Número 179  //  9 de Julio de 2002  //  29 Raby`al-thani 1423 A.H.

 PORTADA

Reflexiones sobre el retorno del Islam a al-Ándalus
Una lectura de Párrafos de moro nuevo, de Hashim Ibrahim Cabrera

Por Abdelkarim Osuna



 

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Bismil-lâhi ar-Rahmâni ar-Rahîm

Simetría 

Cuando hablamos del “retorno del Islam a al-Ándalus” debemos, para evitar malos entendidos, decir de entrada a que nos estamos refiriendo. Esa frase hace referencia a una situación precisa: tras la expulsión y el genocidio perpetrado contra los musulmanes en España (como contra judíos, protestantes y cristianos unitarios), se produce el hecho de que ésta religión vuelve a ser practicada en el país, tanto a causa de los emigrantes como a causa del creciente número de ciudadanos naturales de la península ibérica que se reconocen musulmanes. 

El retorno del Islam a España no viene a abrir una herida zanjada por el tiempo, sino la posibilidad de cerrar una herida siempre abierta, aunque sea silenciosa, con la consiguiente recuperación de un pasado ha sido destruido por la violencia y por el fuego, mediante la represión más cruel imaginable. 

Este aspecto hace que el “retorno del Islam a al-Ándalus” cobre una dimensión que queremos calificar de meta-histórica: como acontecimiento que, lejos de afectar tan solo al presente, se refiere a la renovación de un arquetipo. Se trata, según expresión de Abdennuri Samawati —que Al-lâh lo haya perdonado— recogida en la página 124 de Párrafos de moro nuevo, de una simetría: 

—“¿Sabéis cómo llamaban a los bautizados a la fuerza por la Inquisición? Les llamaban ‘cristianos nuevos de moro’ para diferenciarlos de los cristianos nuevos de judío y de los cristianos viejos. Era aquélla, como escribió Américo Castro, una sociedad castiza en la que todavía existían unas señas precisas de identidad, la conciencia de pertenecer a una cultura, a un pueblo. Lo que vino después se parece bastante a lo que ocurre ahora con el intento de acabar con las culturas y hacerlas desaparecer bajo el paraguas totalitario del nuevo orden globalizador, en Bosnia, en Azerbayán, en Tchtchenia y en todas esas repúblicas ex soviéticas llenas de musulmanes que luchan hoy por recuperar a sus comunidades. Hoy, como ayer, quiere el imperio un solo pensamiento, una sola casta, una sociedad clónica en la que se persiga de manera implacable a los diferentes y donde no pueda prosperar la verdadera disidencia.

Pero la historia tiene sus simetrías y, en este caso, nosotros somos los ‘moros nuevos de cristiano’ que cierran una ecuación que ha necesitado quinientos años para enunciarse. ¿Me seguís? La diferencia, gran diferencia por cierto, es que nosotros somos conversos por decisión propia, por haber encontrado en el Islam una vía existencial, una respuesta más que convincente después de buscar durante años por muchos lugares, pensamientos y estados.” 

La simetría trazada entre el “cristiano nuevo de moro” trasmutado en “moro nuevo de cristiano” al cabo de los siglos no puede verse como algo perfecto, sino que debemos concederle el valor de un signo, que requiere ser interpretado. Los motivos son sin duda diferentes, sobre todo aquellos que Abdennuri expresa: nada tiene que ver el bautismo forzoso con la decisión personal de adoptar una vía espiritual como norma de vida. Si hay que buscar alguna positividad en esta simetría, no es la del triunfo del Islam sobre el cristianismo (como muchos quisieran ver, comprometidos con el nivel de comprensión más bajo) sino el de la libertad de conciencia frente al totalitarismo. Siendo así, dicho retorno no es algo que tan solo nos afecta a nosotros, los “moros nuevos de agnóstico o cristiano”, sino que puede ser reconocido como algo positivo por la mayoría de nuestros compatriotas. 

Esto encontró un reflejo en la legislación en el año 1992, cuando se firmó el Acuerdo de Cooperación entre el estado español y representantes de las comunidades musulmana, judía y protestante. Hay que tener en cuenta que la práctica del Islam ha permanecido prohibida en nuestras tierras durante muchos años, con lo cual todo el mundo reconocerá el mencionado acuerdo como un hecho decisivo, y saludable: el fin de quinientos años de monopolio religioso, de pensamiento único impuesto por la fuerza. 

El Acuerdo fue suscrito en abril de 1992, quinientos años después del pacto entre los reyes católicos y Abû Abdul-lâh, último rey de Granada. Las Capitulaciones fueron una oportunidad única para los católicos de crear una sociedad abierta, donde la diferencia religiosa no fuese únicamente tolerada sino reconocida. Entre los derechos que se les reconocían a los musulmanes estaban el de mantener sus leyes y sus tribunales. El día 29 de febrero de 1492 Isabel la Católica juró por Dios públicamente los acuerdos: los musulmanes tendrían bajo su reino libertad de fe, de trabajo y de comercio, que serían considerados como súbditos libres de la corona, etc. Las Capitulaciones fueron, sin embargo, rápidamente traicionadas: ni tolerancia ni reconocimiento, sino persecución, despojo... 

En 1501 empieza la gran represión. (...) Cuando llega la Bula se inventan una sublevación —como siempre, en la Alpujarra— y entra Fernando a saco. El que quiera se va y el que quiera se queda, pero matan a una cantidad de gente impresionante, y ahí sí se convierten por narices, porque ya, económicamente, le interesa más a la Corona que se conviertan que no que sigan siendo musulmanes.

Esta es la primera persecución seria y la primera vez en que sí hay que convertirse. Esto va a durar durante todo el año de 1501. Luego hay otra en 1505, que se produce en varias oleadas. A partir de entonces tenemos ya al morisco, que es el musulmán convertido a medias.

(...) Entonces ahí va a haber una segunda y tremenda expulsión. Hay descripciones que son sangrantes. Las hay ya con las arropeas, o sea, esposados hacia Castilla, Zamora... de los moriscos arrancados de sus casas. También al imbécil de Felipe II se le había ocurrido la idea de que las tierras que abandonaban aquí los moriscos se les podían dar a los cristianos viejos. Pero el cristiano viejo no entendía nada de regadío, entonces toda esta riqueza se pierde.

(...) Y luego, la última ola, que ésa es también sangrante, que es la expulsión de Felipe III. Es espantosa. Entonces ¿qué es lo que va a quedar aquí? Pues aquí va a quedar y queda siempre —lo vemos en el XIII y lo vemos en testamentos como en el del primer Conde de Niebla, a quien se le va un poco la cabeza y suelta alguna herejía que otra desde el punto de vista cristiano— un poso islámico que llevarán los católicos, los conversos católicos, muy fuerte en Sevilla y en Córdoba...

Esta cita corresponde al capítulo 8 de Párrafos de moro viejo, en el cual el protagonista Hisham y su compañero de viaje Abdussalam visitan a Luisa Álvarez de Toledo, la duquesa de Medina Sidonia, en boca de la cual el narrador pone el discurso que hemos trascrito.

Que hablemos de retorno, en estas circunstancias, es perfectamente permisible. Nos situamos ante la posibilidad de re-escribir la historia de la península desde el punto de vista del encuentro entre civilizaciones y culturas, re-considerar nuestro pasado como expresión de un pluralismo que siempre debió prevalecer en una tierra situada en la confluencia de los mundos.

Estamos en un momento privilegiado para reconstruir nuestra historia, para superar esas tentaciones totalitarias y plantear un futuro donde la convivencia entre diferentes religiones y concepciones del mundo sea posible, de reconocer a todo el mundo su derecho a elegir aquellos principios por los cuales quiere guiar su vida. La resistencia actual a dar cumplimiento a los Acuerdos por parte del Estado no puede representar más que la resistencia de los poderes que se beneficiaron de ejercer el monopolio, y que miran la diversidad como un peligro. 

Hemos querido aclarar todo esto, pues cuando se menciona la frase “retorno del Islam a al-Ándalus”, hay gentes que se dejan llevar por una fantasía enferma. Se reproducen los mitos sobre la invasión de España por los árabes en el año 710 y que —según la historia oficial— sólo tras una larga reconquista fueron expulsados de las tierras de los españoles. Este nivel debemos dejarlo a un lado, si queremos llegar a comprender el porque el Islam retorna a nuestra tierra. 

Párrafos de moro nuevo 

El año 2002 ha aparecido Párrafos de moro nuevo, que trata de todo esto y mucho más, un libro que constituye un testimonio muy especial sobre el fenómeno al que nos estamos refiriendo. Esta obra de Hashim Ibrahim Cabrera ha sido editada por el Centro de Documentación y publicaciones de la Junta Islámica, y está llamada a convertirse en una referencia obligada a la hora de referirse al fenómeno de la aceptación del Islam en occidente, tanto por la profundidad como por la variedad de puntos que toca. 

