareció otro musulmán más conciliador y lo hizo pasar a una piecita, donde lo hizo sentar y le dio material de lectura. 

Eran días de verano y hacía mucho calor. Yo iba vestida con remeras de mangas cortas. Un día cometí el error de ir con una pollera larga hasta la rodilla. Tal vez, ese era el motivo por el que no fui muy bien mirada, pero con temperaturas cercanas a los 32º no es posible andar con faldas largas hasta los tobillos y mangas largas. Yo entendía que debía cubrirme dentro de la mezquita pero no terminaba de enterarme que también en la calle, una vez afuera de ella, también pretendían que vistiese como una monja de clausura, incluso con la cabeza cubierta. Es algo absolutamente ridículo y absurdo. Aquí en Buenos Aires, nadie en su sano juicio puede pretender que una mujer musulmana vista igual que en Palestina. De hecho, ninguna mujer musulmana se viste así. Ni siquiera las mujeres de origen sirio o libanés, radicadas en el país desde hace muchos años. Tampoco sus hijas ni sus nietas.  

Con el tiempo, AK, comenzó a sonreírme con aprobación, y yo creí que había logrado ser admitida. Un 16 de marzo, me invitaron a dar mi shahada, sin mayores explicaciones, como quien te invita a dar una vuelta o a tomar un café. Se supone que yo ya tenía bastante material de lectura para aprender qué era el Islam. Bueno, así fue mi conversión, sin gran ayuda de mis hermanos, pero yo me sentía feliz porque, al  fin, me sentía  aceptada. Algo me dijo AK al respecto, como que iba a ser musulmana si Allah quería recibirme entre los suyos, pero si  Allah no quería, no podría serlo. ¿Pero cómo saber si Allah me querría? Supongo que Allah debe haberse comunicado con AK, y dispuso mi shahada para ese 16 de marzo.  Recibí el nombre musulmán de Yamila. A mí me gusta mucho pero no forma parte de mi identidad ni de mi pasado. Puedo sentirme una persona nueva con mi viejo nombre de siempre, con mi misma piel, con mis mismos huesos, con los mismos zapatos. 

Un tiempo después, AK me presentó a una esposa muy joven, madre de tres criaturas pequeñas. Reconozco que me asombró ver a una Maimuna de aspecto casi adolescente, al lado de un hombre de 63 años. Luego me invitaron a su casa, y ahí comprendí que los musulmanes no tienen que ser personas ideales, sino que están llenas de conflictos domésticos y contradicciones como cualquier cristiano o hijo de vecino. 

A solas, ella y yo, y con sus hijas de 5 y 10 años como testigos, me quiso advertir sobre la inutilidad de esperar algo de la comunidad árabe-argentina, que se caracterizaba por tratar discriminatoriamente a los musulmanes no árabes. Me dio una imagen terrible de mi nueva situación como musulmana. Salí agobiada de su casa, preguntándome “Dios mío, ¿adónde me vine a meter?”. Había mucho resentimiento y padecimiento en sus comentarios. Cada palabra que decía, invitaba a la mayor de las niñas, fruto de un matrimonio anterior, a corroborar sus afirmaciones. 

También me advirtió que no debía cambiar de mezquita porque era algo que no les gustaba. Después comprendería el por qué, pero yo ignoraba que hubiese tantas tendencias dentro del Islam. 

Luego, me sometió a una especie de interrogatorio sumamente molesto. Le interesaba saber si era casada, si tenía hijos, dónde vivía, si alquilaba, sorprendiéndose mucho cuando le dije que era propietaria de mi casa (todavía), si trabajaba, (actualmente, llevo 8 meses de desocupación), de qué vivía. Cuando le dije que me gustaba pintar e iba a nadar por indicación médica, muy seriamente, me dijo que, siendo musulmana, ya no debía hacerlo porque no estaba permitido a una mujer nadar.  En cuanto a la pintura, no podía hacer figuras o rostros humanos. Dios mío, ¿qué estaba pasando? ¿Cómo era posible tanto atraso, tanta represión, tanta ignorancia?  Lisa y llanamente, no podía creer lo que estaba viviendo.  

