Número 144  //  20 de octubre de 2001  //  3 Sha`ban 1422 A.H.

 MUJER

Virginidad y patriarcado

Por Fatima Mernissi



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Los límites de la tradición en una sociedad cambiante

 

No es ningún secreto que la virginidad de algunas novias en la noche de bodas es artificial. Para alegría de los ginecólogos que conocen el procedimiento necesario, muchas mujeres jóvenes en vísperas de su boda se someten a una pequeña operación para borrar las huellas de sus relaciones prematrimoniales. Antes de iniciarse las celebraciones tradicionales de la modestia virginal e inocencia patriarcal, la novia tiene que encontrar un médico benévolo dispuesto a realizar la transformación milagrosa, que en cuestión de minutos la convierte en uno de los bienes más preciados del hombre mediterráneo: la virgen, con el himen intacto sellando una vagina inmaculada que no ha sido tocada por ningún hombre.

 

Por curioso que parezca, la virginidad es un asunto de hombres, en el cual las mujeres solamente participan como intermediarias silenciosas. Como el honor, la virginidad se convierte en una preocupación específicamente masculina cuando la desigualdad, la escasez y la degradante subordinación de algunas personas a otras privan a la sociedad en general de la única fuerza humana: la confianza en uno mismo. Los conceptos de honor y virginidad hacen depender el prestigio de los hombres de la entrepierna de una mujer. La posición de los hombres no se determina por su capacidad de dominar la naturaleza o de conquistar ríos y montañas, sino por el control que ejercen sobre las mujeres a las cuales están unidos por lazos de sangre o el matrimonio, y por evitar que tengan cualquier contacto con hombres desconocidos.

 

La relación entre las mujeres y la naturaleza

 

No es de extrañar que en los países mediterráneos, en los cuales esta preocupación por la virginidad es muy arraigada, los hombres sigan usando una tecnología caduca y poco evolucionada, especialmente en la agricultura. Es como si en algún lugar se hubiera bloqueado algo, haciendo imposible que estos pueblos, por lo demás cultos y refinados, controlen a la naturaleza. En una sociedad que venera a la virginidad la naturaleza, la fuente de la vida, es la única fuerza que todavía constituye un reto para los hombres. En la cultura mediterránea la subordinación de los hombres a fuerzas naturales caprichosas e imprevisibles solamente es igualable a la subordinación de las mujeres a los hombres, como si hubiera alguna relación extraña, velada y distorsionada, entre las mujeres y la naturaleza. Y de hecho ambas son incontrolables a no ser que se cambie el orden natural de las cosas.

 

Con este propósito se ha institucionalizado la virginidad, para evitar que las mujeres tengan hijos según los dictados de la naturaleza, del placer y del deseo. No es de sorprender que en el catolicismo, que por excelencia se opone al placer y en el cual el acto sexual es por definición pecaminoso, si no sirve a la procreación, se adore a la Virgen. El ejemplo de esta religión además demuestra que la virginidad no se debe subestimar como síntoma de conflictos profundamente soterrados y dolorosos. Es la portadora de mensajes cuyo significado no tienen nada que ver con el insignificante trozo de himen que los encubre. Otras culturas han elegido otras partes del cuerpo para simbolizar sus conflictos y sufrimientos, en algunos lugares los pies y el cuello, en otros las mejillas o el prepucio.

 

La novedad es que ahora la virginidad es a veces artificial: se han agrietado los fundamentos del trato entre los sexos. Sin embargo, al mismo tiempo las mujeres se han dado cuenta de que para proteger a los hombres del disgusto, para mantener sus ilusiones, para que no tengan que afrontar una realidad tan inquietante para ellos, tienen que mantener las apariencias. El precio que pagan por ello es muy alto, entre 500 y 1.000 dirhams (el gasto medio anual de una familia de agricultores es de 65 DH, cosa que inmediatamente da una noción de las clases sociales que practican estos juegos). Pero no es tan alto como antes: era de 2.000 DH en 1968, lo cual indica que la operación del himen' ahora se realiza con más frecuencia que hace unos años.' Pero en realidad la pregunta es la siguiente: ¿Por qué una mujer tiene que jugar un truco tan sucio al hombre con el cual va a pasar el resto de su vida y con el cual compartirá en los años venideros hijos, Alegrías, dolores y secretos? ¿Esto en realidad no es una traición tremenda hacia el hombre que la ha elegido como esposa?

