Número 182  //  6 de Agosto de 2002  //  27 Jumada Al-Awwal 1423 A.H.

 PENSAMIENTO

Condiciones y límites del Yihâd en el Islam

Por Tarek Faussi


 

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Que el Islam bajo ningún concepto sea un tipo de pacifismo, no quiere decir que en su ejercicio de violencia “todo valga”. En lo que se refiere a las condiciones y límites de la violencia, tenemos una guía clara en el Corán, en la sunna del Profeta y en las costumbres de los compañeros del Profeta.

 

Lo primero que habría que aclarar es lo que está prohibido en acción de guerra:

·     Está prohibido matar no combatientes (Mabsit de Sarajisy, X, 64).

·     Está prohibido matar niños y mujeres  (Muwatta, libro 21, hadices 8,9,11)[1]

·     Está prohibido matar a los criados y los esclavos que acompañen a sus amos y no tengan parte en la lucha (Mabsut de Sarajisy, X, 64)

·     Está prohibido matar a impedidos de cualquier clase que les haga no poder participar en la lucha: ancianos, ciegos, desvalidos, locos, etc. (Mabsut de Sarajisy, y Sharhj al-Siyar al-Kabir, IV, 78)

·     Está prohibido matar monjes, ermitaños u hombres de religión de cualquier clase (Muwatta, libro 21, hadiz  10; palabras del Profeta y costumbre de Abu Bakr)[2].

·     Está prohibido matar a los comerciantes, mercaderes, contratistas y similares, que no tomen parte en la lucha (Jaray de Yahya, p. 34, Jaray de Abu Yusuf, p. 122).

·     Está prohibido matar a los campesinos que no tomen parte en la lucha (Costumbre de Abu Bakr en Tabari, 2026 y 2031; y ‘Omar en Ibn Rush Bidayah al-Masjtihad I, 131)

·     Está prohibido torturar a los enemigos y mutilar sus cuerpos (al-Bidaya de Averroes).

·     Está prohibido matar si no es con arma hombre-hombre, como la espada o la flecha; por ejemplo, se prohíbe el uso del fuego (Costumbre de ‘Omar basada en un hadiz del Profeta)[3] y las máquinas de guerras que causaren matanzas indiscriminadas -como las catapultas- sólo se permiten siempre si se sabe que en la fortaleza no hay mujeres no combatientes, ancianos o niños (Corán 48:25)[4]

·     Pero, incluso, están prohibidas acciones tales como talar árboles frutales, sacrificar ovejas o ganado si no es para alimentarse ese mismo día, quemar o dispersar abejas... (Costumbre de Abu Bakr, Riad Salihin, libro 21: 10)[5]

·     Asimismo, está prohibido destruir edificios, ni siquiera deshabitados (costumbre de Abu Bakr).

Antes de entablar combate, el Profeta daba últimas oportunidades a sus enemigos: “Cuando os enfrentéis a los hostiles mushrikun [los enemigos del Profeta], emplazadles a tres cosas. Aceptad lo que consientan y evitad (atacar)les:

1.    Emplazadles a convertirse al Islam. Si consienten en ello, aceptadlo y evitad (atacar)les.

2.    Emplazadles a que se pongan en marcha hacia la morada de los emigrantes (i.e. la ciudad de Medina) y comunicadles que, si lo hacen así, tendrán los mismos derechos y deberes que los que allí van.

3.    Si no quieren hacerlo y prefieren quedarse en su propio territorio, hacedles saber que serán como los beduinos conversos, que están sometidos a la autoridad de Allâh como los demás creyentes, pero no tienen derecho a parte del botín, a menos que se unan a los musulmanes en la guerra.

4.    Si se niegan a ello, emplazadles al pago de un tributo de sumisión y protección (la yizia)[6]. Si consienten, aceptadlo y evitad (atacar)les. Pero si lo rechazan, entonces invocad la ayuda de Allâh y atacadles.

