Número 184  //  27  de Agosto de 2002  //  19 Jumada Al-Thaani 1423 A.H.

 INICIACIÓN AL ISLAM

He olvidado algo

Por Rumi

El libro interior, Fihi ma Fihi,
ed. Paidós, pp. 39-44)


 


— He olvidado algo aquí, dijo uno de los oyentes.

 

— En el mundo, dijo el Maestro, sólo hay una cosa que no se puede olvidar. Poco importa la negligencia del mundo si tú no la olvidas. Pero si te acuerdas de todo, si realizas todo sin omitir nada salvo esta cosa, nada has realizado. Por ejemplo: si un rey te envía a un pueblo para ejecutar una orden determinada, y tú te entretienes efectuando otros cien trabajos sin realizar la misión que él te ha encargado, nada has cumplido. Así, el hombre ha venido a este mundo para realizar una misión y esta misión es su verdadero fin. Si no la realiza, nada ha hecho realmente. «Propusimos eI depósito a Ios cieIos, a Ia tierra y a las montañas pero se negaron a hacerse cargo de él, tuvieron miedo; el hombre, en cambio, se hizo cargo. Es, en verdad, muy impío e ignorante» (Corán, XXXIII, 72). Propusimos ese depósito a los cielos, pero no pudieron aceptarlo.

 

Considera cuántas obras provienen del cielo, tantas que la razón se asombra ante ellas: el cielo transforma las piedras en rubíes y ágatas y las montañas en minas de oro y plata, hace germinar las plantas de la tierra, les da vida —y hace de ellas el paraíso del Edén. La tierra recibe también semillas y produce frutos, cubre los defectos y realiza miles de maravillas inexplicables. Y las montanas producen de igual modo minas diversas. Llevan a cabo todos estos misterios, pero son incapaces de realizar una única cosa que sólo el hombre es capaz de realizar. Al-lâh ha dicho: «Hemos honrado a Ios hijos de Adán» (Corán, XVII, 20). No dijo: «Hemos honrado el cielo y la tierra». El hombre realiza, pues, cosas que los cielos, la tierra y las montañas no pueden realizar. Cuando él las realiza, se le protege de la ignorancia y de la perversidad.

 

Si tú dices: «No realizo esa tarea, pero ejecuto muchas otras», es como si transformases un sable indio de precioso acero, sacado del tesoro del rey, en un cuchillo de carnicero para carne putrefacta, diciendo:

 

— No abandono este sable como inútil; lo uso para fines útiles.

 

O que trajeses una olla de oro de tan alto valor que con una de sus partículas podrían adquirirse cien ollas ordinarias y la usaras para cocer nabos. O que hundieses un cuchillo del mejor acero en la pared como un clavo y colgases de él una calabaza rajada, diciendo:

 

— Lo uso adecuadamente: cuelgo de él la calabaza. En otro caso, este cuchillo no me habría servido de nada.

 

¿No es cosa de burla y de risa? Pues la calabaza conviene al clavo de hierro o de madera, que apenas cuesta un céntimo. ¿No es ridículo utilizar un cuchillo de cien dinares para un uso semejante? El Altísimo te asignó un gran precio. Dijo: «Al-lâh ha comprado a los creyentes sus personas y sus bienes para darles a cambio eI Paraíso» (Corán, IX, 3)

 

Tú eres más precioso que eI cielo.
¿Qué puedo hacer yo si ignoras tu propio valor?
No tomes en cuenta a cualquier mendigo;
sólo a nosotros perteneces.
No te vendas barato,
ya que posees tan gran valor.

 

— Os he comprado, dijo el Altísimo, a vosotros, vuestras personas, vuestros bienes y vuestro tiempo. Si me los consagráis y me los dais, el premio será el Paraíso eterno. Tal es vuestro precio a Mis ojos. Inversamente, si te vendes al infierno, es tu propia persona la dañada, semejante a ese hombre que había clavado en la pared un cuchillo de un valor de cien dinares y había colgado de él una calabaza o una cántara.

 

Supongamos que pretendes dedicarte a ciencias sublimes y que aprendes por ejemplo jurisprudencia, filosofía, lógica, astronomía, medicina, etc. Todo este saber, a fin de cuentas, es para ti mismo. Aprendes jurisprudencia para que nadie te arrebate el trozo de pan que tienes en la mano ni te despoje de tus vestiduras ni te mate: para seguir, en fin, estando sano y salvo. Si se trata de la astronomía, de las diferentes fases del cielo y su influencia en la tierra, o sobre que determinada mercancía será barata o muy cara, o que habrá pánico o seguridad en la tierra, todas estas previsiones sólo importan en relación con tu propia situación. Si se trata de una estrella, favorable o nefasta, solo la tomas en cuenta porque afecta a tu propia posición astral. Si profundizas en determinado tema es porque la raíz reside en ti; todas esas ciencias no son sino ramificaciones tuyas, pues Él te ha creado para Sí mismo y ha creado todas las cosas para ti. «He creado las cosas para tí y te he creado para Mí».

