Número 154  //  29 de diciembre de 2001  //  14 Shawal 1422 A.H.

 MUJER

El musulmán y el tiempo
El Harén Político, Capitulo primero

Por Fátima Mernissi

 

Recomienda esta página 


 
Los musulmanes padecen el «mal del presente», como la juventud romántica europea padecía el «mal del siglo». La única diferencia es que la juventud romántica de Europa vivía su dificultad de ser en el presente como hastío de vivir, mientras que nosotros, los musulmanes, la vivimos como deseo de muerte, deseo de estar ausente, de estar en otro lugar. Y huir hacia el pasado es una forma de estar ausente. Una ausencia suicida.

Una de las razones del éxito de pensadores marroquíes como Mohámmed Yaberi y Abdelkébir Jatibi es que han roto con el ronroneo funerario en el que se había atascado la intelectualidad del mundo árabe desde la derrota de 1967 y nos ayudan a hablar del tiempo‑herida. Desde luego no para lamentarse, con los ojos fijos en el otro, en la superioridad militar del Occidente enemigo y en ella encontrar la excusa para desvanecerse en el pasado, sino para reflexionar sobre nosotros mismos, como energía a la búsqueda de un marco donde desarrollarse:

 

«La memoria es devenir —explica A. Jatibi—, acumula los progresos que la civilización mundial le proporciona para que reflexione. Al explorar nuevos pensamientos y nuevas prácticas, aprende a dominar mejor el espacio, el tiempo y su fuerza vital. La mejor actitud, la más humilde y la más eficaz, es el aprendizaje». Pero aconsejar la humildad a un mundo árabe humillado, en el que los políticos apuestan por los sueños grandiosos y la virtud de los mitos de las pasadas grandezas, es demasiado molesto. Se comprende la discordancia total entre los jutba (prédica particularmente enfática) del poder y los pragmáticos análisis de aquellos intelectuales que optan por hablar en lugar de servir de caja de resonancia del delirio de los jefes. Mohámmed Yaberi no seduce nada cuando expone con frialdad que quienes leen la grandeza en los textos antiguos sencillamente alucinan.

 

El lector árabe, según él, se vuelve hacia el pasado para extraer de él la fuerza que el presente le niega: «En él, lee sus esperanzas y sus deseos. Querría —explica Yaberi en su libro Nahnu wa‑t‑turát (Nosotros y nuestra herencia) — encontrar en él la ciencia, la racionalidad, el progreso, etc., es decir que en él busca todo lo que le cuesta dominar en el presente. Ya sea en el campo de lo real o en el del sueño, se vuelve hacia el pasado en busca de todo lo que le falta en el presente. » En sus ensayos más recientes sobre El proceso de formación de la razón árabe (Takwin al‑'aq1 al‑'arabi), demuestra con mordaz elegancia que la herencia más importante que nos han legado nuestros antepasados es un sistema de censura de tal omnisciencia y eficacia, en el que lo político y lo religioso colaboran tan estrechamente que hemos llegado a confundir al‑‘aql (la razón) con la propia censura. Yaberi nos aclara uno de los misterios del paisaje musulmán contemporáneo: la increíble presencia de lo religioso y de los imames en el terreno de la producción de pensamiento. Por qué, podríamos preguntamos, no son los científicos los que dominan y por qué los «políticos» no los toman como referencia, ya que nuestro problema más urgente es el dominio de la tecnología que se nos impone como una fatal necesidad de consumo en la más absoluta pasividad. De un extremo a otro de los dos tomos de su exposición, Yaberi ofrece amplias referencias históricas que prueban que, muy pronto, en Islam, los políticos comprendieron que sólo podían dirigir autoritariamente el presente imponiendo el antepasado, el pasado, como referencia sagrada: el célebre asr at‑tadwin (la época de la consignación por escrito) fue, según él, el comienzo de la institucionalización de la censura. Arrancaría en el año 134 de la hégira (siglo VIII), cuando los eruditos musulmanes comenzaron a catalogar los al-hadices (hechos y dichos del Profeta), el flqh (jurisprudencia) y el tafsir (explicación del Corán), «siguiendo la petición expresa del estado abasí y bajo su supervisión». Se produjo bajo el reinado del califa abasí al‑Manstir, que reinó del año 136 de la hégira al 158. Hojeando a Yaberi, el presente musulmán emerge en medio de una extraordinaria luz. El entusiasmo de los políticos modernos por los antepasados, dentro de la tradición árabe, en donde su culto se ligó a la institucionalización del autoritarismo, se convierte en altamente sospechoso en un momento en que necesitamos más que nunca vigilar estrechamente cómo invertimos nuestras energías presentes. ¿,A qué viene ese deseo de dirigirnos hacia el tiempo muerto justo cuando la única batalla que importa es la del futuro? Las sociedades que amenazan nuestra identidad están hipnotizadas definitivamente por el futuro y de ello hacen una ciencia, qué digo, un arma de dominación y control.