Para que se hagan ustedes una idea: el libro se inicia en clave de novela histórica en la Córdoba califal del siglo X y termina —si es que termina— en el pueblo cordobés de Almodóvar del Río a finales del año 2001, tras un suceso tan reciente como fueron los atentados del 11 de septiembre. Durante casi 500 páginas su protagonista Hisham visita países y personas, afronta su pasado y el de su familia. La obra incluye digresiones sobre la situación política actual, sobre la modernidad y sus discursos, sobre nuestro pasado andalusí y la construcción de la historia. Esta es la obra de un verdadero artista, poseedor de una sensibilidad que se desborda o se contiene, según las necesidades de cada uno de los párrafos. Contiene todo esto y sin embargo es un libro unitario, que trata de transmitir una experiencia compleja del modo más sintético posible. 

Teniendo en cuenta esta diversidad de contenidos, lo que sorprende es que no estamos en absoluto una obra deslavazada o autocomplaciente. ¿Qué es lo que mantiene la cohesión del texto, a pesar de su variedad de desarrollos? Mi opinión personal es que, si existe una idea central no puede ser otro que el que su título indica. 

Párrafos de moro nuevo se confiesa de entrada como la obra de alguien que habiendo nacido en una sociedad agnóstico-cristiana, ha aceptado el Islam, lo cual constituye en si mismo ya un enigma. También el nombre de su autor nos reclama una atención especial: Hashim Ibrahim Cabrera... Por un lado está Hashim, que todos reconocemos como un nombre árabe. El nombre Ibrahim les sonará por el profeta bíblico Abraham, la paz sea con él. Lo más extraño es ver asociado esos nombres árabes a uno tan común, sobre todo en Córdoba, como Cabrera. Hasta el propio nombre del autor representa un contrasentido para muchos. 

Realmente, se trata de un enigma hasta para nosotros mismos, que hemos realizado ese trayecto: ¿Cómo hemos llegado —ya sea desde el catolicismo o desde el ateísmo— hasta el Islam? Cuando los amigos nos preguntan, muchas veces ni siquiera nosotros mismos sabemos decir lo que nos ha sucedido. ¿Cuáles son esos mecanismos interiores al ser humano que pueden conducirlo a reconocerse en una espiritualidad en un principio ajena, y con el agravante de que nos es continuamente presentada con todos los rasgos posibles de la barbarie? 

Sabemos por experiencia que existen barreras culturales e identidades que hacen inaceptable el Islam para nuestros compatriotas, por no hablar de los intereses comerciales y políticos que llevan a los medios a demonizar nuestro Dîn constantemente. Nosotros mismos, durante mucho tiempo, sentimos el Islam como algo completamente ajeno, y no nos hubiésemos imaginado nunca que acabaríamos escribiendo cosas como éstas... 

Por otro lado, muchos occidentales inteligentes, que han visto la espiritualidad tan manipulada por el poder, sienten una desconfianza instintiva hacia todo aquello que se les presenta con rasgos parecidos a aquello de lo que están contentos de haberse liberado. Esa desconfianza está justificada: no queremos ya más doctrinas ni actitudes dogmáticas, no queremos iglesias ni mediadores entre nosotros y la Realidad. Queremos tan sólo vivenciar nuestra humanidad en su máximo esplendor, unirnos a la Infinitud que nos crea a cada instante. 

El fenómeno de los moros nuevos es, en si mismo, una contradicción para el pensamiento dominante. Eso no es algo que nosotros escojamos, sino que vemos como se nos define de un modo en el cual no nos reconocemos para nada. Cuando se habla de la incompatibilidad entre el Islam y occidente se está negando, implícitamente, nuestra propia existencia. Nosotros somos moros de occidente, tan miembros de nuestras sociedades como cualquier otro, y eso nos coloca en un lugar privilegiado a la hora de hablar sobre esas supuestas incompatibilidades. Cuando digo “pensamiento dominante” no me refiero tan solo a aquel que se transmite constantemente a través de los medios, sino a ese otro que subyace bajo las noticias y las hermosas palabras de los dirigentes, un pensamiento que ni siquiera se pone al descubierto, pues pretende pasar como algo inevitable. 

Hoy en día el Islam crece en todo el mundo a un ritmo vertiginoso. Según cifras de la UNESCO hay cada año en el mundo cuarenta millones más de musulmanes, muchos de ellos provenientes de otras tradiciones. El fenómeno de la aceptación del Islam se da en todos los países del mundo. El Islam se desarrolla vertiginosamente en África y en Asia, pero también en Europa y en América, tanto en el Sur como en el Norte. 

La crecimiento del Islam en las sociedades llamadas occidentales es algo que parece poner a prueba el discurso oficial según el cual occidente y el Islam son dos cosas opuestas entre sí, incompatibles y, en último extremo, condenadas a un enfrentamiento. Claro que esa teoría —conocida como Choque de civilizaciones— es más una doctrina militar que una teoría, y se halla sostenida por aquellos a los que les conviene, pues tienen las de ganar en ese enfrentamiento. 

Porque, claro, a quien conviene recalcar las incompatibilidades es a quien tiene la fuerza, pues entonces se ahorra un diálogo en el cual se verá obligado a comprometerse en la consecución de un mundo más justo para todos. No, es mejor decir que los musulmanes son unos bárbaros fanáticos y el problema está zanjado... Pero sucede al mismo tiempo que el Islam crece en los mismísimos Estados Unidos, en todos los países europeos, entre gentes cultas, salidas de universidades, y todo ese discurso se vuelve incomprensible. 

A pesar de todo esto, hablar del fenómeno de los “moros nuevos” no es hablar de política, sino de algo que sucede en el corazón del hombre... Aunque la política puede ser un tema presente en nuestras vidas, pues la definición que de nuestro dîn realizan los medios de comunicación puede afectar, y mucho, nuestra cotidianeidad. Podemos sentir el rechazo de nuestros vecinos, en algunos casos, la mirada despectiva. Peor que eso es sentir la incomprensión de nuestros familiares, de nuestros propios padres y hermanos, que giran su mirada hacia nosotros como si de repente no nos conociesen. 

Todo eso está presente en nuestra vida, lo cual constituye una paradoja. No creo que nadie haya aceptado el Islam por motivos políticos, y de hacerlo estaría completamente equivocado. La paradoja se constituye en una prueba: consiste en iniciarse en un camino espiritual y verse envuelto en polémicas de bajo contenido, entrar en discusiones con personas alarmadas por la información que se difunde, tener que explicar una y otra vez las mismas banalidades que en realidad poco nos importan, sobre el cerdo, el vino o el pañuelo. Las inquietudes de nuestros conciudadanos sobre el Islam no dan más de sí, se cierran en un círculo vicioso, no son capaces de ver nada más que los datos más insignificantes de una cosmovisión esplendorosa. Una reflexión seria sobre el Islam en occidente tiene que conducirnos, por fuerza, por otros derroteros. 

Politeísmo posmoderno 

Podríamos enfocar el tema desde la sociología, decir que muchos de los moros nuevos vienen del movimiento contracultural de los años setenta, o incluso de partidos de izquierda... pero toda explicación sociológica esta hecha dentro de un marco al cual pretendemos haber escapado. Se nos puede analizar desde esos marcos, pero no se comprenderá jamás lo radical de nuestra entrega: una radicalidad que no tiene que ver con la política, como quisieran ver muchos, sino con la conciencia. 

En el capítulo 14 de Párrafos de moro nuevo se narra el encuentro con Pedro Sánchez, un antropólogo de Princeton que vino a Andalucía para realizar un trabajo de investigación sobre el “fenómeno de la conversión al Islam en España”. Es un capítulo que, desde el punto de vista al que nos referimos, no tiene desperdicio. En la página 152, el autor nos muestra a través de este personaje, el antropólogo de Princeton, la desorientación de los métodos académicos para comprender el fenómeno que están tratando “desde fuera”: 

[Dice el antropólogo:] “Una cosa que me ha sorprendido es que en el Corán se habla de diferentes religiones y culturas. Se dice que el Islam no es algo que haya llegado sólo para un pueblo, un país o una etnia. El Corán dice que todas las culturas han tenido sus profetas y nos habla del Cristianismo y del Judaísmo. Implica una visión del mundo que tiene en cuenta las diferencias culturales. No se trata sólo de un mensaje que se ha originado en un lugar concreto del mundo. Por eso digo que una comunidad como la de dar al Islam puede tener una visión cultural politeísta en el sentido de que relaciona entre sí las creencias de otras culturas... el Islam reconoce lo que de Certeau denomina ‘prácticas esparcidas’, prácticas que discurren a lo largo de un monoteísmo —una narrativa única— que, en sus prácticas y creencias, abarca un orden distinto pero cercano al Islam...” 

Abdusalam escuchaba con atención mientras llenaba los vasos de té verde humeante. Nuri Samauati, callado, no dejaba de observar, y Hisham estaba otra vez a punto de saltar. La posibilidad de que aquel hombre definiera al Islam como un politeísmo ‘de prácticas esparcidas’ era demasiado para su visión del asunto. 

