Número 175  //  11 de Junio de 2002  //  1 Raby` al-thani 1423 A.H.

 INICIACIÓN

Lo normal en el Islam

Por Seyyed az-Zahirí


“Si es raro, no es Islam”, dijo Yusuf el transportista de Sevilla.
Los maestros desconcertantes 176

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Lo normal en el Islam no equivale necesariamente a lo más usual o corriente, es decir: no es el resultado de realizar una estadística sobre los usos de los hombres en un determinado contexto, con lo cual estamos considerando como “anormal” todo comportamiento heroico o toda muestra de compasión y entrega. Para la mayoría de los occidentales lo “raro” es lo “otro”: unas costumbres diferentes a las de la mayoría de los occidentales, a pesar del hecho evidente de que ellos son una minoría en el mundo. Este concepto de normalidad es la validación de la mediocridad (la media) como valor normativo, como algo socialmente vinculante. Por el contrario, lo normal en el Islam equivale a la fitrah, la naturaleza primordial del ser humano.

 

La muestra más evidente del estado de fitrah la tenemos en el animismo de los niños, que considera a todo lo que los envuelve como algo vivo. Los niños, como los malaika, son los seres espirituales por excelencia. El sentido de la inmediatez del Creador es mayor entre ellos que entre los adultos, pues no difieren su experiencia de la realidad ni necesitan realizar ningún acto de adoración o de conciencia para habitar el mundo como teofanía. No necesitan nombrar a Al-lâh para estar cerca de Él, pues todos los seres nacen en el Yanna, un estado paradisíaco que puede ser mantenido mediante la adoración, la apertura a lo real y la conciencia de la Unicidad sin fin de lo existente.

 

Revestirnos de las cualidades de la naturaleza es realizar en nosotros el mandato divino, vivenciar los Nombres o Atributos con los cuales Al-lâh se muestra en la existencia. Todo eso pasa por mantener nuestros sentidos libres de toda contaminación. El instinto del hombre, si no es desviado, le conduce a la mayor nobleza, a recuperar como adulto esa “constitución mejor” en la cual hemos sido creados.

 

"En verdad, creamos al hombre en la constitución mejor” (95:4),

 

a lo cual Al-lâh inmediatamente añade:

 

“... y luego lo reducimos a lo más abyecto” (95:5).

 

Somos seres de luz atrapados en las sombras, pero esas sombras no son las apariencias sino las imágenes creadas por el hombre: la proyección es nuestra falta de receptividad, la reducción del todo a nuestro pequeño mundo. Para estar en la luz no hay que apartarse del mundo sino habitarlo plenamente, desarrollar nuestra sensibilidad al máximo, hacernos recipientes de las formas y colores, y acabar con nuestra manía de juzgarlo todo desde nuestra precariedad de criaturas, según nuestros miedos y la frustración de nuestro anhelo de dominio.

 

Los adultos debemos realizar un acto de conciencia e introducir una serie de prácticas en nuestra vida para poder mantenernos en ese estado: debemos seguir una determinada tradición para no caer en la dispersión a la cual somos conducidos por el desarrollo de nuestra fantasía, por la proyección de nuestro ego sobre el mundo. La ‘ibada (prácticas de adoración) es una tendencia innata al individuo, su deseo de retornar desde ese estado de abyección hasta la fuente de todo lo creado. La contemplación consciente de la naturaleza nos conduce al asombro por la Majestad y la Belleza de la Creación, y del asombro a la postración hay solo un paso, un ahondamiento consciente en ese asombro: el deseo de participar activamente en esa Creación maravillosa, la rendición total ante esa Majestad y esa Belleza.

 

Si el hombre no se postra es a causa de su ceguera, por tener embotados los sentidos. El deseo de estar constantemente en estado de postración se manifiesta en la receptividad del creyente hacia todo aquello que lo rodea, y es análoga a la receptividad del niño, cuya curiosidad se desborda en energía. En el adulto esa energía es canalizada por la ‘ibada, los actos rituales que nos mantienen vinculados con la naturaleza de las cosas.

