Número 171  //  6 de mayo de 2002  //  24 Safar 1423 A.H.

 MUJER

Islam: el poder de las mujeres

Por Aisha Bewley *


 

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Prólogo

 

A lo largo de los años de mi vida dedicados a la traducción e investigación, no me he sentido inclinada a escribir sobre el «lugar de la mujer en el Islam», a pesar de las sugerencias de varias personas animándome en este sentido. Para mí el título adecuado era y es «el lugar del ser humano en el Islam»; el convertirse en un ser humano completo y vivo, que adora al Creador conectado con las maravillas reveladas en la existencia; una persona que busca un ámbito para establecer la justicia social y política a través del cumplimiento del Mensaje de Al-lâh. La dicotomía abd/rabb: el esclavo y el Señor, es más importante que la dicotomía hombre/mujer.

 

A pesar de todo, la ignorancia y el aumento de la información inexacta sobre el Islam, a lo que contribuyen, a menudo, los medios de comunicación divulgando falsedades, me han empujado a investigar este asunto.

 

¿Qué descubrimos al examinar la literatura moderna escrita sobre este tema?

 

Cuando en Occidente hablan de la «opresión de la mujer en el Islam» hacen hincapié en rasgos culturales, que no son propios del Islam, sin embargo le acusan de ser el responsable de éstos.

 

Entre los musulmanes encontramos varias reacciones de defensa, casi todas escritas por hombres, frente a las críticas occidentales. Algunas muestran que el Islam llegó para liberar a la mujer de su posición inferior en la sociedad pagana, pero no se refieren al mundo moderno; otras presentan al ama de casa como modelo para el verdadero desarrollo personal y dicen que las mujeres psicológicamente no están a la altura de los hombres (según la historia esta no es una visión islámica, sino más bien judeocristiana); también las mujeres no deberían ser ni vistas, ni oídas (aseveración que se justifica con la dudosa afirmación de que los hombres son incapaces de controlarse debido a la hormona testosterona).

 

Tanto unas interpretaciones como las otras no corresponden a los textos de los comienzos del Islam, que he traducido y he estudiado. Las mujeres de entonces no eran así; los Compañeros no eran así, el Profeta, que Al-lâh lo bendiga y le dé paz, no era así. Eran personas llenas de vida y entusiasmo dedicadas a poner en práctica el Islam.

 

Si atendemos a las fuentes históricas correspondientes a varios siglos de historia islámica, encontraremos a numerosas mujeres que participaban activamente en todas las áreas de la vida; pero más tarde y de repente la relación se detiene bruscamente. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo y por qué han cambiado tanto las cosas en los tres últimos siglos, para que ya no se encuentren mujeres en el mundo de la ciencia y para que haya muy pocos hombres musulmanes que quieran ser enseñados por mujeres, a diferencia del pasado? Se trata de un fenómeno que requiere un estudio en profundidad.

 

Originado por varios factores, algunos son ajenos a la comunidad musulmana y otros proceden de ella. Entre ellos destacamos los siguientes:

 

·          Una reafirmación del patriarcado pre‑islámico.

 

·          La adopción e imitación de prácticas de los pueblos conquistados (bizantinos, persas e hindúes). Por ejemplo la adopción del Byzantium gynaeceum, que luego se convertiría en el harén otomano.

 

·          La introducción de ideas occidentales, incluida la visión de la mujer como un ser inferior, que fue la posición de los occidentales sobre la mujer hasta hace bien poco.

 

·          Una política activa de opresión hacia las mujeres, y en general hacia todos los musulmanes, llevada a cabo por el colonialismo.

 

·          El legado colonialista que considera a Islam «bárbaro» mientras tiene por «civilizadas» las tradiciones europeas y occidentales. Las élites gobernantes que han heredado el poder colonial, y todas sus deudas, han reforzado esta visión.

 

·          Cierto resentimiento de los musulmanes: en primer lugar por haber permitido haber sido definidos bajo los parámetros de la dicotomía bárbaro/civilizado, y en segundo lugar por defenderse frente a ello creando así una realidad que no existía en un comienzo.