—“Yo creo que el término ‘politeísta’ no es correcto en este sentido”— arguyó Abdusalam. 

—“En mi propuesta para mi trabajo de campo —matizó Pedro— utilizo estos términos, tomados de un autor, Michel de Certeau. Éste califica como monoteísmos a aquellas prácticas que, cuando tienen éxito, tienden a homogeneizar a otras prácticas... quizás parecidas o relacionadas pero distintas, prácticas subalternas que de Certeau denomina politeísmos. Por ejemplo, el éxito del capitalismo ha homogeneizado las reacciones de diferentes pueblos y las ve como meras consecuencias. Una perspectiva que tenga en cuenta las prácticas politeístas pone en juego las certezas de los monoteísmos. Pero es muy importante reconocer que el poder de los que de Certeau califica como monoteísmos surge de una supresión de las diferencias, y por eso me interesan las visiones de conexiones entre culturas que puedan actuar en un espacio como dar al Islam, porque esas visiones conciben las diferencias culturales de una manera más ecuménica que la que propone el trasnacionalismo, por ejemplo.” 

—“Sí —intervino Hisham con contundencia— pero curiosamente esa idea del politeísmo que estás expresando, ese ‘politeísmo de prácticas esparcidas’ tomado de Certeau, es la propuesta básica del ideario posmoderno. Es aceptar que existe una diversidad, pero una diversidad fragmentaria, que sólo puede encontrar unidad en el mercado. Existen partes que en principio no se comunican entre sí y que, a través del nuevo paradigma, de la nueva globalidad mercantil, entran en contacto. Ahí sí que veo yo una teoría politeísta, incluso un tanto malévola en el sentido de que reconoce y acepta que la realidad humana, la histórica y la cultural, puede ser explicada por medio de diferentes patrones que son las distintas teorías, los arquetipos, los mitos y narraciones —como tú muy bien decías— derivadas de un ‘master narrative’ pero no nos habla sobre el sentido de la existencia porque eso distraería a sus consumidores. Pienso que la visión del pensamiento único camina en esa dirección totalitaria. La teoría única que se le está tratando de imponer al ser humano de nuestro tiempo es precisamente esa, que no existe una realidad unitaria e integradora sino visiones dispersas, alucinaciones consensuadas y soledades rotas que habrá de redimir el mercado. 

Podríamos explicar la creación del mundo con el mito de Zeus, pero también con el mito de Brahma y ambas cumplirían su función. Sin embargo ello implicaría la atribución de la realidad última de esas visiones del mundo, a unas fuerzas, energías o seres diversos, lo cual sí que entra en contradicción con una concepción unitaria de la realidad, en la cual el autor de toda creación es un solo Dios, caso del monoteísmo, aunque el Dios en este caso pueda tener muchos nombres. La realidad puede ser llamada Tao, Dios, Allah, pero siempre es la misma aunque se nos muestre como un mundo lleno de variedad y contrastes. Ahí es donde yo veo la diferencia. En ese sentido, tu discurso me parece clara y profundamente posmoderno. 

( ... ) 

[Sigue Hisham] En un seminario que hicimos en Córdoba donde se abordaron estos temas, se dijo que el Islam tenía y tiene una visión teocéntrica del mundo. Como cualquier teocentrismo, generaría un centro y una periferia, con lo cual se estaría propiciando un mundo y una sociedad jerarquizados. Claro, decir eso es conocer muy poco el Islam. 

Nosotros, los nuevos musulmanes, que hemos sido educados y hemos vivido en una sociedad católica de valores rígidos, sí que venimos de una concepción teocéntrica del mundo, pero en el Islam no hemos encontrado tal cosa. La primera idea que emerge en la conciencia del ser humano que empieza a caminar como musulmán es que a Dios, a Allah no se le puede asociar con nada ni con nadie, ni puede ser adscrito a un lugar, ni decirse que está en el centro o en parte alguna. 

¿Cómo va a estar en el centro de nada si no tiene espacialidad? ¿Cómo puede constituirse una jerarquía en una realidad que no tiene partes? ¿Cómo puede decirse que una forma de vida basada en la unicidad necesariamente tiene que ser autoritaria? Son cuestiones que desde el análisis posmoderno se viven como mero ejercicio intelectual, pero viviendo la realidad íntima y privada, familiar y social de los musulmanes —como si tratas de comprender el budismo y te vas a vivir a una comunidad Zen— aparecen realidades que no se contemplaron en el análisis. Hay mucha confusión porque se usan términos y conceptos culturales propios para analizar y valorar a una cultura diferente.” 

Nos encontramos con una confusión de algo aparentemente tan sencillo como el monoteísmo, asociado —tanto por el antropólogo como por los arabistas del seminario de Córdoba—, a un sistema social jerarquizado. Parece que la idea de “un solo dios” debe conducir a la de un solo monarca, una sola religión, una sola iglesia, una ortodoxia, un dogma... A partir de ahí la conclusión es puramente lógica: si el Islam muestra un respeto por las diferencias, y acepta una pluralidad de tradiciones como emanadas del mismo Creador, eso solo puede ser interpretado por la antropología posmoderna como politeísmo. Para Pedro, como para muchos de nuestros compatriotas, el politeísmo está infantilmente asociado al respeto por la variedad y el monoteísmo con el pensamiento único, en cuyo caso el Islam ni siquiera sería una religión monoteísta.  

Esta confusión ha sido heredada de la doctrina del imperio romano por el pensamiento posmoderno, y es el resultado de asociar una realidad temporal a la divinidad, de un historicismo que desemboca en la consideración de la iglesia como representante de dios en la tierra. Pero sucede que en el Islam no existen representantes sino depositarios de una confianza de Al-lâh, la ámana, que son todos los seres humanos. No existen ni credo, ni dogma, ni iglesia, ni ortodoxia... sino las mil y una manifestaciones de la Realidad Única. No hay sociedad menos monolítica que una sociedad islámica, donde la variedad de formas es tanto un reflejo de la abundancia creadora de Al-lâh como el resultado de la responsabilidad de cada uno de ejercer personalmente el califato. 

Queremos destacar aquí, de la respuesta de Hisham, la siguiente frase: “...curiosamente esa idea del politeísmo que estás expresando, ese ‘politeísmo de prácticas esparcidas’ tomado de Certeau, es la propuesta básica del ideario posmoderno”, con las cuales se expresa el carácter tautológico de la propuesta del antropólogo: según el paradigma o la hipótesis de trabajo escogida, su resultado será uno u otro. En realidad el estudio que realiza Pedro es un estudio de si mismo, de sus propias propuestas teóricas, que al ser aplicadas a un terreno cualquiera solo consiguen reflejar el esquema que proyecta sobre una realidad que se le escapa. 

Ante el fracaso de unas pseudo-ciencias (en expresión de Popper) que únicamente saben proyectarse en todo aquello que observan, creo mucho más interesante hacer un análisis desde la experiencia que una obra como Párrafos de moro nuevo nos transmite, pues es solo desde la superación del dentro y el afuera que un fenómeno como la aceptación de una vía tradicional puede comprenderse, sí es que quiere comprenderse. 

La religión “no-escrita” de nuestro tiempo 

Como su título indica, Párrafos de moro nuevo es una obra escrita desde el reconocimiento de su autor como musulmán, como “moro nuevo de agnóstico o cristiano”, eso que la prensa suele llamar converso, palabra que a nosotros no nos acaba de gustar del todo. En eso estamos de acuerdo con la Real Academia Española de la Lengua, cuyo Diccionario dice lo siguiente: 

Converso: Dícese de los musulmanes y judíos convertidos al cristianismo. 

definición curiosa, cuyo sentido es profundizado, por decir algo, por el Julio Casares, que en la misma entrada da una definición muy parecida: 

Dícese de los moros y judíos convertidos a la religión católica. 

Aquí la cosa es más clara: ya no se habla de musulmanes sino de moros, ni convertidos al cristianismo sino al catolicismo. No en vano el diccionario de Julio Casares lleva como título completo: “diccionario ideológico de la lengua española”. Parece ser que en puro castellano la conversión solo existe en dirección al catolicismo. Siendo así es evidente que no podemos ser conversos, pues apenas se nos deja ser “moros nuevos”, lo cual no es poca cosa. 

A partir de aquí vemos como la palabra “reconocerse” es mucho más apropiada. Tal y como ha intuido nuestra Real Academia de la Lengua, muy perspicazmente, la conversión sólo se da como aceptación de una doctrina, y dado que en el Islam toda doctrina es imposible, no hay conversión posible. Al contrario: aunque a simple vista parezca paradójico, entre nosotros solemos hablar de una des-conversión, pues nos damos perfecta cuenta de que lo sucedido es, precisamente, el abandono de toda mediación. 

