Número 151  //  9 de diciembre de 2001  //  24 Ramadán 1422 A.H.

 PENSAMIENTO

El ayuno, el tiempo y la realidad
Jutba de los Conversos

Por Hashim Ibrahim Cabrera

 

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Assalamu aleikun:

Allah se nos revela en el Tiempo del Ayuno. Así Él nos hace recorrer de manera precisa nuestro mejor itinerario.

Allah nos insiste una y otra vez en que en la sucesión del día y de la noche, en los ciclos de la estaciones, hay señales para los que están dotados de vista y de oído, dotados de intelecto.

Y ciertamente es así. Nuestro calendario lunar no sólo se ajusta a las estaciones del año sino que las va recorriendo. Es esa la forma que Allah nos decreta para que reconozcamos el Tiempo y la Realidad, para que le conozcamos a Él.

El calendario islámico no es una medida humana, fija y abstracta, sino la experiencia real de los ciclos naturales y cósmicos. Los ciclos lunares van cruzando las estaciones a contracorriente, como si realizasen un tawaf en cuyo centro sin espacio Allah se nos revela en torno a una Kaaba que no es sino la Eternidad.

Tanto el ayuno durante el mes de Ramadán como la peregrinación a Mecca en el mes de Dul-Hiyya comienzan adelantándose once días cada año al ciclo solar de las estaciones. Por esa razón, entre otras, nuestra adoración no está prisionera de una cifra, de un acuerdo entre seres humanos, sino que ocurre en nuestro devenir como un acto vivo que se va acompasando con los cambios y pálpitos en la luz y que en este Ramadán inicia una de sus principales latencias.

Quizás sea éste el Ramádán más corto del ciclo de 32 años que tarda el calendario lunar en acompasarse con el calendario convencional.

El solsticio de invierno marca el punto de inflexión de la luz solar, momento en el que la luz ya no puede ser más débil y comienza a renacer. Estas luces del solsticio nos producen visiones de una especial dulzura, el sol desciende de la manera más suave en el horizonte, y los colores que produce persisten más en la atmósfera y en nuestras retinas. Así quiere Allah que redescubramos la pureza de esos colores que normalmente se esconden en el tiempo.

La introspección que vivimos durante nuestro ayuno nos ayuda a recobrar el silencio interior. El mundo, en esta estación, se enlentece, la savia se para, los animales duermen o hibernan. Es un tiempo que favorece el diálogo íntimo, el silencio vacío. Así hace Allah que recuperemos la realidad del sonido, la vibración de la tierra, unos sonidos que se han ido ensordeciendo en la repetición, en la adoración incesante.

El ayuno y el salat nos hacen sentir como peregrinos de este mundo, seres que lo cruzan por orden de Su Señor, siguiendo el ciclo de la luz en las estaciones, atraídos por Él como limaduras de hierro hacia un potente imán.

El ayuno, el salat, la peregrinación, todos los pilares de nuestro din son hechos de luz para nosotros. Allah quiere que Le conozcamos y nos dice cómo hemos de hacerlo, cómo hemos de vivir en el tiempo, cómo hemos de conocernos a nosotros mismos, en medio de cambios y contrastes, cómo nos vamos limando unos a otros hasta llegar a ser, como dijo el profeta, cantos rodados. Alhamdulilah porque nos lo está diciendo a la luz de nuestro conocimiento, para que podamos entenderlo.

Este Ramadán inaugura un latido del palpitar cósmico que nos va llevando progresivamente hacia la Verdad, que nos va haciendo más capaces de encontrar la Belleza, latido que nos dibuja un amplio horizonte, insha Allah. Durante 16 años aproximadamente el tiempo del ayuno diurno se irá alargando poco a poco, pero el ayuno discurrirá, insha Allah, desde los días más largos a los más cortos. Allah nos hace llegar a los extremos con dulzura, de la manera más sabia. Nos hace llegar a lo difícil mediante secuencias fáciles, momentos de suma facilidad. Esta conciencia del tiempo y de los ciclos es una apertura cierta, porque nos devuelve a un mundo más real, más de seres humanos, de criaturas en precariedad absoluta y elocuente.