 

Estas manifestaciones requieren un estudio más atento que no vamos a abordar en estas páginas.

 

Pero hay que mencionar otro elemento más. Hoy en día en la mayoría de los casos, el pensamiento moderno musulmán es el mismo pensamiento occidental vestido con ropas islámicas. La educación occidental prevalece en todo el mundo. Por lo tanto el estudio de este tema precisa un esfuerzo, un cambio radical que nos saque del pensamiento automático de cada día. Tenemos que mirar detenidamente lo que hacemos.

 

El conjunto de las personas que se han educado en el sistema educativo occidental moderno desarrolla una manera de pensar estructuralista con tres rasgos principales:

 

1)       Pensamos en estructuras. Construimos una imagen de las cosas a través de formas rígidas, metodologías, categorías, etc.

 

2)       Nuestra manera de discurrir es dialéctica, es decir: tesis‑antítesis‑síntesis. Esta dinámica crea una sensación de movimiento ilusoria, la velocidad que se genera no es más que la de un ratón corriendo dentro de una rueda. Así que si enfrentamos el pensamiento islámico al pensamiento occidental, como antítesis, y este pensamiento islámico es mero espejo y reacción frente al pensamiento occidental, obtendremos: un Islam modernista.

 

3)       La objetividad mítica o, quizás, el método científico. Supone una experiencia humana que mira hacia fuera y analiza al otro o al objeto, al que puede examinar, dividir en piezas, cuantificar y definir objetivamente. Esto es parte del estructuralismo. Sin embargo, tal y como la física moderna ya ha mostrado, el observador tiene un efecto en lo que mira, no está separado de lo que ve.

 

De manera que el mundo moderno fija y codifica las cosas e intenta convertirlas en objetivas y absolutas. Estos rasgos entran en juego cuando cualquiera de nosotros piensa. De hecho la realidad es más flexible. Islam es muy flexible. No existe una forma estrecha y agarrotada en la que tengan que encajar todas las personas. Islam es un plantilla con un campo de aplicación enorme. «Mis Compañeros son como las estrellas. Cualquiera de ellos te guiará si lo sigues», dijo el Profeta. Todos tenían personalidades muy variadas. Las mujeres del Profeta eran también muy diferentes entre sí; desde Jadiya, la mujer de negocios, hasta Aisha, la erudita, dispuesta a dirigir un ejército y Umm Salama, un modelo de inteligencia razonada y en calma. Asimismo su hija Fátima a quien le contentaba cuidar de la casa silenciosamente. Todas ellas eran maravillosas, extraordinarias. Nadie decía: «Tienes que parecerte a mí para ser decente», ni «Si no vistes como yo tendrás problemas».

 

Hay que abandonar la atención obsesiva que se presta a la mujer convirtiéndola en un tema de debate, o preferiblemente se debería volver a lo que decía el Profeta; porque se está dejando a un lado el ímpetu del Islam, mientras que se le reduce a algo tan insignificante como el reparto de las tareas domésticas.

 

Entre los pueblos turcomanos era muy común que las mujeres actuaran como regentes al ausentarse sus maridos; era una ampliación natural de la supervisión del hogar. De esta manera se producía que al otorgar un poder a la mujer, el hombre a su vez recibía de ella la fuerza para irse y ocuparse de cambiar la sociedad. Así los hijos podían ser educados por mujeres cultas y acostumbradas a las funciones de responsabilidad y aquellos, cuando les llegaba el momento, estaban preparados para intervenir socialmente. Eran sociedades en las que existía dinamismo, energía y vitalidad.

 

Frente a aquella forma viva de organización social, encontramos demasiado a menudo a mujeres neuróticas encarceladas en sus casas, que se esfuerzan por controlar a sus familias mientras desahogan sus frustraciones sobre ellas. Los hombres con los que viven están a la vez esclavizados a esta relación, que debilita a ambos. De esta manera la sociedad no se expande y se va a pique.

