Número 166  //  1 de abril de 2002  //  18 Muharram 1423 A.H.

 MUJER

La violencia contra las mujeres *

Por Fatima Mernissi

 

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Los primeros musulmanes no vivían en la realidad exclusivamente terrestre que vivimos en la actualidad: vivían en una época en la que el cielo y la tierra constituían el horizonte donde se desarrollaba la aventura humana. La Medina de los años 622 (la hégira) y 633 (muerte del Profeta) era una ciudad donde el cielo estaba al alcance de todos. 

El Profeta estaba acosado. Bujari nos narra un al hadiz en el que se nos dice que era tan constantemente solicitado por hombres y mujeres en busca del saber, que les rogó que lo dejasen tranquilo: 

Omar dijo: «Cuando los conflictos y las disputas se multiplicaban cerca del Profeta, éste, harto, les dijo: ‘¡Marchaos!, idejadme en paz!’». (34) 

B. Saad cuenta que «cuando el Profeta se levan­taba para irse a su casa, la gente se agolpaba a su alrededor y lo seguía». (35) Al-lâh se veía obligado a intervenir para preservar la tranquilidad de su mensajero, perseguido por una comunidad ávida de conocimientos y embriagada por el contacto directo con el Al-lâh poder, el Al-lâh ley, el Al-lâh ideal: 

[¡Profeta!], la mayoría de los que te solicitan,
desde fuera de tus habitaciones no son razonables
Si esperasen a que salieras, sería mejor para ellos
. (36) 

A Al-lâh se le podía sorprender en cualquier momento, preguntarle sobre tal o cual conflicto y pedirle que decidiera, y a su Enviado en la tierra lo asaltaba una muchedumbre de creyentes que gritaban a su puerta, seguramente arrebatados de cólera por los confli­tos que vivían en una sociedad en plena revolución. 

¡Creyentes, no levantéis nunca la voz por encima de la voz del Profeta!
¡No le dirijáis nunca la palabra a gri­tos, como hacéis entre vosotros!
(37) 

El Profeta murió cuando contaba unos sesenta años, en el 633. Las azoras que venimos comentando fueron reveladas durante los ocho últimos años de su vida. Entonces tenía que resolver problemas militares graves y hacía frecuentes expediciones; cuando volvía a su casa, en lugar de hallar el reposo, lo abrumaban hordas de mujeres y hombres que iban a vocear a su puerta sus conflictos. Ya no tenía ni la energía ni el ardor de la juventud. Omar, que tenía doce años menos que el Profeta (murió como él a los 63 años, en el año 644), (38) por el contrario, estaba en la plenitud, y su influencia sobre el Profeta se acentuaba. 

Mientras que el debate sobre las posturas sexuales movilizaba Medina y enfrentaba a mujeres y hombres, con Al-lâh y su Profeta de árbitros, un nuevo tema de escándalo se abatió sobre la ciudad: un hombre había pegado a su mujer. 

Los imames, que consagran su vida a explicar la voluntad divina habrían podido desarrollar un Islam igualitario a partir de las aleyas que Um Salma obtuvo del cielo y que establecieron el principio de igualdad de los sexos. Pero, en lugar de citar esas aleyas, todos enarbolan la 34 de la azora de «Las mujeres», «obtenida» por Omar, que insistió ante el Profeta para legitimar el derecho a golpear a las mujeres. Dicha aleya está en flagrante contradicción con la que llamaremos de ahora en adelante la aleya de Um Salma, sobre todo porque introduce, como factor de jerarquización, el acceso a la riqueza, un elemento muy discutido en la comunidad musulmana. 

