Número 184  //  27  de Agosto de 2002  //  19 Jumada Al-Thaani 1423 A.H.

 OPINIÓN

De regreso a la tierra de la cordura

Por Ariadna Fros

Esta carta, recibida en la redacción de webislam, constituye la experiencia de una mujer argentina que, a causa de su asistencia a un seminario dictado por la Universidad Islámica del Imam Muhammad Ibn Saud, ha sido conducida a abandonar el Islam. Remitimos a los lectores a la respuesta de Ahmed Lahori, en este mismo número de webislam.


 


El viernes 23 de agosto, concurrí a una charla que daba un disertante francés, Profesor Dr. François Burgat, sobre temas islámicos, en la sede del Centro Islámico de la Avda. San Juan.  Unos días antes me había llegado la invitación vía e-mail, pero no estaba en mis planes asistir, después de tantos días de seminario islámico en la Mezquita de Palermo (Centro Cultural Islámico “Custodio de las Dos Sagradas Mezquitas, Rey Fahed” en Buenos Aires, Seminario dictado por la Universidad Islámica del Imam Muhammad Ibn Saud, del 10 al 23 de agosto de 2002). Sinceramente, me sentía moralmente devastada y físicamente agotada pero por la mañana me llamaron por teléfono un par de seminaristas, musulmanas argentinas, para insistirme sobre el tema, porque no querían que yo me quedase con esa visión tan negativa del Islam, proporcionada por los sabios del Reino de Arabia Saudita.

 

Dudé mucho antes de decidirme a ir, pero estas señoras querían que yo supiese que hay otro tipo de musulmanes, musulmanes argentinos que no hablan de lapidar mujeres adúlteras, aunque esté escrito en el Corán. También yo necesitaba saber si es posible ser musulmana sin caer, necesariamente, en la barbarie pre-islámica. A una de estas señoras le mostré uno de mis últimos e-mail enviado al Centro Islámico de la Mezquita de Palermo, los que nunca han podido contestar de una forma razonable para mi mentalidad occidental. La única respuesta la recibí a través de este seminario, y lo que obtuve como resultado es un gran vacío y un gran pesar. 

 

Llevo varios meses yendo a la Mezquita de Palermo. Anteriormente, fui a buscar el Islam en la mezquita de la calle Alberti donde fui recibida por un hombre llamado Abdel Karim, al que yo confundí con una especie de sheij, y que suele abrir y cerrar las puertas de la mezquita. Hoy, cuando cuento mi experiencia con este individuo, me dicen que fui demasiado tonta al no darme cuenta, con sólo observar su aspecto, que me atendió el conserje. Pero él no parece sentirse el portero. En una oportunidad, me expresó que después del Imam Ibrahim, sigue él en orden de importancia. En consecuencia, no soy yo responsable de tanta confusión. Confundidos y extraviados están los musulmanes que permiten que el Islam esté en manos de cualquiera, y que cualquiera sea elevado a la categoría de Sheij o sabio.

 

Lo único real para mí es que aún estoy tratando de recuperarme de mi desilusión y estupor, en lo que al Islam se refiere.  La última noche del seminario, cuando me acosté, recién entonces, pude desatar las primeras lágrimas y preguntar a alguien, que ya no sé ni cómo se llama, o si existió alguna vez, más allá de mi imaginación, “Dios mío, ¿adónde estás que no te puedo encontrar?”

 

