Número 137  //  5 de septiembre de 2001  //  17 Jumaada al-Thaany 1422 A.H.

 INICIACIÓN AL ISLAM

Breve historia de Meka hasta el 1200

Meka (La Meca) es el corazón geográfico del Islam y centro del mundo de los musulmanes. Tiene una relevancia trascendental: en su seno guarda la Kaaba, núcleo del centro, vórtice de la Existencia, eje del Universo hacia el que se vuelve la Umma entera, orientación y Qibla del Din. La Kaaba es un signo doble, el de la Unidad radical de Al-lâh y el de la unidad y confluencia de la nación de los musulmanes. Meka engendró el Islam; es la ciudad en la que nació y vivió durante unos cincuenta años Muhammad (s.a.s.), el más eminente de los hombres.

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Geografía

Meka está situada en el centro de la región occidental de la península de los árabes, en el interior de un país llamado el Hiyaz, a unos setenta y dos kilómetros de la costa del mar Rojo y de su principal puerto, Yedda (Djedda). En la actualidad, es también la capital administrativa de una provincia llamada también Meka, bajo el régimen siniestro de los usurpadores sauditas y wahhabíes. Su población, en tiempos normales, es de unos trescientos mil habitantes, pero durante el periodo de la peregrinación anual, el Hayy, supera los varios millones.

Se encuentra en una especie de corredor, el Wadi Meka o Batn Meka, entre dos cadenas de abruptos montes desnudos de toda vegetación. En el centro del corredor hay una zona más llana y baja, una extensa hondonada a la que se llama Bathá, que es donde se originó verdaderamente la ciudad y donde está la Kaaba. Una serie de valles laterales, los shi’b-s, convergen en la Bathá, ocupado cada uno de ellos por un clan distinto. El conjunto formado por la Bathá y los shi’b-s es la parte central de la ciudad. Las zonas más elevadas y exteriores a este cuerpo principal son llamadas Dawáhir, o alrededores, aunque están integrados en la ciudad.

La situación de Meka presentaba importantes ventajas para el comercio. Necesariamente, era atravesada por las caravanas que circulaban por la zona costera de la península, única ruta transitable, que unía el Yemen con el norte (Siria) y el noreste (Iraq). El puerto occidental de Shu’áyba (más tarde llamado Yedda, Yudda o Yadda) también recibía importantes cargamentos procedentes de Abisinia y otros países, mercancías que siempre pasaban por Meka antes de llegar a sus destinos finales.

Las lluvias son escasas e irregulares: con facilidad pueden pasar cuatro años sin que caigan. Pero cuando vienen las lluvias, a veces se presentan bajo formas torrenciales, y un sáyl o torrente procedente de cada shi’b o valle lateral, descarga sus aguas en la Bathá produciendo inundaciones. Pero a pesar de la permanente sequía el suministro de agua está asegurado por la existencia de pozos; el más importante y célebre es el de Zamzam (Çamçam), en las proximidades inmediatas a la Kaaba. Desde tiempos inmemoriales, un personaje notable de la ciudad era encargado, y para él y su familia era un honor, de la siqaya, es decir, de la obligación de velar porque no faltara agua a los peregrinos.

Por supuesto, ni tan siquiera es necesario precisar que no había agricultura en los alrededores de la ciudad. Sus habitantes se dedicaban al comercio o al pastoreo, adquiriendo los productos que necesitaban de los zocos que se organizaban alrededor de la llegada periódica de las caravanas. Uno de los zocos más famosos era el de ‘Okad, especie de feria que se celebraba fundamentalmente durante la peregrinación a la que acudían también los poetas en busca de mecenazgo. El gran geógrafo musulmán al-Muqáddasi hablaba de “su calor sofocante, sus vientos tórridos y sus nubes de moscas”. El verano allí es calificado de Ramdá Meka , el horno de Meka, una estación en la que el clima se hace insoportable, que las familias más pudientes evitaban a sus hijos enviándolos al desierto donde el rigor del sol era más llevadero.

