Número 150  //  30 de noviembre de 2001  //  15 Ramadan 1422 A.H.

 MUJER

El matrimonio temporal: justificación ideológica

Por Yann Richard *

 

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Parece que en un principio el matrimonio temporal ocupó un lugar marginal en el derecho y la práctica de los musulmanes. Se justificaba por la necesidad de aplacar las necesidades sexuales de los guerreros del Profeta cuando estaban en campaña, lejos de sus mujeres. Luego, y hasta hoy entre los shiíes, cualquier situación que supusiera una estancia prolongada del hombre lejos de su hogar, ya fuera con motivo del comercio o la peregrinación, justificaba que se buscara una compañera ocasional, de la que no esperaba que le diera una familia.

 

Pero desde hace unos cien años ha aparecido otra clase de justificación. Se suelen citar al respecto autores iraníes recientes, como el ayatollah Motahhari, pero la verdad es que sus argumentos no aportan nada original a la polémica destinada a rehabilitar el matrimonio temporal, contra el parecer feminista. Hasta en los países sunníes, que en principio son contrarios al matrimonio provisional, hay quien envidia la institución conservada por los shiíes y propone que se copie. (1)

 

En primer lugar se vio que en aquellas regiones donde shiíes y sunníes vivían juntos, como en Iraq, algunos misioneros shiíes conseguían atraer a los sunníes a sus mezquitas con el señuelo de la posibilidad de emparejarse lícitamente con mujeres venales. En 1900, en la revista de los modernistas‑integristas egipcios al-Manar se desató una violenta campaña contra estas prácticas. Pero las disputas entre shiísmo y sunnismo pronto fueron eclipsadas por la seducción que ejercía el mundo occidental moderno sobre las minorías que se expatriaban temporalmente para completar sus estudios universitarios. El espectáculo de la mujer no recluida motivó con frecuencia un rechazo del Islam, como si el joven musulmán descubriera de pronto que todas las reglas de la pureza y el pudor que le habían enseñado no eran más que un lastre inútil y molesto. En una palabra, se hallaban ante dos posiciones irreconciliables: o bien Occidente había acertado al sacudirse el yugo de la religión, y la clave de su éxito estaba en su poder racionalista y agnóstico (que relegaba las relaciones sexuales al ámbito de la higiene, la demografía o el deseo amoroso, pero en ningún caso las hacía objeto de justificaciones o prohibiciones teológicas); o bien se trataba de un Occidente podrido, corrompido, satánico, y se consideraba que su utilización de la seducción carnal para apartar a los musulmanes de su religión formaba parte de un plan de sojuzgamiento de los pueblos dominados.

 

Para los responsables religiosos del Islam cuyos fieles cambian la mezquita por el cine o el cabaret, las seducciones de la cultura occidental que tanto les repugnan son cebos deshonestos y malditos. Afirman que un hijo de padres bebedores de alcohol nacerá tarado, y que la promiscuidad sexual de los occidentales tiene la culpa, en conjunto, de todas las enfermedades incurables de nuestro tiempo: sífilis, sida, esclerosis en placas, miopatía, mucoviscidosis, etc. Por no hablar de los desórdenes sociales que les obsesionan de un modo irracional, como si el hijo nacido fuera del matrimonio recibiera menos cariño de su madre que el de padres que se divorcian o se pasan todo el santo día peleándose, y como si estuviera abocado a la delincuencia mientras que los demás acabarían siendo monaguillos. En realidad lo que incomoda a las ideologías del Islam es la imagen de la mujer libre, sin velo, un desafío para su plácida virilidad y una amenaza para el equilibrio de sus hogares.

 

Veamos cuál es la argumentación de un intelectual iraní occidentalizado que alcanzó una posición elevada durante la monarquía Pahlavi, Hossein Nasr. (2) Para él, el abandono por Occidente y sus émulos de una estructura patriarcal tradicional garantizada por la autoridad de los hombres sobre las mujeres es el principio de la ruina social. La familia tal como la concibe el Islam, según Nasr, va más allá de la forma atomizada moderna, pero ya no es la estructura tribal opresiva, sino una unidad social promovida por la religión, encabezada por el varón, progenitor, defensor, alimentador y «sacerdote»...