El musulmán no lucha siempre que se le deja el menor escape. En un hadiz del Profeta se aconseja expresamente no desear la lucha:

“¡Oh, gentes, no deseeis el enfrentamiento con el enemigo, pedid a Allâh que os ponga a salvo. Pero cuando os enfrenteis a él, hacedlo con paciencia y sabed que el Jardín está a la sombra de las espadas!” (Riad Salihin, 1331)

En el modus operandi en guerra del Profeta había toda una sabiduría de evitar la confrontación, que quedó plasmada en nuestro Libro (que es también, como otras muchas cosas, un libro del ‘Arte de la guerra’)[7]:

Preparad cuanta fuerza y caballería seáis capaz de juntar para intimidar a los enemigos de Allâh y a vuestros enemigos” (8:60)

Para intimidar, no para atacar. Porque la mejor forma de no entrar en combate es ser respetado. El Profeta esperaba mucho antes de entrar en batalla. Se levantaba temprano y se iba a donde tendría lugar, ponía a cada uno en su sitio (3:121), y esperaba. A veces llegó a esperar días enteros, sin querer dar la orden de ataque. En una ocasión, esto logró desmantelar una batalla, haciendo retirarse al ejército enemigo. Pero normalmente esperaba todo el día y al atardecer, cuando descendía sobre ellos un aire leve al que el Profeta llamaba ‘la sakiná’, daba la orden de atacar. En cuanto el ejército enemigo pedía la paz, el Profeta la aceptaba[8]. Nunca rompió un pacto y, si temía que el otro que lo había firmado, fuera a romperlo, denunciaba que no se fiaba de ese pacto y que quedaba roto (8:58) antes de atacar al enemigo (Hay una fuerte condena coránica de hacer pactos falsos)[9].  En otra ocasión, no guerreó haciendo abrir un foso que rodeara la ciudad en que había sido sitiado para evitar el asalto de las tropas enemigas, mientras infiltró en el campo enemigo algunos que divulgaban falsos rumores.

Otra aclaración fundamental a la hora de entender el yihâd es la relativa a las circunstancias en las que debe practicarse, y para ello, nada mejor que la guía del Corán[10]:

Combatid en la senda de Allâh a quienes os combaten, pero no provoquéis su hostilidad; en verdad Allâh no ama a quienes provocan la hostilidad.

Matadles donde quiera que los encontréis y expulsadles de donde os hayan expulsado; la persecución (de los justos) es peor que la matanza (de los opresores). Sin embargo, no los combatáis en el recinto de la Mezquita Sagrada hasta que ellos no os combatan allí; pero si os combaten, matadles. Ésa será la recompensa de los destructores. Sin embargo, si cambian de idea, Allâh perdona, es compasivo.

Combatidles hasta que no haya más persecución (para vosotros por vuestra religión) y el dîn sea el de Allâh; entonces, si se arrepienten, que no haya enemistad más que contra los que sigan haciendo el mal. El mes sagrado por el mes sagrado, que las cosas sagradas sean sometidas la ley del talión; así que cualquiera que os ataque, atacadle también de la misma forma (2:190-4).

En todo el Corán no se encuentra un solo versículo en el que se hable de hacer el Yihâd para convertir a los infieles; más al contrario, es conocido de todos los musulmanes la aya “Lâ ikraha fid-dîn” [‘no haya compulsión en materia de religión’] 2:256, así como la famosa aya:

 “Si tu Señor lo hubiera querido, habrían creído todos los que están en la tierra. ¿Puedes tú forzar a los hombres para que sean creyentes?” (10:99)

Y, mucho menos, el motivo del yihâd es jamás el lucro personal o la ambición. Tiene que ser el mismísimo Hasan al-Banna (fundador del grupo de los Hermanos Musulmanes, que no se distinguen por su delicadeza de interpretación del Islam) el que nos recuerde que la palabra árabe “guerra” [qitâl] jamás es usada en los tratados de jurisprudencia islámica. Porque la guerra fuera del estrecho marco del yihâd –la autodefensa de la opresión- está prohibida. En un dicho de ‘Omar queda claro el rechazo a la lucha por el botín, de paso que nos recuerda las cualidades del guerrero musulmán (del que ya dijera Sánchez Dragó que dio origen al caballero andante español):