 

Serge Moscovici ve en la transformación del tiempo la esencia misma que hace de Occidente la civilización planetaria. Una civilización que se impone irresistiblemente y borra, mediante la homogeneización, todas las demás: «Si miramos lo que ha sucedido desde hace un siglo, observamos que la civilización occidental es verdaderamente la primera civilización del tiempo. Es decir, la primera en la que el tiempo desempeña un papel importante, especialmente como medida de las cosas. Medimos todo en términos de tiempo: el trabajo, las distancias, la historia [ ... ]. Todo lo temporalizarnos [ ... ]. Temporalizamos incluso las cosas que entrarían en el ámbito espacial: la noción de velocidad, por ejemplo, que es la obsesión número uno de nuestra civilización. Es una forma de temporalizar el espacio.» La sociedad occidental posindustrial obliga a las demás culturas a adaptarse a su ritmo. Occidente manifiesta su dominación en nuestros días a través del tiempo‑ritmo, que unifica los comportamientos, sea cual sea el lugar y la cultura. Se acabó el tiempo del ejército colonial y de su teatro de paradas ante la mansión del residente general. Forma parte del pasado. En nuestros días la dominación se infiltra por la familiar presencia del reloj. El sonido, a menudo insólito, de relojes de cuarzo que, en las amables veladas de Tripoli o Riad, interrumpe cada hora la conversación entre dos árabes ilustra, en su mismo absurdo, la presencia sideral de la nueva forma de ocupación. En esa temporalización que, entre otras cosas, es una desvalorización de la geopolítica, el control del espacio, que era la base y la esencia de la grandeza política y económica de una nación, ha sido reemplazado en nuestros días por el del tiempo. En la actualidad, es el control del tiempo el que está en la base de ese poder. No es el petróleo que yace bajo vuestro suelo el que produce vuestra riqueza, sino el control de la velocidad de las operaciones de comercialización necesarias para su colocación en el mercado.

 

La geopolítica era una ciencia basada en la defensa de lo tangible, el territorio, las fronteras y las riquezas que allí se encuentran. En la actualidad, ha sido reemplazada por las leyes de la cronopolítica, una escena‑tiempo en donde el poder pasa por la carrera por el control del fluido: la marea de signos, la circulación de informaciones y liquideces. Las multinacionales son la encarnación de esa nueva forma de dominación, en que los protagonistas del juego político no están ya determinados por lo espacial. Las fronteras nacionales se han quedado anticuadas, insignificantes. El poder y la dominación usan otro lenguaje: «Se definen como proyecto de inversión. La noción misma de inversión es una noción temporal: seguir los ciclos de producción, de cambios, etc.» El nuevo imperialismo que nos domina a los no occidentales ya no se manifiesta por la ocupación física. No es ni siquiera económico, es más insidioso. Es una manera de contar, de calcular, de evaluar. Se acabaron las queridas y viejas canciones nacionalistas que «echaron fuera al enemigo». El enemigo está enraizado en nuestra calculadora. Está en nuestra cabeza, en nuestra forma de contar, de consumir, de comprar y de calcular. La multinacional nos obliga a diagnosticar, pronosticar y programar según sus modelos. El vocabulario que utilizamos para nuestro presupuesto nacional es el suyo: inversiones, amortizaciones, deuda... Los EEUU no necesitan ocupar los países musulmanes para hacer que se rebajen. El nuevo Vietnam tiene el irreal sabor de la deuda y las voces, tan lejanas al teléfono, de los expertos de la Banca Mundial y del Fondo monetario internacional. El Occidente, «drogado de devenir», inclina su presente hacia el futuro y nos fuerza a todos a comprender que, para responder a su desafío, debemos combatirlo en el terreno que ha elegido: el presente.

 

Seguir la flecha del tiempo, he ahí el desafío del siglo. Una flecha del tiempo indicando la mala dirección, la que nos angustia: la dirección del futuro. Un tiempo propulsado hacia adelante, que se confunde con las naves espaciales y los avances hacia el espacio intersideral. Un presente que apenas se distingue del futuro, en relación al cual se define y se valoriza. ¿Cómo reaccionamos nosotros ante esa aceleración del tiempo, ante esa‑propulsión del presente en el futura?