Recuerdo, en un libro leído hace años, una expresión de Comford, que me llamó la atención: “la filosofía no escrita de nuestro tiempo”. Otro helenista, Gilbert Murray, nos habla de un “conglomerado heredado”. La idea es la siguiente: en realidad la religión dominante de cada momento histórico no necesita ser escrita. El conglomerado heredado no es algo estático, sino una serie de ideas no necesariamente coherente, recibidas como capas superpuestas, que se han ido acumulando como motor de los comportamientos. Esta idea me parece muy fecunda, y creo que puede ayudar a definir nuestro momento histórico. 

¿Cuáles son estos valores, los dogmas del sistema teocrático-técnico que nos ha tocado vivir? He aquí la mención de unos pocos de estos valores, para que se nos comprenda, sin pretender agotar una materia en si mismo agotadora: 

La idea de que “el hombre es un lobo para el hombre”, y de que, por tanto, es necesario un estado que controle nuestros instintos asesinos. Nuestra civilización, lo admitamos o no, está basada en la idea de que la naturaleza humana es perversa.

El darwinismo social (del científico poco tenemos que decir), con todo lo que representa: la creencia en la superioridad del hombre armado (de la sociedad tecnológica) frente a las cosmovisiones tradicionales.  

No hay que olvidar que la prohibición tradicional de la usura, el préstamo con interés, que comparten todas las cosmogonías tradicionales, fue levantada en occidente en la Suiza de Calvino. Según Max Weber, en El protestantismo y los orígenes del capitalismo, la acumulación de capital tiene que ver con el ascetismo protestante, para el cual todo gasto es pecaminoso. ¿Qué hacer con los excedentes sino convertirlos en moneda, para re-invertirlos a través del préstamo con interés?

La aplicación de esta ideología a la economía: el neoliberalismo, la idea de la lucha de los hombres entre si como soporte de la sociedad. El ser humano es reducido a la dimensión de productor-consumidor, más allá del cual no se ve sentido a su existencia. Un gran número de seres humanos son considerados como “innecesarios” para el funcionamiento de la economía, como “bolsas de población sobrante”...  

¿Qué podía esperar Hisham de unos poderes que habían calculado que la cifra óptima de población para el planeta se situaba en torno a los mil millones de habitantes? ¿Qué pasaba con los cuatro mil millones que sobraban? Parecía ser que aquellos poderes tenían ya diseñada una vasta política de exterminio en el continente africano, y para ejecutarla se estaban sirviendo de organizaciones aparentemente tan inocentes como el Fondo Mundial para la Protección de la Fauna y la Naturaleza. (...)

Hisham recordó un extenso artículo de denuncia, firmado por Uzmán el Italiano que Abdusalam había sacado de la Red hacía poco tiempo. Allí se citaban unas palabras de Felipe de Edimburgo, miembro fundador de la Organización, durante una conferencia pronunciada en la Universidad de Salford:

—“Nuestro objetivo es conservar el sistema como conjunto, no prevenir la matanza de animales individuales. Aquéllos que se preocupan por la conservación de la naturaleza admiten que todas las especies son presa de algunas otras especies. Aceptan que la mayoría de las especies producen un sobrante susceptible de ser usado sin que ello suponga de forma alguna una amenaza para la supervivencia de las especies como conjunto...

...el crecimiento de la población humana es probablemente la única y más seria amenaza a largo plazo para la supervivencia. Nosotros prevemos un gran desastre si no se frena este crecimiento, no sólo en el medio natural, sino también en el medio humano. Hay más personas que recursos para el consumo, crearán más polución, y se producirán más conflictos. Nosotros no tenemos ninguna alternativa. Si no se controla voluntariamente, será controlado involuntariamente por un aumento de las enfermedades, la inanición y la guerra...

...la Ecología no se preocupa del destino de los animales individuales. Admite el concepto de explotación de los recursos naturales sobrantes porque ésa es la forma en que trabaja el sistema natural. [...] En el caso de que yo me reencarnase, me gustaría volver como un virus mortal para poder así contribuir un poco a resolver el problema de la superpoblación.”

En Párrafos de moro nuevo, pp. 376-377.

Estas ideas, de sobras conocidas por todos nosotros, se articulan en lo Foucault ha llamado “la sociedad penitenciaria”, en la cual el control del ser humano por un poder central, omnipresente e invisible (como lo concibiera Orwel en su novela 1984) está convirtiéndose en una realidad insoportable para millones de personas.  

A esta ideología hay que añadir la quiebra de la idea de progreso, que se deja sentir en una forma aún más total de nihilismo: la aceptación de un devenir ciego, desvinculado de si mismo... El sistema actual es una máquina autónoma iniciada hace ya muchos años con unos fines que han sido superados.  

El neo-liberalismo ha hecho de la crisis la misma esencia de su evolución. Se ha eliminado de las esferas de poder y de gobierno toda posible decisión, toda razón. Se trata de un sistema auto-convulso, que funciona por reacción primaria. En realidad nuestros políticos (los que son elegidos) no deciden nada: se adaptan como pueden a un guión que nadie sabe quien ha escrito, ni que finalidad persigue.  

Se nos dice que vivimos en una sociedad racionalista, pero en realidad el único valor es el de la eficacia, sin una reflexión verdadera sobre los fines. Esto nos ha llevado a poner en peligro la vida del planeta, para el lucro de unos pocos... ¿qué racionalidad hay en ello?  El estar atento únicamente a su necesidad más inmediata hace imposible ninguna visión de futuro, y esta queda relegada al ámbito donde la maquinaria es soberana.

Todo ello se halla asociado a una sexualidad amorfa, que se complace siempre en la tragedia, una sexualidad convertida en espectáculo: reflejo de pulsiones, huida de la ternura y el descubrimiento del otro que nos constituye en seres humanos. Se nos muestra el pasado como un tiempo oscuro, imagen ante la cual debemos agradecer por vivir un presente civilizado. La construcción eurocéntrica de la historia no quiere ver el esplendor de otras culturas, no quiere saber de las cosmovisiones vividas por los otros más que como piezas de coleccionista.  

Es de esta religión dominante de la que los “moros nuevos” nos hemos apeado, una religión con sus dogmas, sus castas sacerdotales y su iglesia, que ha sustituido la idea de la salvación por el confort, la idea de un paraíso terrenal donde el sufrimiento ha sido erradicado. Cuando hablamos de “religión dominante” debemos aclarar que ese dominio se refiere al terreno de las formas, aunque trata de penetrar en las conciencias a través de un aparato mediático puesto a su servicio. ¡Cuanta razón tiene la crítica atea de la cultura! Desde Junger hasta Foucault, pasando por los pensadores posmodernos como Deleuze o Agamben, hasta el propio Heidegger, todos ellos han visto como la modernidad se definía en torno a unas ideas de naturaleza esencialmente religiosa que han transformado su apariencia. El nihilismo pseudo-cristiano, con su actitud reactiva ante la vida, ha degenerado en las mas crudas formas de explotación de la naturaleza, en un afán de dominio que se extiende a todas las razas y culturas, que pretende hacer tabula rasa con todas las tradiciones, uniformar al hombre en torno a los valores del mercado, siempre basados en la medianía. 

¡Cuanta razón tenía Guy Debord! En su obra La sociedad del espectáculo calificó al espectáculo como, y fíjense bien: “la reconstrucción material de la ilusión religiosa”. Sólo tenemos que ver los anuncios, la publicidad que inunda nuestras vidas para comprender estas palabras, ver como se nos promete una felicidad paradisíaca, sin esfuerzo, donde los valores trascendentes se han convertido en mercancía: “conduzca, sienta el poder...”, “compre, su vida cambiará”... Es aquí donde nos damos cuenta de que ese intercambio comercial que la iglesia puso en el centro de su doctrina ha triunfado en una forma extraña, aparentemente anti-religiosa, pero que conserva lo esencial de la doctrina de la salvación.  

Sociedad de control, sociedad penitenciaria, sociedad tecnológica, sociedad del espectáculo o del nihilismo consumado... de todo eso, y mucho más, los moros nuevos tratamos de apearnos, en favor de una concepción orgánica de la existencia, en la cual se nos permita “vivir en la luz como seres de luz”, según la expresión sentimental de Hashim Ibrahim Cabrera. Dejar de actuar como “fuerzas de trabajo” y dedicar nuestra vida a la adoración de una Realidad que nos reclama toda la atención, la vía del recuerdo. 