Meka preislámica

El espacio que ocupa Meka ha sido considerado siempre, según todas las noticias que se tienen, como un lugar de una enorme trascendencia espiritual, como el ojo del torbellino de la existencia, centro de la actividad de fuerzas que escapan del todo al entendimiento. Algo en Meka impresiona profundamente los ánimos, los arrebata a la percepción habitual de las cosas. Meka es un Haram, un territorio acotado que Al-lâh (s.t.) se reserva para sí mismo; el que llega a Meka es “huésped de Al-lâh”, es un daif ar-Rahmán, porque en su naturaleza desoladora, en su aridez absoluta, cualquier signo de vida (una gota de agua, una brizna de hierba, el frescor de un golpe de aire) es signo desnudo y claro de la Rahma de Al-lâh, de la presencia del Uno-Solo que todo lo rige, del Uno que todo lo reduce a sí mismo y a su soledad más desértica. Meka es aterradora: la presencia de Al-lâh en su Haram de Meka se manifiesta aniquilando cualquier pretensión humana, derrotando cualquier ambición, sumiendo al peregrino en la contemplación de la impresionante grandeza de Al-lâh que niega toda otra cosa, inmensidad en la que nada participa, en la que no hay ningún adorno, en la que no hay “sombras”. Dicen los sufís que Meka es la proyección en la Tierra de la Majestad de Al-lâh, el Yalal, su Fuerza, su Violencia, su Dominio absoluto. A los peregrinos los conmociona poderosamente su estancia en la ciudad y sus alrededores: son trastocados, sus referencias se pierden, la vida en su desnudez se les hace palpable y la muerte les es anunciada como destino en la Unidad de Al-lâh. En Meka, la precariedad humana, la fragilidad del hombre, se notan a flor de piel, y la criatura vuelve su rostro hacia el Señor de los Mundos. Cada sensibilidad responde a su modo al desafío de Al-lâh: unos hacen de su experiencia un poderoso resorte que los transforma, los hace profundos, sabios y gigantes; otros desesperan al contemplar su nada, su muerte a manos de Al-lâh.

El Haram, que parece haber sido conocido por Ptolomeo que lo llamó Macoraba, es citado por el Corán bajo su nombre verdadero, Meka, aunque una vez le da el nombre de Bakka (III-96). Para los musulmanes, el origen de la Kaaba se confunde con los principios mismos de la humanidad. Fue erigida por Adán (Adam a.s.), el primer hombre, el califa de Al-lâh sobre la Tierra. La Kaaba testimonia así la emergencia de la conciencia en el ser humano, es la primera obra de su actividad inteligente, reproduciendo en la Tierra un diseño que ya estaba en el Quds de Al-lâh, el ámbito de su Unidad más abstracta y simple. La Kaaba es la forma externa de un sentido unitario interno, que es una realidad existente en la naturaleza del hombre, esa naturaleza que ha hecho de él un ser humano, la Fitra. La Kaaba es, y siempre será, pretérita, atemporal, sin espacio, hecha presencia en la desolanción del desierto más árido e inhabitable del mundo, símbolo de la “aridez de Al-lâh”, de su singularidad más excluyente, de su soledad más inquietante. Y fue reconstruída por Abraham (Ibrahim a.s.) y su hijo Ismael (Isma’il a.s.), restauradores de la percepción unitaria de las cosas, señores en la ciencia del Tawhid, los antepasados de Muhammad (s.a.s.) y de toda la Umma. Al acabar la reconstrucción, Ibrahim invocó a Al-lâh pidiéndole lo que luego sería la ciudad de Meka, que hiciera del lugar donde estaba la Kaaba refugio para los hombres, que hiciera de ese desierto un sitio próspero donde fuera posible la vida, que la bendijera con su Rahma.

Según las historias que los árabes se transmitían oralmente antes del Islam, la ciudad estuvo primeramente bajo la dominación de la tribu de los Yurhum, y después de la de los Juçá’a, quienes no obstante aseguraron privilegios a familias antiguas que vivían en la ciudad desde mucho antes. Tras un cierto tiempo, ya seguramente en el S. V de la era de ‘Isa (a.s.) los Quraysh, reemplazaron a los Juçá’a a la cabeza de la ciudad, gracias a la acción de Qusay, descendiente de Fihr, el primer Quraysh. Qusay adquirió prestigio al lograr la reconciliación de distintos grupos desunidos de su tribu, y también al asegurarse el apoyo y la alianza de otras tribus. Pudo así ascender en la región y conseguir para los suyos la administración de los asuntos de Meka. Fue probablemente también él quien reemplazara por una sedentarización permanente los campamentos temporales del pasado.

En una época posterior, con un asentamiento qurayshí mayoritario y firme, se estableció una distinción que al parecer sólo fue nominal entre los Quraysh al-Bitáh (los que residían en la Bathá, la hondonada central), y los Quraysh ad-Dawáhir (los que vivían en la periferia, en los montes en cuyas faldas estaba el grueso de la ciudad). Es importante señalar que los clanes descendientes de Qusay, así como de su bisabuelo Ka’b, formaban parte del primer grupo, que estaba constituído por las familias de ‘Abd ad-Dar, ‘Abd Shams, Náwfal, Háshim, al-Muttalib, Asad, (todos descendientes de Qusay), y Zuhra, Majçum, Taym, Sahm, Yumah y ‘Adi. Los clanes más importantes de los Quraysh ad-Dawáhir eran los Muhárib, ‘Amir Ibn Luáy y al-Háriz Ibn Fihr. Nada permite suponer que haya habido entre los dos grupos una distinción parecida a la que existía entre los patricios y los plebeyos de Roma.