Su paradero actual es un misterio indescifrable. No está en el Vaticano, o en las iglesias católicas, ni tampoco en las mezquitas. No es padre de nadie pero tampoco es compasivo ni misericordioso. Y según parece, la mujer es una de sus creaciones menos felices. No es para menos. En la Biblia, la mujer es culpable de comerse la manzana del árbol prohibido, y de andar en chusmeríos con la serpiente. Con ella se inició la profesión más antigua de la humanidad, la prostitución, actividad prominentemente femenina. El hombre comete otros pecadillos de menor cuantía, por ejemplo, las relaciones homosexuales. Pero, seguramente, que también de esto tiene la culpa la mujer, ya que ella es fuente de toda maldad y pecado. A las sagradas escrituras me remito. Tal vez por eso, durante mucho tiempo, los árabes pre-islámicos no encontraron nada mejor que hacer con las mujeres, que exterminarlas como una plaga antes de que pudieran reproducirse y multiplicarse. Como en aquel entonces no había plaguicidas eficaces ni armas químicas, optaron por enterrarlas vivas en la arena.  Por suerte, si hay algo que sobra en el desierto, es arena. También es cierto que sobraban mujeres. Había cuarenta mujeres para cada hombre. Eran demasiadas. Un beduino tenía más mujeres que camellos.  Por eso, los sabios de esa época, ante la falta de medios anticonceptivos tales como el D.I.U. o las pastillas, o los diafragmas, encontraron que el mejor método de control de la natalidad era enterrar los vientres. Había tantas mujeres que el sexo con ellas, además de pecado, ya era algo aburrido y poco creativo, y dejaba secuelas indeseadas, es decir, más bocas para alimentar. Las mujeres se reproducían haciendo peligrar el control demográfico de la población. Al fin de cuentas, era más inocuo practicar el sexo entre hombres, con lo que no se incrementaba, innecesariamente, la cantidad de hijos de Adán, por llamarlos de alguna forma. Finalmente, lograron reducir la población femenina de 40 a 4 mujeres por hombre. Lo gracioso de todo esto es que el sexo de un bebé lo determina el macho de la pareja fornicadora.  i yo nací  nena, fue por obra y gracia de los cromosomas de mi papá.

 

En algún momento, tal vez temiendo las futuras críticas de los medios occidentales, Allah decidió derogar la práctica de enterrar vivas a las niñitas en la arena.  Pero consideró conveniente dejar asentado por escrito, en la sura de las mujeres, aleya 34, ciertas recomendaciones tales como el derecho masculino a golpearlas, y en otras, a lapidarlas hasta la muerte cuando fornicasen fuera del matrimonio, y a establecer que Él las considera inferiores a su máxima creación, el macho humano.  Pero además, tampoco las quiere en el Paraíso, salvo para ejercer la vieja profesión (ochenta jóvenes y vírgenes para cada hijo de Adán).  Las mujeres ocupan mayoritariamente el infierno. Quien sabe, quizá 1.400 años atrás no eran ideas tan descabelladas, pero en el año 2002, en la era de las computadoras y los Mc Donalds, cuando el hombre, y antes que él, el mono, ya llegó a la luna, cuando el hombre, sin ser Dios ni su pariente más cercano, ya encontró la forma de aniquilar, en segundos y con sólo tocar un botón, a la raza humana entera, y a los cielos y a la tierra que Dios creó tras una semana de trabajo, resulta increíble que la voz de Allah sólo se haga escuchar desde las páginas del Corán, para condenar a muerte por lapidación, a una pobre negra infeliz.

 

Y más increíble aún es que, un sabio del Islam proveniente de Arabia Saudita, certifique un crimen semejante al entierro de las niñas vivas en la arena, porque está escrito en el Corán.  ¿Cuál es la diferencia entre enterrar a una niña viva en la arena y lapidar a la madre de Adama?  ¿Qué clase de sabiduría certifica el crimen de una criatura indefensa?

 

Durante el seminario, en una de las charlas, una compañera llevó un recorte periodístico donde se comentaba la lapidación de la mujer en Nigeria, como consecuencia de la aplicación de la Ley Islámica. Cuando el traductor vio de qué se trataba, quiso evitar la discusión del tema.  Comenzó a quejarse de la propaganda de los medios occidentales para denigrar el Islam. 

 

SAFIYA Y ADAMA

El sabio árabe preguntó al traductor de qué se trataba. La respuesta del sabio sonó brutal y cruel, traducida lacónicamente con estas palabras: “está escrito en el Corán, y no solamente para la mujer, sino para el hombre también”. La señora que llevó el recorte con la noticia, comenzó a llorar silenciosamente.  En un momento me dijo “no doy más de angustia”. Yo permanecí sin reacción. Me tomó algunos días comprender y admitir lo lejos que había llevado mi ceguera y extravío. En nombre de Dios, el más compasivo, el más misericordioso, yo había renegado de la misericordia cristiana; esa misericordia que otra señora me recordó mencionándome el episodio de la mujer pública que iba a ser lapidada, y que Jesús salvó diciendo “aquel que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”. ¿Cómo pude olvidar tanto amor y tanta misericordia?