 

En la familia el hombre, o el padre, tiene la función del Imam, según la naturaleza patriarcal del Islam. La responsabilidad religiosa de la familia recae sobre sus espaldas. [...] En el interior de la familia, el padre es el apoyo de los preceptos religiosos y su autoridad es el símbolo de la autoridad de Al-lâh en el mundo. En efecto, el hombre es respetado en la familia precisamente a causa de la función sacerdotal que desempeña. La rebelión de las mujeres musulmanas en algunas capas de la sociedad islámica estalló cuando los hombres dejaron de desempeñar su función religiosa y perdieron así su carácter viril masculino y patriarcal. Al volverse afeminados crearon la causa principal de la reacción de rebelión de ciertas mujeres, que ya no sentían sobre sí la autoridad de la religión.

 

El contacto con la cultura occidental, que brindaba una imagen radicalmente distinta de la familia y del papel de la mujer, desestabilizó, según Nasr, la célula islámica dirigida por la autoridad (le 1 padre. En otro texto, donde trata de justificar el carácter lícito del matrimonio provisional con la jurisprudencia shií, nuestro autor empieza recurriendo a argumentos propios del Islam, sacados (le la revelación o de la historia del Islam primitivo; luego, como sí aceptara que el argumento sobrenatural no es lo bastante convincente, añade: (3)

 

La legitimación del matrimonio en la humanidad, desde los orígenes, es una respuesta a la necesidad apremiante e instintiva de la unión sexual. El matrimonio permanente ha sido la práctica constante de los distintos pueblos del mundo. Pero a pesar de este hecho, en todos los países del mundo, tanto en las grandes ciudades como en las pequeñas, hay lugares escondidos o públicos donde —pese a todas las campañas y esfuerzos para convencer a la gente de que se abstenga de acudir a ellos— se practica la unión sexual ilícita [la fornicación].

 

Teniendo en cuenta esta realidad, prosigue Nasr, el Islam, que repugna el adulterio y la fornicación por ser fuente de impureza y corrupción de las costumbres, ha legitimado una forma de unión sexual en la que se le exigen ciertas condiciones a la mujer (tener un solo hombre a la vez y esperar, tras la unión, el plazo de abstinencia).

 

La legitimación del matrimonio temporal en el Islam [en realidad, Nasr debería decir en el shiísmo] se hace con el fin de permitir, dentro de la ley sagrada, unas prácticas que reducen los perjuicios causados por la pasión de los hombres; si estas pasiones no se encauzan canónicamente, se manifiestan de un modo aún más peligroso fuera de las estructuras de la ley religiosa.

 

Mantener a raya la fornicación, porque el hombre tiene todo el derecho a satisfacer sus instintos y la mujer es su servidora: este es, en resumidas cuentas, el razonamiento shií para justificar el matrimonio provisional. Cuando la mujer se vuelve seductora, es decir, provocadora de los deseos irrefrenables del hombre, amante en potencia, pierde su función utilitaria y tranquilizadora, altera el orden del mundo y arroja al hombre al torbellino de los sentidos y las pasiones.

 

En ningún caso se tiene en cuenta el deseo sexual de la mujer, y la búsqueda de esa satisfacción por su parte se consideraría una insubordinación intolerable. El único derecho que se reconoce a la mujer es el de dar su consentimiento en el momento del contrato que la compromete. (No obstante, en el matrimonio permanente, sobre todo en los casos de poligamia en que una mujer podría quedar relegada, algunos juristas conceden a la mujer el derecho a exigir que su marido se acueste con ella por lo menos una vez cada cuatro meses, para tener la esperanza de ser madre...).