Estos días contemplamos el indescriptible horizonte del magrib, teñido de un rojo intenso, mientras en Subh vive un azul luminoso. Alhamdulilah. Son señales ciertas que Allah nos procura en la luz. El arco que lanza la luz es invisible, el arcoiris no. Sólo vemos un inmenso arcoiris, la escala infinitamente diversa de la Creación. La creación se inmola a la luz como un solo arcoiris hecho de continuidad, desde el rojo intenso que procura la noche hasta el azul de la mañana. Colores que hasta ese momento eran sólo palabras, simples pensamientos, hieren nuestros sentidos.

El tiempo del salat está íntimamente relacionado con la luz, a lo largo de los días, de las lunaciones y de las estaciones del año. Quiere Allah que nos acompasemos en la luz para acercarnos hasta Él, para llevarnos hasta el fin de la visión que tenemos de nosotros mismos, para que podamos existir ahora como seres humanos que hablamos, razonamos, sentimos, y disfrutamos en la luz.

También el Hayy recorre las estaciones y los días. Incluso para los musulmanes que vivimos entre los calendarios romanos, los meses de Ramadán y Dul Hiyya y los tiempos del salat son experiencias vitales de un tiempo distinto, de una forma de vivir en un mundo real en el que existen el sol, la luna y las estrellas porque las vemos, el frío y el calor porque los sentimos y el pálpito de nuestros corazones porque queremos mirarnos en Allah.

Este conocimiento no es como los saberes, las ciencias o las técnicas, es una Gracia que Allah nos otorga cuando transitamos la vía del sometimiento a Él.

Además de las luces crepusculares de nuestro occidente tenemos las luces matutinas de nuestro oriente, las que alumbran nuestra vida cotidiana como musulmanes que crecemos en unas sociedades que experimentan profundos cambios en sus formas de vivir, donde se buscan desesperadamente referencias reales, auténticas, más allá del juego del sinsentido y del mero consumo.

Allah nos está haciendo crecer como musulmanes aquí, en nuestra propia tierra, y ser testigos de una profunda transformación. Al hacernos nacer, crecer, amar y morir aquí como musulmanes, nos está haciendo ser testigos privilegiados de esos dos mundos suyos que en realidad son uno solo.

Nos sometemos a Él desde nuestra privación, desde nuestra indigencia, cuando reconocemos en nosotros la verdad que hay en Su Revelación. Encontramos sentido cuando comprendemos que esa Revelación Suya desciende hasta nosotros a través de un Ángel y de un Profeta, cuando sentimos con nitidez que ese Profeta, sala Allahu alehi wa salem, es Su Mensajero, alhamdulilah.

Nuestras vidas se tornan verdaderas, reales, cuando nos alcanza la báraka contenida en las sunnas del Profeta, cuando sabemos cómo vivía y como sentía y cómo hablaba. Nos sorprendemos siempre de la inagotable fuente de conocimientos y bendiciones que hay en los hadices. Eso ocurre cuando la Revelación nos habla acerca de su inimitable carácter.

Quince siglos después de su muerte en la Medina Al Munawara, el ejemplo de Muhámmad está vivo en cada musulmán y cada musulmana, en cada cual según su grado de apertura, posibilitando una comunidad humana benéfica e iluminadora, dignificando la condición humana hasta los más altos grados. Alhamdulilah.

Vivimos en una macrosociedad donde hay seres humanos de todas las creencias y sensibilidades. Nos relacionamos cada día con gentes que no saben nada del ramadán o del salat, con quienes tratamos asuntos diversos, y ayunamos en medio de una sociedad que no ayuna, con lo cual Allah nos ofrece la posibilidad de ver ese mismo mundo persistente e inamovible como la nada que es. Y así nos va purificando en nuestra privación mientras nos hace ser testigos de la realidad. Luego, al romper el ayuno nos devuelve el gozo a través del sentir, porque en Su Ciencia está el obligarnos a reconocer el mundo una y otra vez, a recobrar los colores, olores y sabores olvidados y gastados. Allah sabe cómo resucitarnos a la Realidad, a Él, y lo hace de la manera más compasiva, regalándonos esta vida por un tiempo y la otra para siempre, insha Allah. Con ello Allah quiere hacernos conscientes de nuestra precariedad y de nuestro poder.

