Número 149  //  23 de noviembre de 2001  //  8 Ramadan 1422 A.H.

 CONCIENCIA

¿Eres la persona con quien hablo?

Por Robert Ornstein

 
Así, en cada momento un fin nuevo se presenta al corazón. No brota de él, sino de su circunstancia. ¿Por qué confías entonces en los fines del corazón? ¿Por qué haces promesas sólo para cubrirte de oprobio.

Rumi

 

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Por qué prometemos de todo corazón hacer cosas que nunca hacemos, a pesar de que indudablemente esto destruye nuestras amistades? ¿Por qué hacemos muchas cosas con las que «nosotros» no estamos de acuerdo?

 

Cuando hablamos con alguien, la persona que habla con nosotros, que a lo mejor es sincera, franca y atenta, puede no estar «emplazada» más tarde, a la hora de actuar. Es posible que otra persona, estimulada por otra cosa, se haya «mentalizado» para hacer frente a la situación. Este personal de la mente, tan adaptativo en la mayoría de los casos, también nos deja a merced de influencias no deseadas. Y encima cambiamos de personalidad, sustituimos los centros de acción y juicio sin saber que lo hacemos. Los cambios inconscientes de las operaciones mentales es lo que aprovechan los vendedores y los sinvergüenzas.

 

En esta parte veremos que nuestro sistema de reciclaje nos puede hacer sensibles a las trampas de ciertos vendedores y jefecillos de ciertas sectas, y al juzgar a los demás. Nuestras mentes cambian de manera drástica debido a esta influencia, a la vez consciente e inconsciente. Primero veremos que a veces no nos damos cuenta de lo que nos sucede y, a continuación, veremos que en otras ocasiones somos más conscientes de lo que creemos. Así es el sistema en transformación constante que hay en nuestro interior. Debemos admitir que la ocurrencia de Ernestine, la desagradable telefonista de Lily Tomlin («¿Eres la persona con quien hablo?»), no siempre es una broma.

 

Mente emplazada y mente desplazada

 

Usted está en su casa una tranquila tarde de domingo. Suena el timbre. Es una pareja cordial y preocupada. Trabajan por el embellecimiento del estado. Le enseñan una tarjeta de 8 x 12 cm y le piden que la pegue en alguna ventana de su casa. Dice: «California, ponte guapa». Usted la acepta y la pone en la ventana.

 

A usted no le parece importante, pero el hecho de pegar la tarjeta cambia algo en su interior, algo importante, algo que lo hace, sin que usted lo perciba, más sensible a nuevas influencias. Dos semanas después, toca el timbre otra pareja. En este caso, llevan unas insignias en que hay escrito: «No a los accidentes de tráfico» y van con un cartel de 2,40 x 1,80 m que dice «CONDUZCA CON PRECAUCIÓN» en grandes letras negras. Le piden que lo ponga en el jardín delantero de su casa a pesar de que le tapará vista de la calle y quitará luz a toda la casa.

 

Ahora bien, usted y yo estamos por afirmar que jamás instalaría el cartel. De hecho, no se ha dejado convencer casi ninguna persona no visitada por la pareja de «California, ponte guapa». Pero el sesenta por ciento de las visitadas ha instalado el cartel.

 

Tampoco yo creería que accediera nadie a tamaña imbecilidad si no fuera porque a mediados de los años sesenta colaboré con un investigador que iba de casa en casa. Naturalmente, yo no sabía quién había sido visitado anteriormente, pero mientras hacía mi ronda, quedé muy sorprendido por la facilidad con que se podía convencer a algunas personas y lo difícil que resultaba persuadir a otras.

 

Ahora sé por qué. Cuando los vecinos aceptaban pegar la tarjeta de 8 por 12, emplazaban una mente nueva e improcedente. La experiencia de pegar una tarjeta en la ventana les «mentalizaba» y les hacía pensar en todos los proyectos y programas sociales útiles y en lo que podían hacer por la sociedad. Pero cuando llegaba la otra pareja...

