Número 142  //  10 de octubre de 2001  //  22 Rajab 1422 A.H.

 PENSAMIENTO

Jesús, hijo de Dios y el Islam 

Por Roger Garaudy



Recomienda esta página 


 

 


Hubo un tiempo, especialmente en España después de 1492, es decir, después de que los Moros se convirtieran en una minoría oprimida, encerrada en sí misma y crispada en la voluntad de defender su identidad, que una Iglesia triunfante imponía, mediante la Inquisición su dogmatismo literalista, preocupada en particular por extirpar toda huella de arrianismo antitrinitario que, en España, desde hacía mucho tiempo, había sido confundido con el Islam.

 

Ningún diálogo era posible entre las dos comunidades, sino solo unas polémicas sectarias sobre la Trinidad o la encarnación de Jesús.

 

Unos se atenían a una lectura literal, puntillosa, sin crítica ni sentido histórico del Corán, del que cada palabra, fosilizada por la tradición, era intocable; los otros, repetían dogmas igualmente intocables en una lengua que no conocían (el griego, incapaz de traducir la experiencia inédita de Jesús). Se polemizaba sin fin y sin la preocupación de escuchar al otro, sobre la Trinidad y la Encarnación.

 

Los unos invocaban, creyendo defender así el monoteísmo del Islam contra lo que ellos llamaban el triteismo cristiano, el versículo del Corán (112,3): «Ni ha engendrado ni ha sido engendrado». Como si, desde 1215, el Concilio de Letrán no hubiese declarado: «La soberana realidad es a la vez PADRE, HIJO, ESPIRITU SANTO: esta realidad ni engendra ni ha sido engendrada ni procede de otra que ella misma». (El texto latino es exactamente el del Corán: «Non est generans neque genita, neque procedens»).

 

Para evitar toda polémica inútil para la fe y subrayar la unidad de DIOS, en 1605, el patriarca de Valencia precisaba, en las Constituciones de su Seminario: «Tres personas y un solo DIOS». Así como su precursor, el arzobispo de Valencia, Martín de Alcalá, en su catecismo de 1566, añadiendo, con ocasión del signo de la cruz: «En el nombre del Padre del Hijo, del Espíritu Santo, un DIOS» (en lugar de la fórmula tradicional: Amen. Jesús»).

 

La falsa controversia venía de que, por una y otra parte, se arrastraba ,a imagen antropomórfica de DIOS, la de la Torah (antes que los Profetas) y de su DIOS de los ejércitos que dirigía desde fuera y desde arriba el destino de los hombres y de los poderes, mientras que Jesús, en ruptura radical con esos dioses tribales, había abierto la mayor brecha en la historia de los hombres y de los dioses, mostrando, con su vida, su palabra y su muerte, que la trascendencia no emerge de esos dioses‑monarcas todopoderosos, dioses de la venganza y protectores de su pueblo elegido, sino del más desposeído.

 

El Reino anunciado por Jesús, no se despliega en el tiempo al contrario del de los jefes de guerra, a la manera de Sardanápalos o del condottiere David. Se entra en él, no por la conquista sino por la renuncia. Esta resurrección de la que Jesús ha dado ejemplo es posible en cada instante para ¡en está dispuesto a vivir esta vida y esta muerte.

 

Pero el sectarismo y el literalismo reinaban en los dos partidos.

 

Los musulmanes prestaban a los cristianos una concepción de la Trinidad que estos no habían profesado nunca, porque, leyendo el Corán al pie la letra, sin tener en cuenta para nada el contexto histórico, repetían la fórmula según la cual la Virgen María era la tercera persona de la Trinidad: «Tomadnos, a mí y a mi madre, como a dioses, además de tomar a Dios» (Cor. 5,116).

 

Tenemos ahí un ejemplo típico de la inserción histórica de la inspiración divina: una tal confusión sobre la Trinidad era, en efecto, posible en época del Profeta en la que ciertas sectas profesaban esta herejía, los Ofitas y los Coliridios, que denunciaban ya los Padres de la Iglesia, como Orígenes (Adversus haereses, IX, 13) o San Ireneo (De Ophítis et Sethianis, VII, 694 sig.)