Allah se nos revela en nuestro ayuno porque la privación nos torna verdaderos. Y nos torna verdaderos porque en verdad no somos sino eso, criaturas necesitadas que dependemos de todo para existir: del aire, del agua, de la tierra y del fuego, que sufrimos la sed y el hambre y somos conducidos por el deseo. Somos como las hojas de nuestros árboles, como la vida de nuestros animales, aunque seamos algo más, aunque Allah haya querido que nos diésemos cuenta.

Y en los días finales del ayuno, Allah nos procura un encuentro con el poder, nos hace comprender el discurso de la luz mediante la oscuridad misma de la noche, de su creación. Él nos dice en el Corán, en el Surat al Qadr:

“Ciertamente hemos hecho descender esta (escritura divina) en la Noche del Destino. ¿Y qué puede hacerte concebir lo que es esa Noche del Destino?

La Noche del Destino es mejor que mil meses:

Los ángeles descienden en ella en huestes portando la inspiración divina con la venia de Su Sustentador.

Contra todo lo malo que pueda ocurrir protege hasta que despunta el alba.” (97)

Esta misma oscuridad, este mismo solsticio, son la condición necesaria para que volvamos a sentir la luz y la existencia. En esta noche de oscuridad sentimos la presencia divina en nosotros, la luz que renace interiormente en medio de la tiniebla.

Y la noche era oscura y alumbraba la noche, dijo Juan de la Cruz. Estamos en tinieblas porque nos ciega nuestro apego a las cosas, el caos que nos provoca ese apego y porque nos engaña la idolatría.

Vivimos en la oscuridad misma de nuestro deseo, palpitando, vivimos en la tiniebla.

Y en medio de ella, en el límite mismo de esa oscuridad, Allah se nos revela como An Nur, como la Luz de los cielos y de la tierra que nos procura la existencia.

Noche del Destino, laylat al Qadr, que no es sino expresión de la Misericordia Divina, de la Rahma que Allah derrama en nosotros como una promesa verdadera. Él nos hace ver en medio de la oscuridad, nos permite sentir su decreto más allá de nuestros propios pensamientos y de nuestros nafs. El ayuno nos está procurando la purificación necesaria para que podamos sentir la verdad, el poder, la majestad del Único en esta noche que es mejor que mil meses.

En silencio o agitados por el recuerdo somos afectados por Allah, conmovidos por la Realidad. Así nos damos cuenta de que Él es el Más Grande y de que suyo es todo el Poder. Entonces ¿No nos sentiremos agradecidos a Él por haber abierto nuestros corazones y estar haciendo de nosotros sus siervos, musulmanes y musulmanas que nos sometemos voluntariamente a la privación, que estamos siendo destinados al jardín, a la realidad y a la conciencia?

2.

No podemos dejar a un lado en nuestra meditación a esas otras imágenes de destrucción y de muerte que nos atenazan cada día de este Ramadán invernal. Nos sentimos cercados por esas realidades que parecen romper el sentido de nuestra existencia. Porque no es fácil asumir la muerte gratuita de tantos inocentes y el sufrimiento exagerado de tantos pueblos, por mucho que nuestros ojos se acostumbren a las imágenes de los medios de comunicación.

En medio de nuestra privación nos llegan visiones y gritos desesperados de gentes que son despojadas de sus tierras, perseguidas y asesinadas, por otras gentes más fuertes que poseen medios materiales para ello. Allah quiere que asistamos conscientemente a los hechos que van tejiendo la historia. Nos enfrenta ahora a la propagación del discurso de la exclusión y del enfrentamiento. Y nos está proveyendo, además, en medio de nuestro ayuno, del criterio necesario para poder sobrevivir sin incurrir en la indignidad ni en la locura. Allah nos está recordando una vez más cuál es nuestro siratal mustaquim, el camino correcto, y cuáles son los pasos que hemos de recorrer para llegar hasta Él. Así no hay pérdida.

