Número 140  //  21 de septiembre de 2001  //  4 Rajab 1422 A.H.

 MUJER

El papel de las mujeres: el criterio del Islam

Por Seyyed Hossein Nasr  



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Uno de los mayores errores del mundo moderno es el esfuerzo que se hace en todas partes para destruir todas las diferencias cualitativas y reducir todas las cosas a un mínimo común denominador en nombre de la igualdad y la democracia. Ésta es una de las características más sobresalientes de la tendencia hacia el total imperio de la cantidad que aflige al mundo moderno. Este error se observa de forma especial en la cuestión de la relación entre los dos sexos y del papel de las mujeres en la sociedad. Se dice que la! mujeres deben ser iguales a los hombres. Tal afirmación sólo podría hacerla una mujer que hubiera dejado de estar orgullosa de ser mujer y no comprendiera plenamente todas las posibilidades inherentes al estado femenino. Al tener un sentimiento de inferioridad por lo que ella es, trata de convertirse en otro varón, de convertirse en algo en lo que nunca puede convertirse en realidad. Para una mujer, el intento de emular la condición masculina significa en el mejor de los casos convertirse en un hombre de segundo orden, lo mismo que te ocurriría a un hombre si tratara de emular el estado femenino.

 

En el islam, el papel de los hombres y las mujeres se ve como algo complementario más bien que competitivo. Ante Allâh, el hombre y la mujer son iguales. Tienen que realizar los mismos ritos islámicos y, ante Él, deben asumir la misma responsabilidad por sus actos. Por eso se puede decir que en su relación con la Realidad metacósmica son iguales. Pero en el nivel cósmico, que significa los niveles psicológico, biológico y social, sus papeles son complementarios. Del mismo modo que la procreación implica una unión biológica de los dos sexos, una unión que los comprende a ambos y en la que ellos participan de una manera armoniosa más bien que opuesta; una estructura social con sentido también debe basarse en la cooperación armoniosa de los dos sexos. El islam cree que en el orden social los deberes deben estar divididos de tal forma que los hombres puedan llevar a cabo lo que les permite realizar sus potencialidades corno hombres y, del mismo modo, las mujeres deben tener un papel en conformidad con el genio y la naturaleza de su sexo. Una sociedad en que la máquina aplasta la posibilidad misma del pleno desarrollo de la naturaleza humana, ya sea la masculina o la femenina, o en la que las presiones existentes son tales que los hombres se vuelven cada vez menos masculinos y viriles y las mujeres cada vez menos femeninas y receptivas, se encuentra en los antípodas del ideal social islámico.

 

Cuando los tipos masculino y femenino se confunden por el caos de un orden social en el que resulta poco menos que imposible que los hombres sigan siendo hombres y las mujeres, mujeres, las posibilidades de desarrollo espiritual se vuelven muy débiles, pues los hombres y las mujeres sólo se pueden acercar a lo Divino permaneciendo fieles a la forma en que el Creador los ha hecho y de acuerdo con su destino. Ahora bien, hay que recordar que los hombres y las mujeres no determinan su propio sexo. Su sexo, como su raza y su color, o su lugar y fecha de nacimiento, es determinado por Allâh, y los hombres y las mujeres no pueden rebelarse contra ello si quieren realizar la plenitud de posibilidades de su propia naturaleza. Una sociedad normal y sana, de lo que la sociedad islámica tradicional consti­tuye un excelente ejemplo, es aquella en que tanto a los hombres como a las mujeres se les da la posibilidad de desarrollar plenamente su naturaleza y contribuir a esa riqueza y diversidad que caracteriza a la creación y refleja la Unidad del Principio Divino. Ahora más que nunca, el deber de todos los que se preocupan por el «hombre» de una manera seria, del «hombre» en sus formas masculina y femenina, consiste en defender conscientemente los valores de las sociedades tradicionales, que están amenazados desde todas direcciones por los errores exhibidos en el mundo moderno con la forma de las «ideas actuales» y el «espíritu de los tiempos», y que pretenden hablar por el bien de la humanidad cuando en realidad no son más que un veneno que mata el espíritu tanto de los hombres como de las mujeres y los arrastra a un nivel infrahumano.

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