Número 146  //  5 de noviembre de 2001  //  19 Sha`ban 1422 A.H.

 INICIACIÓN

La amputación de manos (hadd) *

Por Muhammad Assad, Seyyed az-Zahirí y Roger Garaudy

 

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En cuanto al ladrón y a la ladrona, cortadles la mano a ambos en retribución por lo que han hecho, como castigo disuasivo ordenado
por Al-lâh: pues Al-lâh es poderoso, sabio.

(Qurán, surat 5, Al-Ma’ida, ayat 38)

 

El rigor extremo de este castigo coránico sólo puede entenderse si se tiene en cuenta el principio fundamental de la Ley Islámica según el cual no se impone al hombre un deber (taklif) sin concederle un derecho (haqq) correspondiente; y el término “deber” conlleva también, en este contexto, el sometimiento al castigo. Ahora bien, uno de los derechos inalienables de todo miembro de la sociedad islámica —sea o no musulmán— es el derecho a la protección (en el sentido más pleno de la palabra) de la comunidad. Como puede verse por muchos de los preceptos coránicos y de los mandatos del Profeta que se encuentran en las Tradiciones auténticas, todo ciudadano tiene derecho a una parte de los recursos económicos de la comunidad y, en consecuencia, a disfrutar de la seguridad social: en otras palabras, le debe ser garantizado un nivel de vida equitativo que sea proporcional a los recursos de que dispone la comunidad.

 

Pues, si bien el Qur’an pone de manifiesto que la vida humana no puede expresarse sólo en términos de existencia física, —pues en última instancia los valores de la vida son espirituales por naturaleza— a los creyentes no les está permitido contemplar las verdades y los valores espirituales como algo que es posible divorciar de los factores físicos y sociales de la existencia humana. En resumen, el Islam concibe y exige una sociedad que provea no sólo a las necesidades espirituales del hombre, sino también a sus necesidades físicas e intelectuales. De ahí se deduce, por tanto, que una sociedad (o estado) —para que sea realmente islámica— debe estar constituida de tal forma que cualquier individuo, hombre o mujer, pueda disfrutar de ese mínimo de bienestar material y de seguridad sin el cual no puede haber dignidad humana, ni libertad real ni, en definitiva, progreso espiritual: porque no puede existir felicidad ni fuerza reales en una sociedad que permite que algunos de sus miembros sufran una pobreza inmerecida mientras que otros tienen más de lo que necesitan.

 

Si toda la sociedad sufre privaciones a causa de circunstancias que están fuera de su control (como ocurrió, por ejemplo, en la comunidad musulmana en la primera época del Islam), tales privaciones compartidas pueden convertirse en una fuente de fuerza espiritual y, por medio de esta, en una grandeza futura. Pero si los recursos de que dispone una comunidad están distribuidos en forma tan desigual que ciertos grupos viven en la abundancia mientras que la mayoría de la gente se ve forzada a emplear todas sus energías en la búsqueda del pan diario, la pobreza se convierte en el enemigo más peligroso del avance espiritual, y a veces aparta a comunidades enteras de la conciencia de Al-lâh y las lleva a un materialismo espiritualmente destructivo. Sin duda era esto lo que el Profeta tenía presente cuando pronunció las palabras de advertencia, “La pobreza puede conducir al rechazo de la verdad (kufr)” (recogido por As-Suyuti en Al-Yamii as-Sagir). Por eso, la legislación social del Islam busca crear condiciones en las que cada hombre, mujer y niño tenga

 

(a)   suficiente para comer y vestirse,

(b)   una vivienda adecuada,

(c)   igualdad de oportunidades y de acceso a la educación, y

(d)   asistencia médica gratuita en la salud y en la enfermedad.

 

El corolario de estos derechos es el derecho a un trabajo productivo y remunerativo mientras uno esté en edad laboral y tenga buena salud, y a la provisión (por parte de la comunidad o del estado) de alimentos, cobijo, etc. en casos de incapacidad debida a enfermedad, viudedad, paro forzoso, vejez o minoría de edad. Como ya se ha mencionado, la obligación comunal de la creación de un sistema global de seguridad social de estas características ha sido establecida en muchos versículos del Qur’an, y ha sido ampliada y explicada en muchos de los mandamientos del Profeta. El segundo califa, Umar ibn al-Jattab, fue quien empezó a traducir estas ordenanzas en un sistema administrativo (véase Ibn Saad, Tabaqat III/1, 213-217); pero después de su prematura muerte, a sus sucesores les faltó la visión y la capacidad política para continuar su labor interrumpida.

