Número 185  //  3  de Septiembre de 2002  //  26 Jumada Al-Thaani 1423 A.H.

 OPINIÓN

Llevar barba o no llevar barba. Esa no es la cuestión

Por Aziz Choudry
http://www.zmag.org/Spanish


 


Ahora que se supone que todos somos americanos conforme la lucha contra "los malvados" se va expandiendo, un incidente reciente me recordó que algunos de nosotros, dondequiera que vivamos, somos "Pakis", como dijo Bush recientemente.

¿Qué hace un señor con un nombre como Abdul Aziz para viajar hoy en día sin ser cuestionado por las autoridades? Intenta mostrarte tranquilo cuando estés en el aeropuerto, me aconsejó un amigo en Pakistán. No lleves puesta tu chaqueta de cuero en Hong Kong, me dijo un camarada australiano tras un rumor antes de mi participación en una cumbre oriental contra el Foro Económico Mundial.

Cuando hice el control de vuelo del aeropuerto de Vancouver el pasado octubre, conversé con un trabajador argelino de la compañía aérea acerca de lo difícil que va a ser viajar para la gente con nombres como los nuestros.

Un amigo sindicalista neozelandés me llamó mientras vacilaba sobre si realizar un viaje a Canadá, convencido de que si yo hubiese estado en uno de los aviones del 11 de septiembre, sólo mi nombre hubiese llevado a la suposición de ser "terrorista".

El pasado octubre, cuando hablamos en una sesión programada sobre la globalización y la criminalización de los disidentes en un seminario en Ottawa, el antiimperialista, anarquista, activista, escritor y amigo, Jaggi Singh comentó que ambos coincidíamos con el perfil vigente del arquetípico terrorista o secuestrador moderno: bien afeitado, tez morena, hombre, entre 25 y 35 años, con buena educación y dominio del inglés.

No deja de ser divertido que sin haber hablado entre nosotros sobre el tema, ambos hayamos empezado a dejarnos barba.

La barba de Jaggi no evitó que los funcionarios de aduanas e inmigración de Estados Unidos le preguntasen, indagasen y le detuviesen en la frontera entre Canadá y Estados Unidos el pasado noviembre.

El 14 de enero viajé a Vietnam. Después de pasar por el control y obtener mi tarjeta de embarque, me dirigí a coger mi vuelo de Air New Zealand a Sidney para mi primera escala de viaje. Eran las 6 de la mañana en el aeropuerto Christchurch. Pero mi barba y mi sonrisa tranquila no pudieron evitar que fuese detenido. Al presentar mi pasaporte (neozelandés) y billete en "aduana e inmigración", fui entregado a Seguridad Aérea después de que el funcionario consultara una nota en su escritorio, y quizás una entrada en su ordenador.

Mi nombre, me dijeron, coincidía con el de una "persona extremadamente peligrosa" de una lista londinense obtenida por la compañía aérea, de acuerdo con el funcionario del Servicio de Seguridad Aérea que tomó mi pasaporte y mi tarjeta de embarque y me escoltó hasta un policía armado. Tuve que ser cacheado. No fui detenido esta vez. No sé bajo que autoridad legal fui retenido. Pero al menos mi equipaje no fue registrado. Bajo esas circunstancias, quién sabe que reacciones hubiesen provocado mis barras de chocolate, mis calendarios con paisajes neozelandeses, mis calcetines agujereados y mi equipo de criquet de Pakistán.

Así que era esto lo que realmente significa mi recientemente adquirido "alto nivel de reconocimiento" como usuario frecuente de líneas aéreas. Mi iniciación a ese estado de "élite dorada" que prometía un "nuevo nivel de comodidad" implicaba ser tratado como un presunto terrorista.

Tener un nombre musulmán es obviamente lo suficientemente incriminatorio, ya lo era antes del 11 de septiembre. Eso es particularmente cierto en un país en el que el mundo musulmán es percibido gracias a Hollywood como un puñado de terroristas islámicos de cuya boca emana espuma y que amenazan con lanzar armas de destrucción masiva. O la casi indistinguible bazofia que pasa como "noticias mundiales" y que es servida por la CNN y los otros gigantes del "entretenimiento informativo".

Pero yo también soy un organizador antiimperialista, escritor e investigador con un fuerte compromiso en apoyar las luchas de las poblaciones indígenas por su soberanía y otras luchas por la justicia social y económica. Hace cinco años, mi casa fue asaltada durante las operaciones de "inteligencia" probablemente más embarazosas y espectacularmente chapuceras de la historia de Nueva Zelanda. Mientras tanto los servicios de "inteligencia" de la policía neozelandesa parecen considerarme como un "extremista" merecedor de su atención desde mucho antes del 11 de septiembre.