«Los hombres tienen autoridad sobre las mujeres porque Al-lâh distinguió con su preferencia a unos más que a otros y porque [los hombres] gastan sus bienes [en sus mujeres] (39) 

Cómo explicar ese doble retroceso en relación con el mensaje igualitario inicial: no sólo vuelve a esta­blecerse la desigualdad entre los sexos, sino que además se justifica por el acceso de los hombres a la riqueza del que las mujeres están excluidas. Antes de examinar las circunstancias de la revelación de esa aleya, es preciso recordar que la sociedad árabe preislámica era de una violencia inaudita con las mujeres, violencia cuyo grado variaba según las clases: el trato era distinto para la esclava que para la aristócrata Coraix. (40) Si continuamos la lectura de la aleya, puede parecer que Al-lâh sacraliza en ella el derecho de los hombres a golpear a sus mujeres en caso de nushuz, es decir, de rebelión contra la autoridad masculina: 

A aquellas de las que teméis el nushuz ¡amonestadlas! ¡Desterradlas a su lecho!
¡Golpeadlas!
Si os obedecen, no volváis a utilizar la fuerza contra ellas
. (41) 

En el transcurso de una violenta disputa, un ansár abofeteó a su mujer. La mujer herida acudió a casa del Profeta y le pidió que, en su calidad de hakam (árbitro, en el sentido de justiciero), aplicara la ley del talión (Taltamisu al‑qasas), lo que el Profeta le habría concedido. Cuando éste se disponía a poner en práctica su decisión, la aleya le fue revelada. Como Al-lâh había decidido de otra manera, Muhámmad tomó conciencia de que él, como individuo, podía entrar en conflicto con Al-lâh: el Profeta convocó al marido, le recitó la aleya y le dijo: «Yo quería una cosa, y Al-lâh ha querido otra.» (42) Pero, paralelamente a esa diferencia entre Al-lâh y su Profeta, hay que destacar otra, la que oponía al Profeta y Omar. 

Se desprende que, sobre la cuestión de las mujeres, había dos tendencias bien distintas en el Islam de Medina: la del Profeta, que desaconsejaba el uso de la violen­cia con las mujeres, y la tendencia contraria, representada por Omar. ¿Cómo es posible que el abismo existente entre esos dos hombres no desembocara, a la larga, en la afir­mación de la actitud del Profeta en el espíritu de las leyes musulmanas? ¿Cómo puede explicarse que un desacuer­do tal entre el Profeta y Omar sobre la violencia contra las mujeres no haya sido objeto de síntesis y tratados de fiqh que abrieran nuevas perspectivas a la Sunna (la tradición profética)? Numerosas preguntas que nos llevan a pensar en que falta por hacer un trabajo de exploración metódica de la literatura religiosa que enriquecerá nuestra visión de los textos antiguos, que hasta hoy se han quedado solamente para los teóricos y los juristas. La mayoría de ellos, sobre todo en nuestros días, difunden el discurso del poder y no se interesan por las perspectivas igualitarias, las aquí que nos interesan. En cualquier caso, lo que es evidente es que el Profeta aborrecía la violencia contra las mujeres y perseveró en esa actitud. «El Profeta decía: 'No peguéis a las mujeres.' Y, efectivamente, la gente renunció a ello. Luego, Omar fue donde el Profeta y le dijo: 'Enviado de Al-lâh, las mujeres se rebelan contra sus maridos.' El Profeta les permitió que las golpearan, pero decía: 'Una bandada de mujeres planeó anoche alrededor de la familia de Muhámmad. Eran setenta mujeres que venían a quejarse de sus maridos'.» (43) 

¿Qué implica el concepto de nushuz que hemos visto en la aleya 34 de la azora «Las mujeres» citada más arriba? Se trata de una rebelión tan seria de las mujeres que habilita a los hombres a usar la violencia contra ellas, cuando la violencia entre creyentes está formalmente prohibida. 

