Número 173  //  20 de Mayo de 2002  //  8 Raby` al-awal 1423 A.H.

 INICIACIÓN AL ISLAM

Muhámmad, el último Mensajero
La paz y las bendiciones de Al-lâh sean con él

Por Abdul-lâh Ortiz


 

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La biografía de Muhámmad, es en sí misma un milagro. Fue un humano. Al-lâh le ordenó declarar esta verdad y anunciarla a la gente para que no le tomaran por un dios o le dieran atributos divinos. Le dijo su Señor el Altísimo:

“Diles: Soy tan sólo un humano como vosotros, que me ha sido revelado".

Un humano igual que nosotros en los fundamentos generales de éste carácter. Pero, no hay entre los humanos (definitivamente) quien se iguale a él en grandeza, pues Al-lâh no creó de esta clase, de entre los hijos de Adán, más que a un hombre único, Muhámmad Ibn Abdul-lâh, Al-lâh le bendiga, y a su padre Abraham, Moisés, Jesús y demás profetas.

Muhámmad (la paz y bendiciones de Al-lâh sean con él) es el único que reúne la grandeza en todas sus formas, por su carácter, moral, cualidades y características personales; o por las huellas que quedaron en la historia de su nación y del mundo.

Cada grande tiene de estos aspectos que son los parámetros que determinan su grandeza. En cuanto a la de Muhámmad, se mide por todos ellos, porque la reunió en todas sus formas. Era grande en sus cualidades, en sus actos y en el rastro que dejo.

Los grandes, o lo son únicamente para sus pueblos y benefactores de estos, a la par que perjudicadores de otros, como la grandeza de los héroes combatientes y los caudillos invasores su grandeza es mundial, pero en un aspecto limitado como descubrir una de las leyes puestas por Al-lâh en la naturaleza, pero que ocultó para hacer trabajar a nuestro cerebro para llegar a ella, o bien descubrir un medicamento contra una enfermedad, escribir uno de los símbolos de la retórica, una historia genial o una antología poética elocuente.

En cuanto a Muhámmad, su grandeza es universal en toda su extensión y total en todos los aspectos. El era creyente de lo que predicaba, nunca dio una conferencia en la que abarcara la aclaración de todas las leyes del Islam, ni constituyó una escuela con horarios y clases, así como tampoco se sentó en un congreso de predicación. El anunciaba, lo que le había sido revelado, en casa, en la mezquita y en el camino; llamar al bien y a alejarse de lo ilícito. Pero él decía esto con su lengua y sus hechos y los expresaba en sus palabras y prácticas, siendo su ética y sus modales el Corán. Vosotros oís esas palabras y no reparáis en su significado; y su significado, señores, es que cada uno de sus actos, así como su ética y modales son aleyas recitadas, una conferencia dada, una reunión de clase o un consejo de predicación, porque todos se identifican con lo que se ordena en el Corán. Oraba durante la noche , hasta que se le hinchaban los pies, pidiendo indulgencia a Al-lâh siempre. En cierta ocasión, le preguntaron: Acaso Dios no perdonó todas tus culpas pasadas y futuras?

Respondió: ¿Acaso no debo ser un siervo agradecido?

Todos sus actos eran oración, pues consistían en procurar el bien y evitar el mal y así es, que el trabajo para el interés común si su realizador lo ha hecho por la causa de Al-Lâh , será para él una oración.

Basta dar un ejemplo para demostrar que creía en lo que predicaba y que se aferraba en su aplicación de una manera total, elevándose de todas las consideraciones. Tenemos para este ejemplo una situación real:

Si una joven de las más nobles familias, —es decir, de la familia de un ministro o príncipe, es acusada de robo ¿Creéis que se la va a encarcelar igual que a una gitana?, si ésta fuera la ladrona? Se ejecutará la sentencia de la ley lo mismo en una que en la otra? O se extenderán a su causa cien dedos para tapar el delito, favorecerla en el juicio y aliviar el castigo? Ocurrió una situación como ésta en la época del Profeta; una joven, de la más noble de las familias de la tribu de Quraish, robó, se la declaró culpable y se dictó la sentencia. Entonces, mucha gente procuró interceder por ella, creyendo que el Profeta, —por lo que conocían de su amor, tolerancia y perdón—, la perdonaría. Pero, él se enfureció y les hizo comprender que ésta fue la perdición de los pueblos que les precedieron; aquellos que cuando el noble cometía un delito le perdonaban y cuando lo cometía el débil le castigaban. Les dijo uno de sus dichos maravillosos, que fortaleció un pilar estable en la vida del Islam y quedó sentado definitivamente que en las leyes divinas no se escuchan las intercesiones. Por tanto no habría indulgencia

"¡Oh por Al-lâh! Si Fátima, mi hija, hubiera robado, cortaría su mano". Todo era para él una cosa natural, porque vivía con y para su mensaje. Sus pretensiones estaban subordinadas a lo que fue revelado y todo cuanto le vinculaba a la gente por familiaridad, amistad o interés, quedaba desvinculado si interfiera en el camino del mensaje.