 

También se podrían traer a colación los argumentos del ayatollah Mortaza Motahhari en su famoso libro (ya citado) donde, para replicar a las objeciones contra el Islam de una revista femenina y feminista publicada en Irán en tiempo del sha, exponía con argumentos nuevos el punto de vista tradicional de la teología shií sobre los derechos de las mujeres en el Islam. Se podrían repetir los razonamientos de algunos teólogos sunníes, tentados de rehabilitar el matrimonio provisional. Se podrían releer, hasta en los discursos del último sha de Irán, todas las invectivas contra la «permisividad» de las sociedades occidentales. Se podrían citar indefinidamente los sermones de los viernes de las mezquitas iraníes y de otros lugares, en los que se denuncia la depravación de las costumbres y el fracaso del cristianismo en los países occidentales. En todos los casos hallaríamos la misma angustiosa obsesión por Occidente y sus seducciones, la misma preocupación por proteger a los jóvenes de las conductas licenciosas que ponen en peligro la tranquilidad de los hogares, y el mismo esfuerzo por atemperar, sin alterar las exigencias del orden social y religioso, los efectos de la naturaleza en los muchachos que deben esperar meses y años para poder casarse.

 

¿Matrimonio o prostitución?

 

En definitiva, ¿cuáles son las posibilidades lícitas o ilícitas de acceso a la unión sexual? El matrimonio permanente sigue siendo la solución más común para los musulmanes shiíes. Las relaciones adúlteras no son frecuentes y suelen estar perseguidas por las familias, que se sienten desestabilizadas por un intercambio de mujer no controlado ni sancionado por un contrato. Recurrir a la mujer esclava de la que se podía disponer a placer sería volver a una institución abolida. La prostitución clásica, prohibida oficialmente en el Irán actual, todavía existe de forma aleatoria, pero suscita mala conciencia moral y temor por la salud pública. En la República Islámica de Irán no hay muchas posibilidades de que una institución tan alejada del ideal de pureza como las casas de citas pueda ser legalizada. Lo único que queda es el matrimonio temporal, cuya fórmula, muy flexible, permite teóricamente un «acceso simplificado» a las mujeres.

 

El amor venal se regula de forma distinta en cada sociedad, de acuerdo con los valores morales, las condiciones higiénicas y las del mercado. Tanto en un contexto cristiano como musulmán, la moral oficial desprecia la prostitución pero la tolera, y a veces es organizada por la sociedad civil para responder a una necesidad y evitar males mayores.

 

Al Islam le repugna la idea de una sucesión de uniones sexuales con distintos acompañantes para la misma mujer, cuyo hijo podría ser de padre desconocido. En cambio, le parece normal que un hombre, si tiene medios, encuentre un número ilimitado de mujeres dispuestas a aplacar sus pasiones. Sin embargo, la prostitución está atestiguada en la mayoría de los países musulmanes. En Irán ya existía en la época safaví, cuando se impuso el shiísmo: según la descripción detallada de sus costumbres realizada por el caballero Chardin, las cortesanas de Isfahan, en 1666, cobraban caros sus encantos a los hombres que las llamaban para que bailaran en sus fiestas y luego se acostaran con ellos en algún cuchitril. Según Chardin, por aquel entonces en la capital del reino había 14.000 prostitutas registradas oficialmente.

 

Aunque esta abominable profesión está muy extendida, no hay ningún país, creo yo, donde las mujeres se vendan tan caro —comenta Chardin—; porque, durante los primeros años de su vida disoluta, no se puede gozar de ellas por menos de quince o veinte doblones, lo cual es incomprensible, si se tiene en cuenta que en Persia, la religión, por un lado, permite que cada cual compre muchachas esclavas, y tenga tantas concubinas como desee: lo cual debería disminuir el precio de las mujeres públicas; y que, por otro, la juventud maneja poco dinero, y se casa muy pronto. Hay que atribuir la causa a la lujuria de estos países cálidos, cuyo aguijón es más agudo que en los demás, y al arte de estas criaturas, que es una especie de embrujo. (4)

 

Al final del antiguo régimen iraní (1979) este gremio seguía prosperando en la capital del imperio shií, en el barrio reservado de Shalir‑e now («ciudad nueva»). Hoy, según dicen, sale de nuevo a la superficie sobre un fondo de miseria, pero de forma dispersa y sin control. Esta es la prueba de que la institución shií del matrimonio de placer no suprime el mercado del oficio más antiguo del mundo.

