Número 151  //  9 de diciembre de 2001  //  24 Ramadán 1422 A.H.

 CONCIENCIA

El cuerpo invisible

Por Jorge Carvajal




 

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Apolinar García fue aquel día a consulta como quien no sólo ha agotado todos los recursos, sino como alguien que se sabe ya sin recursos. Este ingeniero, de edad mediana y facies angustiada por muchos años de sufrimiento, tenía la migraña del suicida. Es una cefalea en salvas episódicas, de dolor tan insoportable que quien la sufre puede perder el control de sí mismo durante la crisis. Conocí pacientes que se lanzaban contra los muros, golpeando su cabeza para tratar de destruir ese dolor salvaje. Para Apolinar, la vida giraba en torno al miedo a la aparición de sus ya antiguas y repetidas crisis. En sus palabras se adivinaba otra enfermedad, más grave aún: había perdido la esperanza.

 

— ¿Cree usted, doctor, que tenga algo para ofrecerme? —preguntó con una voz totalmente exenta de expectativas, como quien ya sabe de memoria la respuesta inexorable. Todos los intentos de control habían sido vanos en el caso de este hombre que estaba al borde de la ruina, después de recorrer los más avanzados centros para el control del dolor en el mundo. Ese «ya no tenemos nada que ofrecerle» era un pr o‑grama fatal que había ingresado en su memoria.

 

— No conozco nada que pueda ser útil en su caso, pero, si usted me permite, vamos a investigarlo juntos —respondí. Sentí que la respuesta hizo un agujero en su armazón de escepticismo; y empezamos a investigar. Al final de la primera sesión, encontramos que al aproximarle una muestra de histamina y serotonina, mediadores químicos involucrados en la producción de cefaleas, su pulso se alteraba notablemente.

 

Sostuve las muestras de las sustancias —empacadas entre delgados discos circulares de acrílico transparente, llamados filtros por los bioenergéticos— a veinte centímetros de su frente, iluminándolas con una pequeña linterna de luz halógena. En pocos segundos, el pulso se normalizó. Retiré los filtros momentáneamente y, al acercárselos de nuevo, no provocaron ninguna reacción en su pulso. ¡Y los vendavales iniciales que presagiaban una nueva tormenta de dolor se detuvieron! Esperamos un poco después de la sesión para ver si aparecía algún síntoma inquietante. Temeroso aún de que su episodio se repitiera pronto, le presté los filtros para que los llevara a su casa, explicándole el procedimiento que debía realizar en caso de que la proximidad de la crisis se insinuara nuevamente.

 

Aún recuerdo que al comienzo de la sesión, al tomar su pulso y acercar y retirar filtros con neurotransmisores a su frente, no pudo evitar sonreír. Cinco minutos después, reía a mandíbula batiente. Tuve que hacer una pausa para mostrarle la lógica de tal procedimiento. Su mente de ingeniero reclamaba una explicación.

 

Pasaron meses sin noticias. Años sin noticias. Presentía que Apolinar iba mejor, porque me había enviado otros pacientes para que les tratara sus dolores. Hasta que un día apareció, no a consulta, sino a devolverme los filtros.

 

— Estoy muy apenado con usted, doctor, pero no me atrevía a devolverle los filtros —me dijo. Más que vergüenza, en sus ojos se leía un sentimiento de profunda gratitud. Ése es el mejor regalo que un médico puede recibir de un paciente. Una sola mirada de ésas es suficiente para continuar por encima de todos los fracasos.

 

El relato de Apolinar fue una revelación para mí. En los años transcurridos, sólo en dos o tres ocasiones había tenido un leve indicio de dolor, pero con la transiluminación de los filtros que le presté había detenido en seguida el proceso. Guardó los filtros por miedo, pero cuando acumuló muchos meses de completa ausencia de dolor decidió devolvérmelos. También me confesó que se sintió un poco ridículo con esos «pases mágicos» que le estaba practicando en la consulta y que cuando salió se decía a sí mismo que difícilmente podría conseguirse, con procedimientos tan elementales, lo que no habían logrado neurólogos famosos y centros especializados en el control del dolor. Estaba más escéptico que cuando entró, pero en su mente analítica resonaba la palabra investigación.