Vemos cómo pueblos enteros de la Ummah son masacrados —afganos, palestinos, chechenos— cómo Allah sitúa a cada cual en un contexto, en un lugar de la creación. No hay error en ello. No podemos decir que esto que ocurre no tiene sentido porque nosotros no lo sabemos. Desconocemos el sentido último de la Creación de Allah y Él nos lo va revelando a medida que vamos viviéndolo.

La destrucción de tantos musulmanes inocentes no ocurre por un capricho o por una casualidad. Esa destrucción no es sino la expresión del ciclo profético, el cumplimiento de una profecía que nos habla del enfrentamiento inevitable entre aquellos que tratan de velar la Verdad, tratando de ocultarla, y aquellos otros que se someten a Ella sin paliativos. Ese enfrentamiento no es un choque de civilizaciones como tratan de hacernos creer, sino que son posturas vitales que no se soportan. No es por una cuestión de civilización ni de cultura, sino que es Allah quien se revela a quien Él quiere y hace lo que quiere. Él nos dice en el Corán:

“¿Puede, entonces, compararse a aquel cuyo pecho Allah ha abierto a la sumisión a Él, de forma que está iluminado por una luz que emana de su Sustentador, con el que es ciego y sordo de corazón?

[...) Allah hace descender la mejor de las enseñanzas en forma de una escritura divina con total coherencia interna, que repite cada formulación de la Verdad de diversas formas, una escritura divina ante la cual se estremece la piel de los que temen a su Sustentador: pero después su piel y sus corazones se relajan con el recuerdo de Allah. Así es la guía de Allah: con ella guía Él a quien quiere ser guiado, pero aquel a quien Allah deja que se extravíe jamás podrá hallar quien le guíe.” (39-22)

Así pues, debemos ser agradecidos con Él porque Él quiere que seamos musulmanes, porque nos está llevando a cada uno de nosotros hasta el sometimiento a Él. Esa guía suya es el más preciado de todos los tesoros. Y esa guía incluye los pilares de nuestro din. Por eso es tan importante que cumplamos lo mejor posible con ellos, con la oración, con el ayuno... no por una cuestión de celo religioso o de ascética espiritual, sino porque verdaderamente en esas indicaciones que Allah nos hace obligatorias están las llaves que nos permiten abrir las puertas del sentido, y acceder a la mejor de las realidades. Alhamdulilah. Los pilares de nuestros din no son los barrotes de una cárcel para tontos sino herramientas de nuestra liberación. Así, el cumplimiento cabal del ayuno afina nuestros corazones y los hace capaces de recibir la Revelación, de adquirir un sentido existencial trascendente.

Du'a

Allahumma:

Haznos recobrar el sentido de la realidad y purifica nuestros corazones.

Haz que el Islam esté vivo en nosotros, en nuestras vidas, en nuestras acciones y palabras.

Haz que nuestro ayuno sea transitado por tus ángeles.

Protege del dolor a quienes viven sometiéndose a Ti.

Protege de la humillación a todos los musulmanes de la tierra.

No permitas que la barbarie prevalezca en ningún rincón, que no haya tregua para quienes viven negando la Verdad.

Dános paciencia y humildad.

Incrementa nuestra conciencia de Ti, nuestra taqwa.

Háznos solidarios.

Acepta nuestro ayuno y nuestro salat.

Haznos peregrinos de Tu Casa, adoradores de lo Real.

Vacíanos de todo lo que nos aparte de Ti.

Haznos verdaderos amantes de la Vida, amantes tuyos.

Dirígenos con dulzura por el sendero de la autenticidad.

Líbranos de la pereza y del orgullo.

Ilumina nuestro interior con una luz que no la apaguen nada ni nadie.

Haznos ser agradecidos y líbranos del olvido.

Amin.

 

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