 

Es verdad también que las formulaciones griegas de la Trinidad, en el concilio de Nicea (325) eran incapaces de traducir la experiencia inédita Jesús, totalmente extraña a la cultura y a la lengua griega.

 

Por ejemplo, decir que Jesús es de la misma sustancia (usia) que DIOS no tiene sentido más que para un griego, para quien sustancia (substantia) es lo que esta dedajo de la apariencia, y no expresa de ninguna manera la realidad viva de Jesús que nos enseña, mediante los hechos y dichos de su vida, su participación a la energía de Dios (como decían los Padres de la Iglesia de Oriente y los ortodoxos), de manera que no podemos conocer nada del Dios invisible y trascendente más que lo que han revelado las acciones y las palabras de Jesús Viviente (1).

 

San Pablo (cuya doctrina triunfa en Nicea), es el primer responsable de ininteligibilidad del símbolo porque, sus Epístolas, que él llama mi Evangelio (Rom. 2,16) y que son anteriores de por lo menos diez años a los Sinópticos, no evocan nunca las palabras y las acciones de Jesús Viviente. Solo habla de un Cristo (traducción griega del hebreo Mesías) que deduciéndolo de lo que había dicho de él el Antiguo Testamento: «Los Profetas y Moisés han predicho lo que tenía que ocurrir y yo no añado nada» (Hechos 26,24). Pablo «habla de Jesús a partir de la ley de Moisés , de los Profetas» (Hechos 28,24). Ni siquiera busca, durante tres años después de su revelación, a informarse de lo que ha hecho y dicho Jesús entre aquellos que fueron los testigos según la carne. Jesús no fue, pues, para él, más que el acto que obedece a un escenario escrito en el Antiguo Testamento. ¿Por qué tendría que informarse sobre su mensaje, puesto que a él, Pablo, DIOS «lo ha escogido desde el seno de mi madre» (Gal. 1, 17) es decir mucho antes de la exaltación de Jesús.

 

El ha visto, no al Jesús viviente, sino a un Cristo resucitado (1 Cor. 9, 1‑2 y 1 Cor 15,8). El Cristo de Pablo no es Jesús. Es el Mesías prometido a los hebreos por el Antiguo Testamento, restaurando su poder a la manera de David, y es precisamente para evitar esta connotación política y guerrera que Jesús rechaza constantemente este título.

 

La virginidad de María, su Madre, es un símbolo maravilloso, recogido por fortuna por el Corán: no se trata de fisiología sino de una verdad más alta. Jesús no responde a las esperanzas legendarias de tal o cual pueblo, sino a una esperanza de la humanidad entera: no es pues hijo de un chino, ni de un judío, ni de un negro. No se da a sí mismo más que un solo nombre, el más bello de todos: él es el Hijo del Hombre.

 

(Lo que excluye por otra parte la odiosa filiación del condottiere David, porque, en las genealogías contradictorias de Mateo o de Lucas, el heredero de David sería San José que, precisamente, no es el padre según la carne).

 

Pablo, por otra parte, no habla nunca de María diciéndonos solamente que Jesús «nació de una mujer» (Gal. 4,4) sin siquiera nombrarla, igual que por otra parte no cita a María Magdalena como testigo de la Resurrección: para un rabino talmúdico una mujer no puede ser un testigo válido. Ella debe callarse y obedecer, como lo exige San Pablo, rejudaizando la nueva fe revelada por Jesús.

 

El mismo sectarismo se manifiesta en los tradicionalistas musulmanes: olvidan el mensaje de Ibn ‘Arabî de Murcia escribiendo, en el apogeo del Islam andalusí, que «Jesús es el sello de la santidad» (Sabiduría de los Profetas, cap. 9) olvidando incluso que el Corán lo designa así: «El Mesías Jesús, hijo de María, es solamente el enviado de Dios y su Palabra que El ha comunicado a María, y un Espíritu que procede de El» (Cor. 4,17 l).