 

«Qué podemos perder con investigarlo», se dijo, y concluyó su propia discusión interna.

 

No era ésta una curación que pudiera atribuirse a la fe o a la esperanza. ¿Qué había ocurrido? En bioenergética es bien conocido que, al acercar cualquier sustancia tóxica a un paciente, su pulso presenta una reacción de rechazo fácilmente reconocible por el médico entrenado. Estos cambios se presentan, en casos de personas sensibles, incluso cuando el tóxico se encuentra a uno o dos metros del paciente. Si en lugar de tóxicos se aproxima una de las sustancias que componen el organismo humano, tales como hormonas, vitaminas o minerales, el pulso no cambia. En el caso de Apolinar, su reacción de rechazo al acercarle serotonina e histamina, sustancias normalmente presentes en el organismo, indicaba que estaba erróneamente rechazando algo que le era propio. Ese rechazo ocasionaba una guerra química en su organismo, guerra que él percibía como un insoportable dolor de cabeza.

 

Lo sorprendente era que la zona causante del error de reconocimiento no estaba en su cuerpo físico, ¡sino por fuera de él! La reacción de rechazo se obtenía al pasar los filtros a unos veinte centímetros de su frente, en una zona claramente definida. En bioenergética, al encontrar estas zonas que rechazan la información que deberían aceptar, se busca enseñarles de nuevo ‑si se me permite la expresión‑ a reconocer aquello que les es benéfico. Esto con frecuencia se logra al pasar una luz a través de los filtros en la zona enferma. En un lenguaje metafórico: iluminamos la zona oscura para que pueda ver y, de esta manera, aprenda a reconocer adecuadamente las sustancias. En el caso de Apolinar, su zona enferma aprendió rápidamente; pocas sesiones de enseñanza con la luz bastaron para pacificar su campo de batalla.*

 

El dolor fantasma

 

¿Qué es eso que existe, por fuera del cuerpo físico, capaz de reconocer, rechazar e incluso aprender? ¿Hay quizá un cuerpo invisible, tan real y activo como el físico? Poco a poco, al igual que ocurrió con los físicos después del descubrimiento de la noción de campos de energía, el universo del hombre se me fue desmaterializando. Más que las partículas, las cargas o sus polaridades eléctricas, me interesaba ese espacio aparentemente vacío que las sostiene. ¿Existía un campo energético que rodea al ser humano? ¿Cuál era su función? De nuevo, fue el dolor del hombre el que me dio algunas respuestas.

 

Don Hans, ejecutivo itinerante de una empresa alemana, había sido fumador empedernido hasta el día en que le hicieron el diagnóstico de una arteritis necrotizante de la pierna derecha. Era la temible enfermedad de Buerger, relacionada con el hábito de fumar. Cuando lo vi por primera vez había sido amputado hasta la rodilla y por muchos meses, de día y de noche, se quejaba de un dolor en la extremidad que no tenía. Era el típico dolor del miembro fantasma, para el cual la acupuntura y la neuralterapla ofrecían excelentes posibilidades.

 

En el sistema nervioso, los nervios se comportan como cables de transporte del fluido eléctrico. Según la idea aceptada, al cortar ciertos nervios que poseen una envoltura especial llamada mielina, se bloquea un mecanismo que naturalmente inhibe el dolor; y el dolor sin freno se desencadena. Es lo que, en términos del lego, estaba ocurriéndole a don Hans. Era mi último paciente del día. Sin la presión de alguien esperando, me sentía mucho más libre para explorar todos los componentes de su dolor. Me llamó poderosamente la atención que el principal sitio del dolor fantasma fuese el del primer artejo. Sentado en la camilla de examen, me señalaba el dedo gordo del pie que no tenía. Era una especie de dolor quemante, como si le rociaran gasolina y lo prendieran, me decía. Al cabo de un rato de probar campos magnéticos pulsados, rayos láser y sustancias que intervienen en la modulación del dolor, sin obtener el más mínimo resultado, decidí recurrir a la acupuntura. Pero como hacía un tiempo no la utilizaba, no encontraba los paquetes de agujas desechables que se usan para evitar el riesgo de infecciones. Buscando agujas por todos los rincones del consultorio, vi un equipo de cromoterapia que en algunas ocasiones utilizaba en investigación. Decidí entonces explorar con el color.

