Número 147  //  12 de noviembre de 2001  //  26 Sha`ban 1422 A.H.

 LA CASA DE ABRAHAM

La casa de Abraham
Sentencias y explicaciones de la mística judía
en sintonía con la metafísica islámica

Los textos que siguen pueden servir para trece jornadas de trabajo conjunto en un posible Encuentro futuro entre pensadores judíos y musulmanes ideado para poner de manifiesto que nuestras cosmovisiones pertenecen a una misma sensibilidad. Los textos que siguen son el fruto de la investigación del profesor Abdelmumin Aya en fuentes judías –Talmud, Zohar, Torá, Midrash- y se constituyen en material base para seguir Descristianizando el  Islam, ya que el pueblo judío ha sido más agresivo que el musulmán a la hora de no permitir que se tradujeran tergiversadamente sus textos a otras lenguas.

El musulmán, en general, no debe tener recelo en usar textos de sabiduría que no pertenecen a su ámbito cultural, pero mucho menos cuando no sean textos ajenos al entendimiento semita de las cosas: el Profeta –la paz sea con él- recomendó a sus compañeros el estudio del hebreo; y, sin ir más lejos, Ibn `Arabî –el gran maestro de nuestra tierra- citaba junto a los hadices del Profeta, textos llegados por tradición judía acerca de Musa y los otros profetas reconocidos por el Islam.

 

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Presentación (seis narraciones para reflexionar)

I Cuento sobre la necesidad del maestro de ser escuchado

 "Una vez, después que el rabí de Kobryn hubo enseñado la Torá en la cena del shabat, dijo a los jasidim que estaban sentados a su mesa: 'Veo que las palabras que dije no llegaron al corazón de uno solo de vosotros. Y si me preguntais cómo lo sé, puesto que no soy profeta ni hijo de profeta, os explicaré la razón. Las palabras que vienen del corazón van al corazón con toda su verdad. Pero si no encuentran un corazón que las reciba, Dios se apiada del que las dijo: No permite que sigan errando por el espacio, sino que las hace retornar al corazón del que partieron. Esto es lo que ocurrió conmigo. Sentí algo así como una embestida, y todas se agolparon nuevamente en mi corazón'.

Poco tiempo después de la muerte de Rabí Moshé, uno de sus amigos dijo: 'Si hubiera abido alguien a quien pudiera hablar, todavía estaría vivo".

II Cuento sobre el modo de aprender

Después de muerto el Maguid, Shneur Zalman decidió abandonar para siempre la ciudad de Mezritch. Cuando se despidió del hijo del Maguid, Rabí Abraham, el Angel, quien le había impartido sabiduría secreta, éste dijo que lo acompañaría y subió al carruaje, cuando hubieron pasado la puerta de la ciudad, Rabí Abraham dijo al cochero: "Azuza tus caballos y déjalos correr hasta que olviden que son caballos". Zalman tomó a pecho esta palabras. "Me llevará algún tiempo aprender esta manera de servir adecuadamente", dijo, y permaneció en Mezritch un año más.

III Cuento sobre el actuar en varios niveles del hombre justo

Se cuenta que: Estaba una vez Rabí Elimélej tomando con sus discípulos la comida del shabat. El sirviente depositó el tazón de sopa ante él. Rabí Elimélej se puso de pie y lo volcó, de modo que la sopa se derramó sobre la mesa. De inmediato el joven Méndel, que sería tiempo después rabí de Rymanov, exclamó: "Rabí, ¿qué haces? ¡Nos encarcelarán a todos!".  Los otros discípulos sonrieron ante estas palabras sin sentido. Y hubiesen reído más alto de no haberlos contenido la presencia de su maestro. Éste, sin embargo, no se sonrió. Asintió con la cabeza al joven Méndel y dijo: "No temas, hijo mío¡".

Algún tiempo después se supo que ese mismo día habían presentado al Emperador, para que lo firmara, un edicto dirigido contra los judíos de todo el país. Una vez y otra el Emperador tomó la pluma, pero siempre ocurría algo que le impedía firmar. Finalmente firmó el papel. Luego tendió la mano hacia el arenillero, pero tomó en su lugar el tintero y derramó la tinta sobre el documento. Tras lo cual desgarró éste y prohibió que volvieran a poner ese edicto ante sus ojos.