 

Por qué los buenos obran mal con facilidad

 

En teoría, los ciudadanos modelo cometen barrabasadas porque todos tenemos múltiples mentes con ideas distintas sobre lo «bueno» y lo «malo». Nadie es totalmente bueno ni totalmente malo. En algunas situaciones nuevas, surgen personas diferentes: hombres y mujeres simpáticos maltratan a sus hijos, un buen muchacho de clase media se convierte de la noche a la mañana en un fanático secuaz de algún «gurú». El psicópata que parecía un ciudadano ejemplar es hoy una anécdota trillada. No obstante, cualquiera podría sufrir un «cambio de mentalidad» y de yo. El reciclaje mental comprende técnicas de lavado de cerebro. Los ciudadanos estadounidenses se quedaron boquiabiertos cuando, al acabar la guerra de Corea, los prisioneros de guerra regresaron a la patria. Muchos manifestaron aversión hacia los comunistas chinos, pero hubo muchísimos elogios por algunas de las cosas que habían conseguido: «Han hecho un buen trabajo con el pueblo chino»; «El comunismo no sirve para Estados Unidos, pero es útil para Asia».

 

A diferencia de los norcoreanos, que trataron a los prisioneros estadounidenses con brutalidad, los chinos fueron amables. En lugar de concentrarse en el castigo físico, los chinos se centraron en la condición mental de los prisioneros, cambiándoles la mentalidad. En primer lugar, se les pidió que hicieran afirmaciones que no se les pudiera echar en cara: «En Estados Unidos hay pobreza»; «En un país comunista, el paro no es un problema». También se les pidió que escribieran, como si fueran colegiales, redacciones que resumieran la posición comunista en muchos puntos no relacionados con la guerra: la distribución de la riqueza, seguridad social para todos y otros temas de la misma índole. En consecuencia, escribieron, con el beneplácito de sus captores, pequeños panegíricos sobre la grandeza de Mao y la santidad de los humildes trabajadores.

 

Pagaron un precio por escribir este montón de basura. Su trabajo produjo un suave y gradual movimiento mental que luego hizo maravillas. Cuando los muchachos regresaron a casa, sus actitudes hacia el enemigo habían experimentado un cambio asombroso, a diferencia de lo manifestado por prisioneros estadounidenses en otras guerras.

 

En algunos casos, la coincidencia entre cambios mentales comunes y acontecimientos públicos excepcionales es sorprendente. A finales de los años setenta, tuve dos experiencias tan juntas que aún siguen unidas en mi mente.

 

Sabía que otro psicólogo estaba investigando los cambios de opinión de las personas, tema común entre los psicólogos sociales de aquella época. Sus ayudantes visitaban a la gente solicitando dinero para obras de caridad. A un grupo se le aleccionaba con el discurso habitual; otro grupo oía el mismo discurso, pero aquí los visitantes tenían que añadir: «Dénos aunque sea un centavo». El 20 por 100 de los que oyeron el discurso estándar hizo un donativo y la donación media fue inferior a tres dólares (eran los años setenta). Entre los que oyeron el segundo discurso, hubo un 62 por 100 de donativos. No resulta sorprendente, pues en teoría mucha gente puede dar un centavo. Tal como queda indicado por el mayor porcentaje de donantes, sin duda habría más donativos, aunque cabría esperar que de cantidades menores, teniendo en cuenta la sugerencia del centavo, de modo que el donativo medio sería inferior. Pero no fue así. El donativo medio fue superior a cinco dólares. Los convencidos por el discurso «del centavo» dieron tanto o más que los otros. ¿Por qué?

 

Cuando uno de los miembros del pelotón de simplones que componen nuestra mente se pone en el centro y se dispone a actuar, todas las pruebas indican que casi nunca sabe (ni le importa, probablemente) cómo ha llegado allí. El «calendario de los donativos» se altera con facilidad cuando a uno le piden que dé un centavo, pero una vez puesto en movimiento, el programa hace que se haga un donativo normal. Esto sucede porque nuestras mentes no siempre se comunican entre sí. Esta separación de las mentes es lo que nos hace tan frágiles, tan propensos al cambio.

 

Yo tenía presentes todas estas pruebas de la naturaleza cambiante, voluble y débil de nuestra mente cierto día de 1977 en que el alcalde de San Francisco me invitó a comer. Quería que le aconsejara sobre la forma de recaudar fondos para un grupo de feligreses de cierta parroquia que trataba de ayudar a los drogadictos del barrio más corrupto de la ciudad. Se trata de una zona antigua, bastante descuidada, cerca del centro, llena de casas viejas, con prostitutas y gente que vive en las calles. El alcalde, un político simpático y lleno de energía llamado George Moscone, moriría al año siguiente a manos del ex policía Dan White. Pero ésta es otra historia.

