Número 150  //  30 de noviembre de 2001  //  15 Ramadan 1422 A.H.

 AL ANDALUS

La voz trascendida

Por Emilio de Santiago Simón

 

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Meditación furtiva sobre la poesía epigráfica de la Alambra
 

En una menuda y profunda muestra de su prosa aforística, Juan Ramón Jiménez afirma que «ningún misterio, ningún secreto se ha revelado en voz alta ni hueca». Y es que, a veces, tan inefable e inaudible parece toda palabra que, en su seno de sentidos, guarda algún enigma. La poesía es por derecho propio la suprema celadora de esencias. El ángel de flameante espada que custodia los paraísos prometidos del verbo. La poesía tiene la no perecedera misión de ser siempre cauce, nunca sediento, por donde las evocaciones, las imágenes, la asombrosa mística de la metáfora fluyen como aguas peregrinas de un mar oceánico en que las claridades divinas vienen a desembocar. De ahí,

la infinita potencia de su fuerza; por eso, el valor perenne de su renovada frescura.

 

Si trasladamos esta a manera de argumentación introductoria al ámbito concreto de las estancias alhambreñas y a los peraltes de algunos de sus accesos o los brocados caligráficos de los pequeños y curvados aledaños del frente de sus tacas o los rebordes de sus fuentes, de inmediato advertimos que allí tiene la poesía una misión parlante, desveladora, acaso más decisiva que la de mero ornato literario. Quiero decir, que los versos allí cobijados destacan por haber sido escritos con voluntad evidente de trascender la simple epigrafía decorativa abigarrada en ocasiones hasta el delirio: son la expresión petrificada, mejor, adormecida de una antigua voz. La voz ubicua de las cosas, la dicción plural y hechizada de estucos, mármoles, maderas... todo lo que parece tener latido de vida, bajo la pátina que el tiempo, su enemigo inmisericorde, fue lentamente acumulando con tenaz vigilia.

 

Situándonos en esta posición escrutadora y desde ella, habremos aproximado a la cercanía tangible la oculta quintaesencia. Más claro todo ahora, se allana el camino, antes pedregoso y erizado de quiebras. Un virtual hilo de Ariadna puede ayudamos a salir del laberinto. En este caso, el mítico auxilio no es otro que prestar oído a las epigrafías, escuchar el mensaje cifrado que su lectura propicia desde la equilibrada armonía de los versos.

 

Contrariamente a lo que en una «lógica de primera instancia» pudiera pensarse, las cartelas epigráficas alhambreñas cumplen una función dual (y aún, quién sabe si más complicada ... ), dado que no sólo se limita su presencia a un florido alarde de pasamanería interior, sino que, además, como ya adelantamos, constituyen en su mayor número un elemento cardinal del programa arquitectónico, al parejo que se pronuncian zonas de luz y de sombra, volúmenes y vanos. Casi me atrevería a añadir algo quizá susceptible de debate, pero sobremanera curioso: quienes tuvieron la responsabilidad creadora de los alcázares nazaríes —desde la idea genésica hasta la posterior cristalización constructiva— se movieron persuadidos del contenido de sonora belleza conceptual que a su obra incorporaban con el sutil aditamento de los poemas; eran sabedores de la importancia de su hallazgo, puesto que lograron crear una atmósfera sensitiva de todo punto e, incluso, en gran medida arquetípica en su fórmula admirable de constelar variadas artes y variadas artesanías. El lenguaje poético disecado en las distintas superficies otorgaba a éstas, con proyección ulterior, un don permanente e inusitado: las animaba, les atribuía cualidades, en el rigor de la filosofía, privativas de las entidades vivas y racionales. Dicho de otra forma, la galvanización lírica «humanizaba» los muros estucados, los mármoles cincelados, la madera hábilmente tratada con las gubias. O, cuando menos, el aliento poético operaba el milagro, inflamado de fingimientos, que mutaba el conjunto en criatura de rara sustancia, híbrida de estática corporeidad y muy dinamizado espíritu.