Tengo que admitir que no soy capaz de mantenerme al día con lo que está de moda y lo que no en lo que respecta a juzgar apariencias y tipos de cara masculinos en esta "guerra contra el terror".

Porque, si tenemos que creer lo que nos muestra la lente de las corporaciones mediáticas, el indicador actual de libertad, justicia y civilización para la población afgana es si los hombres llevan barba y si las mujeres visten burqas, no si tienen el derecho a determinar su propio futuro o si viven en dignidad. No es que a la administración estadounidense le importen los afganos de a pie algo más de lo que le preocupan los centenares de miles de iraquíes hombres, mujeres y niños que ha asesinado. Y sus aliados en esta cruzada, pequeños jugadores en la guerra como los gobiernos de Nueva Zelanda y Australia, no son diferentes.

Algunos podrían decir que el mundo ha cambiado desde el 11 de septiembre, pero debemos preguntar qué hay de nuevo. Desde la guerra fría, las agencias de inteligencia occidentales se han inventado nuevas amenazas de seguridad que justifican la vigilancia de muchas comunidades de emigrantes basándose en sus afiliaciones étnicas y religiosas, ya sean reales o percibidas, mientras que al mismo tiempo espían a los defensores de la soberanía de los pueblos indígenas y a los oponentes del capitalismo corporativo. Algunos de nosotros, como Jaggi y yo entramos en las tres categorías. Llevemos barba o no.

El policía se fue con mi pasaporte a hablar con alguien, volvió y desapareció de nuevo. Finalmente, después de dudar seriamente si iría finalmente a algún sitio, se me permitió subir al avión, pero ni el policía ni el funcionario de seguridad aérea pudieron o quisieron arrojar algo de luz sobre lo que estaba pasando. Pregunté si se había abierto la veda de los hombres musulmanes de cierta edad y recibí una mirada perdida como respuesta. Expliqué que si iba a haber un problema conmigo por viajar entonces ellos deberían asegurarse de que el ministerio del gobierno vietnamita que había garantizado mi visado se enterase de todo y que a ellos probablemente no les gustaría mucho mi detención. Me dejaron con la duda sobre cómo habían llegado a la conclusión de que yo no era el "extremadamente peligroso" Abdul Aziz Choudry.

Los trabajadores de Air New Zealand en Sidney dijeron que no había nada en su sistema informático sobre mi persona y que no había podido ser su compañía la que hizo circular mi nombre. Culpa a la aduana neozelandesa, dijeron.

Cancelé mis planes para Sidney y malgasté bastante tiempo buscando respuestas de las autoridades del aeropuerto de Christchurch por teléfono, antes de volar a Bangkok esa tarde. Seguridad Aérea dijo inicialmente que Aduanas había dado mi nombre. Aduanas me contó la historia opuesta.

Finalmente el jefe de terminal de Air New Zealand llamó desde Christchurch. Una organización del Servicio de Inteligencia (estaba "bastante seguro" de que era una de fuera y no una neozelandesa) había puesto mi nombre en circulación, y que todo había sido una comprobación rutinaria. La compañía envió entonces la información a mi punto de embarque. Negó categóricamente que su compañía hubiese establecido perfiles sobre los pasajeros, "asegurándome" que mi detención se basó en mi nombre. No pudo garantizar que no fuese detenido en mis próximos vuelos, aunque afortunadamente no fue así (esa vez).

No quiero darle más importancia a lo que pasó de la que tiene. Les han ocurrido cosas muchísimo peores a personas con nombres como el mío en todo el mundo. Desde los pueblos bombardeados en Afganistán hasta los centenares de "sospechosos" inocentes detenidos y enviados a prisión en los Estados Unidos gracias a su perfil racial y religioso, pasando por los centros de detención secretos o los campos de concentración que albergan desesperados solicitantes de asilo en Australia. Nuestro mundo se parece cada vez más al plató de una horrenda película de serie B, con los mismos estereotipos y papeles ordenados por un director ávido de poder que nunca aprendió como masticar su comida correctamente, y un equipo de rodaje "pelota" desperdigado por todo el mundo, desesperado por complacerle. Sólo que esto no es ninguna película.

Tariq Ali, tras su búsqueda y detención por la policía alemana en el aeropuerto de Munich el pasado octubre, escribió: "Supongo que mi experiencia fue un ensayo de lo que va a venir. Fue un pequeño arañazo, pero que si no es tratado adecuadamente puede llevar a la gangrena". Esa gangrena se ha expandido a todos los rincones del planeta.

Mientras tanto, se supone que debemos quitarle importancia al asunto, aceptar nuestro destino y no desanimarnos. Son sólo "comprobaciones rutinarias" después de todo. Sí, claro.
 

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