AK me insistía para que frecuentase a su esposa porque, según decía, ella estaba muy sola. Pero la verdad, que yo no necesitaba que me la dijese, es que era demasiado trabajo para ella sola, ocuparse de tres criaturas, una de ellas tan enfermita. A su vez, nada más alejado de mis intenciones, hacerme cargo de semejante situación. No me sentía cómoda y no quería ser usada. No era lo que yo pretendía encontrar, ni a lo que estaba acostumbrada, pero eran los únicos musulmanes que había logrado conocer. A los pocos hombres que iban a la mezquita no correspondía hablarles. Tampoco iban otras mujeres. Pero además, AK me dijo un día que no le gustaban las juntas de mujeres, y que si yo iba a ir a la mezquita con intenciones de participar de chusmeríos femeninos, a él, eso no le gustaba. Parecía ignorar que su propia esposa era una maestra del chisme y la difamación. Era una atmósfera asfixiante y enferma.  

 Cuando yo me quejo de la soledad de las mezquitas, es porque resiento la ausencia de musulmanes orando. Ahora pienso que tal vez, muchos musulmanes prefieran hacer sus oraciones en su casa, en vez de ir a estas mezquitas, donde, indefectiblemente, se encuentran con este clima. Yo siento que si dejo de concurrir a una mezquita, insensiblemente, comienzo a alejarme de mi comunidad, de la sociedad musulmana, y otra vez, vuelvo a sumergirme en la sociedad individualista, consumista, capitalista, etc., expuesta a todas sus tentaciones, desde el momento mismo en que enciendo un televisor. En cambio, el contacto con otros musulmanes, en el ámbito de una mezquita, me permitiría reforzar mi sentir musulmán, nutrirme de ellos, reconocerme en ellos, apoyarme en ellos. Pero en la mezquita de la calle Alberti, el sheij Abdelkarim está más loco que las cabras, obsesionado con imitar al Profeta aplicando la poligamia. El Imam Ibrahim (egipcio) le aconsejaba casarse. 

Un día, este hombre empezó a demostrar demasiado interés por mi estado civil, soltera. Preguntaba por qué no me había casado. El día que, respondiendo a su evidente indiscreción, le dije mi edad, se mostró muy desilusionado (también yo aparento mucho menos edad). Pero inmediatamente, dijo “Bueno, árbol que no da frutos puede dar sombra, porque uno nunca sabe”. Yo no podía dar crédito a mis oídos. Lo tomé a risa, y se lo comenté a su propia esposa, en medio de un ataque de risa.  Maimuna, escandalizada, preguntó “¿eso te dijo?” 

Mientras tanto, en materia de conocimiento islámico, yo seguía igual o peor que al principio.  AK es un hombre muy limitado en conocimientos. Solía decir con gran orgullo que él, al igual que el Profeta, era iletrado, con lo que parecía decir, “soy igual que el Profeta”. 

Un día me volvió a insistir sobre la necesidad de que yo contrajera matrimonio porque en la comunidad musulmana, una mujer debe ponerse al amparo de un hombre (¿?). Verdaderamente se estaba volviendo muy impertinente y yo no quería mostrarme grosera o mal educada. Le respondí que no era mi destino contraer matrimonio, pero aunque quisiera hacerlo no había hombres buenos disponibles. Creí que me moriría cuando, con una sonrisa bobalicona, me aconsejó que le pidiese a Allah un hombre religioso, porque su esposa Maimuna lo había hecho así y Allah lo destinó a él para casarse con ella. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no reírme a carcajadas en sus propias barbas. El pobre hombre estaba convencido de haber sido la mejor opción para esa pobre joven, tan llena de amargura e infelicidad que parecía odiarlo. Pero cuando empezó a hablarme de la ley islámica, o de la excesiva juventud de su actual esposa, dije basta para mis adentros. Esto ya había llegado demasiado lejos. La poligamia tampoco es un tema de mi interés. Y tampoco está en mis planes acceder a las pretensiones de un viejo feo y ridículo, medio chiflado que se cree un Profeta simplemente por ser iletrado. 

