Número 153  //  21 de diciembre de 2001  //  6 Shawal 1422 A.H.

 PENSAMIENTO

Jutba de los conversos sobre el Id Al Fitr

Por Hashim Ibrahim Cabrera


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Assalamu aleikun:

El ayuno de Ramadán termina una vez más, dejándonos esos regalos sutiles que son las semillas que irán brotando y creciendo durante el año. La privación de aquello que constituye nuestro alimento, aquello que nos señala nuestra condición de seres dependientes, también nos ha recordado que toda nuestra vida en este mundo no es sino un ayuno aún mayor.

Venir a la existencia no es sino vivir una experiencia de olvido profundo, experimentar y sufrir la necesidad vital de recordar la Realidad. El Ramadán es un ayuno dentro de un ayuno, porque nuestras vidas discurren en la privación. Estamos aquí vivos y parlantes pero no podemos ver a Allah, no podemos saciarnos constantemente de Él.

El fin de nuestro ayuno es como una señal del final de nuestras vidas. Ya no habremos de privarnos más. Encontramos nuestro alimento y nos fundimos con Él. Hemos vivido la distancia con aquello que amamos y necesitamos y con ello hemos recordado el valor de las cosas, la tensión necesaria que las hace posibles.

Ahora nos hallamos purificados, limpios y deseosos, viviendo estos últimos instantes llenos de sentimientos, ideas y proyectos.

Sentimos alegría por haber podido cruzar felizmente el tiempo del ayuno, y la recompensa por haber hecho este esfuerzo tan lleno de bendiciones.

Somos devueltos al mundo de la costumbre y del deseo, pero volvemos más capaces, más abiertos y con una sensibilidad más afinada.

Recobramos la vida cotidiana y recobramos el mundo para habitarlo de nuevo. Miramos a nuestro alrededor y vemos todos los rostros posibles de la vida. Alhamdulilah.

Pero también sentimos este momento como un tiempo especialmente duro para los musulmanes de todo el mundo. Vemos cómo continúa esa campaña de ataque y desprestigio contra el islam, una campaña que nos afecta en tanto que musulmanes y en tanto que gentes de paz que nos posicionamos claramente en contra de la destrucción gratuita, del genocidio y de la barbarie. Estamos viviendo una edad teñida de humo, de crisis medioambiental, económica y espiritual, pero sabemos que las circunstancias difíciles son bastante habituales en la historia de los seres humanos.

Nos estamos dando cuenta de lo inservibles que resultan las doctrinas. Estamos viendo cómo en nombre de Dios se cometen atrocidades sin sentido y volvemos a preguntarnos sobre eso que se ha dado en llamar experiencia religiosa.

Tras el ayuno, regresamos a un mundo lleno de expresiones de profunda barbarie que nos están haciendo reflexionar sobre la necesidad apremiante que tenemos de despertar a la Realidad, de vivir una experiencia espiritual.

Cada vez sentimos con más claridad que no es la religión instituida y codificada la que nos va a permitir realizarnos como individuos o como humanidad. No son las interpretaciones las que nos acercan porque toda doctrina lleva en sí misma el germen de la exclusión, porque las doctrinas pretenden alcanzar un valor de universalidad y de objetividad frente a la experiencia siempre abierta de lo real, frente a la realidad cambiante del yo y de sus ideas. Las doctrinas religiosas tratan siempre de acomodar y reconducir las necesidades espirituales de los seres humanos a los intereses del poder y de la historia, tratando de conformar a un ser humano dócil y fácilmente manipulable.

Por momentos, nos resulta difícil entender la rigidez espiritual y moral de ciertos musulmanes. Intuimos las causas profundamente humanas de dichas actitudes y no por ello las justificamos. No entendemos bien cómo puede llegarse a estados de cerrazón mental y definiciones como las que estamos viendo en muchos países de mayoría musulmana, a no ser que admitamos la profunda herida que, en nombre de la globalización, se está inflingiendo a todas las culturas y pueblos de la tierra.

Nosotros no somos árabes pero recitamos el Corán en árabe y nos llamamos con nombres árabes: Ibrahim, Saleh o Muhámmad. Tal vez por eso algunos conciudadanos nos sienten como extraños y nos perciben distintos, nos alienan de sí mismos.