En el S. VI sí se hicieron notar algunas diferencias y divisiones en el seno mismo de los Quraysh al-Bitáh. ‘Abd ad-Dar había heredado algunos de los privilegios de su padre Qusay, pero con el tiempo su familia se vió contestada por las pretensiones de los herederos de otro hijo de Qusay, llamado ‘Abd Manaf, que formaban el clan de los ‘Abd Shams. A éstos últimos se unieron los Asad, Zuhra, Taym y los al-Háriz Ibn Fihr. Este grupo sería llamado los Mutayyabún, es decir, los perfumados. En cuanto al grupo de los ‘Abd ad-Dar, conocido como los Ahlaf o confederados, que estaba compuesto además por los Majçum, Sahm, Yumah y ‘Adi. Finalmente se llegó a un acuerdo entre las dos formaciones sin que hubiera habido conflicto armado. Pero la acción antimonopolista de los Mutayyabún fue continuada por una especie de liga caballeresca contra la injusticia, llamada Hilf al-Fudúl, en la que más tarde, durante su juventud, participaría con orgullo Muhammad (s.a.s.). Su fin era atajar los abusos de los clanes más poderosos. La liga se formó a raíz de la negación de un miembro de la familia de los Sahm a pagar una deuda contraída con un comerciante extranjero. Su condición de extranjero le impedía recurrir a nadie que le hiciera justicia. Entonces, los miembros de varias familias se unieron para ayudarle, obligando al deudor a saldar su deuda, inaugurándose así la liga. Esta era una asociación de los clanes comerciales más débiles que se oponían a las prácticas injustas de los clanes más fuertes y ricos: rehusar el pago de deudas contraídas debía desanimar a los extranjeros que dejarían de enviar sus caravanas a Meka, y por tanto aumentar los beneficios de las caravanas de los grandes comerciantes de la ciudad que no formaban parte del Hilf al-Fudul.

Se conocen otros elementos que indican claramente que en esa época Meka se había convertido en un centro comercial importante. Desde hacía ya siglos se ejercía sin duda un cierto comercio atraido por la afluencia de peregrinos que visitaban la Casa Antigua, la Kaaba, y que era favorecido por la institución de “los Meses Haram”, durante los cuales los conflictos sangrientos eran suspendidos para facilitar los accesos a la ciudad. Pero parece que fue la durante la segunda mitad del S. VI cuando la actividad comercial más se desarrolló. Se puede suponer que las guerras entre Bizancio y Persia hicieron preferible la ruta que atraviesa el desierto de la Arabia Occidental a la que unía el Golfo Pérsico con Alepo; pero aunque no hubiera sido así, está claro que los grandes comerciantes de Meka tenían asegurado el control sobre una gran parte del tráfico comercial entre Siria (el Mediterráneo) y Arabia del Sur (el océano Indico). También parece que, a pesar del Hilf al-Fudul, la mayor parte de las mercancías eran transportadas por caravanas organizadas por los más ricos y poderosos de Meka. Normalmente, una caravana transportaba mercancías pertenecientes a diversos grupos o individuos que entregaban un porcentaje de sus beneficios a los organizadores; estos últimos debían ponerse de acuerdo con las autoridades políticas de Siria y Arabia del Sur, como también con el señor de Hira y el Negus de Abisinia para tener el derecho de comprar y vender, e igualmente se comprometían con la seguridad de la caravana entrando en tratos con los jefes tribales nómadas bajo cuyo dominio estaban las regiones a atravesar.

Es posible que la expedición de “los hombres del elefante” tuviera por motivo la creciente prosperidad de Meka, y que Abraha, el rey abisinio del Yemen, quisiera reducirla en su provecho destruyendo la Kaaba y creándole un sustituto en su capital capaz de atraer a los peregrinos.

La guerra de los “Fiyar” marcó, ciertamente, esta etapa en la progresión de la potencia comercial makkí al suponer, según parece, la eliminación de Taif, ciudad vecina, como centro rival de comercio incorporándola, en situación subalterna, al sistema de Meka. Pues se trata de un sistema: la ciudad de Meka funcionaba como centro financiero y no como un simple zoco. Hacia el año seiscientos, sus principales habitantes eran grandes entendidos en la manipulación de créditos y buscaban ocasiones para invertir sus capitales a lo largo de las rutas que recorrían sus caravanas, como, por ejemplo, en las minas de los territorios de la tribu de los Sulaym. Es de observar también que las mujeres practicaban negocios, operando por su propia cuenta y empleando a hombres como agentes, y fueron famosas especialmente Jadiya (que será la primera mujer de Muhammad), Asmá bint Mujárriba y Hind, esposa de Abu Sufyán. Entre las mercancías que se transportaban destacaba el cuero, los lingotes de oro y plata, el oro en polvo, así como los perfumes y las especias provenientes de la Arabia del Sur y de la India; de Siria las caravanas traían los productos de la industria mediterránea, tales como los tejidos a base de algodón, de lino y de seda, y también armas, cereales y aceite. Algunos de esos bienes eran vendidos a las tribus nómadas y el resto en los mercados al término del viaje.