 

Sin embargo, el matrimonio temporal se le parece mucho, y se puede decir sin exagerar que le hace una competencia fácil en lugares que se consideran «sagrados». En ellos el amor libre corre a cargo de mujeres que se alquilan a los buenos musulmanes, dando a su comercio un carácter de lo más convencional y religiosamente lícito, pues lo ejercen en santuarios (para la captación), vestidas con chador negro, a cambio de dinero y de forma continuada. Esto último parece difícil de justificar en un contexto islámico, en el que la ley impone un estricto plazo de viudez entre cada unión. Pero sería olvidar las excepciones fáciles que se pueden hacer para anular los efectos del plazo de prueba: además de las exenciones de los juristas laxistas antes citadas, cuando no hay riesgo de concepción, un ardid legal corriente (hila‑ye shar’i) consiste en contraer con la misma persona un matrimonio provisional muy breve inmediatamente después del que acaba de expirar, y no consumarlo: el segundo matrimonio anula el plazo de viudez del primero, y como no tiene consecuencias no implica ninguna «puesta a prueba». De esta manera las mujeres pueden contraer matrimonios provisionales en serie... (ardid ya señalado por el orientalista Edward Browne en Kirman en 1888). (5)

 

Matrimonio... blanco

 

Ya he señalado la posibilidad de contraer matrimonio con cláusula de no consumación. En realidad se trata de la fórmula frecuente de matrimonio de placer. (No me refiero a una falsa unión con el fin de tontear y divertirse sexualmente sin copulación, que también se practica y a veces es una fórmula recomendada por los mollahs, legitimada por el matrimonio temporal.) (6) La ventaja secundaria que se busca con este matrimonio blanco es aprovechar el vínculo de parentesco creado automáticamente por un contrato de matrimonio para poder tratar con los allegados de la «esposa» de varias horas sin obligarles a respetar las reglas restrictivas del velo y la distancia: todos ellos y ellas se consideran emparentados por los lazos familiares (mahram), y por lo tanto pueden tener un trato mutuo sin problemas. Esta cosí timbre, que en persa se denomina siqa‑ye mahramiyat, sólo les parece una comedia a los que desconocen los dilemas planteados por una escrupulosa separación de sexos en los medios musulmanes tradicionales y los problemas cotidianos de promiscuidad, pobreza o simplemente vecindad. (7)

 

Otra razón para celebrar este falso matrimonio provisional, en círculos muy religiosos, es permitir que los jóvenes destinados al matrimonio puedan verse con más libertad durante unas horas o unos días, descubriendo sólo la cara; a continuación empiezan las negociaciones entre las familias para el verdadero matrimonio, que será permanente. En algunos casos —el ayatollah Motabhari recomienda esta fórmula a los jóvenes que desean pelar la pava—, los novios descubren el cuerpo del otro en una especie de matrimonio «de ensayo» (ezdevaj‑e azmayeshi), procurando no llegar a la desfloración, que devaluaría este otro descubrimiento reservado a la etapa siguiente, el matrimonio permanente... (8)

 

¿Una revancha de las mujeres?

 

Vemos, pues, que en esta sociedad completamente dominada por los hombres, una ley como la del matrimonio de placer puede tener aspectos prácticos que responden a razones de comodidad y oportunidad social, al margen del disfrute exclusivo y egoísta del hombre.

 

Más aún, en la notable investigación de Shahla Haeri descubrimos situaciones que invierten muchos de los estereotipos sobre la sexualidad propios de la sociedad islámica: las mujeres que practican el matrimonio temporal no son objetos o mercancías pasivas, y menos aún compañeras puramente venales. Mahvash, una de las informadoras de la etnóloga, le confiesa que, en vez de tener un marido permanente, busca el placer en los hombres que encuentra junto al santuario de Qom, y no desmiente su reputación de siqa‑ru, es decir, «profesional». Lo único que siente es que esta reputación le cierre las puertas de la «gente decente». Es ella, como la de la historia casi mítica con la que he empezado este capítulo, la que elige a sus acompañantes. Para Foruq, ingenua y satisfecha, que se casó por amor con un rico comerciante piadoso (un hayyi) sin saber que ya tenía una familia en otro lugar, el matrimonio, provisional o definitivo, no importaba: sencillamente comprobaba que era en su casa donde su amante hacía diariamente las abluciones posteriores al coito, y por tanto le reservaba a ella lo mejor de sí mismo... Fati, por su parte, confiesa que pese a las desgraciadas circunstancias que hicieron de ella una siqa profesional, siente placer con los hombres que se le entregan con ardor, pues han pagado por un tiempo limitado y quieren aprovecharlo al máximo, a diferencia de lo que hacen con sus esposas que siempre tienen a mano, y de las que están cansados.