 

Fuimos a Bardelli, un viejo restaurante de ambiente refinado y que estaba cerca del barrio en cuestión. Éramos cuatro, todos fallecidos ya menos yo: el alcalde, un cura, yo y una cuarta persona. El clérigo elogiaba los esfuerzos del otro comensal porque conseguía que incluso los trabajadores peor pagados salieran a la calle para ayudar a menesterosos y drogadictos. «Su gente —afirmó el cura—, trabaja muchas horas ayudando a los pobres, ayudando todo lo que puede. Jim conoce el método y quisiéramos que usted, doctor, tratara de ver si podemos aplicar su forma de trabajar al resto de los voluntarios».

 

El alcalde preguntó a Jim cómo había logrado convencer a cientos de ciudadanos de ofrecerse como voluntarios y trabajar tanto, cuando cualquier otra persona sólo sería capaz de reunir a unos cuantos a la vez y solamente durante pocas horas. Jim contó que había iniciado la técnica acercándose en la calle, durante la hora de la comida, a posibles candidatos de aspecto próspero. Les pedía que ayudaran a los pobres. La mayoría pasaba de largo o rechazaba la propuesta, pero Jim había dado instrucciones a sus ayudantes para que en ese momento dijeran: «Ayúdeles durante cinco minutos enviando unos sobres desde su trabajo». Y les entregaban cinco sobres con el sello pegado y con las correspondientes cartas, más un folleto sobre otras posibles tareas.

 

Todo el mundo, anunció Jim con orgullo, hacía algo. «Y vuelven para pedir más. ¿Saben una cosa?: una vez que capto a alguien, puedo lograr que haga cualquier cosa». El cura rebosaba de alegría y el alcalde sonrió esperanzado. Yo debía estudiar si sus métodos de obtener fondos y reclutar voluntarios podían «aplicarse en general a los servicios municipales de caridad».

 

Aceplé analizarlo. Pasé algún tiempo conversando con Jim, observando y entrevistando a sus colaboradores. Sin embargo, después de una semana de trabajar con Jim y de observar lo que sucedía en el centro de la iglesia, no estaba convencido de que él fuera la persona indicada para aquella misión, a pesar de sus buenos resultados. Sus métodos me recordaban demasiado a los centavos del donativo, al sistema chino. Había algo en todo el asunto, y ojalá hubiera podido identificarlo en aquel momento, que me inquietaba y preocupaba más de la cuenta. Fuera como fuese, decidí rechazar cualquier otro trabajo relacionado con el proyecto.

 

La empresa continuó, obtuvo más voluntarios con métodos semejantes a los descritos por Jim. Pero las cosas empezaron a ir mal, se publicaron artículos en la prensa cuestionando el valor e incluso la conveniencia de aquellas actividades.

 

En respuesta a las crecientes críticas, Jim abandonó San Francisco y se fue a la Guayana, un pequeño país de América del Sur, para fundar una comunidad de prosélitos a la que llamó Jonestown.

 

Los secuaces de Jim Jones no fueron los únicos que tuvieron un fin espantoso, a pesar de que el suyo fue uno de los más horrendos. Integrarse en una secta es fácil, como lo han demostrado los seguidores de Rajneesh, Moon y otros, pues resulta sencillo reciclar la mente emplazada; pero ello arrastra al resto de la persona y (en casos extremos) puede causar grandes tragedias como el envenenamiento colectivo de Jonestown.

 

Auto interpretaciones

 

No hay duda de que las «mentalizaciones» resultan desastrosas cuando nos meten en una secta sin que nos demos cuenta. Pues este mismo proceso mental se desarrolla en nuestro interior continuamente. Si bien Sigmund Freud describió con precisión el proceso de transferencia —el paciente transfiere al analista lo que sentía hacia los padres—, este reciclaje de la mente (que aquí denomino «mente emplazada») no se limita al encuentro terapéutico. Las reacciones y los juicios, que evolucionaron originalmente para funciones de emergencia, se reciclan para fines diferentes. Estas rutinas entran y salen de la conciencia, provocando distorsiones.