“La nobleza del mu’min es su presencia de Allâh (taqua). Su Senda es su doble estirpe. Su hombría es su buen carácter. La audacia y la cobardía son sólo instintos que Allâh pone donde Él quiere. El cobarde rehuye defender aún a su padre y a su madre, y el valiente lucha por el combate mismo, no por el botín. Ser matado es sólo una de las formas de encontrar la muerte, y el mártir es aquel que se entrega a sí mismo esperando la recompensa de Allâh” (Muwatta, libro 21 hadiz 35)

El motivo del Yihâd es siempre por la agresión recibida con anterioridad, como muestran los versículos mencionados “combatid a quienes os combaten”. Veamos en otros versículos algo idéntico:

Combatid continuamente a los mushrikûn [politeístas], al igual que ellos os combaten continuamente (9:36)

Si entonces se retiran y no os combaten, sino que os ofrecen la paz, Allâh no os ha dado autorización contra ellos. Si no se retiran ni os ofrecen la paz ni contienen sus manos, tomadlos y matadles allí donde quiera que los encontréis (4:90-1)

Si violan sus juramentos tras haber pactado (con vosotros la paz) y os atacan por vuestra religión, combatid a los jefes de los destructores; ellos no respetan sus juramentos; tal vez cesen (en su hostigamiento). ¿No combatiréis a un pueblo que ha roto sus juramentos y ha procurado expulsar al Mensajero, y que tomó la iniciativa contra vosotros?

Está claro que el musulmán no disfruta con el yihâd. Esto ya aparece en el Corán:

“Se os prescribe el combate, aunque os repugne”

La legitimidad del Yihâd no le viene de que lo realicen los que tienen la verdad para imponerse sobre los que consideran que están equivocados, sino de ser una guerra de auto-defensa por la hostilidad sufrida. Una vez y otra en el Corán se hace referencia a los momentos históricos que sufrió Muhammad y su pequeña comunidad antes de que bajaran ‘los versículos de la guerra’. Resumamos estas circunstancias históricas, para comprender aún mejor, una figura como la de Muhammad, en las etapas principales de su vida:

1.    La misión secreta, en la que sólo un pequeño grupo de gente aceptaba lo que trasmitía Muhammad, básicamente familiares y amigos.

2.    La misión pública dirigida a su tribu y después a toda la humanidad.

3.    El período de negociaciones durante el que los mequíes intentaron que el Profeta desistiese de propagar su Mensaje a cambio de poder y riquezas.

4.    El período de violencia y opresión. La historia ha recogido casos espeluznantes de tortura.

5.    La emigración a Etiopía para salvar la vida Muhammad y sus seguidores.

6.    La etapa de artimañas, intrigas y conspiraciones contra el Profeta, en la que se forzó al clan al que pertenecía tribalmente Muhammad (los Banu ‘abd Manaf) a entregar al Profeta y a sus compañeros, o, en su defecto, a inhibirse de su defensa en caso de atacarles los mushrikûn.

7.    El período de búsqueda de refugio en al-Ta-if (a 45 millas de Meca), cuyo pueblo no les prestaron hospitalidad y les humillaron, obligándoles a volver sobre sus pasos.

8.    Intento frustrado de asesinato de Muhammad.

9.    La etapa de la emigración a Medina (la Hiÿra), donde cierto sector de la sociedad de Medina recibió al Profeta como un hombre sabio y noble perseguido por la fidelidad a su conciencia.

10.  La enemistad entre los musulmanes en Medina y los judíos que allí habitaban, ante el desconcierto de Muhammad que no esperaba que ellos (como “gente del Libro” que eran y porque los había ayudado ya con antelación en la guerra que tuvieron los judíos con los mushrikûn) conspiraron contra él y sus mensajeros. Muhammad pactó con los judíos para poder centrarse en las amenazas de sus antiguos enemigos, que estaban causando un gran sufrimiento a los musulmanes que no habían podido emigrar a Medina y seguían en Meca.