Algunos pueden entender nuestra conversión como consecuencia de una actitud crítica radical hacia la forma de vida occidental, otros consideran que hemos sufrido una especie de regresión mental y existencial hacia una forma de vida que aparece definida como anacrónica, medieval e incompatible no sólo con la contemporaneidad sino con los valores establecidos por la modernidad, con ese repertorio de imágenes e ideas que ocupan nuestra atención y virtualizan casi sin remisión nuestra vida cotidiana.

Extraño es sinónimo de extranjero y así los conversos aparecemos como exiliados de nuestra cultura en nuestra propia tierra. Estamos, en cierta manera, prisioneros de la imaginación de nuestros conciudadanos, pero esa imagen de alineación y exclusión es tan sólo una faceta de los musulmanes y musulmanas que vivimos, no en el pasado ni en el futuro, sino en un tiempo vivo regido por los ritmos de las lunaciones, de las estaciones y de la luz, en un tiempo lleno de signos, pleno de sentido.

Algunos de esos mismos conciudadanos sospechan de nosotros porque nos consideran súbditos de algún país que sólo existe en las mil y una noches de su imaginario. Sonríen de forma condescendiente cuando se refieren a nuestra conversión, sugiriendo veladamente su comprensión hacia las debilidades de la carne. Otros, nos consideran enemigos en su imaginaria cruzada contemporánea.

Laicos y fundamentalistas cristianos se sienten hoy defensores de una forma de vida que les garantiza su supervivencia ideológica aunque no resuelva sus contradicciones. Porque no quieren resolver sus contradicciones sino tan sólo mantener un estatus, una autodefinición necesaria para el mantenimiento de la razón y de la ideología.

Esa misma necesidad de mantener la ideología hace que los representantes de la sociedad posmoderna se pongan de acuerdo para definirnos como enemigos. Ahí están de acuerdo el judeocristianismo y la laicidad.

Al igual que el laico, el católico fundamentalista trata hoy de preservar su ideología, no su creencia, porque ha sido la ideología, la doctrina, la que ha mantenido sus privilegios sociales y económicos. La creencia, en todo caso, no les sirve de nada porque no pretenden establecer una sociedad cristiana, inspirada en los valores evangélicos, sino un rebaño dúctil. De igual manera los herederos de una Ilustración que no consiguió establecer una sociedad justa e igualitaria, necesitan más que nunca apuntalar una ideología, unos valores y una Ética porque la quiebra de la razón moderna y de las utopías es ya un hecho constatable en todos los ámbitos, no sólo en el terreno de la filosofía. Existe hoy una gran necesidad de conocer, de descubrir, de proponer, porque las formas de vida que hemos ido conociendo se han ido desmoronando una tras otra.

Y es a ese mundo en plena transformación adonde regresamos. Termina nuestro ayuno y volvemos a un mundo que nos pregunta, que quiere saber de nosotros y de nuestro camino. Nuestros conciudadanos sienten curiosidad por unas personas que, siendo como ellos y habiendo recibido una misma información, pasan un mes sin comer ni beber, que creen en Dios aunque no tengan imágenes ni curas, y que tratan de vivir sus vidas cotidianas de acuerdo a unos valores. Que rezan sin que nadie les obligue y que no necesitan contarle su intimidad a nadie más que a Dios.

Nuestra conversión y nuestra andadura por el camino del islam, adquieren su sentido más pleno precisamente porque vivimos en esa sociedad y humanidad en profunda crisis. Nuestra misión es el Dawa, la transmisión del mensaje, pero no como doctrina o como ideología, sino como ejemplo vivo y cotidiano, como iluminación y clarificación de las conciencias.

Si el fin de la religión es la unión con Dios. ¿Para qué necesitamos la doctrina o la ideología? Nos basta con un movimiento de nuestra interioridad, con un movimiento voluntario y consciente de nuestros corazones para realizar efectivamente nuestros mayores anhelos de trascendencia, para expresar lo divino que hay en nosotros y en toda la creación.

Precisamente, la humanidad está harta de razones, de justificaciones, de ideologías y de doctrinas. Los seres humanos necesitamos más que nunca recuperar el sentido y el sentir, vivir una experiencia espiritual. Pero para lograrlo no podemos reducir la espiritualidad a la religión, a un rito vacío de contenido.

