Número 149  //  23 de noviembre de 2001  //  8 Ramadan 1422 A.H.

 AL ANDALUS

Ibn Al Arif de Almería

Por Abd Fatah Checa

 

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Hace nueve siglos, vino al mundo uno de los más grandes Maestros sufíes, que dio Al-Andalus. En aquella época la ciudad de Almería era uno de los principales focos de sufismo Andalusí.

La formación de ese clima espiritual donde había de nacer Ibn Al-Arif empezó mucho antes, cuando en los últimos tiempos del califato, los discípulos (sufíes) cordobeses de la escuela de Ibn Masarra buscaron refugio en la provincia de Almería, como lo había buscado Ibn Hazm, el famoso autor de “El collar de la Paloma”. Y establecieron una comunidad “Tariqa” en la ciudad de Pechina, que fue, en rigor, el primer núcleo de cultura de la región Almeriense en esa época. Las comunidades de Pechina representan, sin duda el punto original de enlace con cuanto iba a vincular más tarde la espiritualidad de Ibn Al-Arif con el conocimiento de los masarries.

Pero ya antes estas tierras de Almería, habían sido recorridas por un sufí de intensa proyección popular como fue Mohamed Ibn´Isa de Elvira, que postulaba por las calles y plazas el conocimiento de la Unidad esencial (Tawhid).

El propio Ibn Arabi (de Murcia) recuerda en el Fotuhat que según testimonio de Al-Gazzal, había entre los discípulos que acudían a las clases del Maestro Ibn Al-Arif un hombre particularmente secreto y silencioso, tanto, que inspiraba temor reverencial, intrigado Al-Gazzal, lo siguió, al termino de una lección, por las callejas nocturnas de la ciudad y pudo ver con sus propios ojos cómo un Mala´ika descendía del aire y le daba un pan por alimento.

Este hombre singular figura indiscutible del sufismo Andalusi fundador de una escuela o vía (Tariqa), hombre eminente y emocionante, metafísico profundo, poeta inspirado, maestro universal de conciencias inquietas, autor del Mahasin Al-Majalis el libro de las “Etapas” del viaje interior” o “vuelo” de una criatura a través del Tasawwuf.

Nació en Almería el 2 yumada I del 481(1088). Su nombre completo es Abu-l-Abbas Ahmad, Ibn Muhammad, ibn Musa, Ibn Ata Al-lâh, Ibn Al-Arif, o Al-Urruf.

Su padre Muhammad, era originario de Tanger, y formaba parte de la guarnición de la alcazaba de Almería durante el periodo en que esta ciudad fue capital de uno de los reinos de taifas, bajo el dominio de la familia de Ma´b Sumadih, que duró desde el año 433 (1041) hasta el 484 (1091).

Las penurias económicas forzaron al padre a dedicar a su hijo a un oficio manual, poniéndolo, ya desde muy pequeño, a servir de aprendiz en casa de un tejedor, para que le enseñase este oficio: pero al niño no le gustaba otro trabajo que no fuese el estudio del Alcorán y el trato continuo con los libros. A fuerza de prohibiciones y amenazas, el padre estuvo a punto de malograr las felices disposiciones que el  joven Ibn Al-Arif mostraba para el estudio, pero con el tiempo el padre, termino cediendo y al fin lo abandonó libremente a sus gustos, y el joven acabo por ser un sabio incomparable. El padre algunos años después, reconocía su error, y a los admiradores de su hijo acostumbraba a decirles, después de referir los primeros pasos de su carrera: “Más atinado era su juicio que el mío. En verdad que yo no pensaba entonces cuánto me había de honrar mi hijo”.

En Almería, hizo Ibn Al-Arif sus estudios de Corán y tradiciones proféticas, bajo la dirección de acreditados maestros. El libro de Sa´id de Bagdad, titulado “Las piedras preciosas, fue el texto en que formó su gusto literario y su erudición filológica. Este libro fue redactado por su autor para Almanzor, en cuya corte vivió colmado de honores, es una crestomatia de textos clásicos, en prosa y versos, comentados gramatical y literariamente, a imitación del Kitab Al-Nawadir de Abu Ali Al-qali. Muy pronto pudo Ibn Al-arif dedicarse como maestro a la enseñanza de estas mismas disciplinas literarias, así en Almería, como en Zaragoza y Valencia, donde, además, ejerció algún tiempo el cargo de almotacén. Su habilidad caligráfica es también altamente ponderada por sus biógrafos.

Pero no fueron estas dotes artísticas, ni tampoco su cultura en las ciencias profanas, la base de su fama. Jurisconsulto, sagaz critico de la autenticidad de los hadices, lector alcoránico famoso, poeta inspirado, pero sobre todo esto destaca el conocimiento de la vía sufí (Tasawwuf).

Desgraciadamente no conocemos los nombres de sus maestros en el sufismo. Sus biógrafos, alfaquíes principalmente, se preocuparon tan sólo de documentarnos acerca de su formación en las disciplinas que a ellos más les interesaban, dejando en la penumbra lo que atañe al conocimiento intimo y espiritual de Ibn Al-Arif, y las fuentes en las que se inspiró. Aunque si consignan que fue el iniciador de una vía sufí (Tariqa), la cual logró pronto atraer gran numero de seguidores, que de varios lugares de Al-Andalus concurrían a Almería para ponerse bajo la dirección del maestro (shaij).

No puede asegurarse que a este grupo de discípulos personales perteneciesen dos sufíes que al igual que Ibn Al-Arif, fueron perseguidos por mantener las mismas ideas y pensamientos, corriendo la misma suerte que Ibn Al-Arif.