 

Deslizándonos, dolientes, heridos e infantilizados, hacia el origen, hacia un pasado‑anestesia en el que estábamos protegidos, en el que dominábamos la, salida y la puesta del sol. Nos desliza mos como funámbulos sobre la tensa cuerda del tiempo equivocado. Del tiempo con la flecha de dirección equivocada, el que se dirige hacia los muertos. El tiempo sanguijuela que nos conduce hacia el festín de los antepasados, el de los funerales de nuestro presente enlutado. Los antepasados, invitados de vez en cuando, pueden reponer nuestras fuerzas, pero, si se instalan, devoran el alba y el sol y convierten los sueños en delirios.

 

Los musulmanes no son los únicos aterrorizados por la pérdida de la memoria. Los occidentales también sufren por ello: «No cabe duda de que, desde hace diez anos, los franceses, estancados en la crisis, han empezado a mirar por el rabillo del ojo con complacencia y ternura las supuestas armonías de antaño. Todo sirve de pretexto. Las distracciones y las aficiones, de las tarjetas postales de principios de siglo al vestuario de las abuelas, de la genealogía de aficionados a las diversiones rurales, han tomado un aspecto muy del gusto de antaño.» Como demuestra la anécdota de Marshall McLuhan, especialista en medios de comunicación, sobre ese señor que no recuerda ya quién es:

 

— Who are you?

— I, I hard1y know, Sir, just at present, al least I know who I was when I got up this morning, but 1 think I must have been changed several times since then.

 

La diferencia entre los occidentales y nosotros no estriba tanto en la sensibilidad respecto al cambio como respecto al tiempo, la angustia del tiempo cuya flecha arrastra hacia la muerte. Es cierto que todos nosotros tenemos la muerte por futuro, pero, ¿no es cometido nuestro cambiar los signos, poner la muerte detrás y con ella vestir a los antepasados y caminar a grandes zancadas hacia un futuro en el que crear es posible, en el que rehacer el mundo justifica una vida? Lo que caracteriza al moderno Occidente es que ha conseguido disimular su fascinación por la muerte en la fascinación por el futuro, liberando de esa forma las energías creadoras. Pero los musulmanes modernos, bajo el sortilegio de no se sabe qué dolor subterráneo, prefieren morir antes incluso de vivir, aunque sólo sean unos decenios. La diferencia entre Occidente y nosotros reside en la manera en que consumimos la muerte, el pasado. Los occidentales hacen con ella un postre, nosotros tratamos de hacer el plato fuerte. Los occidentales consumen el pasado como una afición, un pasatiempo, para descansar del estrés del presente.

 

Nosotros nos obstinamos en hacer de él una profesión, una vocación y un horizonte. A fuerza de invocar a los antepasados cada lunes y cada martes, vivimos el presente como un intermedio que apenas nos compromete. En último extremo, como un molesto contratiempo.

 

Yaberi nos explica, con tacto y delicadeza, que nuestra enfermiza búsqueda del pasado nos impide leerlo. Según él, somos incapaces de LEER ESE PASADO que cantamos como una letanía mágica, porque estamos demasiado preocupados en superponer sobre sus páginas nuestras obsesiones actuales. «El lector árabe contemporáneo sufre una inadecuación con respecto a la época; la época se nos escapa. Para aseguramos de que existimos, nos evadimos hacia soluciones mágicas con el fin de resolver nuestros numerosísimos problemas.» El desvanecimiento de uno mismo en el pasado es uno de los principales comportamientos mágicos. A pesar de nuestros grandes discursos sobre la tradición, el patrimonio y la historia de los antepasados, somos incapaces de leerlos, de descifrarlos. Para leer el texto antiguo, nos dice Yaberi, hay que estar arraigado en el presente. Es necesario distanciarse con relación al texto para descodificarlo y darle un sentido. Es preciso que el lector separe su tiempo propio, el del presente, del tiempo del texto, de lo contrario «proyectamos nuestros problemas en el texto ancestral, y esa proyección impide la lectura»

 

Ha llegado el momento de que defina lo que entiendo por «nosotros los musulmanes». El «nosotros» no se refiere al Islam en cuanto elección individual u opción personal. Defino ser musulmán como el hecho de pertenecer a un Estado teocrático. Lo que piensa el individuo es secundario en esta definición. El hecho de ser marxista, o maoísta, o ateo, no evita que tengas que obedecer la ley nacional, la de un Estado teocrático y sus tribunales de justicia que califican los delitos y gobiernan las prisiones. Ser musulmán es un estado civil, una constitución, un pasaporte, un código de familia y un código preciso de libertades públicas. La confusión entre el Islam como creencia, como opción personal, y el Islam como ley, como religión de Estado, tuvo mucho que ver, creo, con el fracaso de los movimientos marxistas y, en general, de la izquierda, en los países musulmanes.