Meka ha sido calificada de “república comercial”, lo que es exacto hasta cierto punto. Es decir, haciendo la reserva de que los conceptos políticos fundamentales en uso en ella eran los de Arabia y no los de Grecia o Italia. Fuera de las asambleas de cada clan, el único órgano de gobierno era el Malá (especie de senado), asamblea de jefes y miembros principales de los diferentes clanes sin poder ejecutivo. Las condenas no podían ser ejecutadas más que por el jefe del clan del delincuente, si lo estimaba conveniente, creándose con ello conflictos periódicos, aunque pocas veces cobraban alguna importancia, solucionándose casi siempre internamente. No había ni presidente ni mandos militares, pero, a veces, un hombre podía adquirir una cierta primacía de hecho gracias a sus cualidades personales, como sucedió, por ejemplo, en el 624, con Abu Sufyán tras la derrota de Quraysh en Badr ante Muhammad (s.a.s.).

Los qurayshíes eran célebres por su Hilm o firmeza, lo que quería decir en la práctica que anteponían sus intereses comerciales a toda otra consideración; por ello, el Malá conseguía reducir frecuentemente las diferencias entre sus miembros así como adoptar una actitud común. Por ejemplo, no hubo problemas para que la mayoría de los jefes decidieran permanecer neutros en el conflicto que oponía a los dos gigantes de la época, los griegos de Bizancio y los sasánidas de Persia, que intentaban extender su esfera de influencia por Arabia. Cuando, hacia el 570 o el 575, los persas tomaron el Yemen a los abisinios, los makkíes percibieron las ventajas de haber permanecido en la neutralidad. Algunos años después de la guerra de los Fiyar, un miembro del clan de los Asad, llamado ‘Uzmán Ibn al-Huwayriz, se puso en relaciones con los bizantinos y declaró a sus conciudadanos de Meka que podría obtener para ellos facilidades comerciales si lo tomaban por jefe; aunque otro hombre de su clan lo acusó de aspirar a la realeza, parece que en realidad su propuesta fue desestimada porque suponía una asociación demasiado estrecha con los bizantinos.

Al lado del Malá, existían cargos y funciones tradicionales que constituían privilegios de familias determinadas: la siqaya o aprovisionamiento de agua para el provecho de los peregrinos, la rifada para proporcionarles alimento, el liwá o derecho a portar el estandarte en tiempos de guerra, el nasí o privilegio de decidir cúando había que añadir un mes al calendario lunar para mantenerlo al nivel del año solar -costumbre que abolió Rasulullah (s.a.s.) -, así como otras funciones de prestigio.

La cultura de los habitantes de Meka era esencialmente la misma que la de sus vecinos nómadas: aplicaban la Ley del Talión de la misma manera y poseían la misma concepción de las relaciones entre el jefe (sayyid o shayj) y los otros miembros de su clan, es decir, lo consideraban simplemente un primus inter pares. El concepto de honor ocupaba para ellos el mismo lugar central que para los beduínos, ligeramente modificado por otras preocupaciones como la riqueza y el poder . Como la mayor parte de los árabes asociaban ídolos a Al-lâh (s.t.), corrupción de un sentido unitario primitivo: tenían un importante panteón en el que adoraban imágenes representativas de fuerzas de la naturaleza semejantes a las de los demás pueblos semitas. Por otra parte, al lado de visitantes bizantinos y residentes temporales, algunos makkíes se habían convertido a alguna de las tendencias cristianas, como ‘Uzmán Ibn al-Huwayriz, mientras que otros intentaban recuperar las esencias unitarias (los Hanifs); uno o dos más, que tenían relaciones de negocios con Iraq, estaban interesados por la cultura persa.

Meka en los primeros años del Islam

Si bien el mensaje del Corán tuvo desde el principio una dimensión universal, se dirigió concretamente a las gentes de Meka, que fueron los primeros en adherirse al Islam. La ciudad, a la que afluían considerables riquezas creadas por su intenso comercio, finalmente decayó en una situación de desmoralización tanto social como cultural. La grosera idolatría que practicaba Quraysh sólo era la plasmación de un status, una forma más de sus negocios, completamente carente de valores y de seriedad. Meka, ciudad de la Unidad de Al-lâh, se había convertido en sede de lo absurdo, de lo inconsistente; y la principal misión de Muhammad (s.a.s.) sería devolverla a su autenticidad, volver a hacer de ella la Qibla de la Existencia.