Los traductores del Corán, que han sido educados en la tradición cristiana, manifiestan inhibiciones cuando se trata de traducir un término relacionado con el sexo: 

Regis Blachére traduce nushuz por «indocilidad», (44) dejan­do de lado su dimensión sexual; y Denise Mason, por «infidelidad», (45) vaciándola de este modo de su carga subversiva. Ahora bien, nushuz, nos explican los comentaristas musulmanes es la rebelión de las mujeres, el rechazo al marido , cuando se trata del acto sexual. La infidelidad es una posibilidad entre muchas otras. Lo más grave, para ellos, es el rechazo puro y simple del marido: «an‑nushuz —afirma Tabari, en su tentativa de aclarar la aleya­— quiere decir que la mujer es arrogante con su marido, se niega a ir con él al lecho conyugal, expresión de desobediencia [al‑ma’siya] y manifiesta voluntad de no cumplir con lo que la obediencia [ta'a] al marido impone. Es una forma de manifestar al marido odio [bugd] y oposición [i’rad]». 

Lo que hoy los imames toman al pie de la letra, la violencia contra las musulmanas, planteaba un serio problema a Tabari. Había que clarificar el contexto y limitar su amplitud para asegurarse de que no constituye un pretexto para la fitna, la violencia entre musulmanes. Tabari dedica veintisiete páginas de comentarios y aporta no menos de ciento dos testimonios contradictorios sobre el sentido que hay que darle. Tabari, que escribía un siglo después de Ibn Saad y se solía referir a la obra de éste, sabía, por añadidura, que pegar a una mujer no formaba parte de la tradición profética. 

«El Profeta nunca pegó a ninguna de sus mujeres, ni a un esclavo ni a ninguna otra persona.» (47) La única vez en que el Profeta se vio enfrentado a una sublevación doméstica, a la rebelión de sus esposas, no sólo no las golpeó, sino que optó por abandonar la casa conyugal y, con gran sorpresa de la ciudad, instalarse solo durante casi un mes en un cuarto anejo a la mezquita: «El Profeta se mantuvo separado de sus mujeres durante veintinueve noches. Había dicho que no entraría donde sus mujeres durante un mes de lo irritado que estaba con ellas, y Al-lâh lo censuro por ello.» (48) Por lo visto, tal actitud no era corriente, y ya se esbozaba la separación entre el Profeta y sus discípulos respecto a la violencia con las mujeres: «El Profeta estuvo siempre en contra de la costumbre de pegar a las mujeres, pero le decían: ‘Profeta de Al-lâh, ellas están sembrando la discordia’.» (49) Los discípulos seguían sin comprender por qué el Profeta actuaba con tanta clemencia, por no decir debilidad, así que les dijo: «Bueno, golpeadlas, pero únicamente los peores de vosotros recurrirán a semejantes métodos.» (50) 

Omar no tenía ningún escrúpulo en hacerlo, y la historia recuerda al menos dos ejemplos: golpeó a su pro­pia hermana con tal violencia que le dejó señales, (51) cuando se enteró de que su hermana Fátima no sólo se había convertido a la extraña religión de Muhámmad, sino que organizaba en su casa reuniones en las que tenían lugar fervorosas sesiones de lectura y explicación del Corán. (52) La segunda vez en que Omar recurrió a la violencia fue contra su mujer Yamila Bint Tabit. Le confió al Profeta que le había dado un bofetón «que la tiró al suelo» [alsa­qat jadda‑ha min‑ha bi‑l-ard]. (53) Yamila era una ansâr de la tribu de los Aws. (54) 

B. Saad, que vivió cuatro generaciones antes que Tabari, (55) insistía en la negativa del Profeta a ceder en la cuestión de la violencia: «El Profeta había perseverado siempre en su oposición a que se pegara a las mujeres. Y los hombres iban a quejarse de ellas al Profeta. Entonces, se lo permitió diciendo: 'No puedo soportar la visión de un hombre fuera de sí, presa de la cólera pegando a su mujer'.» (56) ¿Sabiendo la actitud categórica del Profeta fren­te a la violencia física, cómo interpreta esta polémica aleya Tabari? 