 

La falta de comprensión entre los sexos

 

De hecho esta extraña simulación de la virginidad, tan característica de una modernización que pone las más avanzadas tecnologías médicas a disposición de los imperativos ancestrales de la familia patriarcal, es un indicio muy claro de la falta de comprensión que ha caracterizado las relaciones entre hombres y mujeres durante siglos. Es el resultado de la desigualdad, de una desigualdad que sigue existiendo en todos los sitios donde hay un estancamiento económico y la corrupción de las costumbres y tradiciones se niega o no se quiere admitir, por lo cual tiene efectos mucho más profundos y subversivos. Es trágico que todavía existan individuos y colectivos que viven los cambios pasivamente, sin querer admitir que han ocurrido y por lo tanto muy mal preparados para acomodarse a ellos, para volver a elegir con el fin de salvar los únicos valores que merecen ser preservados: la dignidad y el respeto por uno mismo y los demás. La virginidad artificial es degradante no solo para la mujer que la adquiere sino también para el hombre que la penetra y para la pareja que se ha formado, unida para siempre en el engaño.

 

La falta de comprensión entre los sexos también se manifiesta en el hecho de que toda responsabilidad por el acto sexual es relegado en la mujer. Aunque a veces se piense lo contrario, para la desfloración, igual que para el embarazo, hacen falta dos personas: un hombre y, una mujer. Y aunque la moralidad del patriarcado hace responsable a la mujer, la ley no lo dice así. Legalmente las relaciones sexuales entre dos personas de sexos diferentes que no se hayan unido en el matrimonio es un crimen y ambas partes deben cumplir la misma condena, entre un mes y un año (artículo 490 del código penal). Esta divergencia entre la lógica de la ley que establece la responsabilidad conjunta de las dos personas implicadas en el acto sexual y la irracionalidad de la mentalidad machista que de forma egoísta hace cargar a la mujer con toda la responsabilidad de la desfloración ya es suficiente para explicar la reacción también ilógica e egoísta de las mujeres que recurren al truco de la virginidad artificial.

 

Otra explicación del éxito de la virginidad artificial sería que los hombres piden lo imposible: por un lado quieren disfrutar de las mujeres en breves relaciones sexuales anteriores al matrimonio y por otro a la hora de casarse buscan con auténtico frenesí una virgen que no haya sido profanada por ningún otro hombre. Lo más probable es que un hombre de este tipo en su noche de bodas penetre los puntos hábilmente cosidos por un ginecólogo. Y se lo tiene bien merecido: él mismo ha profanado a hijas, hermanas y primas de otros hombres que de esta manera, según él, han perdido el honor. Para un hombre que desea casarse con una virgen después de desvirgar a otras mujeres fuera del matrimonio, el sexo es una profanación, el contacto sexual una experiencia degradante que envilece a la mujer y a cualquier hombre relacionado con ella por lazos matrimoniales o de sangre. Después de destruir el honor de otros hombres profanando a las chicas jóvenes de su familia, en el día de su boda pretende ser el héroe victorioso que se casa con la joya más preciada: una mujer que no ha sido tocada por ningún otro hombre.

 

Si los hombres realmente respetaran la virginidad, deberían ser honestos consigo mismos: no deberían tener relaciones sexuales extramatrimoniales o prematrimoniales. Hacer esta sugerencia en un país árabe solo provoca sonrisas, pero de hecho es justamente lo que los líderes revolucionarios piden a su gente joven. Abogan por la abstinencia la paciencia de ambos sexos y la fría austeridad de la revolución se impone con el mismo rigor a las chicas como a los chicos.

 

El patriarca como personaje trágico

 

La sexualidad es una de las características humanas más maleables y las sociedades siempre se han aprovechado de ella para conseguir sus fines, a veces con enormes sacrificios. Para caer en la cuenta de esto solo hay que leer los textos clásicos de la antropología, sobre todo la literatura antropológica que trata de los llamados países desarrollados, en particular las descripciones del comportamiento sexual en los suburbios de París y Nueva York, que son el resultado del capitalismo basado en el consumo de bienes innecesarios.