Estos sufíes residían uno en Granada y su nombre era Abu Bakr Muhammad Ibn Al-Hasaym el Mallorquín así apellidado por ser oriundo de la isla de Mallorca. Este era jurista de la escuela zahiri, había residido en Meka y Alejandría, varios años para ampliar allí sus estudios.

El otro de nombre Abu-I-Hakam Ibn Barrayan, residía en Sevilla. Se dice que era oriundo del norte de Africa, entre las varias obras que escribió, señalan sus biógrafos como más dignas de nota un comentario de los nombres de Al-lâh y un comentario de Alcorán que dejó inacabado, pero del cual se conserva hoy un ejemplar manuscrito.

La gran cantidad de discípulos que tenia Ibn Al-Arif y el afecto que  le procesaban al maestro (shaij), despertó el temor del emir Ali Yusuf Ibn Tasufin y la envidia del qadi de Almería Ibn Al-Aswad, que denuncio oficialmente a Ibn Al-Arif.

El relato de la prisión y conducción de Ibn Al-Arif ha sido conservado por sus biógrafos con bastantes por menores. El gobernador de Almería cumpliendo las órdenes del sultán, metió a Ibn Al-Arif en un barco que salió en dirección a Ceuta; Pero el qadi Ibn Al-Aswad insinuó al gobernador la conveniencia de que el reo no fuese suelto, sino con cadenas en los pies. Envió, sin tardar el gobernador un ministro suyo para que alcanzase al barco en alta mar y encadenase a Ibn Al-Arif sorprendido éste con la medida empleada, y lleno de dolor por lo ocurrido, se limito a clamar “ Que Al-lâh le amedrente, como él nos amedrenta”.Añaden los biógrafos, que de regreso al puerto de Almería, el mensajero del gobernador  fue capturado por un barco enemigo y hecho cautivo. Al arribar a Ceuta Ibn Al-Arif, presentóse en el puerto un enviado del sultán, trayendo de parte de éste órdenes taxativas para ponerlo en libertad. Ibn Al-Arif al verse libre de los grillos que le encadenaban, comprendió que el sultán, no quería hacerse cómplice de la injusticia violenta con que se le trataba. Las autoridades de Almería habíanse excedido, sin duda, y su indiscreto celo, inspirado en el odio a Ibn Al-Arif, había disgustado al sultán, informado mejor de su sabiduría y virtudes que le adornaban. Se dice que Ibn Al-Arif es clamo “Yo no quería que el sultán me conociese, pero puesto que ya me conoce, es fuerza que yo lo vea”. Y seguidamente se puso en camino para la corte de Marrakus, siendo recibido honoríficamente por el sultán, que le colmó de muestras de veneración y respeto. El sultán al preguntarle si deseaba alguna cosa Ibn Al-Arif respondio, “No deseo otra cosa sino que me dejes en libertad de marchar donde yo quiera”. El sultán apresuróse a concederle la libertad que deseaba; pero parece que ya le fue del todo inútil, porque a los pocos días enfermó y murió sin salir de Marrakus. Se dieron dos explicaciones a su fallecimiento; para uno, fue debido a muerte natural, mientras otros lo atribuyeron a envenenamiento.

Se dice que el qadi de Almería Ibn Al-Aswad, frustrado sus propósitos de odio contra Ibn Al-Arif por la benévola acogida que el sultán le había dispensado, se la ingenió para introducirle en la comida una berenjena envenenada, de la cual murió en Marrakus. Uno de sus más íntimos discípulo, Abu Abd   Al-lâh Al-Gazzal de Almería, daba como más exacta la explicación de muerte natural, de su sheij y localizaba el hecho en Ceuta mismo, antes de ser conducido a  Marrakus.

La fama de sabiduría y de gran maestro (sheij) y las circunstancias misteriosas de su muerte produjeron tan honda impresión en el animo del sultán, que a raíz ya del entierro de Ibn Al-Arif, cuando vio el publico duelo de la población, que en extraordinaria muchedumbre quiso acompañar al fúnebre cortejo, se arrepintió de haber dado oídos a las denuncias del qadi de Almería contra Ibn Al-Arif, y sospechando de el, ordeno se hiciesen averiguaciones acerca del hecho y de sus causas. Todas las informaciones coincidieron en atribuir la persecución de Ibn Al-Arif a la envidia y mala voluntad del qadi de Almería, que inventó la denuncia con el solo objeto de lograr así su expatriación y muerte, y que al ver frustrados sus propósitos, lo envenenó. El sultán entonces juro que había de aplicar a Ibn Al-Aswad la pena del talión, y en efecto, dio las órdenes oportunas para que cargado de cadenas, fuese desterrado muriendo envenenado, de igual manera que él lo había hecho con Ibn Al-Arif.

Ibn Al-Arif fue sepultado cerca de la mezquita mayor antigua, que está en el centro de Marrakus, en el jardín (rawda) del qadi Musa Ibn Hamah el Sinhayi – Ibn Baskuwal. La fecha exacta de su muerte, que acaeció en la noche víspera del viernes 23 de Safar del 536, o sea 27 de Septiembre del 1.141, teniendo por tanto la edad de cincuenta y tres años.

El siempre recomendó a sus discípulos un estudio de todas las Ibadas del Islam, y una meditación profunda porque es el inicio del conocimiento de la unidad. Como expresó en su obra, Mahasin Al-Majalis “Oísteis por ventura hablar de un amor tan ardiente, que hace enfermar el corazón sano hasta el extremo de sentirse favorecido con el castigo y castigado con el favor"

Ibn ´Arabi dijo de él “Nuestro maestro (sheij), Abu-I-Abbas Ibn Al-Arif Al-Sinhayi, el príncipe en estas materias decía:

Al-lâh no se ve, como con los ojos, más  que cuando las fórmulas se desvanecen.

 

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