11.  El período de la provocación. Muhammad comprendió que, o conseguía que los medinenses entendiesen el Islam, o los mequíes acabarían por infiltrarse en Medina y atacarles por sorpresa, sobre todo, porque el pacto con los judíos no le ofrecía confianza. Una alianza mequíes-judíos de Medina supondría una nueva expulsión, y quién sabe si más aún. Por todas estas razones, el Mensajero y sus compañeros se prepararon para resistir a los que se oponían a la existencia del Islam.  Muhammad se enzarzó en múltiples escaramuzas con ellos y les demostró su fuerza y su decisión en proteger la existencia del Islam y “a los oprimidos, hombres, mujeres y niños que gritan: ¡Oh Señor nuestro, sácanos de esta ciudad de injustos! (...) ¡Danos un defensor designado por ti!” (4:75).

12.  Los judíos (al menos tres tribus judías de Medina) rompen su pacto con Muhammad y presentan batallas, que, finalmente, consolidan a Muhammad en Medina.

13.  Por último, la entrada triunfal de Meca por el Profeta y sus seguidores, sin represalias para los vencidos.

Deducimos que Muhammad sólo combatió a los que le combatieron, y que su lucha no tuvo más objetivo que rechazar la opresión y defenderse de la agresión, y poner fin a la persecución de la que era objeto por motivos de conciencia. Y esto es exactamente lo que prescriben los versículos de la guerra que antes hemos visto. Verdaderamente habría sido justo que se les hubiera permitido a los musulmanes desde el principio defenderse de la agresión; pero lo único que se les decía se parecía mucho al mensaje de ‘Isa de poner la otra mejilla:

“No seáis como la gente que no razona y afirméis que si los demás os tratan bien vosotros haréis lo mismo y si os causan daño vosotros también lo haréis. Acostumbraos más bien a hacer el bien si os tratan bien y a no hacer el mal si os tratan mal” (Tirmidzi, 5129).

“Responde a una mala acción con una buena y aquel que era tu enemigo será tu amigo” (Corán)

Cada vez que los primeros musulmanes sentían la necesidad de resistir a la opresión y vengarse de sus opresores, el Profeta los retenía: “No se me ha ordenado combatir”, solía decir. Hasta que recibieron el permiso de Allâh. El texto no tiene desperdicio para los que creen que el Islam es una religión fanática que no permite la libertad de culto:

“Se ha concedido el permiso a quienes combaten porque han sufrido injustamente; Allâh es capaz de ayudar a quienes han sido expulsados de sus casas sin justificación, sólo por decir “Allâh es nuestro Señor”. Si Allâh no os enfrentase a los unos contra los otros, se habrían destruido muchas ermitas, sinagogas, oratorios y mezquitas en los que se menciona el nombre de Dios” (22:39-40)

Es decir, el permiso que desciende a los creyentes no es para satisfacer la venganza, ni siquiera para lograr la auto-defensa sino para defender la vida de todos los creyentes, para defender la libertad de conciencia y de culto. En este sentido, es imprescindible que hagamos una reflexión filológica, que llega hasta nuestra Andalucía de hoy. Cuando el Corán ordena guerrear contra el kafir no está diciendo que se combata al que no cree en el Islam, al infiel o al librepensante. ¿Qué palabra deriva en castellano de ‘kafir’? “Cafre”. Un cafre no es un ateo; es un salvaje. También en Malta, que fue asimismo tierra islámica, tenemos un vestigio de esta palabra; kiefer aún hoy día en maltés significa “cruel”. Un cafre, alguien cruel... No nos confundamos de tiempo y pensemos que el Islam fue lo que algunos ahora querrían que fuese. Si el Islam no hubiera sido sensible al Conocimiento que poseían los no-musulmanes jamás habrían existido Córdoba, Damasco, Bagdad o Estambul.