Aparte de estos casos en los que el deseo de las mujeres, entrevistadas por una compatriota que ha sabido recoger sus confidencias, ha podido expresarse en vez de disiparse en el silencio engañoso de la segregación sexual, hay que citar a las mujeres piadosas para quienes el matrimonio provisional es el cumplimiento de un deseo, y que buscan en los santuarios shiíes a los sayyed más guapos para proponerles, pagándoles, que pasen una noche con ellas o con sus hijas. Es posible que se trate de una forma de masoquismo latente sublimado en sueño de unión con hombres de carisma profético, algo así como las hijas de Israel, que soñaban con entregarse a un descendiente de David para obtener una descendencia gloriosa. Se admitirá que este tipo de proposiciones eróticas, en un lugar sagrado, no evocan los tristes lupanares donde el amor se resuelve en unos lances rápidos e inmorales, sino más bien alguna costumbre antigua de copulación sagrada. Evidentemente, es posible que los mollahs se aprovechen de la situación allí donde se les presenta, e incluso se puede pensar que a veces son ellos los que inspiran esas ideas.

 

Relaciones entre los sexos

 

Comparada con la doctrina cristiana del vínculo conyugal indisoluble, el Islam no conoce un verdadero matrimonio definitivo y autoriza el repudio puro y simple de la esposa, sin más miramientos. Algunas prácticas sunníes, so capa de un matrimonio permanente en el que los contrayentes fijan de antemano la fecha del divorcio, corresponden, salvo ciertas disposiciones, al matrimonio provisional de los shiíes. (9)

 

Pese al carácter meramente contractual de este matrimonio y la facilidad con que el Legislador celestial permite que el musulmán se libre de su esposa o tome una nueva (hasta cuatro a la vez, sin contar las esclavas o las esposas temporales), las sociedades musulmanas están menos apegadas que las nuestras a una forma familiar monógama y a una unión matrimonial permanente con fidelidad recíproca de los esposos. La inestabilidad de las parejas perjudica las alianzas entre familias, que son la base del tejido social. Los peores desórdenes llegan cuando se violenta la preferencia monógama de la familia de la esposa, que siempre tratará de asegurar una posición más fuerte a la progenitura de su clan. Hoy, salvo algunas excepciones alentadas por el clero (en el caso de las viudas de guerra a las que no se quiere dejar solas, pero también debido a la lubricidad de ciertos mollahs, cuyo ejemplo aparece denunciado con frecuencia en la cultura popular), el modelo de la familia iraní se parece mucho al de una familia provinciana francesa antes de la explosión urbana e industrial de los años cincuenta. La vida en la ciudad, con los inconvenientes de falta de espacio en las viviendas, limita también las prolongaciones familiares más allá de la familia nuclear monógama clásica.

 

A pesar de las dificultades económicas con que se enfrentan los padres de familia numerosa en los países musulmanes actuales, y las limitaciones casi espontáneas en las familias urbanizadas al aumento de su progenitura, la procreación sigue siendo uno de los fines fundamentales del matrimonio. Una pareja sin hijos es una anomalía, probablemente víctima de una maldición divina. «Los hijos son el poder económico y defensivo» de la familia; el nacimiento del primero, tras el matrimonio, es esperado con impaciencia, y su retraso se vive como una tortura. La esterilidad suele ser causa inmediata de repudio de la mujer, humillación y descenso de posición social. Por último, los hijos son la garantía de un hogar estable, del lugar eminente que ocupe su madre y de que una segunda esposa no la pueda destronar. (10)

 

Esto explica también el carácter marginal del matrimonio provisional entre los shiíes, práctica lícita y al alcance de cualquiera: como esta clase de unión no se propone la procreación, sólo puede satisfacer una pulsión sexual. El matrimonio provisional, en el que el hombre tiene reconocido el derecho, incluso sin acuerdo de su compañera, a practicar el coitus interruptus para librarse de las diligencias de una madre en demanda de pensiones y subsidios, y que puede incluir una cláusula de contracepción estricta (cuando el hombre o la mujer quieren que el matrimonio sea estéril), no resulta nada atractivo para una mujer joven en edad de procrear en una sociedad islámica como las que conocemos hoy.

