Número 166  //  1 de abril de 2002  //  18 Muharram 1423 A.H.

 PENSAMIENTO

La hospitalidad

Por Abderrahmân Muhámmad Maánan

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La hospitalidad —diyâfa— es inseparable del Islam. El musulmán es hospitalario, y así ha sido tradicionalmente. Todo en el Islam es acogedor. Y, por ello, es normal que esa cualidad revista de forma espontánea al musulmán, que recoge su forma de ser y de actuar de lo que es el Islam. El Islam es amplio, sencillo, bello, cómodo, generoso, abierto, tolerante, educado, y así es el musulmán, que se desvive por ofrecer lo que tiene al que acude a él. Y lo hace de la mejor de las maneras: sin artificialidades, sin montajes, sin exageraciones, sin racanería.

Allah nos ha acogido en el universo que Él ha creado, nos ha hospedado en el mundo que está bajo su dominio, y nos ha ofrecido cuanto existe y no deja de amontonar sobre nosotros sus dones. Y cinco veces al día, Allah nos invita a sus casas, a las mezquitas. A su imagen y en la medida de sus posibilidades, el musulmán repite ese gesto y hace de su hogar un lugar en el que recibe a la gente y la agasaja y, al mismo tiempo, hace de su corazón un espacio infinito donde tienen cabida todas las criaturas. Y de igual modo a como lo haga en este mundo, Allah lo hará con él tras la muerte. Sobre esto no cabe duda. Por eso el musulmán es hospitalario, esperando que Allah lo sea con él cuando se consuma el Encuentro.

La hospitalidad, por tanto, no es una simple formalidad. Es algo mucho más profundo. Cada acto del ser humano tiene significaciones y alcances tremendos. Si pasamos a ser conscientes de esto, nuestros gestos comenzarán a traslucir nuestra espiritualidad y nuestro modo de entender la existencia, y evidenciará también nuestro conocimiento de Allah y nuestra valoración de lo que Él hace con nosotros dándonos vida en cada instante, sin dejar de repetir su ofrecimiento, llamándonos a que acudamos a la Fuente de todo bien para beber de su Rahma, de su Abundancia Infinita. El ignorante se comporta como ignorante, y el sabio como sabio, y la hospitalidad es indicio de una sabiduría honda puesto que es capaz de recrear nuestra situación en el mundo. Somos huéspedes de Allah, y tan es así que cuando visitamos su Casa durante la Peregrinación a Meca, recibimos el título de Duyûf ar-Rahmân, los Huéspedes del Misericordioso. Disfrutar de la hospitalidad de Allah es lo que pretende el peregrino hacia Él. Y, por eso, ser hospitalario revela en acciones nuestra comprensión de lo que el Islam enseña.

La avaricia y el recelo son cárceles de las que debe huir el musulmán. Son signos de miedo e incapacidad. Por el contrario, la generosidad y la hospitalidad son signos de inocencia y grandeza. No os invito con esto a practicar la caridad cristiana ni a ningún tipo de fingimiento ni a que os forcéis por encima de vuestras capacidades. Os invito con ello a ser musulmanes, es decir, a ser amplios, expansivos, creadores de mundos, os invito a que actuéis ‘con’ Allah, y no ‘con’ la miseria, el egoísmo, el retraimiento y la muerte. Os invito a dejar atrás las actitudes cerradas, a salir de la estrechez y la mediocridad, porque ante vosotros Allah abre al-Âjira, su Universo infinito, sin límites ni penuria ni escasez. Sea al-Âjira vuestro objetivo y vuestro campo de acción.

El ejemplo supremo de esas virtudes nos lo ofrece Rasûlullâh (s.a.s.). Es más, un profeta —y Sidnâ Muhammad (s.a.s.) fue el más grande de todos ellos— es hospitalario por definición. Lo que él (s.a.s.) lanzó al mundo fue una invitación, que es lo que significa la palabra Da‘wa. Invitó a los seres humanos y ofreció todo su ser a quienes respondieron a su llamada. Quien sigue la Sunna, la Tradición Muhammadiana, es desbordante. No puede ser de otra manera. Quien siga a Rasûlullâh (s.a.s.) considerándolo como su maestro debe aprender de él su ejemplo de hospitalidad: no rechazar a nadie, honrar al huésped, hacerle sentirse cómodo. Y quien lleva a sus máximas consecuencias lo anterior, sabe que todas las criaturas son nuestros huéspedes. No es necesario que acudan a tu casa. La hospitalidad tiene una significación infinitamente más amplia y abarca cada momento del musulmán verdadero.

Por un lado, el musulmán invita y acoge; y, por otra, el musulmán responde a la invitación que se le hace y se muestra con cortesía y reconocimiento hacia su anfitrión. Tan importante es saber invitar como saber responder a la invitación. Así es como los musulmanes se ayudan mutuamente, así se solidarizan y entre todos dan forma a la mejor de las comunidades. No hay otra manera; nadie nos sustituye. Estrechamos así lazos, reforzamos vínculos y hacemos amable nuestra existencia y la de quienes nos rodean. Avanzamos así en el Tawhîd, en el proceso hacia la Unidad, una Unidad que lo abarca todo. Y así lo hicieron los Sahâba, los Compañeros de Sidnâ Muhammad (s.a.s.), y por ello el Corán los elogia diciendo que fueron la mejor de las comunidades que habían surgido entre los hombres. Demostraron que los seres humanos, si se lo proponen, si abandonan la mezquindad, son capaces de convivir y construir civilización. Haz que tu compañía sea amable para asemejarte a ellos, pues quien los imita alcanza lo que alcanzaron.         

La avaricia y el recelo forman parte del Kufr, mientras que la generosidad y la hospitalidad forman parte inseparable del Îmân, de la apertura hacia Allah. El Îmân no consiste en afirmar unas doctrinas teóricas, sino en vivir unas enseñanzas. Quien sabe que Allah es Grande no puede ser miserable. Quien confía en Allah no puede actuar con avaricia y recelo. Quien sabe que Allah es Rahmân no puede desatender a sus hermanos. Por ello, Rasûlullâh (s.a.s.) decía que hasta la sonrisa del musulmán forma parte de su Îmân. En cierta ocasión, Rasûlullâh (s.a.s.) dijo que ante Allah habrá el Día de la Resurrección personas que serán honradas haciéndoselas sentar sobre tronos de luz. Y dijo que esas personas no se habrán distinguido en sus vidas por su santidad ni por su sabiduría teórica, sino porque eran capaces de solucionar los problemas de la gente, porque aliviaban las necesidades, consolaban a los tristes y forjaban con su participación un mundo mejor, más acogedor y más amplio.

No somos musulmanes porque digamos ciertas cosas ni porque hagamos proclamas. Somos musulmanes cuando nos rendimos ante Allah, cuando nos sumergimos en lo que Él implica, que es la Vida. Tengamos esto claro para hacer de nuestro Islam un acto real y no simple palabrería.  

 

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