Número 161  //  18 de febrero de 2002  //  6 Dhul-Hijjah 1422 A.H..

 INICIACIÓN AL ISLAM

¿Qué es el Islam?

Por Seyyed az-Zahirí



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Islâm es Istislâm, rendición. Significa abandonar los caprichos de nuestro ego y entregarnos a aquello anterior a nosotros que nos ha hecho existir. La conciencia de nuestra pequeñez nos sitúa frente a la inmensidad de una Creación que nos desborda. Llevar la frente al suelo es reconocer esa inmensidad, desmoronarse ante la presencia del Creador, darse cuenta de que estamos ante Él a cada instante. 

Islam es rendición, sumisión, aceptación, entrega... palabras que denotan pasividad y abandono de una resistencia. De repente dejamos de luchar por imponernos, por dar existencia a nuestras fantasías, y dejamos que sea la propia realidad la que nos mueva. Es como estar atentos a un objetivo y al fin darse cuenta de que ese objetivo carece de valor, de que aquello que estamos persiguiendo afanosamente es una proyección de nuestra insatisfacción, una trampa que nos hemos inventado para no reconocer lo que en verdad somos: una criatura vulnerable, un ser creado y acabable, con una importancia mínima en el desarrollo milenario de la vida. La insignificancia que somos no merece ser tomada en serio, nuestros problemas personales se deshacen, muestran su inconsistencia. Pero inmediatamente, en cuanto a seres creados por Al-lâh, empezamos a recomponernos, recobramos nuestra dimensión de criatura, consciente de sus límites y capaz de desarrollarse dentro de un marco que no hemos decidido.  

Existe un principio de aceptación de “lo que hay” que nos inserta en el mundo. Estamos aquí y ahora gracias a una voluntad ajena a toda codificación, una voluntad que nos exige un reconocimiento. Al aceptar que somos movidos por la propia inercia de la vida nos metemos en el devenir del mundo, ya no ejercemos una violencia, no tratamos de hacer que las cosas sean según nuestros pequeños intereses. La sumisión es abandono a una fuerza muy superior a nosotros, a una energía que nos colma. Ser pasivos ante Al-lâh implica dejase activar por Él, entrar en una relación directa con el propio principio generador de la existencia. Se trata de algo que nos sobrepasa, capaz de transportarnos como un huracán a una pluma, y resistirse a Su empuje es un acto irracional, completamente inútil. 

Para los que han sido educados según los parámetros occidentales está claro que el Islam no encaja en la definición habitual de religión. Difiere tanto del catolicismo que muchos pueden ver en él una inversión completa de lo que es, en principio, “religioso”: 

  • El Islam es materialista. El Qur’an habla de átomos, la concepción física del mundo asociada al ateísmo en el momento de la revelación.

  • No abomina del cuerpo como “recipiente caduco del alma” y reconoce en la sexualidad un camino necesario.

  • Al negar la separación entre lo sagrado y lo profano se ha desacralizado el universo. Para el musulmán nada es sagrado en su particularidad, pues le está vedado dar culto a nada como algo separado, lo cual no quiere decir que no sea importante. El mundo es irremisiblemente profano en cuanto a su carácter fragmentario, pero todo es sagrado en cuanto está unido a Al-lâh.

  • El Islam no admite clero ni representantes de Al-lâh en la tierra.

  • Frente a las castas de hombres puros que se apartan del mundo, el Profeta Muhámmad (P y B) llegó a calificar el matrimonio como “la mitad del Dîn”, es decir: casarse es tan importante como realizar todas las oraciones y el resto de los preceptos islámicos.

  • Rechaza los misterios, los sacramentos y las imágenes de culto.

  • No existen templos. Cualquier lugar es bueno para la oración, siempre que esté aseado.

Tampoco en el nivel de los ritos el Islam se adapta a nuestro concepto de lo religioso. El Islam no puede ser reducido a new age salvo bajo la forma de sufismo adulterado, porque no tiene nada de sublime, sino todo lo contrario. La oración ritual islámica (la salat) es un acto de des-sublimación antes que de “espiritualismo”. Se trata de poner la cabeza sobre el suelo y levantarse ante el mundo tal y como es, manteniendo siempre los ojos abiertos, y no encaminarse a un hipotético mundo superior ni ofrecer, de entrada, una experiencia mística aparente. No hay interiorización ni búsqueda de algo maravilloso ajeno a lo cotidiano, sino abandono a la realidad tal y como se nos presenta. El Islam es aceptar lo que hay, sin más, y abrirse al mundo de las sensaciones, a la tierra como un espacio telúrico, creado por Al-lâh. 

Todo ello explica la visión de los orientalistas y de los misioneros católicos, en el sentido de demonizarlo y ver en él una especie de “anticristo”. También explica su rápida aceptación popular a lo largo y ancho del planeta, pues la gente sencilla abomina de la tiranía de las castas y sin embargo tiene un fuerte amor a sus raíces, un profundo sentido de lo numinoso, del carácter luminoso de la vida. El Islam se propaga fácilmente allí donde no es perseguido (como ha sucedido en Europa hasta hace poco), sin necesidad de misioneros ni doctrina. 

El Islam es abandono de todas las ficciones y vivencia de la cotidianidad como un todo sin fisuras. Lo real-cotidiano es mucho más vertiginoso e inmenso que ningún mundo de ensueño, que ninguna experiencia aparentemente trascendente.  

Para el musulmán una ibada (acto de culto) es tanto limpiar su casa como ayunar en Ramadán, pues no existe ninguna gradación en la existencia. Todo es igual de importante. También son ibadas actos instintivos como respirar, o mirar el mundo a nuestro alrededor. Todo eso, tan sencillo, es poner en práctica el don de la vida, utilizar los sentidos que Al-lâh nos ha dado como un instrumento necesario para el desarrollo de nuestra naturaleza. Todo lo que sea afirmar su pertenencia a la Creación de Al-lâh es, para el musulmán, un acto de culto. Es por eso que resulta prácticamente imposible que un musulmán deje de serlo, tal y como se ha comprobado a lo largo de la historia.

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