 

O también: «Para Dios, Jesús es semejante a Adán, a quien creó de tierra y a quien dijo: “Sé” y fue» (Cor. 3,59).

 

Jamás Jesús ha dicho: Yo soy DIOS. Esta impiedad no se le puede atribuir. El invoca constantemente a su PADRE, que lo ha enviado a este mundo «para que el mundo se salve por El» (Jo. 3,17). «Por encargo del Padre he hecho en vuestra presencia muchas cosas buenas» (Jo. 10,32). «Mi doctrina no es mía sino del que me ha enviado» (Jo. 7,16 y 18). «Jesús les dijo: un hijo no puede nada de por sí, primero tiene que vérselo hacer a su padre. Lo que el padre haga, eso lo hace también el hijo» (Jo. 5,19‑20).

 

Cuando Jesús dice: «El PADRE y yo somos uno» (Jo. X,30) precisa enseguida lo que entiende por ello: el hace visible, mediante sus palabras y sus hechos, todo lo que nosotros podemos saber del DIOS oculto: «Cuando uno me ve a mí ve al que me ha enviado» (Jo. 12,45). Excluyendo toda identificación añade: «porque yo no he hablado en nombre mío; no, el Padre que me envió me ha encargado él mismo lo que tenía que decir y qué hablar» (Jo. 12,49). Hasta su muerte mantendrá la distancia: «Hágase Tu voluntad, no la mía» (Mat. 6,10; Lc. 11,2).

 

¿Cuándo, pues, ha reivindicado Jesús el monopolio de ser Hijo de DIOS?

 

Son Hijos de Dios todos aquellos que hacen Su voluntad. En el texto fundamental de las Bienaventuranzas Jesús proclama: «Dichosos los que trabajan por la paz, porque a ellos los va a llamar Dios hijos suyos» (Mat. 5,9).

 

Es pues un problema suscitado por una doble incomprensión sectaria de los textos y de la fe el oponer a los cristianos que dicen: Jesús es Hijo de Dios, y a los musulmanes diciendo que Jesús no es el Hijo de DIOS.

 

Cuando un musulmán dice: Jesús no es Hijo de DIOS eso puede significar:

— o que esta expresión vendría de una concepción antropomórfica de DIOS que inaugura una relación de filiación biológica entre DIOS y Jesús, lo que ningún cristiano se atrevería a profesar;

 

— o que, en un plano espiritual, se pretenda hacer de Jesús el hijo del DIOS de los ejércitos de la Torah, o en la misma perspectiva judía —que fue, por desgracia, la de Pablo y que ha creado el paulinismo político, es decir el constantinismo— traduzcamos indebidamente la palabra parusia que significa presencia (El Reino de DIOS está «ya aquí», decía Jesús) por parusia en sentido arbitrario de vuelta y de vuelta con el poder de un nuevo David, aplicando la ley del talión («es justo —escribe Pablo—, que DIOS devuelva aflicción por aflicción a vuestros opresores» (2, Tes. 1,6). Ese DIOS que «se venga» (2 Tes. 1,8), y encargado de restaurar el reino de David, ¿es el del Reino que anuncia Jesús?

 

En cuanto a la Trinidad cuando ésta no está prisionera por el lenguaje y la cultura griegas, como lo ha mostrado Raimundo Panikkar en su libro La Trinidad y la experiencia religiosa, en el que se esfuerza por encontrar su alma a partir de una reflexión sobre el advaïta (la no‑dualidad del hinduismo), la trinidad no es la propiedad de la teología cristiana. Tiene una significación universal: la de la relación entre DIOS y el hombre. Un hombre total (Insân al‑Kâmil, como dicen los sufíes musulmanes). Hombre total, es decir, habitado por DIOS, inseminado de lo divino, como dice el Corán cuando recuerda que DIOS «insufló su espíritu en el primer hombre» (Cor. 15,29).