 

Y puesto que hay tantos detalles, maravillas, estados y mundos extraordinarios e infinitos en tu ramificación, ¡considera cuántos estados habrá en ti, que eres la raíz¡ Puesto que en tus ramificaciones hay venturas y desdichas, ascensiones y recaídas, considera cuántas ascensiones y recaídas, cuántas venturas y desdichas, cuántas pérdidas y beneficios habrá en ti, que eres la raíz, en el mundo de los espíritus.

 

Aparte de este alimento y este sueño, existe para ti otro alimento. «He pasado la noche en la casa de mi Señor, ÉI me ha alimentado y me ha dado de beber.» (Tradición recogida por Muslim y Bujari). En este bajo mundo, has descuidado este alimento a cambio de otra subsistencia; día y noche te ocupas de las necesidades de tu cuerpo. Pues bien, ese cuerpo es tu montura y este mundo es su pesebre, pero el alimento del caballo no es el de su jinete. Él tiene su propio sueño, alimentación y bienestar. Pero las características animales y bestiales se imponen sobre ti, de modo que te has quedado ante el pesebre de los caballos y no tienes lugar en la jerarquía de los emires y soberanos del mundo eterno. Tu corazón está efectivamente allí, pero, como tu cuerpo domina, has quedado cautivo de él y a él te has sometido.

 

Lo mismo Mashnún, que pretendía visitar el país de Layla: cuando estaba consciente arreaba su camella hacia su amada, pero, cuando estaba absorto en el pensamiento de Laylá, olvidaba a la camella y a su propia persona. Como la camella había dejado cría en el pueblo, aprovechaba la circunstancia para volver sobre sus pasos. Cuando Mashnún recuperaba la lucidez, se daba cuenta de haber retrocedido a dos jornadas de distancia. Así, el viaje duró tres meses. Finalmente exclamó:

 

— ¡Esta camella es una calamidad para mí! Se apeó de la camella y se marchó a pie.

 

EI deseo de mi camella está detrás de mí,
y el mío ante mí:
ambos se oponen eI uno aI otro.

 

El Maestro dijo que Sayyid Borhán al-Dîn Mohaqqiq (¡Al-lâh santifique su secreto!) estaba hablando cuando alguien entró, diciendo:
 

— He oído que Fulano te elogiaba.
 

— Vamos a ver, respondió él, ¿quién es ese Fulano? ¿Tiene realmente la altura espiritual necesaria para conocerme y elogiarme?. Si sólo me conoce por los discursos, no me conoce. pues esos discursos, esta boca y estos labios no duran: todos estos fenómenos sólo son accidentes. Pero si me conoce por mis acciones y mi esencia, sé que puede elogiarme y que es mío su elogio.

 

Esta historia se parece a la del rey que había confiado su hijo a unos hombres especializados para que le enseñasen las ciencias de la astronomía, la geomancia y otras. Había llegado a dominarIas a pesar de su incapacidad y su escasa inteligencia. Un día el rey ocultó una sortija en su mano y, para probar a su hijo, le preguntó:

 

— Dime: ¿qué tengo en la mano?

 

— Lo que tienes en la mano, respondió, es algo redondo, amarillo y hueco.

 

— Esos indicios son exactos, dijo el rey, pero dime qué es realmente.

 

— Debe de ser una criba, respondió el príncipe.

 

— Pero bueno, dijo el rey, has dado tantos indicios exactos que la razón queda estupefacta ante el poder de tus estudios y tu ciencia; de todas formas, ¿no comprendes que una criba no puede caber en la mano?

 

Los sabios de nuestra época hilan igualmente muy fino en sus investigaciones; conocen perfectamente lo que no les importa y abrazan todas as ciencias, pero lo ignoran todo acerca de su propia persona. Distinguen lo lícito de lo ilícito diciendo: «Esto está permitido, esto no lo está; esto es lícito, eso es ilícito». Pero en lo inherente a sí mismos no saben lo que es lícito o ilícito, permitido o prohibido, puro o impuro.

 

Que un objeto sea hueco, amarillo o redondo, sólo es un accidente. Si lo arrojas al fuego, nada queda de esos atributos y se convierte en pura esencia. Lo mismo sucede con los indicios referentes a las ciencias, la acción o la palabra; no dependen en modo alguno de la esencia de la cosa considerada: sólo la esencia sobrevive. Así, los sabios hablan de todas estas cosas, las explican y finalmente juzgan que en la mano del rey hay una criba, pues ignoran el principio de aquello de lo que hablan.

 

Si yo soy un ave, un ruiseñor o un loro y me piden que cante de otro modo, sería incapaz de hacerlo porque ése es mi lenguaje y no puedo hacer otra cosa, al contrario del que ha aprendido el canto de las aves. Él no es un ave, sino más bien su enemigo y cazador. Silba y canta para que las aves lo tomen por uno de los suyos. Si alguien le ordena que emita un canto distinto, es capaz de hacerlo, porque para él ese canto es algo artificial: ha aprendido a robar las mercancías de las gentes y a adoptar en cada casa una apariencia diferente.
 

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