Rasulullah (s.a.s.) nació en ella en el seno del clan de los Hashim hacia el año 570 de la era gregoriana. Su clan, que fue importante en el pasado, no se encontraba en esas fechas entre los más ricos. Ocupaba un lugar destacado en el Hilf al-Fudul que, como ya hemos visto, era una liga contra las prácticas monopolistas de las grandes familias de Quraysh. Nacido tras la muerte de su padre y habiendo perdido a su abuelo cuando sólo contaba con ocho años, no pudo heredar según la costumbre árabe preislámica— ni de uno ni del otro. La mayor parte de sus parientes próximos eran comerciantes, y acompañó a su tío Abu Tálib, su tutor tras la muerte de su abuelo, en sus viajes de negocios hacia Siria. Más tarde fue empleado como intendente por Jadiya con la que acabaría casándose en el año 595. Parece ser que continuó siendo el intendente de su mujer, comerciando con sus capitales y asociándose con un pariente de ella. En este artículo sólo queremos atender a aquellos factores sociales que explican aspectos importantes de la personalidad de Muhammad: su condición de huérfano, su soledad, su desprotección, lo habían hecho extremadamente sensible ante las injusticias, la opresión, en definitiva ante las consecuencias de la idolatría. Y aunque su vida como ciudadano de Meka fue de una intensa participación, no dejó de tener momentos para sí en los que se cuestionaba la autenticidad de todo lo que le rodeaba. Hacia el 610 comienza a recibir el Corán.

Atacó a los grandes mercaderes por su dependencia abusiva de las riquezas, el mal uso que hacían de ellas, y su negligencia de los deberes tradicionales hacia los desprotegidos, y nos referimos al sharaf, a la nobleza que consiste en las cualidades valoradas por los árabes como la hospitalidad, la generosidad, la caballerosidad... Al mismo tiempo invitaba a los hombres al Imán, es decir, a la confianza en Al-lâh, soporte de todas las cosas, independizándose de todas las esclavitudes que atan a las gentes. Entre el 614 y el 615, muchos habitantes de la ciudad respondieron a su llamada, entre los cuales estaban algunos hijos o hermanos menores de los grandes comerciantes. A partir del 614 las familias más ricas, como la de Abu Yahl, empezaron a sentir que su posición estaba amenazada por Muhammad, que estaba adquiriendo prestigio y poder político al ser respaldado por un número creciente de personajes notables por su autoridad moral en la ciudad como Abu Bakr o ‘Omar. Se constituyó de este modo un poderoso movimiento de oposición al Islam, y los comerciantes presionaron de diversas maneras a la población contra Muhammad y sus seguidores para hacerlos abandonar sus posturas, o al menos hacerles aceptar un compromiso. Algunos de los primeros musulmanes, perseguidos por sus propias familias, tuvieron que emigrar temporalmente a Abisinia; y si Muhammad pudo continuar y estar a salvo en la ciudad fue porque contaba, al menos al principio, con el inevitable respaldo de parte de su clan que no podía permitir que se le atacara, no porque estuviera de acuerdo con él, sino porque seguían con ello normas ancestrales de cohesión familiar. Pero en el 619 murió su gran valedor, Abu Tálib, y la dirección del clan pasó a otro de sus tíos, Abu Lahab, uno de sus más encarnizados enemigos, que no estaba dispuesto a mantener la protección. Abu Lahab estaba asociado a los grandes negociantes de la ciudad y no quería perder sus magníficos contratos. En el 622, Muhammad aceptó la invitación de los habitantes de Medina, y a este histórico desplazamiento se le denómino Hégira (Hiyra) o emigración.