Islam y democracia 

Para profundizar en la respuesta del Islam a la situación descrita, y como homenaje a un hombre tan preocupado por el tema del retorno del Islam a España, queremos citar un extenso fragmento de Párrafos de moro nuevo que el narrador pone en boca de Alî Kettani, fundador de la Universidad islámica Averroes de Córdoba y fallecido hace más de un año —que Al-lâh lo haya perdonado. El viejo maestro responde aquí a una pregunta del narrador sobre la absurda idea de la incompatibilidad entre Islam y democracia: 

[Ali Kettani] —“... existe la institución de la Shura, la consulta, el consenso. El Profeta mismo, la paz sea con él, no tomó decisión alguna durante toda su vida sin discutirla antes con la comunidad. En el Corán se dice que toda decisión debe realizarse en Shura entre los musulmanes. El bayá, los poderes que la comunidad confiere a sus líderes son por un tiempo siempre limitado. Ciertamente el Islam es una democracia dentro de los límites del Corán y la Sunna, donde el Soberano no es ni la comunidad ni el emir ni el pueblo sino Allah Subhana wa Ta´ala. Pero existen limitaciones. Por ejemplo, si toda una comunidad decide exterminar a otro pueblo, esto no está permitido. Si la comunidad opta por decisiones que dañan al pueblo, eso es ilícito a pesar de la mayoría. No se puede, por decisión democrática, decretar que el alcohol es lícito para los musulmanes. En esto, el Criterio que establece los límites está contenido en el Corán.

La democracia islámica es más perfecta que la democracia al estilo occidental porque existe un mecanismo de control que ésta no tiene. Un pueblo, como una persona, puede equivocarse en conjunto. Ya lo hemos visto en el caso de los serbios de Bosnia. Según la fórmula occidental de la democracia, la destrucción masiva de otro pueblo es fruto de una decisión democrática, puesto que todos los serbios lo han decidido mayoritariamente. Pero esto no puede ser así... es horroroso e inaceptable. O una democracia como la alemana, que permitió el acceso al poder a un grupo no precisamente democrático, con Hitler a la cabeza.

El Islam se asienta y se desarrolla en una tierra cuando hay libertad. Cuando lo que existe es una dictadura o un totalitarismo, aunque sea éste en nombre del Islam, el Islam no puede sobrevivir, eso es más que evidente. Por eso ahora se desarrolla el Islam en Occidente, porque, a pesar de todo, aquí hay libertad, una libertad relativa. Si establecemos una comparación con la situación de los siglos XVII y XIX, hay una mayor libertad y por eso se está produciendo una expansión islámica, contrariamente a lo que ocurre hoy en muchos países de mayoría musulmana, donde no existe libertad y donde, por tanto, no hay un desarrollo del Islam. También en Occidente existen contradicciones a la hora de concebir la democracia, como en Francia con la cuestión del hiyab. Eso muestra la cara hipócrita de la democracia europea. El Islam, en principio, vale tanto para un musulmán como para un no musulmán. Si está prohibido robar, le está prohibido hacerlo tanto a un musulmán como a un no musulmán. Si está prohibido matar, tanto de lo mismo. Esto se aplica tanto a los individuos como a las comunidades y a los pueblos.

En las democracias occidentales no ocurre lo mismo. Lo que es válido dentro de las fronteras de un estado no se aplica con relación a los países subdesarrollados. ¿Cómo puede entenderse que un país como Francia, cuna de la democracia y el republicanismo occidentales, apoyase un golpe de Estado en Argelia en pleno proceso electoral? Y aún tienen la hipocresía de decir que algunas veces es necesario usar métodos antidemocráticos para proteger la democracia. ¿Cómo puede entenderse que los países más poderosos del mundo apoyen ahora a las más feroces dictaduras en África y en Asia? Ese doble rasero es un peligro para toda la humanidad.

Un musulmán siempre se encontrará a gusto donde exista un espacio de libertad. Un musulmán no siente miedo a la libertad, ni por él ni por los demás. Hasta en los países de mayoría musulmana que pretenden disfrutar de una democracia dicen que no se puede aceptar un partido islámico. Qué hipocresía. Cuando un noventa y cinco por ciento de la población tiene una identidad islámica y quiere resolver sus problemas buscando soluciones en sus propias raíces ¿cómo puede el otro cinco por ciento de occidentalizados hablar de democracia? ¿Es esa la democracia que quiere occidente para los países musulmanes?

Pero ahora el problema es para occidente. Occidente ya no resulta tan atractivo. Por ejemplo: cuando mi padre me envió a estudiar a Suiza tenía lágrimas en sus ojos, porque tenía temor de perderme, de verme occidentalizado. Cuando yo he enviado a mis hijos a Europa no he sentido ningún temor porque aquí han aprendido a amar mejor al Islam, y porque lo que hoy ven en occidente ya no les atrae tanto, más bien al contrario. Occidente necesita al Islam. Podemos aportar mucho a occidente y es un tremendo error pensar que el Islam es el enemigo. El Islam no es enemigo de nadie sino una forma de vida universal. El musulmán es ciego para las nacionalidades o las razas, cualquier musulmán de cualquier lugar es para él un hermano. Un musulmán debe respetar la conciencia de los demás seres humanos.

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Nos encontramos ahora en un momento histórico muy interesante. En los países de la Unión Europea, los quince, hay actualmente once millones de musulmanes y cinco mil mezquitas. La mitad de esta población son ciudadanos europeos. Un cálculo razonable para dentro de veinte años sitúa el número de musulmanes europeos entre veinticinco y treinta millones, con una enorme proporción de conversos. En Francia, por ejemplo, más de doscientos mil franceses son conversos. Es decir que, por primera vez desde hace mucho tiempo, el Islam va a vivir en estas tierras, en Europa Occidental, en el siglo XXI. El fenómeno es más intenso en los países del norte que aquí en Andalucía. Esa es una nueva realidad histórica. Por eso es muy importante que se entienda bien el Islam en occidente, que se acepte el Islam y se reconozcan los derechos de los musulmanes.” 

Experiencia frente a definición 

Si no podemos, o no queremos, hablar de “conversión”, ¿de qué estamos hablando? Técnicamente la expresión más apropiada sería “reconocerse musulmán”. Para comprender esta expresión deberíamos traducir la palabra árabe muslim, de la que viene musulmán. Esta palabra se refiere al sometimiento, con lo cual la expresión reconocerse musulmán quiere indicar el acto por el cual el hombre reconoce que se halla sometido a la Realidad Única, a Al-lâh. Para ser musulmán basta con pronunciar la shahada ante dos testigos, por eso se le llama dar testimonio. La shahada es la frase la ilaha illa Al-lâh, Muhammadun Rasulu Al-lâh: no existe otra realidad aparte de Al-lâh, y Muhammad es Su Mensajero. Es dar testimonio de que la Realidad es Una, de que estamos en ella como seres creados y acabables, y abrir nuestros corazones a Muhámmad, la paz sea con él. Aceptar la Profecía es reconocer la existencia de una capacidad interna a todo ser humano de comunicarse personalmente con la fuente de todo lo existente, de recibir la revelación en nuestro propio corazón, sin necesidad de mediadores.  

Reconocerse musulmán implica, antes que nada, reconocer nuestra propia vulnerabilidad de criaturas, en todos los terrenos. En el económico, reconocer que somos seres dependientes, tanto por nuestro origen en el Uno, como por nuestra dependencia material del intercambio y la comida. Esto está expresado en el Corán de un modo inequívoco: 

“El hombre se vuelve un ser soberbio en cuanto se considera autosuficiente” (96-6-7) 

Esta ayat, significativamente, pertenece a la primera sura del Corán revelada a Rasul Al-lâh, que la paz sea con él. Con esto quiero expresar hasta que punto la conciencia de la dependencia y la vulnerabilidad del hombre están presente en el Islam desde su origen más íntimo, desde la primera revelación coránica. 

En el plano del saber; implica reconocer que nuestro juicio personal es limitado. Esto tiene una efecto muy concreto sobre un texto como Párrafos de moro nuevo, situándonos muy lejos de la idea del narrador omnipresente al cual estamos acostumbrados. ¿Cómo podemos dominar el texto si apenas sabemos el porque de la escritura? Podemos y debemos meditarlo, tratar de comprender nuestra necesidad de expresión y comunicación, pero al final debemos reconocer que no poseemos las claves últimas de la narración de nuestra propia existencia. Formular las preguntas esenciales, sobre el destino del hombre y de sus obras, es ya reconocer esa precariedad que nos domina, y en la cual aceptamos sumergirnos, dejarnos llevar por el propio fluir de la palabra liberada de toda tentación de control absoluto sobre el texto. Eso es lo que a Hashim le ha sucedido en este libro, que él concibió en un principio como una novela histórica, pero cuyo control se le escapa a partir de un cierto momento, en el cual la ficción se ve desbordada por la realidad que le circunda. (Esto está expresado en un tropo del libro: “visiblemente emocionado”, cuyo secreto sólo ha de darles la lectura). 