 

Si volvemos a quienes leen en los textos del siglo VII la necesidad de privar a la mitad de la población musulmana, las mujeres, del ejercicio de sus derechos políticos, es necesario comprender por qué, según ellos, el problema del tiempo está ligado al problema de la democracia, del ejercicio por todos los ciudadanos, sin diferencia de sexo, de las libertades públicas. Cómo el «mal del presente», por una parte, y el rechazo de la democracia, por otra, se combinan y conjugan con lo sexual. Cómo tres nociones consideradas normalmente independientes, a saber: la relación con el tiempo, la relación con el poder y la relación con lo femenino, se articulan como un discurso sobre la identidad y, sobre todo, cómo la crisis de identidad presente entre nosotros, hombres y mujeres, en calidad de ciudadanos de una zona culturalmente invadida, se traduce, por esos autores seducidos por el pasado, en un problema exclusivamente masculino. Y, tal vez entonces, podamos comprender lo que empuja a Afganí y a otros eruditos a coger la pluma y redactar libros sobre la necesidad de excluir a las mujeres de lo político, como condición para la salvaguardia de la identidad musulmana.

 

El problema que se plantea a los Estados musulmanes, tras su casi total desaparición durante el período colonial, es que, en cierta medida, se encontraron feminizados, velados, anulados e inexistentes. Era preciso, después de la independencia, que el Estado teatralizara su renacimiento. Durante un tiempo amenazado de muerte, de no poder, el Estado musulmán se vio forzado, gracias a la colonización, a redefinirse y, en ese proceso, a redefinir a sus ciudadanos. Pero la operación de redefinición tenía lugar en el río del Tiempo, y es imposible bañarse dos veces en el mismo río. La era del Estado oficialmente totalitario, basado en la opresión del déspota como principio y fundamento, se había convertido en anacrónica. Los Estados musulmanes renacientes, deseosos de ser reconocidos por las potencias coloniales que los habían amputado, se presentan en la escena internacional. Se lanzan, entusiastas, por los pasillos de Naciones Unidas para firmar la Declaración Universal de Derechos Humanos y reivindicar el respeto de las libertades fundamentales como principio y espíritu de sus Constituciones. Al redefinirse ante sus antiguos colonizadores, se vieron forzados a otorgar la nueva ciudadanía a todos los naturales del país, hombres y mujeres. Pero, de este modo, el Estado musulmán, preocupado por su propio renacimiento, socavaba la jerarquía de sexos y destruía la escala de valores constituyentes de la identidad masculina. Tras la independencia, ya no había hombres entre los musulmanes, únicamente ciudadanos asexuados, en todo caso en relación al Estado y su ley.

 

La metamorfosis de la mujer musulmana, de objeto velado, ocultado, marginado y reducido a la inercia, a sujeto de derecho constitucional, borró los umbrales que definían la identidad‑jerarquía que organizaba lo político y lo sexual. Nuestra identidad tradicional apenas reconocía al individuo, al que aborrecía por perturbador de la armonía colectiva. En Islam, la noción de individuo como tal, en el sentido filosófico del término, es inexistente. La sociedad tradicional fabricaba musulmanes, literalmente «sumisos» a la voluntad del grupo. En un sistema semejante, la individualidad no se fomenta, toda tentativa privada es bid’a, innovación, que necesariamente constituye un error. La sociedad tradicional trataba de detener el desarrollo de la personalidad en un grado que no amenazara la autoridad del jefe, un esbozo de individuo que no accede a la autonomía (identificada con la rebelión).

