Número 174  //  27 de Mayo de 2002  //  15 Raby` al-awal 1423 A.H.

 INICIACIÓN

Celebrar el Mawlid an-Nabi

Por Abdelkarim Osuna


 

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Todas las fechas son propicias para que el musulmán piense en el Profeta Muhammad, la paz de Al-lâh y Su salat sean con él, y en la naturaleza del hombre que fue escogido por Al-lâh como transmisor de aquellas Palabras que nos sirven de guía y que son, alhamdulillah, nuestro soporte inmediato.

La humanidad de Muhammad, la paz de Al-lâh y Su salat sean con él, es algo que nos despierta la más viva admiración, y si ésta jamás puede derivar hacia la adoración es a causa del carácter absolutamente humano de sus cualidades, unas cualidades a la que aspira cualquier hombre sano, se reconozca musulmán o no. Estas cualidades son lo que nos unen a él como a un amigo, como a alguien cercano y muy alejado de la imagen mítica del “profeta iracundo” (voz que clama en el desierto) y otras imágenes codificadas por el universo laico, donde todo lo que tiene que ver con la espiritualidad ha quedado distorsionado y asociado con formas extrañas de comportamiento.

Según nos lo describe la tradición él era un hombre paciente y cariñoso, un hombre ponderado, justo, tierno, jovial y generoso, muy cercano a los suyos, siempre rodeado de gentes a las que, literalmente, se regalaba. El círculo de los suyos abarcaba toda la comunidad de musulmanes e incluso, según nos refieren las crónicas, era capaz de abarcar más allá de la presencia para hacerse uno con gentes de otras dimensiones, de otras tierras. Su conexión con los que le rodeaban era tan intensa que se nos dice que sentía el dolor de un musulmán en la distancia. Cuando a uno de los suyos recibía una herida él sufría esa herida con idéntica fuerza, pues Muhammad estaba indisociablemente unido a los suyos.

Es este hombre “digno de alabanza” (según el significado de su nombre) el que ha sido escogido por Al-lâh el Altísimo como sello de la Profecía, y ese es el hecho decisivo cuya celebración me mueve a hablar ahora.

Muhammad, que la paz de Al-lâh y Su salat sean con él, no aprendió modales en ninguna escuela, no fue educado en ninguna religión de una forma precisa. Fue Al-lâh el Altísimo —a través de la propia naturaleza— quien lo hizo capaz de abrirse a los demás de una manera omniabarcante, omnicomprensiva. Su naturalidad en el trato, lejos de toda imagen de dignidad externa, era una sorpresa para los extraños que se acercaban esperando ver a un “profeta entronizado”. Pero él siempre trabajó por los demás y para los demás, para unir a los hombres en torno a lo único capaz de unirlos: la Palabra de Al-lâh, una palabra no humana —no limitada por los intereses particulares— sino común a todos los hombres en todos los tiempos y en todas las circunstancias.

Ninguna fecha, pues, mejor que el mawlid an-Nabí para meditar sobre el hecho de la intersección entre la eternidad de la Palabra de Al-lâh y su manifestación humana, su paso por los labios del Profeta, la paz de Al-lâh y Su salat sean con él, como medio escogido para que el Mensaje nos llegue de una forma verídica y completa.

Esta es una buena ocasión para invitar a la recitación pausada, a la repetición de ese acto de propagación de la Palabra de Al-lâh cuyo ejemplo supremo tenemos en el Mensajero. La aparente frialdad de la página escrita (aunque la lectura también sea capaz —y mucho— de provocar la resonancia buscada) no puede nada frente al carácter íntimo de esa palabra que sale de los labios como una emanación, como un aliento musical que llena el aire de calidez y nos pone en movimiento, pues la Palabra hablada es esencialmente compartida, mientras su correlato escrito solo es necesario como conservador, nos posibilita el estudio cuyo fin es el perfeccionamiento del hombre para el mundo.

Las posibilidades del hombre como contenedor-propagador de la Palabra nos hacen entrar en una dimensión difícilmente contenible por nuestra pequeñez de criatura. La recitación e interiorización de la Palabra nos desborda. El lenguaje aparece como algo milagroso antes que como mero transmisor de un contenido cerrado. El milagro del hombre, su carácter adámico, se nos hace así explícito por participación en el fenómeno profético, una participación a la que el Corán nos invita.

Para ello el estudio y la memorización nos son indispensables. La memorización introduce en nosotros la Palabra, la desvincula de la letra impresa y nos da la capacidad de hacerla presente en todos los momentos. Andando por la calle o trabajando, o en cualquier otra circunstancia la Palabra puede surgirnos y desvelar un sentido profundo, algo que nos permanecía oculto, ese sentido preciso que nos mueve a la participación activa en la Realidad: que nos convoca y nos con-mueve para hacernos reales en la entrega. Es así como de un modo sorprendente se nos va desvelando lo Real, se nos va mostrando la potencia del Corán de inscribirse en nuestra vida como correlato indisociable de nuestra conciencia. Si la Palabra surge realmente de nosotros sin mediación podremos decir que la revelación ha penetrado en la trama de nuestras circunstancias, y es a partir de ese momento cuando somos ya solo fragmentos del Uno en dirección al Uno.

Realizar ese trayecto, abocarse a la Palabra abandonando toda identificación mundana, es sin duda la manera más poderosa de celebrar el mawlid an-Nabí que esta semana hemos experimentado como un don que pide ser compartido y a cuya gustación —en el sentido más simple del término— invitamos ahora.
 

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