Bien pensado, que el narrador pierda el control del texto, lejos de ser el producto de un capricho o de una negligencia, es algo lógico desde el punto de vista del sometimiento. ¿Cómo hubiera podido Hashim escribir la novela que quería, si está reconociendo que apenas sabe nada? Desde este momento, una sensación de no-saber recorre la obra (nuestra vida), la cual nos conduce a una nueva intensidad: la del propio fluir de una palabra en busca del sentido. Tal vez Hashim no domine lo que nos está narrando, pero puede decir que lo ha vivido, que lo ha experimentado. Dicho de otro modo: su saber no es absoluto, sino gustativo. No sabemos el porque sino el sabor de la experiencia, no podemos acceder más que las cenizas de una Realidad que nos ha sido entregada... pero podemos expresarnos, dirigir nuestras palabras y deseos, canalizar nuestra energía hacia la fuente manantial de todo lo creado, sin castración ni represión, pero también sin prepotencia. 

Nos hallamos aquí ante la expresión de una experiencia, o de una serie de experiencias no siempre unidireccionales... La experiencia, por definición, es irrefutable: nadie puede decir que no sentimos esto o lo otro. Situar esta experiencia frente a la definición del musulmán realizada a través de los medios de comunicación puede resultar algo sorprendente. Las personas no pueden ser sustituidas por definiciones, y mucho menos en grupo, y mucho menos cuando hablamos de la Ummah, comunidad islámica, constituida por una diversidad de pueblos y tendencias sorprendente para los propios musulmanes. 

Un ser humano es un cúmulo constante de recepciones de sentido, de vivencias que se suman las unas a las otras muchas veces ampliando nuestro horizonte vital hasta límites que nos son insospechados. Un límite insospechado es el del cruce de la línea que representa la re-versión, o el reconocerse en una tradición espiritual concreta. Pero ese cruce no puede ser, ni mucho menos, un abandono de lo anterior sino una ampliación, un ir más allá de lo heredado, de lo que nos ha sido transmitido como marco referencial de desarrollo, para situarnos en una amplitud  ontológicamente anterior a esa herencia. No se trata de abandonar nada, del mismo modo que la adolescencia no es un abandono de la infancia, pues todo lo que hemos vivido permanece con nosotros... ese es el misterio, la destrucción de toda definición, de toda tentación de esquematizar la historia. Ni el Islam ni occidente son algo en si mismo definidos, ni son incompatibles. Lo único incompatible es la reducción de la realidad a esquemas conceptuales, la supresión de la experiencia. 

Un valor absoluto es, para nosotros, el encuentro. Si hay definición hay fin de la posibilidad de una nueva creación, ausencia de esperanza, maquinaciones teóricas en torno a una teoría social determinada. Si hay experiencia hay encuentro: entre el hombre y si mismo, entre el uno y el otro, entre el extranjero y el nativo, entre lo sagrado y lo profano, entre la trascendencia y la inmanencia, entre oriente y occidente. Encuentro entre todo aquello que en un principio se nos presenta como separado, no en vano la experiencia de Al-lâh —en Al-lâh, por Al-lâh— ha sido definida como “la unión de los contrarios”. 

Cuando una imagen se sale de la pantalla protectora de los medios para hablarnos desde su corazón, se rompe con el estereotipo. Si aprendiésemos a escuchar antes que ha juzgar, podríamos traspasar e ir más allá de las imágenes, y estas dejarían de dominarnos, de decirnos lo que tenemos que pensar, creer o hacer con respecto a nuestras vidas, dejaríamos de aceptar unos valores que se nos imponen desde fuera pero que nada tienen que ver con lo que en nuestra realidad más honda deseamos. Seríamos capaces de permanecer abiertos a la diversidad y dejar de pensar que nuestro modo de vida es el único posible, que nuestros valores pueden ser impuestos. 

Si hay algo a lo que este libro memorable nos invita es, precisamente a eso: a realizar por nosotros mismos la experiencia de la Realidad que a cada uno de nosotros nos es dada, a no dejarse convencer por las doctrinas o las ideologías, por los directores de conciencia de ninguna religión, ni siquiera por esos nuevos dogmáticos de nuestro tiempo: los sacerdotes de ese monoteísmo de mercado denunciado por Roger Garaudy.  

La travesía de la noche 

Lo que Al-lâh aborrece es la ceguera y la ingratitud del hombre, y no su no-adhesión a una teoría, a una filosofía, a un partido. A nosotros no nos cabe duda de que la consecuencia inmediata de la captación de la Belleza y absoluta Majestad del mundo ha de llevar al corazón del hombre a postrarse ante lo superior a él, ante el Creador de aquello que lo maravilla. 

En el mundo occidental dicha majestad suele aparecer mediatizada, es velada de tal modo que se ha perdido la noción de la unidad en favor de una búsqueda que ha acabado negando su sentido. Esa perdida de sentido no es más que el resultado de la conciencia crítica: se trata de una labor de destrucción de todo valor absoluto, de la negación de la Presencia. Se trata de las consecuencias del nihilismo llevado a su punto más álgido. Es por ello que estamos destruyendo el mundo. Pero ese criticismo implica también la destrucción de todo finalismo, de toda idolatría como ocultadora de una trampa para el hombre. La crítica es siempre sobre los valores o sobre las doctrinas, pero no puede nunca alcanzar aquello que es anterior a si misma: el simple y directo hecho de que existan cosas, de que exista el mundo, y de que podamos percibir el “murmullo del hay”, que diría Heidegger, de las capas interiores de la materia, donde habita una ternura que nos desmorona .

En el umbral de la negación, percibo un filo de luz que ya se escapa, un signo físico de la noche. Siento que esta parte del planeta penetra en la oscuridad alejándose de la feliz influencia del sol. Una idea se me aparece en su plenitud, aislada en el discurso interior, sola, con autonomía, con personalidad, como un ser segregado del mar reflexivo de los conceptos, como un ente animado, autosuficiente, autónomo, vivo, que reclama sobre sí mi atención como si me dijera: ‘Estoy viva, estoy aquí al lado... y aunque sólo soy una idea tengo realidad... casi una naturaleza tangible, como la epidermis que protege a una sensibilidad profunda. Una idea que no expresa ser fruto de una mente que piensa sino que fecunda a las otras ideas, más pasivas y sujetas a la trama argumental de los otros, más esclavas del panteón imaginal de los dioses y los mitos antiguos.

Sin embargo, esta idea que no puedo definir sin contradecirla o tergiversarla, afirma en mí su existencia en la claridad. Si se trata de una alucinación, lo es en la misma medida en que lo sería todo lo demás y pondría en tela de juicio mi sentimiento y mi noción de realidad. Si no lo es, entonces estaría frente a la fuente de la que procedo, ahora ya no yo, aniquilado, por más que los demás lo declarasen como imposible.

Párrafos de moro nuevo, capítulo 27.  

El nihilismo es una de las fuerzas que informan el pensamiento occidental desde hace dos mil años, es el horizonte antiguo que debe ser superado para promover un nuevo nacimiento, un crecimiento del hombre acorde a su condición humana que le permita salir de la actual situación, donde el hombre ha quedado reducido a un papel instrumental. El hombre máquina-usuario no puede lograr más que enormes cantidades de desperdicio, de restos del consumo que van llenando vastas extensiones de la tierra. Si el nihilismo está en el fondo del hombre occidental es porque en él anida el deseo de librarse de todas esas formas de idolatría que lo apartan del puro estar ahí de la criatura, del poder gozar de la inmanencia en un mundo transparente, lejos de las funciones y las ideologías. Eso es así aunque el hombre no lo sepa, aunque desconozca la palabra a través de la cual los filósofos nombran sus carencias. Diagnóstico certero que nos sirve para nombrar el descontento de miles de millones de hombres que se debaten entre la supervivencia como lucha y aquello que no alcanzan... la fraternidad con toda forma de expresión, con toda forma de vida, con la propia materialidad de lo existente. 

El criticismo contemporáneo, en su carácter desmitificador y destructor de ídolos, se encamina a una verdad profunda, una verdad sin concesiones a un humanismo que pretende maquillar los más bajos instintos del hombre bajo el aspecto de una civilización basada en la burocracia y en la técnica. Pero el nihilista no se postra: no se hace recipiente de la Rahma. Considera que la Rahma es suya, quiere hacerse soberano, dirigir su propia vida. Se trata de un gesto liberador que, como tal, solo se ve frente a la tiranía, que ve toda sujeción como tiranía. En ese afán liberador ha considerado (justamente) que el Dios personal de las iglesias es el soporte de una estructura de poder, y se muestra incapaz de aceptar la vida como un don. 

Cuando todos los objetos de culto exterior que el hombre ha ido forjándose como señuelo se derrumban, y sin embargo no se halla ningún modo de enlace con el Uno, el hombre deja de ser hombre para convertirse en pura fuerza material que se dilata sin normas ni medida. Entonces sólo queda lo más primitivo del hombre que aflora: su egoísmo, su carácter destructivo. Todo ello nos es bien conocido, y se sitúa en la base misma del sistema shaytánico, de aquellas fuerzas que promueven y utilizan concientemente la separación del hombre de Al-lâh (es decir: de si mismo) para crear esclavos y seres sumisos en una sociedad que ha hecho de la destrucción del entorno el motor de su economía. 