 

Al pasar el color rojo sobre la hipotética región del dolor, se quejó como si lo hubiese lastimado. Cada vez que dirigía el haz de luz hacia el dedo que no tenía, me describía un aumento de la sensación de quemadura en dicha zona. Eso fue para mí una verdadera revelación. La misma sensación se presentaba aun con los ojos cerrados. Ensayé con toda la gama de colores. Al llegar al azul, don Hans tuvo una sensación refrescante, como de agua sobre su dedo fantasma.

 

— Déjeme más ese color, que siento un gran descanso —me pidió.

 

Y se lo dejé algunos minutos. Su ceño, fruncido por meses de dolor, se fue relajando. Una sonrisa casi infantil se dibujó en su cara, y las sombras del sufrimiento se fueron desvaneciendo lentamente. Una semana después, en una escala de uno a diez, representando diez el dolor que tenía antes de la terapia, me dijo que estaba en dos. Pronto, el fantasma desapareció totalmente.

 

Don Hans se convirtió, sin saberlo, en uno de los principales instigadores de lo que en adelante fue el rumbo de mi práctica médica. Allí, en el espacio vacío del pie que no tenía, este hombre extraordinariamente sensible me enseñó que había algo, sutil e intangible, que permanecía intacto después de la amputación. Ese algo debía de tener una realidad física, por cuanto reaccionaba a la luz. Ahora, el hilo con el que la vida se teje más allá de la piel se hacía cada vez más sutil. Recordé esas fotografías kirllan en las que la hoja partida de una planta sigue teniendo una corona de electrones completa. Me estaba dando cuenta, más allá de cualquier duda, de que el campo energético humano es indivisible.

 

En mi mente se abrieron paso conclusiones evidentes: el espacio que nos circunda está compuesto por algo que responde a la luz, al color, a sustancias químicas que rechaza y reconoce; ese algo nos moldea y permanece cuando una parte del organismo es destruida y, al trabajar sobre ese campo invisible, se obtienen respuestas en el cuerpo físico. Un cuerpo sutil de energía nos rodea, pensé. ¿Realmente nos rodea? ¿No será que ese algo, aunque invisible, forma parte de nosotros mismos, tanto como puede formarlo la cabeza o el corazón?

 

Antiguas medicinas, como la hindú, nos hablan de un cuerpo etérico sobre el cual se construye nuestro cuerpo físico. ¿Sería ese cuerpo sutil que se esbozaba en mi mente el mismo cuerpo etérico? Los hindúes también describían un cuerpo emocional y uno mental, todos unidos a un campo mayor de energía. ¿Sería posible que el cuerpo mental de Casimira fuera el que trabajaba y obtenía sus asombrosos efectos a distancia? ¿Y el cuerpo emocional de Judit, lesionado en su orgullo, el que provocaba su dolor? Tal vez la medicina occidental no se había interesado en las hipótesis de los antiguos médicos orientales porque no es posible ver físicamente esos cuerpos. Sin embargo, la experiencia en la selva me había enseñado que comprobar algo era más importante que verlo. Ya tenía la evidencia de esos cuerpos sutiles.

Notas

 

* Por los caminos de la bioenergética, ed. Luciérnaga, 2000, pp.72-78


* Entre las hipótesis que se han formulado para explicar el efecto biológico de los filtros utilizados en bioenergética, algunos proponen que la luz que pasa a través del filtro se carga de la información electromagnética de la sustancia contenida en el filtro y estimula el organismo. Otros proponen que la información electromagnética emitida por el organismo entra en resonancia con la del filtro.

 

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