Cuando lo consultaba sobre la posibilidad de aprender árabe o aprender a pronunciar correctamente las oraciones, me respondía que poco a poco, pero no me daba otras indicaciones de cómo lograrlo. Era algo definitivamente frustrante. Un día me anunció, triunfalmente, que había hablado con su esposa Maimuna, para que comenzara a darme clases de Corán en su casa, los días sábado. Lo último que yo quería era frecuentar su casa y a su esposa, más insensata e iletrada que él. Esta es mi experiencia con el “portero” de la mezquita de la calle Alberti. Los medios periodísticos de Occidente no necesitan gastar mucha tinta en desprestigiar al Islam.  También los que se llaman musulmanes a sí mismos hacen su aporte en este sentido.   

Un día, inesperadamente y por una ocasión en especial, apareció un grupito de mujeres en la mezquita. Yo las miraba sin poder creer lo que veían mis ojos. Naturalmente, los días eran menos calurosos y había empezado el otoño. Una de ellas, particularmente gorda y simpática, me contó que solía frecuentar la mezquita de Palermo porque allí se daban, en forma gratuita, clases de árabe y Corán, además de cocina árabe. Ahora no podía creer lo que escuchaba. Pregunté dirección, días y horarios y no lo pensé más.   

También tuve oportunidad de conversar con otra señora que había hecho su shahada el mismo día que yo, pero a la que no había vuelto a ver desde entonces. A ella le comenté, con absoluta confianza mis reparos con este Abdelkarim y sus continuas conversaciones relativas al tema matrimonial.  Ella pensaba más o menos lo mismo que yo.  Se lo comentó a su esposo, que es muy amigo de un hermano de AK, y afortunadamente para mí, Abdelkarim se sintió muy molesto por haberle confiado mis temores a otras personas. Pero éste “hermano” se está pasando de listo, porque en esta sociedad nuestra no corre la poligamia ni la sharia´a, y eso él lo sabe muy bien aunque sea más iletrado que el Profeta.  Por mi parte, nunca más vuelvo a pisar la mezquita de la calle Alberti, con tal de no tener que reencontrarme con el “portero profeta”. Además, los sabios árabes iban  a continuar con su seminario en esta mezquita también.   

Yo comencé a frecuentar la mezquita de Palermo, donde solían reunirse todas las mujeres musulmanas que van a una mezquita. Por eso no se las veía en Alberti. Y es verdad que se imparten clases gratuitas de idioma árabe, o de cocina. Y también se reúnen para recitar el Corán. Los domingos organizan charlas impartidas por los sheijs. Pero el nivel de estas charlas es semejante a las desarrolladas por los sabios árabes. Generalmente, salimos muertas de risa de escuchar tanta tontería junta. También es cierto que hay problemas, peleas y chusmeríos entre las mujeres, pero creo que es algo inevitable en cualquier sociedad humana. Pero en fin, hay actividades más islámicas que en la calle Alberti. Y dentro del marco de esas actividades, se desarrolló el seminario al que aludí.   

Es cierto que, ya antes de la visita de los sabios, se nos insistía sobre la necesidad de vestirnos a diario, como mujeres musulmanas, se nos marcaba nuestra condición de ser inferior respecto al hombre, porque así está señalado en el Corán, pero nadie se lo tomaba demasiado en serio. Hasta que llegaron los sabios árabes para poner los puntos sobre las “íes”, y nos sentaron en salas separadas, una para los hombres y otra para las mujeres. Lo mismo ocurría a la hora de la cena. También había claras diferencias entre el menú para las mujeres y el de los hombres. El menú de los hombres era más variado y abundante, y sus alimentos eran servidos por personal especialmente dispuesto para ello.  