 

Esto no tiene nada que ver con el politeísmo como lo han visto perfectamente los sufíes del Islam. El mayor entre ellos, Rumi (1207‑1273) expresa el sentido profundo de la Trinidad: «El alma universal se ha unido al alma particular. El alma individual devino encinta, como María, de un Mesías que eleva los corazones a DIOS» (Matnavi 2, 1183‑1186).

«Jesús mata a la muerte» (Ibid. 3, 4258).

 

En su Rosalera de los misterios, Shabestari evoca el diálogo de dos amantes, uno musulmán, la otra cristiana: «Al DIOS único, ¿cómo podríamos nombrarle a la vez PADRE, HIJO y ESPIRITU SANTO?. Y la cristiana responde: «En tus espejos la Belleza eterna ha reflejado su faz deslumbrante».

 

Eso es por otra parte lo que expresa el icono de la Trinidad de Rublev, mostrando como un DIOS que es amor no es un individuo, sino una comunidad, en la que, según la expresión de San Gregorio de Nisa y de todos los Padres de la Iglesia de Oriente: «DIOS se ha mezclado a nuestra naturaleza perecedera con el fin de deificar a la humanidad haciéndole compartir la divinidad» (Catequesis de la Fe, cap. 6).

 

Si creemos, a la vez, en el DIOS oculto, sin común medida con nosotros, irreductible a nuestros conceptos, a su acción en nosotros, que el ha «hecho a su imagen», dicen los cristianos, y al que ha hecho su Califa sobre al tierra, como dice el Corán, si El es el motor de toda vida humana, ¿cómo podríamos separar, en nuestra búsqueda de DIOS, el silencio del DIOS oculto, el Verbo de DIOS revelado por sus mensajeros y sus profetas, y la Presencia de DIOS en todos como espíritu siempre vivo y actuante?

 

Otro sufí musulmán, Ruzbehan de Chiraz (1121‑1209) definía así, sin nombrarla, la Trinidad, fuera del suplicio de los conceptos griegos: «Desde antes que existiesen los mundos y el devenir de los mundos, el Ser divino es en sí mismo el amor, el amante y el amado» (El Jazmín de los fieles de amor, 7,197). De ahí, a mi parecer, salen unas consecuencias políticas respecto al diálogo interreligioso.

 

El problema, como ha dado el ejemplo el Padre Monchanin (Mystique de l’Inde, mystère chétien) no está en convertir, es decir en reducir al otro a nuestra propia experiencia de Dios.

 

Si mantengo que DIOS es trascendente, sin común medida conmigo mismo y mi cultura parcial, no puedo tener la pretensión de captarlo enteramente a partir de mi única perspectiva: tengo necesidad del otro, que ha intentado también, acercarse a DIOS a partir de su propia histórica: sabiduría india o revelación cristiana o musulmana.

 

No se trata, pues, de eclectismo o de concordismo sino, al contrario, de una fecundación recíproca que nos ayude a mejor captar la especificidad de nuestra propia fe, y de convertirnos dentro de la religión que nos han enseñado nuestro padres y nuestros sacerdotes. Lo que es específico, en el Islam, no son los usos y costumbres del Medio Oriente, ya se trate de maneras de vestir o de prohibiciones alimenticias o del estatuto de la mujer, o de las leyes sobre herencia. Eso es fiqh, es decir, la legislación mediante la cual el profeta Muhammad, en el Corán (en doscientos versículos sobre seis mil), además de grandes juristas, como Abú Hanifa o Shâfi’î en la sunna (tradición) han dado ejemplos (como dice el Corán) de la aplicación, a cada época y a cada pueblo, de los principios eternos y universales de la Sharî’a es decir de la vía hacia DIOS. De esta aplicación, DIOS ha dejado responsable a cada musulmán.

 

En un mundo en el que, dice el Corán, «D1OS no cesa de crear y recrear» (Cor. 10,4) haciendo nacer cada día cosas nuevas (Cor. 4,19) no nos es posible permanecer inmóviles y repetir las fórmulas de los grandc‑, juristas del pasado: conviene imitar su método para crear un fiqh del siglo XXI. Y hacerlo a partir de los principios eternos y universales de la Sharî’a tal como nos la define con precisión el Corán (42,13): En materia de religión DIOS os «ha abierto una vía (Shara’a) que El mismo ha ordenado a Abraham, a Moisés, a Jesús: seguidla y no hagáis de ella un objeto de división».