 

Sea como sea, la imagen del hombre virgen, temblando en toda su pureza e inocencia en la víspera de su casamiento, al hombre árabe le parece totalmente absurda. En cambio, es justamente como quiere ver a su mujer. Esta es precisamente la gran tragedia del hombre patriarcal. Su prestigio está determinado por valores contradictorios, irracionales y esquizofrénicos y depende de un ser, definido por él mismo como enemigo: la mujer en su silencio subterráneo, la mujer que lo ahoga en un mar de mentiras y lo enreda con sus manipulaciones sórdidas. Como represalia se aplica la ley del talión: ojo por ojo, mentira por mentira... El círculo vicioso de un diálogo imposible de parejas mutiladas por un patriarcado absurdo.

 

En tres artículos que tratan la psicología del amor, Freud describe las motivaciones y el funcionamiento del subconsciente patriarcal. Nos recuerda que el tabú de la virginidad pertenece al pasado más primitivo de la memoria humana y que es una expresión del miedo del hombre a la mujer. Este miedo surge en primer lugar por el privilegio inalcanzable de las mujeres de ser las únicas que pueden engendrar vida de su propia sangre. En segundo lugar nace de la sospecha de que, tras del velo de la obediencia, las mujeres pudieran estar tramando su venganza. El patriarcado además separa afecto y sexualidad: los hombres hacen frígida a la esposa que respetan y para su placer acuden a mujeres inferiores, antaño a esclavas y ahora a prostitutas. Una consecuencia lógica de esta separación es la impotencia, que Freud identifica como un fenómeno psicológico. Consiste en la incapacidad del hombre de realizar el acto sexual con una mujer que según sus propios criterios es ideal y a quien respeta; solamente lo consigue con una mujer a quien desprecia o a quien compra. En sus artículos Freud nos enseña la patología, los meandros del amor torturado y torturador de aquellos que son incapaces de mutilarse lo suficiente como para ser viril en el sentido que exige el sistema. Un sistema que teme al cuerpo de la mujer y por lo tanto hace lo que puede para dañarlo y desfigurarlo, para esconder su belleza y su fuerza.

 

Esquizofrenia social

 

Los hombres se transforman en una inmundicia para ensuciar a su pareja y de esta manera convierten al acto sexual en algo destructivo y degradante. La virgen desflorada se convierte en una mujer perdida, mientras que el hombre sale de la refriega como el fénix de la ceniza, más puro, más hombre, más digno de respeto. Según los criterios de la psicopatología esto es una esquizofrenía: una contradicción tan profunda que abarca tantos aspectos de la vida que no la pueden admitir como tal ni las personas ni la sociedad en general sin destruirse a sí mismas. En el patriarcado el acto sexual es infantil: el hombre no ha superado el miedo terrible a la madre engendradora de vida ni adquirido la madurez necesaria para entender el placer sexual como una relación entre dos seres igualitarios, en lugar de un mecanismo para establecer una jerarquía, imponer el poder y la dominación, y por lo tanto la deshumanización.

 

Si los hombres realmente respetaran la virginidad, la tendrían que reivindicar como virtud prematrimonial tanto para hombres como para mujeres. En China los chicos adolescentes sufren las mismas restricciones que las mujeres. Es muy probable que allí los jóvenes desfloren a auténticas vírgenes en su noche de bodas: en la China del Gran Mao no se necesita ningún truco, la gente está acostumbrada a controlar sus deseos y a canalizarlos en función del objetivo ulterior, el desarrollo nacional. En China la virginidad que se impone a hombres y a mujeres por igual tiene una meta racional, forma parte de un plan general para los recursos nacionales, el de reducir el número de nacimientos. Las mujeres son más fértiles antes de llegar a los treinta. Pedirle a los hombres que no tengan relaciones con mujeres más jóvenes y a las mujeres que no se casen antes de los treinta es una de las medidas más draconianas que existen para mantener bajo el número de nacimientos. En cambio en los países árabes la virginidad no tiene ningún fin económico aparente.