 

Teniendo presente la argumentación que acabo de esgrimir, no es de extrañar por tanto, que como consecuencia de esa peculiar cualidad expresiva de la poesía epigráfica (tengo para mí que acaso fuera más apropiado el término epigrafiada aún sin acuñar) confiere a los ámbitos áulico del Alcázar Rojo, éstos por lengua de aquélla se dirigen a no sabemos quien, aunque sospeche egoístamente cada uno de los actuales visitantes (poco hace al caso si con acceso directo al árabe o conducidos por el relato casi automático de los cicerones) que sea él el imán de los reclamos que le llegan de tanta hermosa grafía abultada y exangüe. Más todavía un detalle exquisito corrobora la evidencia de esta suerte de élan vital a que las tazas de la, fuentes, los aleros de las puertas... hablan: nos hablan, desde la cosmología interiorizada del pronombre yo. “Soy yo palanquín de la desposada de hermosura y perfección dotado”, nos dirá el arco cimero de una taca del agua; “soy el mihrab de oración que  hacia la felicidad se orienta”, añadirá otro; “soy el jardín que con la belleza me hago frondoso”, cantará uno de los más bellos parajes de la Tierra; “Cierto que soy en este jardín un ojo fresco”, se elogiará el ajimez de Lindaraja... Cómo un simple efecto retórico colma de mágica intimidad y contenido cordial lo que podía ser únicamente hermoso hasta rayar lo sublime, pero, sin duda, distante, yerto.

 

Y, dilatando un poco esta meditación escrita con el convencimiento de su parvedad erudita y el mucho desahogo del libre albedrío, llegados a este punto, quizá fuera menester abordar otro aspecto que conecta en derechura con todo lo ya tratado. Existe una proclividad indudable de los poemas epigráficos de la Alambra hacia la exagerada hipérbole en lo que a punto de comparaciones atañe. El talante saturado de arrogancia de los artífices trasmina, incluso, la propia impermeabilidad de los materiales y proclama su osadía estética. Sin manifiesta irreverencia, parangonan y, por qué no decirlo, pretenden emular la suprema maestría divina. Sobre todo, cuando ensalzan con cumplida gala de adjetivos la ostensible y alquitarada pericia de sus trabajos.

 

Y como nadie compite ignorando al otro, los poemas establecen un turno de correlaciones realmente bizarro. Al contemplar la magnitud excelsa de la cúpula central de la Sala de Dos Hermanas en el Cuarto de los Leones:

 

Sublime es la mansión, porque Fortuna
le mandó superar a toda casa.

 
¡Qué delicias ofrece a nuestros ojos!
Siempre nuevo es aquí el afán del noble.


Las Pléyades de noche aquí se asilan;
de aquí el céfiro blando, al alba, sube.


Sin par, radiante cúpula hay en ella
con  encantos patentes y escondidos.

 

Su  mano tiende Orión por saludarla;
la luna a conversar con ella viene.


Bajar quieren las fúlgidas estrellas,

sin más girar por rayas celestiales,

 

y en los patios, de pie, esperar mandatos
del rey, con las esclavas a porfía.

 

No es raro ver errar los altos astros,
de sus órbitas fijas desertores,


por complacer a mí señor dispuestos,
que quien sirve al glorioso gloria alcanza.


Por su luciente pórtico, el palacio
con la celeste bóveda compite.

 

¡Qué ropa de adornado tisú echaste sobre él!
Hace olvidar el tul del Yemen.


¡Qué arcos hay por encima, sostenidos
por columnas de luz engalanadas,


cual esferas celestes que voltean
sobre el pilar del alba cuando asoma!


Las columnas tan bellas son en todo,
que ya vuelan proverbios con su fama.


Su mármol liso y diáfano ilumina
negros rincones que tiznó la sombra,


pues tal fulgor despiden, que son perlas
dirías a pesar de su tamaño.


jamás alcázar vimos tan excelso,
de más claro horizonte y más anchura.


Nunca vimos jardín tan verdeante,
de más dulce cosecha y más aroma.*

 

El fragmento reproducido, antes que botón de muestra de una poesía que frisa los primores del artificio sin alejarse nunca de la iluminación del genio, semeja un joyel asperjado de gemas rutilantes. Ni que decir que no todas las piezas que guarda ese «¡Álbum maravilloso y siempre nuevo, que ilustran los surtidores y encuadernan los bosques melancólicos!» son de idéntica laya: hay también su tantico de aluvión, su poco de prestidigitación metafórica, empero sobre este sutil detritus, sobre esta quincalla literaria, destaca con más brillantez la pureza de lo auténtico.

