Número 177  //  25 de Junio de 2002  //  15 Raby`al-thani 1423 A.H.

 TRADICIONES DEL MUNDO

Universalidad del fenómeno profético

Por Abdelkarim Osuna

Este texto sirve como prólogo a esta nueva sección de webislam, en la cual, insha Al-lâh, queremos publicar una serie de artículos sobre las más diversas tradiciones. El combate contra la imposición de un pensamiento único que está asolando el planeta no puede hacerse más que desde el punto de vista del respeto a la diversidad de vías que Al-lâh ha querido para el hombre.


 

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El Islâm no es únicamente la religión histórica que enseñó el Profeta Muhámmad —que la paz de Al-lâh sea con él, y Su salat— a los árabes en el siglo séptimo después de Cristo, sino que es nombrado por el Qur’án como el Dîn (juicio, camino) primigenio del hombre, como la tradición universal del ser humano tal y como ha sido enseñada por múltiples profetas desde el principio de los tiempos. Para que comprendamos esto en nuestra lengua castellana debemos acostumbrarnos a traducir la palabra árabe islam, y pensar en la “rendición incondicional a la fuerza que mueve el universo” como punto de unión entre las tradiciones.  

Que el islâm es anterior al siglo VII d.C. es algo evidente en el Generoso Qur’án, en el que se habla de “musulmanes” en un tiempo anterior a la venida de Muhámmad, paz y salat. Según el Libro de Al-lâh, hombres anteriores a Muhámmad se reconocieron como musulmanes: 

Noé: “Se me ha ordenado ser de los musulmanes” (Yunus, 72)

Abraham e Ismael: “¡Oh, Señor! Haznos ser musulmanes ante ti” (al-Baqara, 132)

Jacob: “Al-lâh ha elegido vuestro Dîn: no muráis sino siendo musulmanes” (al-Baqara, 132).

Moisés: “¡Confiad en Él, si realmente sois musulmanes!” (Yunus, 84).

Yusuf: “¡Haz que muera como musulmán y adhiéreme a los justos” (Yusuf, 101).

Los hechiceros del Faraón, en su derrota ante Musa: “¡Señor, danos paciencia y haznos morir como musulmanes!” (al-‘Araf, 126).

Los apóstoles de Jesús —los hawariyin— dijeron al Mesías, hijo de Maryam: “Nos hemos abierto hacia Al-lâh. ¡Sé testigo de que somos musulmanes!” (al-Miran, 52).

El hombre justo dijo: “Cuida de mi descendencia. Hacia Ti me vuelvo y soy de los musulmanes” (al-Ahqaf, 15).

Y la Reina de Saba: “Me rindo como musulmana junto a Suleyman ante Al-lâh, el Señor de los Mundos” (al-Naml, 44). 

La mayoría de los ejemplos mencionados en el Qur’án pertenecen a la misma rama abrahámica, que era la conocida por los habitantes del Hiyaz, el lugar de la predicación de Muhámmad, que la paz y la salat de Al-lâh sean siempre con él, y con su descendencia. A partir de aquí es —hasta cierto punto— comprensible que se tienda a situar el Islâm en la tradición judeo-cristiana. Debemos renunciar, sin embargo, a la clasificación del Islâm como “una de las tres religiones monoteístas”, lo cual suena a eslogan publicitario, olvidando que la cifra de Mensajeros que ha recibido la humanidad es de 124.000, según un conocido hadîz, y que éstos pertenecen a las diferentes lenguas y pueblos que han poblado el mundo. 

“Cada comunidad tiene un mensajero. Y una vez que su mensajero les llega, se decide entre ellos con ecuanimidad y no son tratados injustamente” (Qur’án 10,47).  