La mayor parte del periodo entre la Hiyra y la muerte de Rasulullah (s.a.s.) estuvo dominada por la lucha entre sus partidarios y los grandes comerciantes de Meka. Tras algunas pocas e insignificantes escaramuzas, los musulmanes provocaron gran indignación entre los makkíes al capturar un reducido convoy, a principios del 624, en el oasis de Najla, muy próximo a la ciudad. Los mercaderes enviaron entonces un destacamento para proteger una rica caravana proveniente de Siria, pero el asunto se acabó para ellos en el desastre de Badr (marzo del 624), batalla en la que fueron capturados varios de sus jefes, entre los cuales estaba Abu Yahl, que iba a la cabeza de la expedición. En el 625, los qurayshíes intentaron vengar su derrota atacando directamente Madina, pero la ventaja que obtuvieron en la batalla de Uhud no consiguió desmoronar la posición de Muhammad. En el 627, ayudados por numerosos aliados, hicieron una nueva tentativa que acabó en una derrota humillante para los makkíes (batalla de al-Jandaq o del Foso), tras la que se disolvió la alianza que tanto les había costado lograr con otras tribus. Abu Sufián, nuevo jefe de Meka, siempre intentó restablecer la paz con los musulmanes, pero otros notables deseaban ardientemente recuperar el predominio y la hegemonía en el Hiyaç e impidieron, en el 628, que Muhammad y mil seiscientos musulmanes realizaran la peregrinación que antes habían concertado con Abu Sufián. Sin embargo, en el mismo lugar en el que fueron detenidos, concluyeron con los makkíes un pacto en pié de igualdad, el Tratado de al-Hudaybía. Poco después los qurayshíes infringieron algunas claúsulas del tratado y los musulmanes pudieron organizar un enorme ejército de diez mil muyahidín que marchó contra Meka y entró en la ciudad sin encontrar oposición. El periodo posterior a al-Hudaybía fue de una gran actividad del da’wa y Rasulullah (s.a.s.) consiguió que se islamizara y se le aliaran tribus que antes eran fieles a los qurayshíes, arrinconándolos definitivamente, y por ello la recuperación de Meka se llevó a cabo sin necesidad de violencia. Al entrar en la ciudad, Rasulullah (s.a.s.) indultó a todos sus enemigos: supo ganarse lentamente a todos sus habitantes que poco a poco fueron abrazando el Islam. Cuando algunos nómadas del Este (el Nayd, patria de los actuales wahhabíes) se concentraron contra el Islam y decidieron atacar Meka, más de dos mil qurayshíes que antes habían sido acérrimos enemigos del Din lucharon junto a los musulmanes y derrotaron a sus enemigos en la batalla de Hunáin.

Un joven musulmán de familia makkí fue nombrado wali en la ciudad y se declaró que Madina debía continuar siendo la capital del Islam. A ella se trasladó Rasulullah (s.a.s.) y en ella murió en el 632. La Kaaba era la Qibla de los musulmanes y la estima por Meka nunca decayó. La Kaaba, tras el Fath -o apertura de la ciudad- fue completamente desalojada de ídolos, y el Hayy anual se convirtió en una práctica exclusiva de musulmanes, que por lejos que estén, cinco veces al día se vuelven hacia ella. Muchos de los notables de Meka se trasladaron a Madina tras Muhammad (s.a.s.), y parte de la actividad comercial de la ciudad decayó, pero nunca dejó de ser una ciudad floreciente, favorecida por Al-lâh (s.t.) con el Hayy, que la mantiene viva.

Meca del 632 al 750

Se sabe poco de la historia de Meka bajo los primeros cuatro califas (los califas legítimos, los Julafá Rashidún). ‘Omar y ‘Uzmán se preocuparon por el peligro de las inundaciones e hicieron venir a ingenieros para construir presas en las partes elevadas de la ciudad; hicieron elevar diques para proteger los alrededores inmediatos de la Kaaba. Durante este primer periodo, la capital del Islam continuó siendo Medina; con el advenimiento de los califas omeyas (umayas) la capitalidad del Islam se trasladaría a Damasco, pero Meka no sería desatendida.

Mu’áwiya, primer califa sirio, aunque residente en la lejana Damasco, se interesó por Meka: en ella hizo elevar nuevas construcciones, desarrolló la agricultura en regiones vecinas para aprovisionarla y mejoró su abastecimiento de aguas abriendo nuevos pozos y aljibes. El trabajo de protección contra las inundaciones fue continuada por este primer omeya: para controlar el sáyl o torrente, hicieron excavar un nuevo canal y construir nuevas presas a diferentes niveles. Pero todos esos trabajos no dieron un resultado satisfactorio, pues la hondonada de la Bathá no estaba proveída de desagües. En el curso de estos trabajos, numerosas construcciones a lo largo de las orillas del sáyl y alrededor de la Kaaba fueron demolidas, lo que modificó considerablemente la fisonomía de Meka.

Tras la muerte de Mu’áwiya, la ciudad recobró, por un breve periodo, una cierta importancia política. Se convirtió en la sede de un califa rival: ‘Abdullah Ibn Zubayr. Como numerosos miembros de las familias musulmanas más antiguas rechazaban frontalmente que el califato adquiriera formas bizantinas convirtiéndose en una monarquía hereditaria (Yaçid fue nombrado califa en el 680— por ser hijo de Mu’áwiya y no por decisión de Shura), se opusieron a los omeyas. Ibn Zubayr fue proclamado califa en Meka y durante un tiempo expulsó a los omeyas de gran parte de Arabia e Iraq. Pero el siguiente califa sirio, ‘Abd al-Malik, heredero de Yaçid, consiguió recuperar poco a poco su poder y en el 692, su general al-Hayyay derrotó y mató a Ibn Zubayr, poniendo fin a su empresa y restaurando el dominio omeya sobre Meka y los territorios que habían reconocido el efímero califato zubayrí.