 

El emplazamiento y desplazamiento de «mentes» parece ser la forma en que la mente utiliza a sus operarios. El proceso es similar al funcionamiento del software de un ordenador moderno: los distintos programas entran y salen de la memoria. Se les llama, se hacen cargo de la situación, operan y se van sin dejar rastro. Las series de reacciones son las mentes que utilizamos para circular por la vida. Aunque existen muchas mentes, son más las situaciones que presenta el mundo y por ello utilizamos una misma mente para muchas situaciones. Se utiliza un pelotón de simplones para distintas tareas. Este proceso es la base de los problemas que tenemos cuando emitimos juicios, tomamos decisiones, hacemos cosas.

 

En El arte de la novela, Milan Kundera recuerda, tras observar a una amiga durante décadas, que la mente de la buena mujer sufrió cambios y que debido a sus heroicidades acabó actuando de forma indebida:

 

Esta mujer, durante los procesos estalinianos de Praga en 195 1, fue detenida y juzgada por delitos que no había cometido. Cientos de comunistas se encontraban en la misma situación en aquella época. Durante toda su vida se habían identificado con el Partido. Cuando, de repente, éste se convirtió en acusador, aceptaron, como Josef K., «repasar toda su vida, todo su pasado, hasta los detalles más ínfimos» para encontrar el pecado oculto y, por fin, confesar delitos imaginarios. Mi amiga logró salvar la vida porque tuvo el extraordinario valor para negarse a emprender, como sus compañeros... «la búsqueda del pecado». Al negar ayuda a sus acusadores, se convirtió en inútil para el espectáculo del proceso final. Por lo tanto, en lugar de mandarla a la horca, la condenaron a cadena perpetua. Después de catorce años fue totalmente rehabilitada y recuperó la libertad.

 

Esta mujer tenía un hijo de un año cuando la detuvieron. Cuando salió de la prisión se volvió a reunir con su hijo de quince años y, a partir de ese momento, tuvo la alegría de compartir su humilde soledad con él. Es muy comprensible que se haya sentido apasionadamente ligada a él. Un día fui a visitarlos; el hijo tenía ya veinticinco años. La madre, ofendida y contrariada, lloraba. La causa era totalmente trivial: el hijo se había quedado dormido o algo semejante. Pregunté a la madre: «¿Por qué estás tan enfadada por una tontería así? ¿Vale la pena llorar por eso? ¿No te parece que exageras?».

 

Fue el hijo quien respondió por la madre. «No, mi madre no exagera. Mi madre es una mujer espléndida y valiente. Resistió cuando todos los demás se derrumbaron. Quiere que yo sea un hombre. Es cierto que lo único que he hecho ha sido quedarme dormido, pero mi madre me reprocha algo más profundo. Se trata de mi actitud. Mi actitud egoísta. Quiero ser lo que ella quiere. Y con usted como testigo, prometo que lo haré.»

 

Lo que el partido nunca logró con la madre, lo consiguió ella con el hijo. Le había obligado a identificarse con una acusación absurda, a «buscar la falta oculta», a hacer una confesión pública. Yo observaba, apabullado, este mini juicio estalinista y comprendí en ese momento que los mecanismos psicológicos que funcionan en los grandes (aparentemente increíbles e inhumanos) acontecimientos históricos son los mismos que regulan las situaciones privadas (muy comunes y muy humanas) [la cursiva es mía].

 

He escrito una versión menos literaria en mi libro Multiminds: «Los mismos procesos neurológicos que evolucionaron para juzgar el brillo, la longitud y el gusto ahora deben juzgar precios, políticas y personalidades».

 

El movimiento de las mentes produce personas incoherentes en distintas situaciones, porque la mente «emplazada» ejecuta su trabajo como si siempre hubiera estado allí y luego desaparece, para ser reemplazada por otro «programa», con recuerdos, prioridades y planes distintos. Y «nosotros», nuestro yo consciente, casi nunca se entera de lo que ha sucedido. Sabemos qué tenemos «en la cabeza»: si estamos contemplando árboles o lluvia, oliendo humo o escuchando música rock; pero carecemos de la capacidad para saber que es lo que hay dentro de la mente: cuál es el «programa» mental que actúa por nosotros en un momento dado. En consecuencia, nuestras pautas cambian sin que lo percibamos.