 

Es sólo una vez que este sistema de seguridad social contemplado por el Islam está implantado, cuando el Qur’an impone la severa pena del corte de la mano como castigo disuasivo contra el robo, porque, en las condiciones ya descritas, la “tentación” no puede ser admitida como excusa válida y porque, como en última instancia todo el sistema socio-económico del Islam está basado en la fe de sus partidarios, su equilibrio es extremadamente delicado y precisa de una protección constante y vigilante.

 

En una comunidad en la que todos tienen asegurada plena seguridad y justicia sociales, cualquier intento por parte de un individuo de lograr una ganancia fácil e injustificada a expensas de otros miembros de la comunidad debe ser considerado como un ataque contra todo el sistema, y como tal debe ser castigado: y de ahí este mandamiento que establece el corte de la mano al ladrón.

 

Debe, sin embargo, tenerse siempre presente el principio mencionado al comienzo de esta nota: a saber, la total interdependencia de los derechos humanos y de sus correspondientes deberes (incluido el sometimiento al castigo). En una comunidad o estado que, por ineficacia o falta de medios, deja de garantizar la plena seguridad social de todos sus miembros, la tentación de enriquecerse por medios ilegales a menudo se vuelve irresistible y, como consecuencia, el robo no puede, y no debe, ser castigado con la misma severidad con que debería castigarse en un estado en el que la seguridad social es una realidad en el pleno sentido de la palabra. Si la sociedad es incapaz de cumplir con sus obligaciones para con todos sus miembros, no tiene derecho a aplicar todo el rigor de la ley criminal (hadd) contra el transgresor, y deberá limitarse a imponer formas de castigo menos severas. (El gran Califa Umar, en aplicación correcta de este principio, suspendió el hadd de la amputación de la mano durante un período de hambre que asoló Arabia durante su califato.)

 

Resumiendo, se puede llegar a la conclusión, sin temor a equivocarse, de que el corte de la mano como castigo por robo es aplicable sólo en una situación en la que esté implantado un sistema de seguridad social plenamente operativo, y no en otras circunstancias.


2. De Seyyed az-Zahirí: el hadd o amputación de manos

Tras realizar la fundamentación del iytihâd (esfuerzo de reflexión sobre la Ley) según la tradición y el Libro queremos poner un ejemplo de su alcance.  Nos referimos para ello al famoso ayat en el cual Al-lâh nos dice:

 

En cuanto al ladrón y a la ladrona, cortadles la mano a ambos en retribución por lo que han hecho, como castigo disuasivo ordenado por Al-lâh: pues Al-lâh es poderoso, sabio.

(Qur’án, surat 5, Al-Ma’ida, ayat 38)

 

El ayat mencionada parece tener un sentido claro, unívoco. Pero su aplicación correcta dista de ser sencilla. Ya hemos dicho que en época de carestía el segundo califa ‘Umar prohibió la amputación de manos (hadd) a los ladrones, con el argumento de que la desesperación y la pobreza justifican parcialmente al que roba. La pregunta pertinente es: ¿cómo es posible aplicarle dicha pena a quien roba para saciar su hambre? En realidad ese supuesto ladrón está cumpliendo con el mandato de conservar la vida, por ser un don divino, tratando de satisfacer una necesidad dictada por la naturaleza.

 

Eso nos hace pensar que los principios de la shar’îa no son únicamente del tipo: “al ladrón y a la ladrona, cortadles la mano”, y su aplicación no es tan simple como coger a un niño de los suburbios que ha robado una manzana para ser castigado “según Al-lâh lo ordena”. En este caso estamos realizando una de esas aplicaciones falsas de la shar’îa contra la que el Qur’án nos había prevenido:

 

En verdad, hemos puesto [toda clase de] fuerzas shaytánicas cerca de aquellos que [realmente] no creen; y [por eso,] cuando cometen un acto deshonesto, suelen decir: “Hallamos que nuestros padres lo hacían,” y, “Al-lâh nos lo ha ordenado.”