Como de costumbre, comienza por exponer uno tras otro los testimonios y las opiniones: «La aleya “Los hombres tienen autoridad sobre las mujeres” quiere decir que pueden corregirlas [ta'adib], ponerlas en su lugar cuando se trata de sus deberes con Al-lâh y con sus maridos, y ello porque    Al-lâh ha privilegiado a los unos frente a las otras.» (57) El privilegio consiste, nos dice, en el sadk (la dote) que los hombres entregan a sus mujeres en el mo­mento de la conclusión del matrimonio y la nafaqa, el tomarlas a su cargo durante éste. Los hombres tienen autoridad sobre las mujeres [qawwamun] porque gastan su fortuna en ellas. Pero si todos los expertos citados están de acuerdo en la supremacía de los hombres sobre las mujeres, no existe en absoluto unanimidad sobre la amplitud de ese poder, especialmente cuando se trata del nushuz, la rebelión en el terreno sexual. 

¿Si la mujer se niega a mantener relaciones sexuales, el hombre debe forzarla o evitarla simplemente? ¿Evitarla compartiendo el mismo lecho, o dormir separado, echando de la cama a la subversiva; no dirigirle más la palabra y, no obstante, seguir compartiendo el lecho, o seguir hablándole, pero echándola de la cama? En fin, ¿debe dejar de hablarle, pero obligarla a hacer el amor? Los pobres alfaquíes se las veían y se las deseaban. 

Volvamos, pues, a Tabari, que analiza la aleya fra­se a frase, siguiendo su costumbre. Qué quiere decir: «¡Si teméis su nushuz, desterrarla a su lecho!» Algunos dicen que «el hombre debe compartir el lecho de la mujer tras persuadirla verbalmente de retractarse, pero debe darle la espalda, y si la 'monta' [yata 'uha], debe hacerlo sin diri­girle la palabra». (58) Otros encuentran que esa interpretación es totalmente errónea, y que la aleya dice claramente que hay que desterrarla a su lecho (al‑hachr); no se trata, pues, solamente de contentarse con no dirigir la palabra a la rebelde, sino que hay que privarla de la dulzura del lecho compartido: «No hay que acercarse a su lecho, a menos que ellas se retracten, den marcha atrás en su posición inicial y adopten el comportamiento que deseáis.» (59) Pero una de las autoridades citadas, Qatada, no lo entiende así. Según él, hay que proceder por etapas: «Comienzas por la persuasión verbal: ‘Escucha, descendiente de Adán [ ... ], etc.,’ si se mantiene en su negativa, la destie­rras de tu lecho.» (60) 

Tabari se reserva el privilegio de intervenir el últi­mo. El Profeta nos ha dicho: «El musulmán tiene prohibido utilizar la negativa a comunicarse verbalmente con otro, como medida punitiva, por un período que exceda los tres días», luego, concluye, el destierro del que habla la aleya no puede referirse a la comunicación verbal. Y añade, «si la esposa está en pleno nushuz y niega la auto­ridad del esposo, dejar de dirigirle la palabra y de verla la colmaría de alegría.» (61) ¿Qué proponer al marido burlado? Tabari, tan serio, tan piadoso y tan respetuoso con la voluntad del Profeta, comete lo que muchos alfaquíes e imames reconocen como una falta, aconseja al creyente sencillamente que ate a la rebelde: «'Desterradla en su lecho' quiere decir atarla a su cama.» Su argumento es de orden lingüístico: «al‑hiyar», explica, «es la cuerda con la que los árabes ataban sus camellos». (62) 

Mahmud Shakir, muerto recientemente, el erudi­to contemporáneo que editó, verificó e hizo el prefacio de la nueva edición de Tabari y que afirma haberlo hecho para impedir que las pasiones de nuestros contemporáneos utilicen el Islam, se ve obligado a desautorizar a Tabari sobre ese punto: «La interpretación de Tabari sobre qué sentido ha de darse a la palabra hachr, que hace derivar lingüísticamente de la raíz atar [ ... ] ¡es una interpretación verdaderamente curiosa!» Y cita una lista de alfaquíes e imames que encontraban que Tabari había cometido un grave extravío: «Qué error por parte de un gran experto en el Corán y la Sunna» —concluye Shakir—. Qué error por parte de un hombre tan experto en las ciencias religiosas y la lengua árabe.» (63) 