 

Continuemos con la analogía del ordenador para analizar este concepto de «mente emplazada». Los ordenadores pueden hacer muchas cosas. El mío puede crear dibujos en la pantalla por su cuenta, puede llevar la contabilidad, trabajar como procesador de textos (es lo que hace en este momento) y puede jugar. Pero no puede hacer todas estas cosas a la vez porque su procesador central y su memoria son limitados. Un solo programa ocupa el sistema en cada momento; por consiguiente, la limitada memoria de trabajo ha de contener un solo programa, por ejemplo la hoja de cálculo. Cuando el usuario ha terminado con el programa, puede cargar otro en la memoria de trabajo; el procesador de textos, quizás.

 

Así, cuando un programa está «emplazado», trabaja con su propio con junto de prioridades. Los mandatos de los distintos programas son diferentes y también difieren los datos a que cada uno accede, a pesar de que algunos pro gramas pueden llegar a los datos de otros. Ahora bien, tanto en el cerebro como en el ordenador, la memoria de trabajo es limitada y la cantidad de programas es enorme. Mientras que nuestro surtido de «mentes» es tan variado como pueda serio un programa de gráficos y una base de datos, tienen prioridades diferentes en lo que respecta a la selección de la información, las reacciones, los recuerdos y los juicios. En circunstancias extremas, podemos alternar múltiples personalidades con relativa facilidad. Este desplazamiento de una mente a otra hace que nuestra mente adaptable sea muy sensible, como veremos en seguida, a sectas, drogas y propaganda.

 

La tendencia de la mente emplazada a reaccionar con exageración ante información muy clara puede provocar violencia e incluso muertes. Con frecuencia se dedica la primera página de los periódicos al suicidio de personajes importantes. Inmediatamente después de un suicidio muy divulgado, aumenta el número de suicidios, catástrofes aéreas y accidentes mortales en las carreteras.

 

En experiencias más normales, las mentes desplazadas pueden hacer que juzguemos mal a las personas o permitir que nuestros estados de ánimo influyan sobre otras ideas para, luego, desaparecer. Algunas personas actúan como «poseídas» durante periodos más o menos extensos; otras solamente pueden tener determinadas ideas cuando están borrachas, enfadadas, entusiasmadas o deprimidas. He aquí un ejemplo básico, concreto y muy estudiado.

 

Usted se propone apostar en las carreras de caballos. Su caballo tiene una posibilidad de 4 a 1, pero usted piensa que las perspectivas son mejores y, en consecuencia, apuesta. Mientras se dirige a la ventanilla, piensa que las posibilidades son 3 a 1, o algo semejante; por lo tanto, es una buena apuesta. Sin embargo, después de haber pagado, cambia de opinión; ahora cree que el caballo llegará primero. No ha sucedido nada. La carrera aún no ha empezado, pero su mente ha cambiado sólo por haber hecho la apuesta. Esta investigación se realizó en un hipódromo interrogando a los jugadores antes y después de que apostaran. ¿Cuántas veces cambia nuestra mente sin que nos enteremos? ¿Y cómo afectan estos cambios a nuestras prioridades?

 

Una investigadora averiguó cuánto estaba dispuesta a pagar la gente por las decisiones ya tomadas. La psicóloga Ellen Langer vendió números de un sorteo con un premio de cincuenta dólares. Cada participación costaba un dólar. A los compradores se les daba un número cualquiera o se les dejaba elegir. Luego se les preguntaba por cuánto venderían su número. Los compradores de un número al azar pedían una media de 1,96 dólares, mientras que los que lo habían elegido lo cotizaban a 8,67 dólares. ¿Por qué? Elegir el número emplaza una mente que vincula fantasías y expectativas con el número; éste se convierte en algo más importante, más valioso y más propio de la persona.