Piedras, columnas corroídas por el mar y los siglos —las figuras talladas de toda civilización— frente a las costas africanas y a las aguas abiertas. Hisham había buscado a una persona inexistente, había intentando la formulación precisa de una existencia, pero había acabado paladeando misteriosamente más y más entropía.

Ahora viajaba más deprisa, tanto que la sensación de velocidad iba dejando paso a otra irrepetible y sin retorno, a un ‘fading’, a un desvahimiento, desvanecimiento casi imperceptible surcado por la manifestación ocasional de otros seres humanos que hacen posible cada encuentro, o por la figura del texto entre las manos, tratando de articular una imagen unitaria que siempre cruzaba desapercibida, fragmentada en la feria de los significados, en la vorágine de los espejos.

Párrafos de moro nuevo, capítulo 27.  

La decisión del nihilista es no sustituir los valores erosionados por el tiempo, no puede creer en nada por haberlo visto todo bajo el prisma de la disolución y la sospecha. El desarrollo de la vida se deja al azar, en el azar se da una línea de demarcación, se da una variabilidad y un fluctuar que no se alcanza sin un método determinado. Lo que al nihilista le falta es adherirse a una práctica que lo eleve del azar mecanicista, pero considera que ello traiciona el nihilismo, la ausencia de creencia. El nihilista se convierte en diletante desde el momento en que se ríe de las tradiciones y decide adaptarse a cada nueva realidad externamente, sin variar su identidad secreta. El diletante carece de comprensión de su destino, y careciendo de destino desestima toda resistencia. Olvida las preguntas y huye de todos los retos como de acertijos inútiles, meros contratiempos sin sentido, pero así se hace incapaz de metamorfosearse en lo que tiene delante, su cambio es sólo en apariencia: el diletante se ve desgajado de la realidad por su negativa a considerarse parte de la trama de la existencia. 

El musulmán occidental podría ser idéntico en todo a este nihilista sino fuera porque en su trayectoria hacia el vacío ha encontrado esa luz que Jacob Böhme vio en el abismo de lo indeterminado (Un-grund). Se trata de la permanencia del mundo en Al-lâh, del propio hecho de la existencia como un misterio inescrutable: a pesar de que ninguna construcción de nuestro yo tenga sentido, de que no existe una creencia que nos salve, sino solo las trampas de la idolatría, a pesar del vacío que rodea todos los gestos y las apariciones de las cosas, no podemos negar que el mundo exista. Lo que vio Jacob Böhme es ese resplandor inmerecido (que acontece sin haber hecho méritos positivos para recibirlo), la pura permanencia como una donación en medio de la muerte, nuestra pertenencia a una luz que todo lo reúne. 

Ese resplandor nos hinca de rodillas. Desde la Luz de lo sin-fondo hasta la luz de la naturaleza media el tiempo de adaptarse, de hacerse capaz de comprender lo que ha sucedido. Luz sobre luz se imprime en la conciencia una imagen de todo lo que aflora unida al No-ser esencial que todo lo contiene. Al-lâh sin mediación, sin otro camino de acceso hacia Él que la destrucción de toda idolatría.  

Noche oscura del alma, esta vez iluminada por los latidos de un sentir que podría decir mío, pero que cabalga despersonalizado, como corresponde a quien ya no es tan quién sino tan cómo. Noche negra del alma desnuda de los apegos, entregada a su Cuidador y Maestro aunque viva, corporal y latente, manifiesta sin remisión, encarcelada en la eternidad y en la infinitud, como las más concreta y compasiva forma de la nada.

De nuevo frente al jardín inenarrable, oliendo recónditos perfumes, suspendido en el brillo efímero de las hojas mojadas. Sabiendo que yo ya no soy yo. Una mente contemplándose a sí misma, errada, terca en sus suposiciones, obstinada en su ignorancia, viendo su historia personal como si se tratara de un texto literario corregido y concluso. Una absurda rutina se apoderaba de Hisham cuando esto escribía, aunque se daba cuenta de que en esa monotonía, en la superficialidad del discurso cotidiano y en el mal vacío que le embargaba, anidaban fuerzas que le empujaban de nuevo hacia la escritura, esta vez con un trasfondo de atávica necesidad, de verdadera urgencia.

Párrafos de moro nuevo, capítulo 27. 

Lo que quede en occidente después de todo ese proceso (cuando el proceso ahora en curso se haya consumado) no puede ser otra cosa que el Islam, un Islam devuelto a su pureza y depurado de todas las interpolaciones y los a-apriorismos. Ese Islam será el único capaz de surgir del derruirse de occidente, pero sabemos que tiene que luchar ahora contra la doctrina por mantenerse fiel a la revelación abierta, la que verdaderamente ha descendido. 

El occidental que puede aportar algo al Islam es aquel que ha realizado en sí la experiencia del desmoronamiento del sistema que lo ha generado. Es el que ha realizado su “travesía de la noche” hacia el Islam. El hombre que ha realizado en si la experiencia de la destrucción del lenguaje como medio de dominación y creación de lazos artificiales. El hombre que ha destruido en si la alineación que todo ello implica y es portador de la palabra inspirada comprende que el lenguaje no debe ser lo que nos separa sino lazo de unión con la Verdad que aflora del abismo. Empieza a articular palabras como un recién nacido del diluvio y se consagra a la alabanza de la Creación que ahora recibe con aliento nuevo. Comprende la necesidad de la Palabra revelada como aquella única palabra mediante la cual los hombres no se hacen extraños a si mismos y por tanto pueden seguir siendo hermanos y aspirar a una comunidad sana, que contemple el mundo como un todo. 

La superación del nihilismo debe ser prefigurada en todos nosotros, es destrucción de lo que el nihilismo de occidente representa. Se trata de interiorizar un proceso para salvarnos de lo que se avecina, para salvar lo que nos queda de auténticamente valioso en el mundo de la tergiversación y la mentira institucionalizada. La destrucción del lenguaje en el mundo de todos los lenguajes, la destrucción de todo discurso meramente humano como una usurpación del Único lenguaje. El lenguaje de los medios de comunicación de masas es una tautología que no dice lo que nombra, sino que se dirige a si mismo creando una fantasmagoría omnívora. Se trata de la intriga de dominación y expoliación de todo el planeta por una minoría que controla los medios de generar mensajes y conductas. 

Si ese hombre surgido del diluvio de si mismo, que ha topado con la Verdad en el abismo, es capaz de aportar algo al Islam que renace, es porque el mismo ha realizado la experiencia de la conversión como una prefiguración de ese renacimiento, y ha visto surgir en el la necesidad de una Palabra cuyo vínculo con lo Absoluto no sea únicamente verbal, sino absolutamente creador, constituyente: Palabra que responde a la urgencia de la vida por mantenerse vinculada a aquello que le da sustento de un modo total y sin figura. 

Una meditación de años se manifestaba en unos pocos minutos. En ambos casos era una cuestión de oscuridad, una oscuridad que había sobrevivido a nuestras respectivas intenciones de abolirla, y que acabó disipándose de la conciencia con un acto de voluntad. Le pregunté yo entonces su opinión sobre esos hechos tan absurdos en apariencia y Sabora me dijo 

—“que la vida era así, que vemos nuestros errores, oscuros rincones de nuestras almas, y aprendemos a convivir con ellos hasta que un buen día, sin saber bien por qué, damos ese salto luminoso que materializa nuestros sueños, nuestros anhelos de claridad y de transparencia.” 

Así nos llegó la aleya coránica, “Kun fayakun ¡Sé y es!.” Como expresión del verbo creador, de la voluntad divina que se muestra con toda claridad y contundencia en la incesante y misteriosa creación de Dios. 

Pudimos haber borrado aquella oscuridad mucho tiempo antes. Sólo hubiésemos necesitado un acto de conciencia y unos cuantos minutos de trabajo. Pero no ocurrió así. Hizo falta toda esa reflexión en el tiempo, esa meditación recurrente como un dikra existencial —’este’ espacio es oscuro, ‘este’ rincón está ennegrecido— para que nos diésemos cuenta de nuestra necesidad vital de luz, de nuestra propia existencia entre las sombras. 

Párrafos de moro nuevo, capítulo 35.  

Necesitamos el Islam para poder vivir nuestra condición de occidentales hasta sus últimas consecuencias, para actualizar esa apuesta por la libertad de conciencia en la cual la Realidad se nos revela. Necesitamos el Islam para superar el “complejo de superioridad que padece occidente, y poder avanzar hacia esos principios inmutables que nos unen a todas las culturas. En el fondo de la tradición crítica que hemos heredado, como en el fondo de cualquier cosa que se observe atentamente, está la mismo Unidad que todo lo gobierna, el mismo principio vital generador de vida que adopta multitud de formas, capaces luego de pelear por un matiz o por una tierra que no es nuestra, sino del Creador del Universo, de todos esos mundos que circundan la bóveda celeste. 