 

¿En nuestro país la virginidad forma parte de algún plan nacional? ¿O simplemente flota, artificial y venial, en el miasma de una moralidad distorsionada, sin una orientación o un objetivo racional? Según los reglamentos de nuestra religión ambos sexos deberían consumar el matrimonio siendo vírgenes. Este hecho prueba que el Islam no es respetado por los hombres que dicen guiarse por sus principios. El respeto por los preceptos de la religión exigiría un cambio fundamental en la mentalidad y personalidad de los hombres, una nueva valoración de sus relaciones con el sexo opuesto v la adquisición de principios sólidos y consistentes para guiar sus vidas.

 

Sin embargo, llegado a este punto, cabe preguntarse si la virginidad es un concepto social, regulado únicamente por la costumbre y la tradición, o si es un fenómeno legal establecido por la ley. En el artículo 42 de la Mudawana, la ley marroquí para la regulación del estado civil, se habla de la virginidad en el contexto de las formalidades administrativas que se deben cumplir antes del matrimonio. Afirma que el contrato matrimonial debe especificar si la novia es virgen o no. En el artículo 27 de la misma ley se establece que el novio no puede insistir en la consumación del matrimonio antes de pagarle a la novia su parte del sadaq (dote) que le debe. Además si el matrimonio es consumado antes de recibir el dinero de la dote, la novia ya no puede reclamarlo. La virginidad también aparece en el código penal, en el apartado dedicado a «crímenes y ofensas contra el orden familiar y la moralidad pública», dónde se refiere a la violación, que normalmente cuenta con condenas de 5 a 10 años de cárcel. Si la mujer violada era virgen se aumenta a entre 10 y 20 años. La penalización del acoso sexual también se agrava si se produce la desfloración (artículo 488). La mudawana y el código penal no cuentan con cláusulas especiales para el marido de una mujer que se casa por primera vez, si en la noche de bodas descubre que no era virgen.

 

Sin embargo, los rituales y las costumbres son mucho menos reservados que la ley, sobre todo en lo que respecta a la costumbre de mostrar públicamente la ropa interior de la novia después de la noche de bodas, un ritual que demuestra la función principalmente social de la virginidad. En algunas regiones se produce una bid’a (innovación o desviación de la ley tradicional de los mahometanos) de carácter especial. Además de mostrar las bragas manchadas de sangre en una bandeja, según los dictados de la moda un certificado de virginidad oficialmente expedido por un médico es fijado con un imperdible en dicha prenda. En todo caso, es bien sabido que cualquier duda acerca de la virginidad de la novia 1 un drama y un escándalo tanto para la familia del novio como para la de la novia. Esto explica porqué muchas jóvenes recurren a hímenes artificiales y ademanes de inocencia que son tanto más pronunciados cuanto más celoso y desconfiado sea el novio. Cualquier intento de ser francas acabaría en un distanciamiento. Para disipar las sospechas, las novias deben hacer alarde de su inocencia, demostrar una ignorancia estudiada y dejar toda iniciativa en manos del novio. Tienen que negar su propia existencia para vivir en el concepto que los novios tienen de ellas. Para un hombre que teme una relación igualitaria no puede haber mayor orgullo que una mujer que lo reafirma en el papel de patriarca, de dueño y señor. Pero si las mujeres conocen tan bien los deseos de los hombres, ¿por qué no permanecen vírgenes? ¿Por qué se dejan seducir por hombres que seguramente no las respetan? ¿Por qué acceden a jugar una comedia tan degradante para ellas como para los hombres? Esta es precisamente la pregunta que se hacen los hombres.

 

Consecuencias de la desigualdad

 

La respuesta se ha de buscar en los fundamentos ideológicos de la familia musulmana, que solamente condena a la mujer a la monogamia y al control de sus instintos sexuales. Para los hombres no existen limitaciones de este tipo: pueden tener tantas parejas como quieran. Además de cuatro esposas legales, todo hombre tiene derecho a tantas concubinas como le permite su bolsillo. Además, por medio de la repudiación puede cambiar sus parejas sexuales legales tantas veces como desea. Debido a la deprimente realidad económica, los hombres han tenido que prescindir del harén, la institución tradicional del concubinaje, todavía muy arraigada en la memoria colectiva. Desapareció lentamente a partir de los años treinta, al prohibirse la esclavización de las mujeres en Marruecos. Pero aunque la dura situación económica haya impuesto límites a la promiscuidad de los hombres, los principios no han cambiado. En la mudawana de 1957 se confirma el derecho del marido a la poligamia y a la repudiación. Y dónde hay desigualdad también hay engaños, subterfugios, hipocresía y el deseo, admitido o no, de venganza.