 

Un síntoma de esta situación es la EXCESIVA atención que se presta, especialmente por parte de los hombres, al vestir de las mujeres. Parece que la ropa femenina se ha convertido en la insignia de la identidad islámica. La personalidad de un musulmán no se define a través de un trozo de tela, lo que tampoco significa que se pueda prescindir de ella totalmente. No hay duda de que es necesario que las mujeres vistan modestamente, tal y como indicó el Profeta. Pero esta no es la única zona de acción para los musulmanes, existen asuntos más importantes que deberían atraer nuestra energía. El Profeta, que Al-lâh lo bendiga y le dé paz, habló más sobre la vestimenta (le los hombres que sobre la de las mujeres. Esta constante y sobrada atención dedicada a la ropa de las mujeres distrae a los musulmanes de asuntos más urgentes, como: la usura, la justicia social, y el cumplimiento fiel del Islam.

 

El principal derecho fundamental de cualquier mujer u hombre es la libertad como ser humano, la capacidad de cumplir el papel para el que han sido creados: adorar al Creador tal y como su Mensajero nos ha enseñado, que Al-lâh lo bendiga, y le dé paz. Este derecho no se contempla en ningún lado en la actualidad, y lo que resulta más alarmante es la falta de interés que se da a un hecho tan decisivo, en proporción con la atención constante que se presta a las nimiedades sobre la ropa de la mujer y su papel en el hogar. La gente desconoce, que ni el hombre, ni la mujer en la sociedad moderna tienen poder. Alexis de Tocqueville predijo esta trágica situación cuando escribió en «Democracy in América»:

 

«La voluntad del hombre no se anula, sino que se suaviza, se amolda y es guiada; pocas veces se le obliga a actuar, pero su actuación está constantemente refrenada. Es un poder que no destruye, sino que impide la existencia. Un dominio de estas características no tiraniza, pero comprime, enerva, extingue y aturde a la gente, hasta el punto de que cada nación se reduce a un insignificante rebaño de animales tímidos y diligentes, cuyo pastor es el gobierno» (P.580).

 

A este panorama se enfrentan tanto los musulmanes como los no musulmanes. La mayoría de los musulmanes han adoptado la forma de pensamiento occidental, sobre todo el individualismo liberal, lo cual explica, en cierta manera, el hecho de que se preste más atención a los asuntos domésticos que a los sociales. Actualmente encontramos, a menudo, el término «islámico» ligado a algunos conceptos occidentales: democracia «islámica», capitalismo «islámico», economía «islámica»...

 

Cualquier acción que se lleve a cabo dentro de un marco social requiere una percepción común de los conceptos contenidos en la acción. No podremos actuar como seres humanos, hasta que no sepamos lo que estamos haciendo y por qué lo estamos haciendo, aunque sólo sea subconscientemente.

 

Por eso deberíamos mirar atentamente las posturas que existen. Prácticamente se ha perdido la tradición real y transformadora del Islam, presente en todos los periodos, como una aspiración viva para la existencia. Así que la tarea a la que se enfrentan los musulmanes, hoy en día, es el volver a descubrir y poner en práctica este proyecto, que envuelve al conjunto de la sociedad. Para ello, será necesario desechar algunos equívocos que Occidente ha introducido en el pensamiento de los musulmanes. Tal y como dice lbn 'Ata'l-lâh:

 

Nada impulsa tanto como la ilusión.

Eres libre cuando pierdes la esperanza en ella.

Te conviertes en esclavo cuando la ansias.

 

Vamos, pues, a regresar a los orígenes y a volver a estudiar cómo actuaban las mujeres musulmanas del pasado, para así poder escapar de horizontes limitados que se han convertido en norma. Con este propósito examinaremos tres perspectivas diferentes: la Mujer Erudita, la Mujer Política, y la Mujer Espiritual.

 
* Aisha Bewley Verano 1419/1998. Ed. Kurtubia, pág. 5-13

 

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