 

Umlil lo ilustra arrojando una hábil luz, a través de los debates en Egipto entre los partidos políticos y el nuevo Estado, sobre conceptos tan fundamentales para la democracia moderna como iradat ash‑sha’b (voluntad popular), o as‑sulta at‑tashri’iya (poder legislativo). Los movimientos integristas, desde el principio, discutían y negaban, con toda la razón, al pueblo como origen de la decisión política o del poder legislativo, puesto que sólo Al-lâh es depositario de tal decisión. Su voluntad es la ley, y él la reveló de una vez por todas. Lo nos conduce a la siguiente conclusión: no son los integristas los que son absurdos en la escena contemporánea, sino la izquierda musulmana, que creyó que podía existir sin plantearse la cuestión fundamental de la laicidad, es decir, la transferencia del poder de lo sagrado a lo humano, su metamorfosis de un divino trascendente en un individuo normal de la cotidianidad. Y la inflación de panfletos sobre los derechos políticos de las mujeres es una dimensión clave de ese debate, pues permite hablar sin nombrar lo que está en juego. El problema de la mujer permite abordar las metamorfosis cósmicas del poder sin nombrarlas. De modo que ella ocupa, en su calidad de símbolo de lo exiliado, ocultado y velado, un lugar central en los debates de la escena política.

 

La entronización de la mujer, en quien se encarnaba el principio mismo de la desigualdad, el elemento constitutivo de la jerarquía, el álif, el comienzo del ser que sólo existe en sus relaciones de sumisión con respecto a la autoridad, forzó al musulmán a enfrentarse en pocas décadas con lo que los occidentales necesitaron siglos para digerir (y lo consiguen ahora no sin dificultades): democracia e igualdad de sexos. Someter a discusión las desigualdades sociales, políticas y sexuales al mismo tiempo: suficiente para perder la cabeza.

 

¡Imaginen el efecto de una frase tan anodina como «todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos» (artículo primero de la Declaración Universal de Derechos humanos) en unas sociedades en que la desigualdad de los sexos reproducía, garantizaba y preparaba la desigualdad política y la afirmaba como fundamento de su ser cultural, como identidad! Sobre todo, compárese, por ejemplo, con el artículo primero del Código del Estatuto personal marroquí de 1957: «El matrimonio es un contrato legal por el cual un hombre y una mujer se unen con vistas a una vida conyugal común y duradera [ ... ] que tiene por finalidad la vida [ ... ] en fidelidad, pureza y deseo de procreación por la fecundación, sobre bases estables y bajo la dirección del marido.» La cuestión de la igualdad de sexos y los debates que ha suscitado desde la década de 1980, con la aparición del libro de Kasim Amin, La liberación de la mujer, deben entenderse como el grito trágico de unos individuos que han caído, al mismo tiempo, en la ciudadanía, que borra las jerarquías, y en la era de la tecnología, que borra las fronteras nacionales. El acceso de las mujeres en su calidad de ciudadanas a la educación y, a un salario puede considerarse como una de las conmociones más importantes vividas por nuestras sociedades en el siglo XX. Al invadir los espacios considerados hasta entonces, como terreno acotado de los hombres y privilegio de la masculinidad, la escuela y el lugar de trabajo, la mujer lo cuestionaba todo, tanto en la vida íntima como en la vida pública.

 

La vuelta al pasado, la vuelta a la tradición que los hombres reivindican, es un medio de poner las cosas en «orden». Un orden que ya no conviene a todo el mundo, especialmente a las mujeres, que nunca lo aceptaron. La «vuelta» al velo invita a las mujeres, que han abandonado «su» sitio (ese «su» hace alusión al lugar que les han asignado), a abandonar los nuevos territorios conquistados. Y ese lugar al que quieren retirarla de nuevo se supone que es marginal y, sobre todo, subalterno según el Islam ideal, el de Muhammad, el Profeta que, al contrario, predicaba, en el año 610, con un lenguaje tan revolucionario que la aristocracia lo forzó al exilio.

 

El viaje en el tiempo se impone, pues, no porque la peregrinación a Meka sea un deber, sino porque el análisis del pasado, ya no como mito o refugio, se hace necesario y vital.

 

 Artículo Anterior

 Artículo Siguiente  


La llegada del Islam
a la Península Ibérica

 

Los musulmanes de Bosnia:
genocidio de un pueblo (1)

Portada  Búsqueda  Hemeroteca  Biblioteca Virtual  |  Cartas de  lectores  

  Noticias  Pensamiento Mujer  Al Ándalus  Geo-política  Sociedad y Economía 
Ciencia y Salud  Arte y Literatura  Qur'an y Hadiz  Jutbas  Iniciación al Islam
Religiones Comparadas 
Entrevistas y Conferencias  Educación y Normativas 
Derecho islámico 
Vida de Muhammad