 

Es evidente que en sociedades que solamente le permiten a uno de los dos sexos tener varias parejas, tienen que surgir conflictos más o menos abiertos que se manifiestan en comportamientos más o menos agresivos. La magia es uno de ellos. Por medio de rituales y signos ancestrales las mujeres intentan conquistar y retener a los hombres sobre los cuales de hecho no tienen ningún derecho. Esto tiene muchas consecuencias: los médicos, sobre todo en el sur, afirman que hay pacientes que se presentan en la sala de urgencias alegando que sus mujeres los han envenenado con filtros mágicos. Abundan los rumores acerca de los remedios milagrosos, desde las muy valoradas cabezas de hiena, requisadas por las autoridades, hasta el famoso cachalote de Sehb Edhab (un lugar en Marruecos). No importa la autenticidad de estos rumores, su significado es simbólico, son indicadores de la fantasía, de las necesidades, de los deseos y de las tensiones producidos por la desigualdad.

 

La gran variedad de recursos para manipular los fenómenos biológicos sexuales cumplen la misma función. La virginidad artificial solamente es una versión moderna de la sangre de gallina que antiguamente manchaba las bragas de las supuestas vírgenes; uno de tantos trucos ancestrales que las mujeres transmiten de una generación a otra. Se producen embarazos falsos, nacimientos falsos y orgasmos falsos. Cuando una mujer se siente arrinconada porque no puede satisfacer sus propios deseos, y cumplir a la vez las normas impuestas por su grupo social, le quedan estos trucos, que son el corolario de la desigualdad. Así una mujer soltera que desea casarse puede quedar embarazada o fingir que lo está, para obligar a un amante que no quiere casarse con ella, a asumir esta responsabilidad. Una mujer casada pero estéril es capaz de simular que ha dado a luz a un niño que de hecho ha sido cedido por otra mujer que no lo quería por razones sociales o económicas. En cuanto a los orgasmos falsos, son tan comunes que no hace falta ni explicarlos.

 

Cambios sociales y la asignación de espacios nuevos

 

Como hemos visto, la virginidad artificial no es un concepto nuevo, pero ahora hay más vírgenes falsas que antes. Los cambios sufridos por la sociedad marroquí hacen cada vez más problemático el concepto social de la virginidad. Por naturaleza los cuerpos de ambos sexos están preparados para ser sexualmente activos desde la pubertad y los cambios que se han producido han llevado a la creación de un nuevo contexto, en el cual la preservación de la virginidad ha dejado de ser la responsabilidad del grupo social y se ha convertido en una decisión individual. Son cambios sociales, institucionales, económicos y psicológicos que juntos han dejado una huella profunda en la vida cotidiana.

 

Los cambios institucionales son ante todo responsables de asignarle un espacio social a las mujeres y de acabar con la segregación sexual, para decirlo de alguna forma. Esto trastorna completamente la dinámica sexual ideal de la sociedad musulmana que regulaba hasta el último detalle y no permitía que los hombres y las mujeres ocuparan los mismos espacios sociales. Los hombres se podían mover libremente, las mujeres en absoluto o mucho menos. Era extraño ver a una mujer fuera del hogar, solamente podía salir para asistir a encuentros familiares o para visitar un marabout, la tumba de un santo. Además tenía que protegerse de mil maneras, sobre todo con el velo, un recurso que le permitía moverse en el espacio social de los hombres sin ser vista. Incluso en la actualidad una mujer se expone a agresiones y a humillaciones si sale a la calle, a la playa o a un café. Actualmente la ancestral memoria colectiva irrumpe de nuevo de forma violenta, y obliga a la mujer a volver a la esfera doméstica. La tradicional segregación de los espacios sociales además encuentra su justificación en los textos sagrados, por ejemplo en el Corán, Sura 24, verso 31. El velo es un símbolo de la fantasía colectiva de la comunidad musulmana que quiere hacer desaparecer a la mujer, evitar su participación en la vida de la comunidad y desterrarla al hogar, un territorio fácil de controlar. De esta manera no se puede mover libremente y si irrumpe en el espacio reservado a los hombres tendrá que llevar una máscara para denotar que se encuentra fuera de su lugar. El miedo casi enfermizo de la comunidad a la mujer, parece corroborar esta conclusión, que además explicaría la violencia y la persistencia con que se reacciona contra los derechos de la mujer, defendidos por los nacionalistas e institucionalizados por ellos en las luchas anticolonialistas. También explicaría la importancia que tuvo la demostración pública de Muhammad V de quitarle el velo a su hija, la princesa Aisha, en Tánger en 1947 o el impacto que tuvo Allal al‑Fassi, que al escribir la Carta árabe insistió en el derecho de la mujer a la educación y a la participación en la vida social, temas que también toca en su libro An‑Naqd ath‑thati.