Notas:

[1] Hay una excepción y es que tengan parte activa en el combate, en cuyo caso son consideradas soldados y están sometidas al mismo régimen que ellos (al-bidaya de Averroes). Las mujeres no-musulmanas y musulmanas iban a la guerra. Por ejemplo, Muhammad tenía la costumbre de salir rodeado de una o dos de ellas. A veces ellas llegaban a primera línea como Aixa (Tabari, tarij vol III, p. 49), y otras eran muÿahidinas como en el hadiz que el Muwatta en el libro 21:39 refiere acerca de Umm Haram.

[2] Respecto a la matanza de monjes, conviene copiar aquí el edicto de Muhammad, que dice:

“He escrito este edicto bajo la forma de una orden para mi comunidad y para todos aquellos musulmanes que viven dentro de la cristiandad, en el Este y en el Oeste, cerca o lejos, jóvenes y viejos, conocidos y desconocidos. Quien no respete el edicto y no siga mis órdenes obra contra la voluntad de Allâh y merece ser maldito, sea quien sea, sultán o simple musulmán. Cuando un sacerdote o ermitaño se retira a una montaña o a una gruta, o se establece en la llanura, el desierto, la ciudad, la aldea, la iglesia, estoy con él en persona, junto con mi ejército y mis súbditos, y lo defiendo contra todo enemigo. Os abstendreis de hacerles ningún daño. Está prohibido arrojar a un sacerdote de su iglesia, a un ermitaño de su ermita. No se ha de quitar ningún objeto de una iglesia para utilizarlo en la construcción de una mezquita o de casas de musulmanes. Cuando una cristiana tenga relaciones con un musulmán, éste debe tratarla bien y permitirle orar en su iglesia, sin poner obstáculo entre ella y su religión. Si alguien hace lo contrario, será considerado como enemigo de Allâh y su Profeta. Los musulmanes deben acatar estas órdenes hasta el final del mundo”.

[3] “Si lo acosais, matadle; pero no lo quemeis. Nadie puede castigar con el fuego, salvo el Señor del Fuego”. Algunos legisladores islámicos aceptan esta forma de muerte en casos especiales (v.gr. Sufyan al-Tauri).

[4] “Si hubiesen estado separados habríamos infligido a los kuffâr un doloroso castigo”. Ignoramos qué circunstancias se dieron en el ataque del Profeta a la población de al-Ta’if porque según Averroes el Mensajero allí uso catapultas.

[5] Hay una excepción en la vida del Profeta a esta norma, y fue cuando prendió fuego a las palmeras datileras de los Banu Nadir, acción probablemente justificada en que fue esta tribu la que atacó al Profeta. Sin embargo, nunca se oyó decir que el Profeta matase animales (al-bidaya de Averroes).

[6] La yizia es el impuesto que pagan los no-musulmanes que viven en territorio islámico. Cuando se dice que los musulmanes no tienen que pagarlo, se dice verdad, lo que no acaba de aclararse siempre es que los musulmanes pagan a su vez un impuesto que ellos no tienen que pagar, el zakat. El pago de la yizia es más o menos igual, a veces ligeramente superior, pero te da derecho a ser protegido y te exime del servicio militar. En el caso de sumarse el no-musulmán al yihâd  -como los judíos palestinos durante las Cruzadas o los sefardíes de la Reconquista española- entonces quedaban exentos de la yizia.

[7] Por ejemplo, algunas disposiciones son: “Tomad precauciones, marchad en destacamentos o en bloque” (4:71), No deben salir todos juntos a la campaña (9:122), que luchen en líneas de combate (61:4), usando el hierro para hacerse armas y cotas de malla (34:10-1, 57:25), con caballería y el arte del arco, manteneos fuertes en la batalla y no os retireis  (8:45-6, 8:15-6), etc.

[8] “Si se inclinan a la paz, inclínate a ella”.

[9] “No consideréis las promesas una nueva intriga” (16:94). Ojalá aprendieran las naciones que se consideran civilizadas.

[10] Ya que nos hallamos ante un Libro que no sólo se revelaba a Muhammad en la soledad de una cueva sino también con ocasión de batallas y aún en el lecho de alguna de sus mujeres. El Corán es una Revelación que tiene que ver con la vida, la vida del hombre en relación, en sociedad y no con la piedad privada.
 

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