 

La ‘ibada no es algo externo, una serie de ritos arbitrarios, sino un modo de mantenernos dentro de la naturaleza. Por ejemplo: la salat está relacionada con el ciclo de la luz durante el día, tal y como nos es accesible a la mirada, en un trayecto idéntico al que nosotros mismos realizamos cada día. Levantarse al fajr, antes del alba, para postrarse ante el Creador de los cielos y la tierra, y luego ver salir el sol cada mañana, es algo que nos da una fuerza numinosa, una sensación de pertenencia al propio telos de la tierra. Las abluciones nos mantienen en contacto con el aspecto fluido de la rahma, frente al estancamiento de una vida en la cual la adoración se ha desterrado, nos ha sido arrancada (desarraigo). Todas las prácticas del Islam tienen un sentido físico preciso, conducen a la purificación de nuestra sensibilidad, a mantenernos abiertos al carácter simbólico de todo lo creado. Si las salat-s son sólo cinco es (entre otras razones) porque no basta con vivir boquiabiertos, sino que debemos participar activamente en ese mundo que hemos contemplado. Permanecer en el asombro como receptores y actuar en el mundo como propagadores de la rahma es ejercer el califato.

 

El carácter profundamente telúrico del Islam nos es necesario en cuanto a seres vivientes en un mundo cuya tecnificación nos vela, cubriendo el mar de grasa y convirtiendo todo en la naturaleza en un objeto inerte, utilitario. La práctica del Islam, al reconocer todo lo que existe como Signo devuelve los objetos y los seres a su condición primera. Todo en la Creación  se nos presenta como algo que el hombre debe reintegrar al Uno mediante el re-conocimiento de los lazos, de las cualidades, de los efectos y las causas, etc., que con él se establecen. La atención al mundo que se nos reclama no es, entonces, mera cortesía, sino acto trascendente, y el cuidado es ya algo personal y concreto, que atañe a lo que para cada uno ha sido escrito, y que cada uno debe cumplir mediante la sumisión a Al-lâh y la suma atención al propio desarrollo, para acceder al límite y lugar que nos es propio (arraigo). Es aquí donde se rompen los límites entre trascendencia e inmanencia, y podemos comprender el signo coránico según el cual:

 

“Al-lâh está más cerca del hombre que su vena yugular”

 

Según la cosmovisión coránica,  todo —absolutamente todo— posee vida. El encontrarse con un fuerte componente animista en una tradición unitaria y profética de raíz semita desconcierta a muchos orientalistas. Si puede decirse que el Islam esa animista es porque no discrimina en su seno ninguno de los estadios de la experiencia espiritual. Traza un arco que incluye todas las formas de acercarse a la divinidad, desde las más sofisticadas e intelectuales hasta las más físicas o “primitivas”. En ese sentido, lo raro en el Islam no es necesariamente lo complejo, sino lo que se ha distanciado de si mismo, la artificiosidad de las costumbres, la representación y la separación mediática entre el hombre y su Señor. No existe ninguna gradación en la experiencia de la divinidad, sino una mayor o menor sensibilidad para captar la inmediatez y la presencia de Al-lâh en nuestras vidas.

 

Para el musulmán, incluso en un mundo en el cual el asesinato y la injusticia se hubiesen generalizado, estos permanecerían como una anomalía, como algo extraño a la naturaleza humana. Lo normal es que cada ser aspire a vivir según su naturaleza más noble, y actúe en consecuencia. El ser humano en fitrah es aquel que mantiene una relación directa con el mundo como teofanía, que se mantiene vinculado a su entorno. Lo normal para el Islam son todas las vías o cosmovisiones tradicionales, con su sentido orgánico de la existencia, de los ciclos de la naturaleza, de la Unicidad de lo existente.
 

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