 

Siempre me he preguntado por qué la madre que pierde un hijo por culpa de un conductor borracho, y que no tiene otros hijos, se dedica de manera incansable a evitar que existan conductores borrachos en el futuro. O por qué, después de perder algún pariente por culpa de una mala actuación médica, los miembros de la familia se dedican con tanto ahínco a reformar las prácticas hospitalarias del país. No creo que se deba exclusivamente a una actitud altruista ni a un intento de superar la pérdida «mediante el trabajo», a pesar de que, naturalmente, esto lo explique en parte. Creo que el cambio de actitud se debe a la movilización de la mente emplazada e hinchada por el problema. Después de enterarse de la tragedia y verse involucrado en ella, el individuo exagera el problema: borrachos al volante, médicos ineptos. La excitación de la pérdida dilata la mente emplazada. Así, un padre o una madre pueden reorientar su mente hacia grupos de Madres contra los Conductores Borrachos o de Ayuda contra el Sida. Es muy posible que esta «conversión» se traduzca en un beneficio para la sociedad, pero el reaprovechamiento de mentes emplazadas también hace que la adhesión a distintas sectas resulte sorprendentemente sencilla.

 

A menudo los divorcios son difíciles, desagradables e incluso mezquinos. Con frecuencia llegamos a odiar a quien amamos en otra época. Una persona que en el pasado nos produjo una profunda emoción positiva, ahora se presenta como proporcionalmente negativo y el sentimiento actual exagera todo lo que resulta inaceptable. Así, con toda facilidad, nos podemos dejar seducir por un mensaje amoroso, unimos a una organización y encontramos en medio de una secta malévola, despreciando a todos los extraños que pongan en peligro nuestro amor. La mente emplazada no solamente cambia sino que su «volumen» se eleva a partir de este despertar sin que tengamos conciencia de ello.

 

Para realizar un estudio sobre la forma en que interpretamos nuestras emociones, dos psicólogos inyectaron epinefrina (que provoca excitación) a un grupo de estudiantes a quienes se dijo que se trataba de vitaminas. La mitad acabó lanzando al aire aviones de papel y tirando bolas de papel a la papelera para practicar la puntería. Estos estudiantes manifestaron que habían sentido euforia. La otra mitad se encontró de pronto ante una persona irritada que insultaba a todo el mundo; estos estudiantes dijeron que habían experimentado ira. Al finalizar este famoso estudio realizado en 1960, los psicólogos Stanley Schactiter y Jerome Singer llegaron a la conclusión de que las experiencias emocionales pueden depender de la interpretación de la excitación. Fueron muchos quienes trataron de reproducir los resultados de este experimento, con poco éxito. Dado que ya no es posible realizar experimentos con inyecciones de epinefrina, no habrá más intentos de reproducir la prueba. No obstante, muchos otros estudios indican que nuestras auto interpretaciones pueden tener un efecto profundo en nuestras experiencias emocionales.

 

Aunque estos experimentos de laboratorio se puedan cuestionar, hay muchos ejemplos de la vida real en que sentimientos no explicados pueden ocasionar problemas. Después de una operación, el estado mental del paciente parece más inestable de lo que se podría esperar. No me refiero a la preocupación y las dificultades comprensibles relacionadas con la operación propiamente dicha, ni a la incomodidad posterior y los posibles efectos secundarios dolorosos. Algo parece suceder a los pacientes varias semanas después de la operación, cuando ya no necesitan tranquilizantes y están fuera de peligro.

 

Hace poco pedí a un cirujano que cada semana sostuviera conversaciones telefónicas con sus pacientes y les preguntara cómo se encontraban después de una operación abdominal satisfactoria. Inmediatamente después de la intervención, estas personas se están medicando y no sienten nada. Un poco más adelante, el dolor es fuerte pero la tranquilidad que produce el hecho de haber pasado la operación con éxito parece hacer que la gente se encuentre bien. Sin embargo, un poco más tarde, las actitudes cambian. De los veintitrés pacientes consultados, veinte expresaron una preocupación mucho mayor y experimentaron sentimientos de inutilidad y desesperación después de seis o siete semanas.

 

Creo que estos sentimientos negativos se deben a la conmoción interna inconsciente y el lento proceso de rehabilitación que genera la cirugía. Varias semanas después de la operación, no tenemos forma de saber qué sucede en nuestro interior. Carecemos de aparatos sensoriales para detectar la curación de las heridas internas, pues no estamos preparados por la evolución para la actividad/excitación internas posteriores a la cirugía. Una vez que ha pasado un tiempo prudencial, la única explicación que se encuentra para dar cuenta del dolor que se siente es que hay alguna otra cosa que funciona mal.