 

Esta vía, esta Sharî’a es pues común a todos los pueblos a los que DIOS ha enviado sus mensajeros. Ella constituye las reglas fundamentales propia a toda comunidad propiamente humana. Ahora bien, el estatuto jurídico de la propiedad, de las leyes penales, del matrimonio y la herencia, difieren según las religiones y las según las costumbres de cada pueblo. Estas no pueden formar parte de la Sharî’a. Querer imponer a todos los pueblos, en el siglo XX o en el XXI los usos propios a los pueblos del Medio Oriente de hace diez siglos, es hacer un trabajo de división y romper con la enseñanza del Corán.

 

La Sharî’a común a todas las civilizaciones y que encontramos, con los mismos términos, por ejemplo, en la Biblia, los Evangelios y el Corán, enuncia tres principios fundamentales:

 

— Solo DIOS posee: lo que es contrario a la definición de la propiedad en el derecho romano, en el derecho napoleónico y en todas las sociedades capitalistas hoy: el derecho de usar y de abusar.

 

— Solo DIOS ordena, lo que excluye tanto las teocracias occidentales en las que un clero pretende hablar y dar órdenes en nombre de Dios, como las monarquías absolutas o los partidos únicos hoy (como el actual partido único del dinero que domina por doquier en donde reina el monoteísmo del mercado).

 

— Solo DIOS sabe, lo que excluye cualquier dogmatismo en el que algunos quieren desempeñar el papel de funcionarios del absoluto, y decirnos siempre lo que está prohibido sin decirnos nunca lo que hay que hacer para construir, en las condiciones de nuestra época, un porvenir con rostro humano, es decir, divino.

 

Igualmente, entre los cristianos, sería falso creer que los Woodstocks pontificios significan un despertar de la fe, o que la obediencia a una Roma tan imperial como la que condenó a Jesús, debe excluir a los que han intentado seguir los ejemplos de Jesús, como los sacerdotes obreros o los teólogos de la liberación. El largo reino de los teólogos de la dominación con su constantinismo, sus Cruzadas, sus Inquisiciones, sus justificaciones de todos los nacionalismos y su apoyo a todas las dictaduras, todo eso en un lenguaje oculto: las colaboraciones reales, ayer con Reagan contra Polonia y los teólogos de la liberación; hoy los compromisos con el colonialismo israelí.

 

La conclusión práctica, respecto a las relaciones entre cristianos y musulmanes, es que no puede haber un verdadero diálogo entre dos sectarismos y que al contrario no puede haber divergencias teológicas si cada uno, al interior de su propia religión lleva adelante el combate de la fe.

 

Mientras que los musulmanes confundan la Sharî’a con el fiqh, como quieren sus príncipes corrompidos y sus ulemas serviles, perderán de vista lo que constituye la especificidad del Islam, es decir, su ecumenismo, su universalidad, acogiendo a todos los profetas anteriores, mensajeros del mismo DIOS.

 

El verdadero diálogo, el de la fe, fundado en el principio de que cada uno, en su punto de partida, tiene algo que aprender del otro para enriquecer su propia fe, implica que nos ayudemos mutuamente a quitarnos de encima nuestro propio integrismo para encontrarnos en una lucha común contra todos los integrismos y todos los sectarismos. Y en primer lugar contra la idea más nefasta de la historia del mundo, la que ha sido y sigue siendo la justificación teológica de todos los nacionalismos, de todos los racismos, de todos los colonialismos, de todas las guerras: la idea monstruosa de pueblo elegido, que funda algo más que un racismo puramente biológico, un racismo ontológico que divide la humanidad entre los elegidos y los otros.

 

Esto no es una simple cuestión de exégesis: en las guerras de exterminio de Josué, que son el arquetipo, se han inspirado tanto los puritanos del Mayflower que comparaban a los Indios de América con los Amalecitas de la Biblia para expoliarlos de sus tierras y masacrarlos, como los israelíes hoy contra los autóctonos palestinos.