Nosotros, los conversos conocemos bien ese vacío que embarga hoy a tantos conciudadanos, porque lo hemos padecido y sabemos de su futilidad.

Nosotros hemos sido agraciados con la dirección y la guía. Allah ha querido regalarnos Su Revelación e introducirnos en la Ummah de Muhámamad, la paz sea con él. Nuestras vidas han cambiado y nuestros corazones son hoy más capaces de amar, y todo eso está ocurriendo en medio de una forma de vivir que transita por un callejón sin salida, en el seno de una sociedad que camina a su disolución. En este mundo, una sonrisa puede transmitir mejor el mensaje que todos los sermones que podamos imaginar. 

Son nuestras actitudes vitales las que pueden resultar liberadoras y ese es nuestro Dawa. Pedimos sinceramente a Allah que nos haga más conscientes de Él, que nos agracie con Su Recuerdo, que llene de sentido nuestra vidas y que no nos deje a solas con nuestro demonios. Amin.


2.

Dentro de la dificultad, Allah nos lo pone fácil. Nos señala con claridad el propósito de nuestra existencia como musulmanes en medio de una humanidad sin referencias.

Nuestro trabajo es un trabajo sobre nosotros mismos, sobre nuestra interioridad. Nuestra misión consiste, nada más y nada menos, que en vivir como musulmanes, es decir, en vivir sometiéndonos a la Realidad. Eso implica una purificación constante de nuestros nafs, porque les obliga a abrirse a los demás, a sus necesidades, a sus tendencias.

Cuando somos capaces de dar preferencia a la Realidad sobre nosotros mismos, comenzamos a vivir de verdad, más allá de las descripciones. ¿Para qué necesitamos entonces la religión? Cuando vamos felices al ayuno y al salat, cuando encontramos a Allah en aquello que nos acontece. ¿Dónde está la doctrina? ¿Para qué nos sirve?

Hemos de ser capaces de lo más difícil, de asumir la sencillez, la unicidad, de vivir la humildad real de nuestros corazones, la precariedad absoluta de nuestros cuerpos, la vaciedad completa de nuestras almas. Nuestra decisión es hacia la Verdad, hacia el reconocimiento de la nada que somos. Desde ahí, desde ese reconocimiento, sí que podemos cumplir nuestra misión, transmitir el mensaje, articular el discurso irrepetible del Tawhid, siendo testigos de la realidad y, por lo tanto, extintos en ella.

El ayuno nos ha ayudado a recobrar nuestro sentir del mundo. Ha aguzado nuestras percepciones y ha refinado nuestros pensamientos. Nos ha servido para poder valorar en un sentido más cierto nuestras vidas, para poder recuperar el placer y el contento de ánimo. Allah nos ha hecho ayunar como si fuésemos niños que necesitáramos reaprender a ser, a vivir, y nos agracia con su luz de la mejor manera posible. Nos regala hoy la Belleza más allá de las formas y nos deja sumidos en esa antigua nostalgia de la que sólo nos librará nuestro encuentro con Él, Insha Allah.


Du'a

Allahumma:

Te damos las gracias por haber creado la Vida y la Belleza y por habernos hecho posible la existencia, la conciencia y el recuerdo.

Líbranos de las doctrinas y de las ideologías. Líbranos de las cadenas de nuestra mente. Aniquila nuestra razón en Tu Presencia.

Concédenos la Ciencia del Tawhid.

Haznos capaces de comprender nuestras visiones.

Que nuestros pensamientos tengan sentido y que no se conviertan en ídolos que nos engañen y sometan.

Y que nuestra lengua vibre junto con nuestro corazón y que no se contradigan.

Acepta nuestros salats y nuestro ayuno.

Y Te pedimos que este Ramadán que ahora termina nos traiga a todos nosotros, a nuestras familias, amigos y a todos los seres que conocemos, un año de grandes conocimientos internos y facilidad en lo externo.

Te pedimos que acortes la distancia mental que nos separa de Ti, que nos hagas darnos cuenta de lo cerca que estás de nosotros, que nos procures la compañía de quienes viven sometiéndose a Ti y que nuestra conciencia se incremente con Tu Recuerdo. Amín.

 

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