Si bien se despreocupó (La paz y bendiciones de Al-lâh sean con él), de aquello por lo que la gente normalmente vive, en cuanto al comer y vestir, y de todas las demandas del ego, no se empeñó en la austeridad o en pasar hambre como hacen algunos que se atribuyen el ascetismo, ni adoptó por siempre las vestiduras de la pobreza ni la lana, sino que comía cuanto de sabroso se le presentaba, y lo que no le gustaba (de lo que no es vedado) no lo comía, pero no le sacaba defectos.

Mencionemos a continuación algunos hechos históricos sobre su tolerancia y piedad con los demás hasta con los enemigos:

Imagina que un hombre matara a tu ser más querido y amado y luego viniera rendido a tu mensaje (siendo tu el predicador). ¿Olvidarías las lágrimas que por tu ser querido derramaron tus ojos y esparció tu corazón..., y perdonarías?

Pues, el Profeta perdonó a Wajshi (Un esclavo de Abisinia mercenario quien asesinó al tío del profeta en la Batalla de Bader), cuando se convirtió al Islam.

Pero le venció su naturaleza humana en lo que no se contrapone al Islam ni daña al hombre y le dijo: "No dejes que te vea, siempre siéntate a mi espalda"

A Jind, esposa de Abu Sufián (Abu Sufián, uno de los Jefes de la Tribu de Quraish) llegó el rencor hacia Muhámmad y su mensaje hasta tal punto, que hizo lo que no hace ninguna mujer, ni hombre, ni aun el lobo o el tigre. Abrió el pecho de Jamza (el tío del profeta), extrajo su corazón y lo comió... Jind, que sirvió para combatir al Profeta de las mayores atrocidades fue perdonada por éste y aceptó que ella le reconociera y su conversión a la fe.

Fijamos en la memorable actitud, el ejemplo sublime por excelencia de todas las épocas. Los habitantes de Meca que le hicieron tragar hiel y acíbar, le dañaron física y psíquicamente, denostaron su doctrina, le calumniaron, tuvieron a su alcance tanto a él como a sus compañeros, le marginaron, no permitieron a nadie hablarle y tratar con él; le confinaron en una quebrada, pusieron espinas en su camino, arrojaron a su cabeza los intestinos de una camella mientras estaba postrado; se mofaron de él con toda clase de burlas. Esto continuó así, no un día ni dos, ni un año ni dos, sino trece años. Luego le combatieron y degollaron a sus familiares y compañeros. Fue así hasta que les venció, y heles ahí delante de él, alrededor del Ca’abah, humildes e indefensos.

Había llegado la hora de la venganza... No; dejad la palabra de la venganza, pues no es acorde con su posición ni con la hora del castigo legítimo, en la que está la réplica a esta larga serie de agravios y hostilidades. Entonces el Profeta les Dijo:

“¿Qué pensáis que haré con vosotros?”

Recordaron cuanto habían cometido y esperaron su merecido, pero también recordaron la moral de Muhámmad y conociendo su ejemplaridad dijeron:

"Eres un hermano generoso, hijo de un hermano generoso, solo harás el bien".

Y callaron aguardando la sentencia decisiva. Aunque ésta hubiera sido ejecutarles a todos, no encontraríamos entre los historiadores, amigo o enemigo, quien hubiera reprochado una sola palabra de tal sentencia.

Pero, la sentencia de Muhámmad era otra. Era una sorpresa que nadie esperaba, la cual causó asombro en su época y en todas las épocas venideras. Les dijo: "marchaos, pues sois libres"

Otro acontecimiento asombroso de los innumerables hechos históricos podemos destacar la emigración del Profeta de Meca a la ciudad de Medina durante la persecución por parte de la Tribu de Quraish. El Profeta dejó a su primo Alí en su lugar para devolver lo que la gente de Quraish había depositado con él. Habéis reparado alguna vez qué historia tienen estos depósitos? Los devolvería a la gente de Quraish, no a los musulmanes, pues no quedó ninguno de ellos en la Meca cuando emigró el Profeta, ya que él fue el último en hacerlo, permaneciendo como el capitán de un barco embarrancado sin abandonarlo hasta que hayan bajado todos los pasajeros y alcanzado los botes salvavidas.