 

Cabe, acaso, mejor destreza en la técnica de la epigráfica que esta perfecta trama de panegírico real, descripción metafórica y larvada explicitación de una función utilitaria sobre la tensa y ajustada urdimbre de la caligrafía: el ejemplo de la fuente de los Leones resulta obvio:

 

¡Bendito sea Aquél que dio al imam Muhammad
preceptos que hacen bellas sus mansiones!

 

pues, ¿por ventura no hállanse aquí maravillas
que Al-lâh quiso fueran en su hermosura impares

 

y una taza de perlas de traspasada claridad
que sus bordes adorna con burbujas de aljófar?

Líquida plata corre entre las perlas
a ella semejando en su nítida blancura.

 

Mármol y agua parece que se funden
sin alcanzar a saber cuál de ambos fluye.

 

¿No ves acaso el agua desbordar la fuente
ocultándose luego en sumideros?

 

Es un amante que se duele en llanto
y sus lágrimas enjuaga por miedo al delator.

 

¿No es de veras jugo de nube el agua
que los regueros traen a estos leones,

 

como si fueran mercedes que el Califa
prodiga a los bélicos leones?

 

¡Tú, que inmóviles los ves,
sabe que sólo el temor les queda!

 

¡Oh prole de Ansares que heredaste
nobleza que aventaja a los altivos,

 

sea la paz de Al-lâh contigo y vive siempre
reanudando el festín, abatiendo al enemigo!

 

Tampoco evitaré mostrar aquí otro poema cuyo protagonista es ahora un ajimez que sobre el paisaje del Albayzín, a poniente, y el lecho del Darro y los altos cerros, a levante, se abre como si fuese la ventana por donde la misteriosa entidad —cuasi humana— del palacio desparramara su vista con caudal inagotable:

 

En verdad que en este jardín soy un ojo

de frescura lleno y mi pupila es Muhammad, mí señor

 

por su generosidad alabado y su valor,
el de nombre más alto y más apacible ser.

 

Luce en el firmamento del reino la luna del buen augurio
cuyos benéficos influjos duran y espléndido es su fulgor.

 

No es otro él sino el sol que aquí tiene su lar
y do su luz derrama, va allí su beneficio.

 

Desde mí contempla un costado de su reino
cuando en el solio del Califato brilla luciendo su esplendor.

 

Hacía el lugar donde juegan los céfiros, vuelve su vista
y do tornan tranquilos tras rendir homenajes.

 

Contempla en aquellos parajes tanta dulzura
que su vista se extasía y absorto queda su entender.

 

Cercanos el frío y la brisa, uno lo sana, otra lo deja languidecer

 

Sierpe de cristal maravillas deja ver,
luego quedan en páginas de belleza trazadas


Luz y colores en él se esparcen, y en tal manera
que ser pudieran semejantes o distintos

 

La poesía de Al‑Andalus, aquella criatura de arte trasplantada de Oriente, después de larga y gloriosa singladura, vino a morir sobre inertes superficies, arredilada en incomparables estancias y fuentes de ensueño. Pero no vino a morir. No es cierto. No era factible. No podía. Había de ser eterna, como eterno es el espíritu que le dió vida. No vino a morir sobre los muros, vino a quedarse en ellos para darles aliento, para darles voz y latido. Se quedó aquí, en la colina Roja, creyéndola su prometido Edén. En los palacios mora: sus versos «quieren alzarse más, hasta lo último de ese azul que es más limpio, de incomparable desnudez azul... ¡Al sur, al sur! Todos de prisa. La mudanza y después la vuelta». Al sur de Al‑Andalus añado yo, pues, según puede verse, reincido en mi provecho: las frases entrecomilladas de ahora pertenecen al poeta de Moguer con que abría esta meditación furtiva. Nadie como él, creo que haya comprendido hasta dónde alcanza una voz que trasciende su misión primera y busca un Sur para morir/viviendo su ventura de soleada y nostálgica infinitud.



* Como modelo de traducción e insuperable traslado del contenido poético, reproduzco la versión de Emilio García Gómez da en sus Poemas árabes en los muros de la Albambra, Madrid, Instituto Egipcio de Estudios Islámicos 1985, págs. 118‑119. El resto de la poesía traducida, por su lejanía con la perfección del maestro, se debe a mi pluma, claro está.



* De Música y poesía del sur de al-Andalus, ed. El Legado Andalusí- Lunwerg editores, pp. 185-187

 

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