Esto da idea de la dificultad que plantea la inter­pretación de esta aleya y por qué los políticos modernos, que no consiguen asimilar el concepto de democracia, lo utilizan para legitimar sus pasiones, sin detenerse ni un instante sobre la enorme dificultad que ha planteado y plantea todavía a quienes tienen cierta pretensión de res­petar la voluntad divina. Nos la presentan en la actualidad para afirmar la supremacía masculina, como si se tratase de una aleya sin equívoco, sin divergencias ni conflictos. 

En cuanto al Profeta, acosado por discípulos de ambos sexos y por sus reivindicaciones contradictorias, confundido por unas revelaciones divinas que iban en contra de su proyecto, influido por Omar, representante de la tradición, de los reflejos profundos y de las costumbres, sabía que necesitaba asentar su influencia de la manera más segura posible, y la menos criticada: tenía que conseguir victorias militares, canalizar la energía de los creyentes en la guerra religiosa y volver a encontrar su sitio de jefe de la comunidad. 

 

Notas 

(34) Bujari, Sahih, op. cit., vol. IV, p. 217.

(35) B. Saad, at‑Tabaqat, cp. cit., vol. VIII, p. 174.

(36) El Corán, traducción Blachére, azora 39, aleyas 3 y 4, p. 548.

(37) ídem, aleya 2, «Las estancias privadas».

(38) Mas'udi, Las praderas de oro, op. cit., p. 595.

(39) El Corán, traducción Blachére, azora «Las mujeres», aleya 34, p. 110.

(40) Reléase a Tabari, quien explica al creyente que las normas que rigen sus relaciones con una mujer libre son diferentes a las que establecen sus relaciones con una esclava: «Éstas no tie­nen con respecto a vosotros los mismos derechos que las muje­res libres». Se trata de su comentario sobre la poligamia (aleya 3 de la azora «Las mujeres»), en su Tafsir, edición presentada por Shakir, vol. VII, p. 540.

(41) El Corán, azora Las mujeres, aleya 34.

(42) Tabari, Tafsir, op. cit, vol. VIII.

(43) B. Saad, at‑Tabaqat, op. cit., vol. VIII, p. 205.

(44) El Corán, traduc. Blachére, p. 111.

(45) El Corán, trad. de Masson, p. 106.

(46) Tabari, Tafsir op. cit, vol. Vili, p. 299.

(47) B. Saad, al‑Tabaqat, op. cit., vol. VIII, p. 204.

(48) Bujari, Sahih, op. cit., vol. III, p. 259; trad. Houdas, p. 589.

(49) B. Saad, at‑Tabaqat, ibídem. El término empleado es fasadna, con una connotación de desorden sexual; se trata de una per­turbación de la ética que rige la sexualidad.

(50) Ibídem.

(51) Hisharn, Sira, op. cit., vol I, p. 369.

(52) Ibídem.

(53) B. Saad, at‑Tabaqat, op. cit., vol. VIII, p. 179.

(54) Tabari, Tarij, op. cit., vol. v, p. 16.

(55) B. Saad, el autor de at-Tabaqat, murió en el año 230 de la hégira (en tomo al 845 de la era cristiana), y Tabari, en el año 310 (alrededor del 922).

(56) B. Saad, at‑Tabaqat, op. cit., vol. VIII, p. 204.

(57) Tabari, Tafsir cp. cit, vol. VIII, p. 290.

(58) ídem, 302.

(59) íd., 304.

(60) Ibidem.

(61) íd., 308.

(62) id., 309.

(63) íd., 313.
 

* El harén político, pp. 161-174, Ediciones del Oriente del Mediterráneo
 

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