“Y en verdad hemos suscitado en el seno de cada comunidad a un mensajero: ‘¡Adorad a Al-lâh y apartaos del Taghut!’” (Qur’án 16,36)

“¡Y cuantos profetas enviamos a los pueblos antiguos!” (Qur’án, Sujruf, 6) 

La diversidad es aquello que la luz en su esplendor revela como unido. La superación de la apariencia fragmentada no se da en la unión externa, en hacer tabula rasa y unir en torno a una religión o a una doctrina determinada, sino en realizar el esfuerzo de comprensión que nos permita ver la unidad subyacente en lo múltiple. Generalmente la unidad externa no se da más que como una ficción o intento de limitar las manifestaciones de una Creación siempre desbordante. Pero ese no es el camino que Al-lâh ha trazado para el islâm en la tierra:  

“Si tu Señor hubiera querido habría hecho que los hombres fueran una única comunidad. Sin embargo no dejarán de ser contrarios unos a otros” ( Qur’án 11, 118).

Siendo para el musulmán una obligación el aceptar “todas las revelaciones anteriores”, tal y como Al-lâh mismo nos ha dicho a través del Qur’án, sin que nadie haya podido borrar esta Palabra luminosa.  

Esto implica que el Islâm no sólo no es contrario a la diversidad de tradiciones, sino que reconoce en ellas un origen y una esencia comunes, que no hace distinción entre unos y otros, pues no existe una gradación en la existencia, sino pura implicación, interactuación y mutua dependencia de todos los elementos de la Creación que nos aparecen como separados en un origen Absoluto, donde las diferencias que a nosotros nos parecen esenciales se disipan en humo, dejándonos tan solo con “el viento que viene del desierto”, la pura Presencia de Al-lâh como centro irradiante. Siendo así, es normal que encontremos a muchos musulmanes que aceptan sin dificultad a grandes maestros de la humanidad —Lao Tsé, Buda, Empédocles, Zoroastro, etc.— como íntimos de Al-lâh, e incluso como profetas, y que no se cierran en la temática árabe o semita sino que mantienen una apertura de miras hacia todas vías de acercamiento a lo Absoluto.  

“Si Al-lâh hubiera querido habría hecho de vosotros una única comunidad. Sin embargo lo ha hecho así para poneros a prueba en lo que os ha dado” (Qur’án 5, 48).

“Y si Al-lâh hubiera querido habría hecho una sola comunidad, sin embargo Él hace entrar en Su misericordia a quien quiere y los injustos no tendrán quien los proteja ni quien los auxilie” (Qur’án 11, 19).

“Si Al-lâh hubiera querido os habría hecho una comunidad única, pero Él extravía a quien quiere y guía a quien quiere” (Qur’án  16, 93).  

Lo que caracteriza al musulmán, su actitud ante la diversidad de tradiciones, es el asombro y el agradecimiento. La variedad lo aleja de toda tentación autoritaria, de todo sueño de dominio, dejando en manos de Al-lâh el destino de los pueblos. No existe una voluntad de unir a todos los hombres bajo una bandera o una identidad cerradas, sino la busca de un sistema de inclusión de lo diverso frente a los sistemas de exclusión que representan los imperios. Es sabido que entre los musulmanes el proselitismo está mal visto, pues se lo considera una ingerencia inaceptable en la vida del otro.  

“Y si tu Señor quisiera creerían todos los que están en la tierra. Acaso puedes tú obligar a los hombres a que sean creyentes? Ningún alma puede creer si no es con permiso de Al-lâh” (Qur’án, 10, 99-100).

Según este ayat, el respeto se extiende también hacia los no-creyentes, pues nadie puede juzgar lo que sucede en el corazón del otro. No existe posibilidad de enseñar ni de transmitir el Islam, sino que este es sembrado por Al-lâh en el corazón del hombre.  

Al-lâh ha sido siempre Uno desde el principio de los tiempos y ha enviado mensajeros a todos los pueblos de la tierra, en todos los idiomas. Todos los profetas de todos los pueblos deben ser reconocidos por el musulmán como iguales ante Al-lâh, pues Él nos ha ordenado:  

“Decid: ‘Creemos en Al-lâh y en lo que ha hecho descender sobre nosotros y en lo que descendió sobre Ibrahim, Ismail, Isaac, Jacob y sus descendientes, y los que fue entregado a Musa y a Îsa, y en lo que fue entregado a todos los demás profetas por su Sustentador: No hacemos distinción entre los profetas’.” (Sura al-Baqara, 136).  