 

La última noche, cenando con otras mujeres, escuché muchos comentarios. Oí hablar de drusos, sunnitas, chiitas, wahabitas, alauitas. ¡Caramba! Yo creí que la innovación en el Islam no estaba admitida. Pero las diferentes interpretaciones dan lugar a diferentes escuelas, y las diferentes escuelas terminan innovando o tergiversando los mejores valores del Islam.

 

Dos señoras hablaban serenamente sobre lo que les había dejado el haber participado en este seminario. Ambas llegaron a la misma conclusión: permanecer dentro de las filas de su religión católica, pese a todo aquello tan criticado en los hombres de la Iglesia Católica.

 

Mientras tanto, yo comía mecánicamente, tratando de acallar una voz en mi interior que me repetía una y otra vez qué equivocada que había estado, renegando de los valores morales de mi religión católica, de mi civilización occidental.  Porque no encontré un solo argumento válido, un argumento lícito, que me permitiese aprobar la actitud criminal y aberrante de una lapidación dictada por una llamada Ley Islámica.

 

Y sin embargo, no puedo dejar de pensar en todo el perdón contenido en el Hadiz 42 que dice: “Oh hijo de Adán, siempre que me invoques y me ruegues te perdono lo que haces y no me importa. Oh hijo de Adán aunque tus faltas alcanzasen lo más alto del cielo y luego me pidas perdón, te perdono. Oh hijo de Adán, aunque me vinieses con faltas del tamaño de la tierra y luego te presentases ante mi sin haber asociado a Mí nada, te daría por igual el perdón”. ¿Es que acaso el perdón le está reservado a los hijos de Adán, excluidas las hijas de Eva?

 

Alguna vez, en una de las charlas de los domingos, se nos dijo que la Sharî’a y la poligamia no eran los aspectos más trascendentales del Islam. Pero este seminario vino a probar exactamente lo contrario. Su mensaje fue terrorífico. Realmente despertó verdadero terror, más terror que un atentado terrorista convencional.

 

Por mi parte, ya no puedo seguir mintiéndome a mi misma, engañándome y continuar yendo a una mezquita para adorar a un dios tan cruel y bárbaro que odia a las mujeres, que ordena lapidarlas, y las condena a la represión sexual, a renegar de sus formas femeninas, y que las convirtió en el símbolo del pecado.

 

El día que el Islam no sea tan caprichosamente interpretado por los sabios árabes y su Sharia´a, tal vez pueda ser considerada una verdadera religión de paz y tolerancia. Pero mientras tanto, ¿cuál es la tolerancia islámica para condenar a muerte a una mujer que ha tenido una hija extramatrimonial? ¿Cómo es posible que hablen de paz, amor y tolerancia, los musulmanes que amputan manos y pies en nombre de Dios, el más compasivo, el más misericordioso?

 

¿Cómo es posible que en un mundo donde aproximadamente mil doscientos cincuenta y nueve millones seres son musulmanes, sólo un 17% de ellos sean árabes y pretendan enseñarle al 83% restante que la Sharia´a es más importante que el Islam de la paz, la tolerancia y el perdón?

 

El Islam no necesita de los detractores occidentales para ser desvirtuado. Es suficiente con lo que hacen los sabios islámicos llegados de tierras árabes.

 

En cuanto a las escasas seminaristas con estudios universitarios, según me comentaron, dejaron de asistir después del primer día. Otra seminarista, católica y horrorizada me dijo: “Mi marido me dejó por mi mejor amiga, pero a mí nunca se me ocurriría matarlos a pedradas”.  Es que, realmente, es algo muy loco. Nosotros no estamos habituados a tanta violencia. No hemos sido educados por y para la violencia.

 

Una de mis jóvenes compañeras, me pasó un mensaje escrito en un papelito, sumamente gracioso, luego de escuchar una sarta de barbaridades “islámicas” (prohibición para la mujer de tener amigos hombres, prohibición de depilarse las cejas, obligación de afeitarse el pubis).  El mensaje decía “después de esto me voy a una cinagoga”.  Y aunque “sinagoga” se escribe con “s”, y no con “c” como lo hizo ella,  más allá de los errores ortográficos, es de destacar que, poseía la suficiente capacidad de discernimiento para saber que lo que escuchaba no era lo más acertado.

 

Después de esta experiencia, sentí como que despertaba de un largo sueño. Me dolió despertar, pero era necesario que viese la verdad tal cual es. De pronto comprendí que ya no tendría que ponerme un pañuelo en mi cabeza, a regañadientes, como lo venía haciendo estos últimos meses. Sentí que recuperaba algo de la libertad perdida en nombre de Allah.