Poco antes, en el 682, mientras Ibn Zubayr agitaba a los makkíes contra los omeyas sin haber sido aún nombrado califa, un ejército omeya fue enviado contra Meka. El ejército fue derrotado pero un incendio, tal vez más bien debido a la negligencia de un partidario de Ibn Zubayr, destruyó parcialmente la Kaaba. Ibn Zubayr la hizo reconstruir incluyendo en su interior el Hiyr (una de las zonas laterales que siempre había estado fuera del edificio); pero esta innovación fue corregida por al-Hayyay, que volvió a restablecerla a su estado primitivo. Al califa omeya al-Walid I se le atribuye normalmente la construcción de las primeras galerías que cercan la basta explanada que rodea a la Kaaba, lo que configura la mezquita (al-Masyid al-Haram), dándole la forma general que la distingue hoy.

Ya en el declive de los omeyas, Meka fue ocupada en el 747 por Abu Hamça, rebelde jariyí del Yemen, que fue rápidamente vencido por el ejército enviado por el califa Marwán II. Bajo la soberanía omeya, la ciudad fue administrada por un delegado del wali del Hiyaç residente en Madina. Durante todo este periodo, Meka tuvo entre sus habitantes a muchos y prestigiosos sabios, tantos como Madina, y como centro de la peregrinación se convirtió en un poderosísimo foco de irradiación cultural. En ella se encontraban cada año los ‘ulamá más notables del Islam que animaban con tertulias diarias la actividad científica de la ciudad.

Meka bajo los abbasíes  hasta la fundación del jerifato (750-961)

Con el advenimiento de la dinastía abbasí el centro de gravedad política del Islam pasa de Damasco a Bagdad. Los Haramain (los dos Haram: Meka y Madina) habitualmente eran administrados por príncipes abbasíes o bien personas leales a la nueva familia reinante. Normalmente, Meka y Táif tenían un gobernador o wali que a la vez era el encargado de organizar el Hayy, mientras que Madina tenía un wali especial.

Arabia era, ya desde el primer siglo de la Hiyra (S. VII y VIII), la residencia de numerosos grupos ‘alíes (partidarios de los descendientes de ‘Ali) contrarios tanto a los omeyas como a los abbasíes y que no desaprovechaban oportunidad para atacar los intereses de los califas: no eran contenidos más que por la fuerza superior de los ejércitos abbasíes cuando éstos eran enviados contra ellos. Ya el cali-fa Almansur (754-774) tuvo muchas dificultades con Arabia occidental. Hacia finales del reinado de al-Mahdi (774-785), un ‘alí de la rama hasaní llamado Husein Ben ‘Ali, dio un golpe de mano contra Madina, de la que consiguió apoderarse; pero en Fajj, cerca de Meka, la sublevación ‘alí fue aplastada por el jefe abbasí de Meka.

El lugar en el que fue enterrado se llama hasta hoy Shuhadá, hecho que llama la atención porque significa que se le reconoció como shahid o mártir del Islam.

Harún ar-Rashid, en el curso de sus nueve peregrinaciones, invirtió grandes sumas de dinero en Meka. Pero no fue el único de los abbasíes que repartió oro a manos llenas en el Haram. Esas generosidades tuvieron respuesta positiva y una gran influencia sobre los habitantes de Meka, pues ya prácticamente no quedaban descendientes de las viejas familias opulentas, y la población se acostumbró a vivir de las despensas de los califas, dejando de expresar su descontento ante la ilegitimidad de la dinastía.

Bajo al-Mamun (813-833), fueron de nuevo los ‘alíes quienes extendieron su autoridad sobre Madina, pero las luchas alcanzaron Meka y el Yemen. Un hecho prueba la potencia de la influencia que lograron los ‘alíes: al-Mamun se vió obligado a nombrar como gobernadores de Meka a dos de ellos.

Con la decadencia del califato abbasí, tras la muerte de al-Mamun, comenzó para el Haram un periodo de anarquía que con frecuencia se vió acompañado de penuria y de hambre. Una nueva costumbre fue establecida: varios príncipes se hicieron representar en el Hayy desplegando sus banderas particulares, pero raramente los conflictos entre ellos llegaban a la Ciudad. La inestabilidad puso en compromiso la seguridad de las caravanas de peregrinos.