 

Cambios en la legislación y en las estructuras económicas

 

Estas ideas que parecen tan radicales en el contexto de la segregación tradicional del espacio se han conseguido plasmar, a pesar de todo, en textos tan básicos como la Constitución de Marruecos. En el artículo 9 se establece el derecho de todos los ciudadanos de moverse libremente y el derecho de asentarse en cualquier parte del reino. Aunque hay textos legales de menor importancia que contradicen este artículo, la naturaleza progresista de la constitución es innegable. Es un paso para acabar con la segregación de las mujeres que ahora, como ciudadanas, tienen los mismos derechos a la educación y el trabajo que los hombres (artículo 13). La educación de las mujeres marroquíes todavía deja mucho que desear, pero el simple hecho de que tengan derecho a ella ya es de por sí revolucionario, si por revolución se entiende un cambio importante que transforma de golpe el orden social y moral.

 

La constitución puso punto final a los siglos de reclusión de la mujer y a la rígida separación de los sexos. Los reaccionarios doctores de la ley mahometana o ulemas que se oponían a las tendencias feministas del movimiento Salafie (una conocida hermandad religiosa con influencias políticas) realmente tenían porqué preocuparse: se estaba gestando un nuevo orden. En los colegios mixtos, en el trabajo, en el mercado laboral, en oficinas, conferencias y en el transcurso de las diferentes actividades comerciales, hombres y mujeres estaban a punto de descubrir que podían tener relaciones más ricas que las dictadas por la empobrecida y limitada sexualidad del modelo patriarcal. De repente una de las restricciones más efectivas para controlar las relaciones prematrimoniales dejó de existir y era casi imposible controlar la actividad sexual.

 

Esta tendencia fue reforzada por cambios radicales que se producían simultáneamente en la estructura económica de la familia, entre ellos la pérdida de poder del padre de familia. La familia siempre había funcionado como una unidad de producción autosuficiente que movilizaba a sus miembros, tanto hombres como mujeres, para trabajar y los ponía a disposición de un patriarca que era a la vez su jefe y su sustento. Actualmente el padre a menudo está en el paro. Hassan Sebar calcula que en 1979 el desempleo era del 35%. Esta pérdida de autoridad patriarcal es una consecuencia de la situación económica actual, que obliga a mujeres y a niños a trabajar. Esta situación fomenta tendencias individualistas dentro de la familia, que ya ha encogido. Además del desempleo entra en juego otro factor, la emigración, que ilustra claramente la pérdida de poder del padre, al convertirlo en pura formalidad y amenazar al mismo tiempo la unidad de la familia.

 

El acoso de las chicas jóvenes

 

Para las mujeres y chicas jóvenes la pérdida de poder del padre significa que tienen que entrar en el mercado laboral y cumplir sus mandatos, que son muy duros. A menudo una joven de diecisiete o dieciocho años, maestra, enfermera o secretaria, se ve obligada a vivir lejos de sus padres. Esta separación puede ser traumática para chicas que se han criado en el núcleo hermético de la familia, y al principio se sienten muy inseguras y solas. Se ven obligadas a relacionarse con gente desconocida en sus nuevos lugares de trabajo. Solo es natural que estas jóvenes mujeres que se ganan la vida solas con el tiempo lleguen a tener relaciones con hombres de su edad que no son en absoluto tradicionales. La autosuficiencia de la mujer altera profundamente las relaciones entre los sexos. No es casual que los defensores de la revolución y de la liberación de la mujer siempre hayan subrayado la importancia de la integración de la mujer en la construcción y el desarrollo de la sociedad.