 

Pero en nombre de Allah, vuelvo a sentirme libre en una sociedad en la que no se estila lapidar a las mujeres y ojalá que esto no nos suceda nunca. En nombre de Allah, estuve en compañía de otros musulmanes escuchando la disertación del caballero francés que nos daba una visión mucho más amplia del Islam.  Apenas entré a la sala y vi las cabezas femeninas descubiertas, supe que, entre ellos, el Islam no es sinónimo de opresión femenina. Escuché hablar de los chechenios y los palestinos, y de los problemas de los musulmanes. Evidentemente, hay un mundo musulmán donde existen cosas más importantes que agobiar a las mujeres con las restricciones de sus derechos dentro de una sociedad islámica.

 

Los sabios árabes vinieron a enseñarnos cómo adorar a Dios. Vinieron a decirnos que no podemos adorarlo de cualquier forma, o de la forma que se nos ocurra a nosotros. Pero asesinar a un ser vivo a pedradas ¿es una forma lícita de adorar  a  Dios?

 

Otra joven seminarista, no musulmana, me recordó que no hace mucho, en la India, una jovencita fue condenada a ser violada por cuatro individuos, por el “delito” de su hermano de 12 años que había coqueteado con una mujer de 35 años, perteneciente a otra casta.  El chico también fue sodomizado. Esto se hace en nombre de Allah, por y para Allah. ¿Esto es el Islam?

 

Ya no quiero que esta locura homicida y llena de odio hacia la mujer, abrace al mundo entero.  Y tampoco quiero que eche raíces en esta generosa tierra nuestra.  

 

Le comenté a una vecina, el resultado de mi experiencia islámica y me consoló diciéndome “al menos, ahora conoces la verdad por su propia boca, no a través de los medios periodísticos,  además, no te olvides que Dios está en tu corazón”.  En las mezquitas de Buenos Aires, están los porteros que abren y cierran sus puertas, lavan los muertos, ofician de traductores del Islam, y tienen delirios poligámicos, en nombre de Allah. O los sabios árabes con sus impiadosas sentencias de muerte.

Ahora comprendo por qué, las mezquitas, siempre me parecieron grandes lugares demasiado vacíos. Será porque la mayoría de los musulmanes argentinos son creyentes de mente y corazón sanos, que se han criado en el seno de una sociedad civilizada, occidental y católica, en la que también se cometen crímenes horrendos pero no en nombre de Allah. Los crímenes cometidos en nuestra sociedad no son reivindicados por la Iglesia Católica ni por el conjunto social.  Y no se alienta desde la Biblia, el maltrato a la mujer o los crímenes por lapidación, o por lo menos no se aplica al pie de la letra escrita.  El nombre de Dios no se asocia a los crímenes que los hombres cometen impulsados por intereses ajenos a Dios.  No se debe tomar el nombre de Dios en vano.

A mí ya no me queda más remedio que volver a la Iglesia Católica con sus sacerdotes pervertidos, sus legiones de santos, su adoración a las imágenes, y la estúpida confesión de los pecados a los sacerdotes pederastas. Y es esto o volverme atea y quedarme sin esa dosis de fe tan necesaria en la vida del ser humano. O hacer un último desesperado esfuerzo por hallar a Dios en las páginas de avisos clasificados. Publicar un aviso que diga: “Se busca a Dios extraviado. Responde a varios nombres: Dios, Yahvé, o Allah que es su último alias conocido. Es posible que padezca de amnesia  y ni el mismo recuerde quién es. Tal vez fue secuestrado por una secta de malvados fanáticos religiosos que comete muchos delitos en su nombre. Por favor, si alguien lo ve, ayúdenlo a recuperar la memoria y la misericordia”

Es curioso, pero la única sura que aprendí a memorizar es la número 103, la Sura de la Era que dice: “!Por la era! ¡En verdad, el hombre está en la perdición! Excepto los que creen, practican el bien y se encomiendan mutuamente en la Verdad, y se recomiendan mutuamente la paciencia.”

Pero ahora ¿Cuál es la verdad para mí? ¿Aceptar la lapidación porque está escrito en el Corán?  Yo creí que los pilares del Islam eran cinco. Nunca pensé que la lapidación podría llegar a cobrar la importancia de un pilar islámico.

Adriana Fros
 

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