Las cosas más llamativas que recuerdo haber escuchado en el transcurso de esas charlas es que el Profeta indicó que la mujer debe prosternarse frente al hombre (la única prosternación que yo admito es ante Dios mi Creador). La mujer es inferior al hombre porque así lo decretó Allah. También se nos indicó no depilarnos las cejas, pero sí el resto del cuerpo así como el pubis cada quince días, usar el hiyab bien largo, y no maquillarnos ni perfumarnos más que para el esposo.  Nos enteramos que no podíamos tener amigos hombres.  Podíamos salir a trabajar pero manteniendo nuestra conducta de mujeres musulmanas evitando el contacto con hombres. ¿La mujer adúltera condenada a morir lapidada? Así debe ser porque está escrito en el Corán.  ¿Divorcio? Por supuesto, el hombre posee todas las prerrogativas. Basta que pronuncie en tres oportunidades “te divorcio” para que la mujer se encuentre devuelta a casa de su padre. También aprendimos que hay qué decir cuando un musulmán estornuda una vez y dice Alhamdu lillah, aceptar sus invitaciones aunque estemos ayunando, beneficiarlo con un buen consejo cuando lo solicite, ir a visitarlo cuando está enfermo, e ir a su entierro cuando se muere (nada demasiado diferente a lo que ya hacemos sin ser musulmanes).   

En esta mezquita del Rey Fahd, una hermana sudafricana con la tarea de organizar a las mujeres, expresó en una oportunidad, que “el Islam comienza por acá”, tocándose el hiyab que cubría su cabeza. Yo hubiese preferido creer que el musulmán o musulmana comienza a construirse desde la sinceridad de su corazón. 

Pero cuando ella sale de la mezquita, en el baño del McDonalds, sufre una transformación. Se convierte en una mujer corriente y común de la calle, sin hiyab ni túnica. Y es de público conocimiento que convive con un hombre no musulmán. 

Uno de estos sabios, ignorando lo que significa el pudor femenino, habló sobre lo que puede y no puede hacer una mujer que se encuentra en estado de impureza, es decir, con la menstruación. Pretendió informarnos con evidente ignorancia y mal gusto sobre un tema que implica cierto respeto a la intimidad femenina. Comenzó su charla diciendo que no debe haber vergüenza en temas religiosos. Pero yo prefiero consultar a mi ginecólogo ante cualquier duda que me ocasione mi cuerpo y menstruaciones fuera de fecha. A veces, la presencia de cáncer en el útero femenino provoca hemorragias que pueden ser confundidas con menstruaciones. El sabio no aconsejó una consulta médica sino que limitó sus apreciaciones a si pudiese o no, orar, ayunar o tocar el Corán.  

Pero la verdad es que, ninguna de nosotras usa un hiyab o vestimentas musulmanas en nuestra vida diaria. Somos conscientes de que este no es un país islámico y nuestras costumbres son las de una sociedad occidental.  Conversamos con el verdulero, el carnicero, el almacenero y el portero, de los problemas diarios, del aumento de precios, de la falta de trabajo, o de lo cara que está la carne. Y no somos malas mujeres por ello. Tampoco estamos faltándole el respeto a los esposos. Y por supuesto que nos gusta maquillarnos, perfumarnos y salir bien arregladas a la calle. 