 

En cambio los hombres se oponen a esta integración. Insisten en sus privilegios y persiguen a estas jóvenes mujeres que se encuentran en una situación insegura porque sus familias son pobres y no las pueden alimentar. Muchas de ellas a primera vista creen que estos hombres son la solución a todos sus problemas: el matrimonio. Con los padres en el paro y una educación deficiente, progresar gracias al matrimonio parece ser la única manera de asegurarse un puesto al sol. Para seducir a estas muchachas, los hombres aprovechan todos los tópicos que ellas desean: dinero y un empleo seguro en uno de los nuevos sectores de la economía, la promesa de bienestar y comodidad. En consecuencia, en Marruecos la seducción de mujeres jóvenes por hombres mayores se produce entre miembros de determinadas clases sociales. El caso más extremo es el de la seducción de criadas por sus señores, después abandonadas a los cuidados de la sala de partos de los hospitales públicos.

 

Otro ejemplo característico se refleja en las colas de ejecutivos cuarentones y cincuentones que esperan en sus enormes coches —a menudo de la empresa, detalle que las chicas tienden a olvidar— delante de las escuelas y colegios para chicas. Lo peor de todo es que se culpa a las chicas por su debilidad, en lugar de condenar a estos hombres adultos por aprovecharse de esta manera del desempleo y de la miseria. Las chicas se dejarán seducir de este modo mientras su futuro económico siga siendo incierto, amenazado por una economía determinada desde el extranjero. En cuanto a los hombres mediterráneos, educados para seducir, perseguir y dominar a las mujeres, e incapaces de concebir el amor como un intercambio total y profundo entre dos individuos, seguirán penetrando hímenes cosidos, tan artificiales como sus relaciones con las mujeres. Asimismo mantendrán su actitud traumatizada respecto a los cambios y se agarrarán a reglas sociales banales en lugar de controlar su entorno, su espacio social, el mercado internacional y sus mecanismos, la tecnología, la energía, en una palabra, todo lo que realmente determina sus vidas.

 

El síntoma del malestar

 

La relación entre los sexos estará llena de mentiras y engaños mientras los hombres no estén dispuestos a abandonar su concepto esquizofrénico del acto sexual como una transacción entre ambos sexos que tiene consecuencias —como la desfloración, el embarazo extramatrimonial y la prostitución— de las cuales únicamente se culpa a las mujeres, a pesar de que requieren la participación de los hombres. La virginidad artificial, lejos de ser un fenómeno insignificante, es la manifestación de un malestar ancestral que durante siglos ha frustrado el deseo de hombres y mujeres de amarse y de respetarse mutuamente. Es un malestar que nace de la desigualdad sexual, por definición antinatural, y cuyo efecto es antisocial. Un hombre que piensa que está profanando a su pareja al hacer el amor en el fondo debe creer que es una inmundicia, no solo en cuanto al sexo, sino a todos los niveles y es fácil de imaginar su fracaso en el intento de autodeterminación, por ejemplo en la política.

 

La política y el sexo están muy unidos. Las clases dominantes han sabido manipular a la perfección la imagen que tiene la gente de su cuerpo y de sí misma, en todas las épocas (le la historia del ser humano, que desgraciadamente también es la historia de la explotación. En el contexto histórico, las relaciones sexuales también forman parte de la lucha de clases y se expresan a través de ella.

 

Además de las relaciones de producción hay que examinar las relaciones de reproducción: el problema del analfabetismo de las mujeres pobres, especialmente en las zonas rurales, además de su exclusión de la formación y del sector moderno; y la repercusión que todo esto tiene en la prostitución, que se está convirtiendo en una auténtica industria en países con un alto índice de desempleo. El problema de los servicios sexuales ofrecidos por mujeres de clases sociales bajas, de hecho, se debe considerar como el problema de. bienes en un mercado económico patriarcal dominado por el choque de fuerzas imperialistas internacionales y compradores locales. Solamente de esta forma se puede llegar a una verdadera comprensión de los problemas que se discuten en las sobremesas como fenómenos morales y éticos aislados, en apariencia sin ninguna relación con la estructura social y económica del país.

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