IV Cuento que pone de relieve que poder chamánico y humildad no están reñidos

"Una vez el Iehudí se paseaba por la calle. Durante horas habló con la gente sencilla sobre asuntos aparentemente vanos y terrenales, más en realidad estaba llevando a cabo maravillosas unificaciones en los mundos superiores. Entonces la inclinación al mal vino a él y le susurró: "¡Mira cuán grande y espléndido es el poder de tu alma!". Pero él repuso: "¿De qué pretendes que me vanaglorie? Estoy cierto de que todos hacen lo mismo que yo. Sólo que yo lo noto tan poco en ellos como ellos en mí".

V Cuento sobre las relaciones invisibles entre las cosas

Un aldeano que año tras año rezaba en la Casa de Oración del Baal Shem durante los Días Austeros, tenía un hijo tan estúpido que no podía aprender, no digamos ya el significado de las palabras santas, sino ni siquiera la forma de las letras. En esas ocasiones no lo llevaba a la ciudad porque el niño nada comprendía. Pero cuando cumplió trece años y alcanzó la edad necesaria de acuerdo con la ley de Dios, el padre lo llevó consigo por temor a que el muchacho pudiera comer alguna cosa durante el ayuno del Día del Perdón simplemente por ignorancia.

Pero sucedió que el muchacho tenía un silbato pequeño que soplaba siempre mientras estaba sentado en el campo, pastoreando las ovejas y los becerros. Puso el silbato en el bolsillo de su blusa y lo llevó sin que su padre lo notar. Hora tras hora el muchacho permaneció sentado en silencio en la Casa de Oración, pero cuando comenzó el servicio adicional dijo: "Padre, tengo aquí mi pequeño silbato. Quiero cantar con Él." El padre se turbó grandemente y le ordenó que no pensara en cosa semejante y el muchacho se contuvo. Pero cuando comenzó el servicio de Minjá dijo nuevamente: "Padre, déjame tocar mi pequeño silbato". El padre se enojó y le preguntó: "¿Dónde lo has puesto?". Y cuando el muchacho se lo indicó, apoyó la mano sobre el bolsillo a fin de que no pudiera tomarlo. La plegaria final había empezado. El muchacho arrancose de la mano de su padre, tomó el silbato y sopló una larga nota. Todos se asustaron y confundieron, pero el Baal Shem prosiguió rezando, sólo que más rápida y fácilmente que de costumbre. Más tarde dijo: "El muchacho tornó las cosas más fáciles para mí."

VI Cuento sobre quiénes y cómo transforman la realidad

Las ciudades de Pinsk y Karlín están cerca una de otra, una sobre la margen norte de un río, la otra sobre la orilla sur. Cuando Rabí Shlomó era un joven pobre, que enseñaba a niños pequeños en Karlín, Rabí Leví Itzjac, que había de ser rabí de Berditchev, era el rav de Pinsk. Un día dijo a su criado que fuese a Karlín y buscara a un hombre llamado Shlomó, hijo de Iuta. Debía pedirle que fuese a Pinsk. El criado indagó largo tiempo. Por fin, en las afueras de la ciudad, en una casita desvencijada, halló al melamed Shlomó y le dió el mensaje. "Iré puntualmente", dijo Rabí Shlomó.

Pocas horas después, cuando cruzó el umbral de Rabí Leví Itzjac, éste se puso de pie y dijo: "Bendito el que llega", y acomodó él mismo una silla para su huésped. Durante una hora permanecieron sentados uno frente al otro, con rostros resplandecientes y mirada intensa, en silencio. Por fin se levantaron y se rieron. "¿De qué estarán riéndose?", pensó el sirviente que desde la puerta había asistido a la escena. Y Rabí Shlomó se despidió.

Y los jasidim dijeron que, gracias a la reunión de ellos dos, el exilio, que había estado amenazando a los judíos de esa región, había sido evitado, y tal era la causa de sus alegres risas.

 

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