Pero además, yo me tomé un tiempo prudencial antes de comunicar a mis amistades de toda la vida la elección que había hecho en materia religiosa. La mayoría aceptó y respetó mi decisión, pero en el fondo sé que es para no contrariarme, pero no les alegra mucho. Una sola de mis amigas, en un mal momento, me dijo que me iban a lavar el cerebro, y casi discutimos muy feo por este motivo. Luego, ambas reflexionamos y buscamos preservar una larga amistad. Casualmente, hoy hablé por teléfono con otra hermana que me comentaba que su familia no sabe nada de su conversión, y prefiere mantenerlo en secreto, pero de pañuelo no va ni al supermercado. No quiere exponerse, innecesariamente, al rechazo. Pero además, nosotras no nos sentimos cómodas imitando usos y costumbres  de una cultura diferente.  Yo creo, francamente, que podemos ser musulmanas sinceras, sin cargar con el bagaje cultural proveniente del Oriente. El Islam es una religión universal, para orientales y occidentales. Pero esto no puede significar que toda nuestra vida comience a girar en torno a los valores y moda orientales. Yo quiero seguir siendo una mujer occidental, vestir como mujer occidental, y sentir y amar a Allah con un corazón musulmán. Eso es todo. 

Te pido que me perdones por haber abusado de tu tiempo y tu paciencia, pero quería que supieses que no es fácil ser musulmana por estas latitudes.  Bueno, últimamente nada es fácil por este vecindario.  

 Hay una tercer mezquita en el barrio de Flores, según dicen de tendencia chiíta. También hay otra clase de musulmanes que no frecuentan mezquitas, y poseen otro nivel cultural. Son profesionales, poetas, artistas, que se reúnen en casa de alguien para escuchar charlas ofrecidas por un sabio turco, mucho más espirituales. Yo he participado de algunas de ellas. Pero también aquí hubo algunos problemas originados por promesas laborales, un tema muy delicado en Argentina. Parece que hubo malentendidos al hablar de una futura fundación, en la que se le prometió a un hermano recientemente convertido, un puesto similar al de administrador. Luego le dijeron que, en realidad, el puesto era de colaborador. El hermano recién convertido se sintió engañado y estafado. 

A propósito, llevo más años vividos en la Argentina que en mi país natal, pero nací uruguaya. Me radiqué hace muchos años en Buenos Aires. Pude aporteñarme, y hasta islamizarme, pero no creo que pueda arabizarme.

Ahora, si no te molesta “desasnarme” y tienes un poquito de tiempo, cuéntame que significa “anti-dawa”, “Rahma”, “Baraka”. ¿Qué significa que “el wahhabismo es lo que representa la modernización del Islam, el abandono de la tradición para hallar su semejanza con esa cultura de la representación y de la imagen“, (la religión católica)?  Yo creía que el wahhabismo era la postura más recalcitrante y ortodoxa dentro del Islam. 

Entiendo perfectamente lo que tratas de explicarme en los últimos párrafos, pero no creas que extraño la pompa y el circo de la Iglesia Católica, ni a sus prelados, Obispos y Cardenales. Tampoco las imágenes. Esto es algo que me ha quedado muy claro. Ya no necesito una impresión en cartulina para volverla objeto de mi adoración. Creo que logré superar esa etapa de la idolatría. Pero me apena ver las mezquitas vacías porque se me ocurre que los hombres empiezan a olvidar la necesidad de la oración en sus vidas. Pierden el nexo con la divinidad y se dejan atrapar por el ruido de las cosas mundanas. Sin embargo, ya aprendí que la tierra entera es una gran mezquita.  

Yo puedo orar sola, en la soledad de mi casa. Pero también es algo bueno sentirme una más entre otras hermanas, hombro con hombro, codo con codo.  Tengo la esperanza de poder retomar mis oraciones cualquier día de estos, y estoy segura que Allah me perdonará mi olvido, si yo le pido que me perdone (Hadiz 42).

Y mañana viernes, iré a mi clase de árabe. A la mezquita tal vez vuelva cuando ya no haya ningún sabio árabe adentro de ella. En cuanto al “portero”, está más interesado, para su provecho personal, en la poligamia que en ningún otro aspecto del Islam.

Gracias.

Assalamu Alaikum

YAMILA

Buenos Aires, 28 de agosto de 2002

 

Para ver la respuesta de Abdelkarim Osuna, redactor de Webislam:

Respuesta a Yamila

 

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