La historia de los depósitos consiste en que la tribu de Quraish (a pesar de lo que acaecía entre ellos y el Profeta) no encontraba a quien confiarlos más que a Muhámmad. Imaginen dos bandos adversarios, al rojo vivo, la guerra declarada entre ellos, por la palabra, las manos, los principios y la doctrina, que confían los miembros de un partido, su dinero y sus documentos a un hombre del otro bando. Habéis oído algo semejante a este hecho? ¿Cómo lo depositarían con un adversario si no fuera su moral y su fidelidad uno de los milagros y la ayuda en él uno de los imposibles?

¡Así era Muhámmad!

En la batalla de Bader, cuando revisaba las filas del ejército antes del combate, sostenía una vara en su mano y vio a Sauád Ibin Ghezih fuera de la fila. Entonces, con la vara le empujó golpeándole en el vientre, y le dijo:

“Ponte en la fila Sauád"

Este le dijo: "¡Oh Profeta de Al-lâh! Me has hecho un daño y Al-lâh te envió con la verdad y la justicia"

Imaginen esta escena, el jefe del ejército al que se enfrenta un soldado raso con esas palabras. ¿Cómo creen que va a actuar con él? ¿Le disciplina? ¿Se desentiende de él? ¿Brota la tolerancia de su pecho y la nobleza de su carácter y le perdona e indulte? O ¿Se excede a la norma y le dice?

“Perdóname, me disculpo". Pero, el Profeta de Al-lâh hizo lo que a nadie se le hubiese ocurrido, le franqueó su vientre, le dio la vara y le dijo: "Haz igual". Es decir, hazme daño como yo te hice. Se hizo igual al otro, siendo el más señorial de los humanos.

¡Así era Muhámmad!

Toda su biografía es un milagro. Todos los grandes del mundo son incapaces de presentar otra igual. En cada aspecto de ella hay gloria y grandeza; en la fuerza de su cuerpo, su constitución atlética y su espíritu abierto; no era prepotente hasta el exceso en la victoria, ni le estremecía la derrota hasta los héroes de sus compañeros se protegían en él; ante su valentía se humillaban los hombres más heroicos,

su humildad era para el indigente, el pobre y para auxiliar a la viuda y a la anciana.

Era tal su firmeza en la verdad y en la sinceridad de la revelación de Al-lâh que anunció, incluso, aquellas aleyas que revelaban sus equivocaciones y eran reproche. Así era también, en cuanto a respetar los compromisos y a mantener su palabra, por más esfuerzos y dificultades que costara, tanto en sus tratos personales como en los asuntos públicos.

Por su gusto y su fina sensibilidad fue quien promulgó las normas de la comida y dictó las bases de la limpieza. En cuanto a la relación con sus compañeros, les enseñaba, trabajaba con ellos y vivía como ellos; les pedía consejo y les escuchaba; se sentaba donde encontraba un sitio vacío, en el último lugar de la reunión. Tan era así, que quien venía a verle miraba las caras de los presentes y preguntaba: ¿Quién de vosotros es Muhámmad?

Era así porque Muhámmad no se distinguía de ellos en su manera de sentarse ni en sus vestidos; era igual que ellos en todo. Era educado en sus modales, delicado en sus maneras y recatado con las mujeres. Por su conducta en su casa, con su familia, por sus bromas inocentes y su carácter abierto, era querido en todos los corazones, y también por su humildad, rechazando ser colocado en la posición de un rey.

Prohibió a sus compañeros levantarse para él; cumplía con las necesidades de su familia, remendaba sus zapatos con sus propias manos. Vivió en la pobreza, despreocupado de la opulencia, no por incapacidad, pues si hubiera querido su palacio habría sido más fastuoso que el de Cosroes o César. Pero, optó por la otra vida. La casa de Aishah (Esposa del Profeta, Madre de los creyentes e hija de Abu Baker, el primer gobernador de la nación Islámica después de la muerte del Profeta) era una habitación construida de barro y adobe. Tan reducida era que no alcanzaba para dormir y orar a la vez. Así, cuando el Profeta se prosternaba, ella tenía que desplazar un poco sus pierna de su sitio para que él pudiera postrarse.

En cuanto a su comida, relató Aishah que pasaban uno y dos meses y no se encendía en su casa el fuego para hacer pan. Entonces le preguntaron: “¿Qué comes pues?" Ella les dijo: "Dátiles y agua. Esa es la comida de la familia del Profeta de Al-lâh".

Esto es un milagro y la prueba de que Al-lâh le seleccionó para llevar el mensaje más sublime y no lo convirtió en el selló de los profetas hasta que le preparó para ello, de tal manera que le convirtió en uno de los hijos de Adán con un carácter sin igual, la paz y las bendiciones de Al-lâh sean con él. Al-lâh sabe sobre quien pone su mensaje.
 

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