La causa de los ‘alíes se vio considerablemente fortificada en esta época por la fundación de una dinastía hasaní en Tabaristán (Irán). Pero la aparición de un grupo extremo, los qármatas, dio a los acontecimientos de la mitad de siglo que precedió a la fundación del jerifato un carácter aún más lamentable. Arrinconados en el corazón mismo de Baghdad, los califas no podían ni tan siquiera pensar en beneficiar el Haram con una ayuda activa y sus representantes no disponían de los medios necesarios para hacer reinar el orden. A partir del año 916, los qármatas imposibilitaron la ruta de las caravanas de peregrinos. En el 903, mil quinientos guerreros qármatas atacaron de improviso Meka, degollaron a sus habitantes por miles y trasladaron la Piedra Negra a Bahrain. Su ardor comenzó a calmarse cuando se dieron cuenta de que su acción no había alcanzado su objetivo —eliminar la confianza en los abbasíes—, y en el 950 devolvieron la Piedra a su sitio. El peligro qármata que pesaba sobre Meka desapareció.

Los años siguientes testimonian la influencia creciente de los ‘alíes moderados en la Arabia occidental, influencia que estaba en relación con el progreso de la dominación fatimí (dinastía shií) en Egipto e igualmente con el ascenso al poder real de la familia iraní de los buyíes en Baghdad. Después de esta época, los ‘alíes de Meka son designados con un título que conservarán siempre después, el de sharifes (o jerifes en castellano).

De la fundación del jerifato a Qatada (960-1200)

1. Los musawis

Las fuentes no están de acuerdo sobre el año en el que el ‘alí Ya’far se impuso en Meka; se mencionan los años 966, 967 y 968, pero también el periodo comprendido entre el 951 y el 961. Antes de él, ya otros ‘alíes habían ejercido su autoridad sobre el Haram, pero es con él cuando comienza en Meka el reino de los hasaníes (descendientes de ‘Ali por su hijo Hasan), a los que colectivamente se les da el nombre de sharifes, mientras que en Madina este título se dió a los huseiníes (descendientes de ‘Ali por su hijo Husein).

La aparición y la persistencia del jerifato es un signo de la independencia relativa de la Arabia occidental respecto al resto del mundo musulmán. Con la fundación del jerifato, Meka obtuvo el lugar preeminente que antes había poseído Madina.

Dos hechos demuestran esencialmente en este periodo la energía con la que el jerifato de Meka se esforzó por mantener su independencia. En el año 976 rehusó prestar homenaje al califa fatimí de Egipto. Poco tiempo antes, el califa puso en un grave aprieto a la ciudad al cortarle los aprovisionamientos procedentes de Egipto; los habitantes de Meka tuvieron que ceder al chantaje, pues el Hiyaç dependía de ellos para su subsistencia.

El segundo hecho que prueba los sentimientos de independencia de los sharifes es el intento de uno de ellos, Abu l-Futuh, por proclamarse califa (1011), pero finalmente se reconcilió con el fatimí al-Hakim.

Con su hijo Shukr (1039-1061), acaba la dinastía de los musawis, es decir, los descendientes de Musa b. ‘Abdullah b. Hasan b. ‘Ali. Murió sin descendencia masculina, lo que engendró, en el interior de la familia de los hasaníes, una lucha acompañada de consecuencias nefastas para Meka. El príncipe del Yemen tuvo que intervenir y restableció el orden y la seguridad en la ciudad. Esta intervención de un extranjero les pareció a los hasaníes aún más insoportable que una guerra entre ellos, y le pidieron que nombrara como príncipe de Meka a quien quisiera de entre ellos y abandonara la ciudad. Designó a Abu Háshim Muhammad (1063-1094) y con él comienza la dinastía de los hawáshim.

2. Los hawáshim

Los hawáshim (1063-1200) reciben su nombre de Abu Háshim Muhammad, un hermano del primer sharif Ya’far; los dos hermanos eran descendientes de Musa, ancestro de los musawis.

Durante los primeros años de su reinado, Abu Háshim tuvo que luchar sin interrupción contra la rama de los sulaymanis que se juzgaban humillados con su nombramiento. Por otro lado, no supo obtener ventaja de la rivalidad que enfrentaba al califa fatimí de Egipto con el poderoso sultán turco de Baghdad: esta situación de desacuerdos perjudicaba la estabilidad de las rutas del Hayy. El reinado de sus sucesores, de una absoluta ineficacia, dió la ocasión para que los bandidos y asaltadores de caravanas extendieran su hegemonía haciendo impracticables estas rutas; también se sabe que algunos de los príncipes hawáshim cayeron en la vileza de auspiciar estos asaltos a caravanas. El peregrino andalusí Ibn Yubayr, que llegó a Meka en 1183, nos ofrece testimonios muy significativos de cómo el bandidaje había tomado carta de naturaleza en el Hiyaç.

Entre tanto, en Egipto, la dinastía sunni de los ayyubíes había reemplazado a los fatimíes, y el hermano del sultán Salah ad-Din al-Ayyúbi (Sala-dino) a su paso por el Hiyaç hacia la Arabia meridional, sólo pudo restablecer el orden pero no sustituir a los hawáshim. Esta intervención no detuvo la decadencia de los jerifes, y los abusos continuaron.

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