Esta última frase es sorprendente para los que nada saben del Islam: para nosotros, los musulmanes, y según Al-lâh lo ha expresado, no existe un rango superior para ningún profeta, aunque, siendo necesario escoger una determinada vía, el musulmán se define hoy en día como aquel que sigue la sunna o tradición de Sidna Muhámmad, paz y bendiciones.  

En los países musulmanes se pueden encontrar sinagogas, iglesias, templos budistas, hindúes, zoroastrianos, etc. Esta realidad contrasta con la imagen que se divulga en occidente del musulmán como fanático e intolerante, pero concuerda con los datos que poseemos de la historia, incluso con aquellos que nos transmiten los orientalistas. Es sabido que los primeros tratados de “religiones comparadas” fueron escritos por intelectuales musulmanes hace ya más de mil años, mucho antes de que los ilustrados se interesasen por las “culturas primitivas”, y con una diferencia abismal: el motivo de los eruditos musulmanes es el de resaltar esa variedad querida por Al-lâh, mientras que las definiciones de las “otras culturas” realizadas por la Ilustración y el orientalismo tiene por objeto la dominación cultural, la fijación arbitraria de identidades y de definiciones, cuyas consecuencias aún se dejan notar a principios del siglo XXI. 

También sabemos de los contactos e intercambios entre musulmanes y miembros de otras tradiciones ya en los primeros tiempos del Islâm. Intercambios de ideas y experiencias realizados de igual a igual y no desde una supuesta superioridad racial o intelectual como portadores de la única verdad.  

La búsqueda del conocimiento ocupa un puesto central en las obligaciones de todo musulmán, tal como se nos ha recordado en el Mensaje del Qur’án:  

En la creación de los cielos y de la tierra, y en la alternación de la noche y el Día, hay signos para los dotados de intelecto. (Qur’án, Alî Imrán, 191) 

Hasta el punto en que el uso del intelecto es lo que separa al hombre del Fuego del infierno: 

“Dirán: ‘¡Si hubiéramos escuchado o hubiéramos hecho uso de la razón, no estaríamos entre los compañeros del Fuego!’.” (Qur’án, Al-Mulk, 10) 

Esto es confirmado ampliamente por las tradiciones islámicas referidas a la comunidad de Medina, donde la búsqueda del conocimiento ocupaba un lugar privilegiado. Una de las más hermosas tradiciones es la siguiente:  

Dijo el Profeta, que la paz de Al-lâh sea con él, y Su salat:

“Para cada cosa hay una herramienta y un instrumento; la herramienta del creyente y su instrumento es el intelecto. Para cada cosa hay un medio de transporte; la montura del hombre es su intelecto. Para cada cosa existe un objetivo; el objetivo de la devoción es el intelecto. Para cada pueblo hay un pastor (jefe o conductor); el pastor de los devotos es el intelecto. Para cada comerciante existe una mercadería; la mercadería de los sabios es el intelecto. Por cada demolición hay una construcción; el constructor del otro mundo es el intelecto. Y para cada viaje hay una tienda de campaña donde refugiarse; y la tienda de campaña de los musulmanes es el intelecto”.

(De Al-Bahar, tomo I, pag. 95) 

Siendo así, el uso de la razón es inseparable del islâm, llegándose incluso a considerar por encima de otras prácticas de devoción y de alabanza:  

El Mensajero de Al-lâh —que la paz de Al-lâh sea con él, y Su salat— llegó a la mezquita en la cual habían dos reuniones: una de estudio y otra de alabanzas y súplicas a Al-lâh. Entonces expresó: “Las dos reuniones son buenas. En ésta suplican a Al-lâh y en la otra aprenden y enseñan a quien no sabe. Aquella es mejor. Para enseñar he sido enviado”. Luego se sentó con ellos (con los que estudiaban). 

(Muniatul Murid , pag. 13)

 

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