 

¿Qué es lo que funciona mal?, nos preguntarnos en silencio al advertir señales de las que no somos conscientes. Quizás mi matrimonio. Quizás mi trabajo. A lo mejor son los kilos, siempre me encuentro horrible. Pero puede que sean los gritos silenciosos de nuestro interior, conforme cambian los niveles hormonales y las heridas invisibles cicatrizan. Es importante señalar que el sentimiento depresivo sólo aparece unas semanas después de una operación, no de inmediato, cuando el recuerdo de la cirugía está muy fresco en la memoria. Este despertar difuso, inexplicado y, en consecuencia, irracional es lo que da mala fama a las emociones. Y sin duda podemos comprobar cómo logran hacemos sensibles en situaciones específicas. A lo mejor no entendemos por qué una pareja que conocemos ha decidido casarse; personalmente son incompatibles. Ella es una intelectual y él tiene los pies sobre la tierra; ella es fría, él apasionado. La mujer dice: «Ha sido la guerra». Ésta es su explicación. La excitaba muchísimo.

 

Y a mucha gente le resulta muy estimulante hacer ejercicio con un compañero del sexo opuesto. ¿Por qué? Las personas que hacen gimnasia y después ven películas pornográficas experimentan más excitación sexual que quienes ven pornografía sin ejercicios previos. A causa de la «mente emplazada», sudar y activarse puede transferirse a la excitación sexual: la gimnasia corporal es buena para la gimnasia sexual. Pero puede no ser tan positiva en una relación a largo plazo porque la mente emplazada no era la indicada, con sus decisiones excitadas y cargadas de deseos. Todos los demás «túes», fríos y preocupados por sacar la basura y hacer la comida, tienen que convivir durante mucho tiempo con una opción hecha por una mente diferente. Este desplazamiento de la mente hacia la atracción sexual explica por qué las discotecas son tan ruidosas, estimulantes y divertidas. Pero la persona que uno encuentra allí no es necesariamente la personalidad dominante o la mente emplazada durante el matrimonio.

 

Una mujer me escribió: «Ya he pasado por tres divorcios y cada vez que me he comprometido ha sido con hombres que me excitaban muchísimo. Sin embargo, después de unos meses, todo parecía derrumbarse. He recurrido a la psicoterapia, a consejeros matrimoniales, lo he probado todo». Quería consejo. Le escribí pidiéndole más detalles sobre su vida pero no encontrarnos nada que pudiera explicar su dilema. Luego, en una respuesta a otra carta, reparé en el membrete: trabajaba en un gimnasio. Le pregunté si había conocido a todos sus ex maridos en el trabajo. Respondió que sí. Le aconsejé que se olvidara de los gimnastas y que restringiera su búsqueda a otros lugares, cosa que hizo. Su

 

contexto laboral me pareció vital debido al efecto «novia de guerra»: la excitación de la situación se transfiere a la mente emplazada y todo parece excitante, incluso un idiota en pantalón corto.

 

El mismo efecto se extiende a muchas áreas emocionales. Un investigador especializado en divorcios señaló hace poco un efecto común pero triste. «Una de las chicas del grupo de estudio me dijo cuando tenía quince años: “La violencia envuelve a mi padre, pero yo estoy libre de ella". A los diecinueve, cuando vivía una relación seria con un hombre, me dijo: "Me pega, por eso sé que me quiere". Casi me eché a llorar.»

 

En todas estas situaciones, una parte de nuestro problema se debe a que comprendemos mal lo que sucede en nuestro interior. Mientras las interpretaciones inconscientes generalmente funcionan muy bien, sorprendentemente podemos malinterpretamos a nosotros mismos porque no percibimos que soñamos el mundo, momento a momento. Nuestras propias emociones pueden engañarnos, nuestras ideas sobre la violencia pueden engañarnos, podemos confundir el amor que nos ofrecen los «amigos» y convertimos en miembros de una secta. Tal es la capacidad de adaptación de la mente.



* La evolución de la conciencia, ed. Emecé, pp. 205-216


 

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