 

Di: “Ciertamente, Al-lâh no ordena actos abominables.
¿Vais a atribuir a Al-lâh algo de lo que no tenéis conocimiento?”

(Qur’án, surat 7, al-A’raf, ayats 26-28)

 

Estas ayats anteriormente citadas se clarifican aquí sobremanera: la aplicación de la ley despojada de su objeto es un acto abominable, un acto de sinrazón equivalente al retorno a la época de la yahilia. La aplicación de un precepto sin atender a su sentido hace de las letras una especie de ídolo terrible. Es aquí cuando nos damos cuenta de que el iytihâd no es un capricho de juristas sino una obligación ineludible. Es por eso que decíamos al principio que se trata de una pieza imprescindible del dîn del islâm en su pureza: sin iytihâd no hay desarrollo de la shar’îa.

 

Continuando con nuestra argumentación en torno al hadd, y si recordamos el hadith según el cual en una comunidad islámica no debe haber ni un sólo hombre que pase hambre, nos damos cuenta de que el mandato coránico sobre la amputación de las manos no se refiere al que roba por necesidad sino al que roba por codicia o acumula tesoros mientras la población pasa hambre. En ese sentido recordamos el hadith donde el Profeta Muhammad nos dice: “Al-lâh ha establecido las provisiones de los pobres en las haciendas de los ricos. Si existen hambrientos y desnudos, se debe a las transgresiones de los ricos.” (De “Al Mustadraq”, tomo I, pag. 509). Mientras no se acaben con esas transgresiones no puede ser justo aplicar el hadd literalmente.

 

Llegamos así a darnos cuenta de que dicha ayat hace referencia más al robo encubierto (llamado de guante blanco) que no al tirón de un bolso. Es aquí cuando se puede comprender la afirmación de que “cortar las manos” significa “quitar la posibilidad operativa de...”. Este ayat estaría entonces en la dirección de la lucha islámica contra la usura (riba): se trata del esfuerzo por cortar los mecanismos que permiten la acumulación de capital en unas pocas manos, verdadera causa de la destrucción de la naturaleza y de la pobreza en el mundo. 

 

3. De Roger Garaudy: las incoherencias de las religiones (fragmento)

 

No se podría decir más claramente que la lectura del Corán, como igualmente de cualquier texto sagrado, debe ser a la vez histórica y simbólica, no literal.

Un ejemplo que muestra a la vez cómo los mensajeros “hablaban al hombre en la historia y mediante parábolas”: la directiva del Corán de cortar la mano del ladrón y de la ladrona (5, 38), es evidentemente una ley ligada a una época histórica determinada en donde, para robar un saco de trigo o una cabra el ladrón tenía necesidad de las manos. Hoy un especulador dictando a su secretaria que cambie un millón de dólares a otra moneda según las fluctuaciones del cambio es una forma más clamorosa, y sin embargo legal, de robo o de lo que el Corán condena bajo el nombre de riba, el dinero ganado sin trabajo y que no exige la utilización de la mano.

 

Pero el carácter simbólico es aún más evidente: bajo su forma simbólica ese versículo nos muestra que hay que quitar al ladrón el medio de robar, como decía Jesús: “Si tu ojo te induce en tentación, arráncatelo”. Esta interpretación del versículo coránico es tanto más evidente que el versículo siguiente (5, 39) añade: “Si uno se arrepiente después de haber obrado impíamente y se enmienda, Dios se volverá a él. Dios es indulgente, misericordioso”.

 

¿Cómo un DIOS que perdona, un DIOS misericordioso, podría infligir una pena irreversible que hace imposible el reintegrar el individuo en la comunidad mediante el trabajo y, al contrario, lo hace irremediablemente dependiente e incapaz de colaborar con sus manos en la tarea de la comunidad?

 

Se trata, pues, de una parábola como repite constantemente el Corán: “Dios propone símiles a los hombres. Quizás, así, se dejen amonestar” (Cor. 14, 25). Pero el literalista es precisamente aquel que se dispensa de reflexionar.


 

* Extraído de El significado del Corán, edición de la Junta islámica, pág. 147)

 

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