Re-conocerse vulnerable 

No sería correcto realizar ahora una definición precipitada del Islam, máxime cuando se ha reconocido que toda definición de lo abierto es reductora... Cuando se le pregunta a un musulmán “¿qué es el Islam?” suele responder enumerando los cinco pilares, diciendo como se hace el salat, en que consisten la peregrinación o el ayuno... Lo cierto es que el Islam es una vía, un camino consistente en unas determinadas prácticas tendentes a conectar al hombre con la Realidad, permitirnos vivenciar plenamente eso que somos, y de lo que no podemos escapar.  

Una de las primeras cosas que nos llama la atención es el carácter abiertamente numinoso de la experiencia que el musulmán tiene de su Sustentador, lo alejados que están los musulmanes de cualquier forma de doctrina. Frente al dios entronizado y completamente ajeno al hombre del dogma trinitario, nos encontramos con Al-lâh como una presencia viva tanto en nuestro entorno más cercano como en nuestro propio organismo. 

El Islam es dado al hombre por Al-lâh como algo vivo, un conjunto de acciones que desencadenan experiencias imposibles de delimitar mediante la escritura. El Islam es lavarse, postrarse, ayunar, viajar, aprender, combatir, visitarse, dar la paz... y hacer cualquier cosa con la consciencia de que no se trata de actos superfluos, sino de que todos los detalles de la existencia están cargados de sentido. Al tratar de describirlo corremos el riesgo de domesticarlo, de desmenuzarlo en piezas y romper con el carácter circular y atómico que lo caracteriza. La linealidad de la escritura no puede ser superada fácilmente sin caer el lenguaje de la paradoja. Si empezamos a describir al hombre por los ojos ya estamos realizando una lectura determinada, si empezamos por decir que tiene un sistema arterial que lo mantiene vivo, hacemos otro tanto, con lo cual debemos empezar por decir que el Islam —como el hombre— es algo orgánico, donde no hay un principio o un final sino un conjunto de células vivas —acciones e ideas-fuerza— que se configuran en un todo armónico, completo. 

Junto a la idea que equipara monoteísmo y pensamiento único, tenemos la del dios inmóvil de Aristóteles, que ha creado el mundo al principio de los tiempos, la cual tampoco eso es aplicable a la cosmovisión islámica, donde es impensable un Dios ajeno a lo existente. Por el contrario, nosotros afirmamos que la única “comunicación” posible del hombre con Al-lâh es física, puesto que se trata de algo sensitivo, que debemos experimentar en nuestro cuerpo, siendo completamente imposible la mediación en este caso. Al-lâh nos dice, en el generoso Qur’án, que Él no es algo ajeno al hombre: 

Al-lâh está más cerca del hombre que su vena yugular. 

Sea Lo que sea, o sea Quien sea, y aunque no podamos definirlo ni determinarlo, sí podemos afirmar Su Presencia, como algo que sentimos a nuestro alrededor y en nuestro propio organismo, como una fuerza numinosa. 

Al-lâh se nos presenta como una Inmensidad no codificable, como el carácter Abierto e Infinito de la Realidad Creadora, inabarcable para el hombre. La expresión Al-lâhu Akbar, constantemente en boca de los musulmanes significa precisamente eso: Al-lâh es más grande que cualquier cosa que puedas pensar, imaginar, llegar a creer o a percibir. Al-lâh está siempre más allá de todas las determinaciones, de todas las concepciones teológicas. Someterse a lo anterior a nosotros que nos ha dado nacimiento es reconocer nuestra pequeñez de criaturas, nuestro carácter contingente. El Islam es reconocer nuestra sujeción a aquello que rige la existencia sin tratar de dominarlo, y actuar en consecuencia. 

Lo que es una dificultad primera —nuestro tardío acceso al Islam— puede llegar a mostrarse como una bendición, pues todo lo que para el nacido en un país de mayoría musulmana se presenta como una costumbre es para nosotros motivo de un deslumbramiento. Es el lento aflorar de una materia por esencia infinita, en el cual vemos aparecer una cosmovisión que reconocemos como nuestra, jamás como un injerto extranjero ni como una teoría que aprendemos desde fuera. El Islam se nos ha presentado como una necesidad interna. Vivimos el Islam como parte de nuestra propia naturaleza, pues ha llegado a nosotros desde Al-lâh, jamás como una cosa externa que hemos adoptado. 

La inmediatez de Al-lâh significa, precisamente, ausencia de mediadores, no-mediatizar bajo ningún control o norma externa nuestro contacto con la realidad. Eso es lo que llamamos el “sirat al-mustaquim”: la vía o método directo que vincula al hombre con Al-lâh. Cuando decimos, en la fatiha, ihdina as-sirata al-mustaquim —guíanos por el sendero recto—, lo que estamos haciendo es convocar a la Realidad para que nos conduzca hacia nosotros mismos, pues somos parte activa en el estar haciéndose del mundo. 

La idea de una “recurrencia de la Creación”, según la cual Al-lâh está creando el mundo a cada instante, se impuso de un modo natural en la conciencia de los musulmanes de los primeros tiempos. El atomismo era visto por los cristianos y los griegos como una doctrina impía. Era asociado a la negación de la religión y de la resurrección de las almas, y fue duramente atacado por todas las castas sacerdotales desde el tiempo de Demócrito al tiempo de Lucrecio, desde el siglo IV antes de Cristo hasta los tiempos en que el propio Al-lâh menciona los átomos en el Qur’án generoso. El atomismo qur’ánico tuvo que ser visto como algo completamente extraño en su momento, pues es el equivalente al materialismo en el terreno de la física, y al ateísmo en materia religiosa. Siendo así, sucede que el atomismo es algo tan inherente al Islam que nos sorprende oír a los musulmanes sus diatribas contra el “occidente materialista”, pero aquí, como en tantos lugares comunes, las palabras se han desvirtuado. 

La vulnerabilidad del hombre se hace evidente en su finitud, por el hecho irrecusable de la muerte, pero también por su sensibilidad. Reconocerse vulnerable es permanecer abierto a lo que pueda sucedernos, vivir expuesto: renunciar al abrigo y a la comodidad que otorgan las doctrinas y los dogmas, aceptar la creación como algo que incesantemente nos desborda y que puede arrebatarnos cuando quiera. No existe estructura social o jerarquía alguna que pueda representar la Presencia de Al-lâh en nuestras vidas, ni el papaíto estado ni la madre iglesia. Sólo la desnudez esencial del hombre ante su Señor, ante el cual no sirven para nada todas los excusas que nos ponemos a nosotros mismos para no hacer esto o lo otro, para no vivenciar hasta su plenitud nuestra existencia, eso que en el Islam se llama el universo del Mandato: el escuchar esa voz interior que nos ordena: “tú eres esto, vívelo”. 

Sin exposición, sin apertura incesante a todo aquello que ha de sucedernos, no hay receptividad hacia esa orden interior, como no hay captación de la Majestad y la Belleza de una Creación que nos convoca... pero la exposición a la alegría lo es también, inevitablemente, al dolor, al dolor de ser finito, a la inseguridad que nos supone poder perder todo aquello que amamos o nos ama. Se trata, también, de exposición al otro, a la herida de una presencia que no quiere dejar de ser presencia, que no quiere esconderse bajo los mantos de ninguna doctrina de la salvación, de ninguna ideología redentora. La apertura al dolor y al goce son la misma. Atreverse a una es atreverse a la otra. No podemos esperar, ni separar la vida de la muerte, como en nuestra sociedad del bienestar se nos promete... el sueño de un confort que nos procura todos los bienes de la tierra y nos evita todo sufrimiento. No hay verdadera alegría salvo en la entrega sin medida, en el lanzarse sin red en el abismo. Allí solo la confianza en el Creador de los cielos y la tierra puede sostenernos. Tal y como lo ha expresado el pensador judío Emmanuel Levinas: “exposición a la ofensa aún en el goce”. 

Reconocerse musulmán implica el propósito de afrontar los hechos como expresión de una Voluntad que está muy por encima de nosotros, que no puede ser adaptada a nuestros intereses sin reducirla al polvo. Es realizar una entrega total a nuestra naturaleza tal y como nos ha sido dada. Recorrer el camino que va desde el yo hasta el Todo, rompiendo la distancia mediante la conciencia de pertenecer al mismo mundo indivisible, de provenir del mismo origen increado. 

Se trata, en definitiva, de la búsqueda de un nuevo equilibrio social, comunitario, que nos permita vivir la Realidad como seres nobles, enraizados al ciclo del día y de la noche. Para saborear el ritmo de una Creación que se despliega como un manto sutil que nos acuna. Para mostrar —a todos aquellos que aún sean capaces de ver— la Majestad y la Belleza del Creador de los cielos y la tierra, y no vernos obligados a vivir arrastrándonos en pos de un ideal de confort que nada tiene que ver con nuestros anhelos más profundos, con ese anhelo de luz inscrito en el corazón de todo ser humano. 

Pero sólo Al-lâh sabe.
 

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