 

Estamos ante dos tipos muy distintos de unión sexual. En el primero, que es la norma, todas las fantasías lúbricas se apagan con la lámpara de cabecera del lecho conyugal, según las investigaciones publicadas y analizadas por Paul Vieille:

 

No se desnudan para hacer el amor, los cuerpos permanecen tapados; el desnudo puede causar la frigidez masculina [...] la caricia es prácticamente desconocida; el acto sexual empieza con la penetración y termina con la eyaculación, de modo que el hombre y la mujer sólo se juntan en el coito. La sexualidad está aislada físicamente del conjunto del cuerpo y temporalmente de la vida cotidiana. También está aislada intelectualmente del nosotros conyugal: entre los esposos no hay ninguna comunicación relativa al placer, no sólo durante el acto sexual, sino incluso fuera de él. Es inconcebible que la mujer dé muestras de placer ante el hombre, pero también que las dé el hombre ante su mujer. (11)
 

La otra unión, la que se escapa hacia las delicias paradisíacas y es bendecida por los mollahs con sus fórmulas jurídicas, se burla del matrimonio, de los hijos y de los derechos de la mujer. Tiene aspectos que ofenden el sentido común y rebajan a la compañera a una condición claramente inferior, la de una persona que alquila parte de sí misma para el disfrute de otro.

 

Dejemos que diga la última palabra un clérigo iraní que se había quitado provisionalmente el turbante y la túnica de mollah para visitar a unos parientes en Francia y en Suecia: al ver cómo los jóvenes de ambos sexos convivían pacíficamente y sin escándalo, y a veces incluso tenían hijos felices en sus «hogares», cayó en la cuenta de que el matrimonio de placer de los shiíes, que hace correr mucha tinta porque se practica en una sociedad tradicional, no es otra cosa —pero con un nombre menos feo— que el «concubinato», registrado como tal en el ayuntamiento, entre esos jóvenes que por distintos motivos han optado por no legalizar su situación de un modo muy apremiante...

 


Notas

 

1. M. MUTAMAPI, The Rights of Women in Islam, WORS, Teberán, 198 1, pp. 25‑57; W. ENDE, «Ehe auf Zeit... », art. cit.


2. S. H. NASR, Islam, perspectives et réalités, Buchet‑Castel, París, 1975, pp. 137ss.
 

3. 'A. TABÁTABÁI Y S. H. NASR, «Appendix 11. Mut'ah or Temporary Marriage», en Shi'ite Islam, George Allen & Unwin, Londres, 1975, p. 228.
 

4. Voyages du chevalier Chardin en Perse et autres lieux de 1'Orient, Nueva edición a cargo de L. Langlés, Le Norinant, París, 18 11, vol. 2, pp. 208 ss. Sobre la prostitución en Irán en la época moderna, ver las referencias de W FLOOR, «Algunas notas sobre la mut'a», ZDMG, 138, 2 (1988), pp. 325‑331 y, sobre todo, Jacob E. POLAK, «Die Prostitution in Persien», Wieber Medizinische Wochenschrigt, 11 (186 l), n' 32, 35 y 39.
 

5. Véase E. G. BROWNF, A Year Amongst the Persians (reimpresión), Adain & Charles Black, Londres, 1970, p. 506.
 

6. HAERi, The Law ofDesire, pp. 98 ss.; Ende, «Ehe alif Zeit... », p. 33.
 

7. HAERI, The Law ofDesire, pp. 89 ss.
 

8. HAERI, The Law of Desire, pp. 97 SS.; MUTA14HARI, The Rights of Women, p.31.
 

9. Véase D. VON DENFFER, «Mut'a ‑ Ehe oder Prostitution? Ein Beitrag zur Untersuchung einer Institution des Schi'itischen Islani», ZDMG, 128 (1978), p. 305.
 

10. VIEILLE, Lafflodalité et l'État, pp. 90, 130 ss.
 

11. VIEILLE, Laféodalité et VÉtat, p. 143.



* De El Islam shií, ed. Bellaterra, págs. 196-208

 

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