 

Todos los nacionalismos dominadores han pretendido ser un pueblo elegido: «Gesta Dei per Francos», decían los cruzados franceses; «Got mit uns», decían los racistas alemanes, de Bismarck a HITLER; «In God we trust» está escrito, de manera sacrílega, en cada dólar.

 

Rousseau decía ya: «Vuestro DIOS, que escoge un pueblo situándolo por encima de los demás, no es nuestro DIOS, que es Padre de todos los hombres».

 

He aquí, a mi parecer, más allá de nuestros parloteos teológicos que nos retrotraen cinco siglos atrás y que están resueltos desde siglos, el lazo más fuerte que nos une, cristianos, musulmanes, hombres de todas las sabidurías y de todas las fes, en un combate común en favor de lo UNIVERSAL.

 

«Ser UNO con el TODO» decía el gran Sabio taoista Tchuang Tseu; «Tú eres Eso», dicen los Upanishad de la India, mostrándonos que lo que existe de más personal en nosotros, es la vida unánime del universo. Tal es el amor que nos enseña Jesús, y que hace de él el Mesías, no de un pueblo, sino de todas las familias de la tierra.

 

El problema central de nuestro diálogo no son pues las controversias estériles y anticuadas sobre nuestras particularidades propias, sino nuestra lucha común contra todas las pretensiones de pueblos elegidos o de razas superiores que son hoy, a la hora de la pretendida mundialización (que no es más que una occidentalización colonialista del mundo), el problema mayor de nuestro siglo: combatir ese monoteísmo del mercado y esta concepción imperial de la unidad del mundo en nombre de una concepción sinfónica del mundo en el que cada pueblo aporta la contribución de su propia cultura, de su propia historia, de su propia fe, a fin de dar a cada niño, a cada mujer, a cada hombre, cualquiera que sea su origen, los medios económicos, sociales, espirituales, para desarrollar plenamente todas las riquezas humanas que DIOS le dio no olvidando nunca el mensaje de los Padres: «DIOS se ha hecho carne para deificar al hombre» (San Atanasio, [295‑3731, Tres discursos contra los Arrianos, [1,39]).

 

También el mensaje de Hallaj, conjugando maravillosamente la obediencia a Dios (Islam) y la imitación de Jesús según el testimonio de ‘Attâr (1140‑1230):

 

«Como Jesús, para revelar el espíritu del Todo...
Como Jesús, portador del Evangelio de amor,
Yo he realizado, sobre la cruz, el más alto amor».



Notas:

(1) Igualmente la traducción de persona por la palabra griega prosopon o la palabra latina personae, que, una y otra, significan máscara, no tienen nada que ver con la persona en el sentido de Jesús.

(2) La sra. Carrère D’Encausse, en su discurso de recepción en la Academia Francesa de Mons. Lustiger, Arzobispo de París, de origen judío, lleva su adulación servil sobre el excepcionalismo Judío hasta decir que Jesús no podía nacer ni chino ni negro, sino solamente judío. Ella reniega de la herencia universalista de los discípulos de Jesús, el de San Clemente de Alejandría, cuando escribía que Jesús «no es ni bárbaro, ni judío, ni griego, ni hombre, ni mujer; que es el hombre nuevo, transformado por el espíritu santo de Dios» (Protreptico XI, 3).

 Artículo Anterior

 Artículo Siguiente  


El significado de Yihad

Panorama de la vida intelectual 
en el Islam clásico (2)

Portada  Búsqueda  Hemeroteca  Biblioteca Virtual  |  Cartas de  lectores  

  Noticias  Pensamiento Mujer  Al Ándalus  Geo-política  Sociedad y Economía 
Ciencia y Salud  Arte y Literatura  Qur'an y Hadiz  Jutbas  Iniciación al Islam
Religiones Comparadas 
Entrevistas y Conferencias  Educación y Normativas 
Derecho islámico 
Vida de Muhammad