Número 138  //  14 de septiembre de 2001  //  26 Jumaada al-Thaany 1422 A.H.

 AL-ANDALUS

Cielo y tierra

Por Titus Burckhardt


El hombro curvado inclinado hacia la tierra,
Abreva el polvo con lluvia de perlas.
Su parte superior dispara cual arco sonoro
Rayos de agua todo alrededor,
Comparable a las esferas celestes; pues sus efusiones
Parecen cometas combatiendo la sequía.
Es un juglar que, encantado por el baile de las ramas,
Da volteretas, armado de espadas brillantes.
No creo que sea de sed que gima tanto,
Si las aguas corren por sus hombros:
Más bien que ella sea cantadora y el jardín un bebedor,
Pues siempre bebida y cante van unidos.
Los claros mechones de agua sobre la madera oscura
Son como dones claros sobre lo oscuro de los ruegos.

(Abu ‘Abd Allâh b. Abî l‑Husayn, ministro en Ifrîqiyâ, aprox. 1242)

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A lo largo de los ríos de la España árabe, giraban aquí y allá grandes norias que frecuentemente tenían la altura de un edificio y que, movidas por la corriente, regaban las tierras circundantes. Tenían paletas como la rueda de un molino y en sus llantas cangilones que elevaban el agua, vertiéndola, al girar, en canales elevados, a través de los cuales fluía hacia las huertas y los campos de las orillas. Frecuentemente los poetas árabes han cantado a estas norias, gustando de compararlas con las esferas celestes, que en su movimiento circulatorio arrastraban a los astros, o bien con las nubes que beben en el mar, y subiendo luego por encima de la tierra, prodigan la lluvia. La noria —término español derivado del árabe na’ûra— es tan atrayente porque ofrece la imagen de un equilibrio insuperable y natural de espíritu humano y naturaleza.

Por su origen los árabes no eran agricultores, sino pastores transhumantes y comerciantes. Sin embargo, supieron adaptar todas sus empresas a un método. En la expansión de los árabes de Arabia les acompañaron también agricultores orientales, originarios principalmente de Siria y del Norte de África, regiones en las que se practicaba, desde hacía siglos, el arte de irrigar tierras de secano por medio de canales, aljibes, pozos con garrucha y fosos de filtración. Algunos investigadores españoles afirman que los métodos de riego, tal como se siguen empleando en el sur de España, y el derecho de las aguas, estrechamente relacionado con ellos, son de origen romano. Sin embargo, llama la atención que estos métodos y costumbres se dan en casi todas aquellas regiones que durante algún tiempo han sido dominadas por los árabes: por ejemplo, a lo largo del Ródano, y hasta en los valles laterales más elevados del Valais donde, todavía hoy, el canal de riego abierto en la roca, conservado por encima de Siders, se llama «la bisse des Sarrasins». En el transcurso del siglo X, los árabes llegaron a ocupar durante un tiempo prolon­gado los puertos alpinos del valle del alto Ródano. Todavía algunos topónimos dan testimonio de ello. Sobre el aspecto que presentaba la agricultura durante el florecimiento del califato occidental en al‑Andalus nos informa un calendario o almanaque escrito en 961 por el obispo mozárabe Rabí' b. Zayd y dedicado al califa al‑Hakam II. De paso, se puede decir que se trataba del mismo obispo que con su nombre latino‑visigótico de Recemundo fue enviado como emisario de ‘Abd al‑Rahmán III a la corte de Otón I y que, por encargo del mismo califa, viajó a Constantino­pla y Siria para coleccionar allí valiosas obras de arte con que adornar la nueva residencia de Madihat al‑Zahrâ’.

El calendario de Córdoba se rige por el año solar en que también se basan los musulmanes para todo lo relacionado con las faenas agrícolas, pero que sólo los cristianos utilizan además para computar el año litúrgico. Rabî’ b. Zayd no deja de nombrar las fiestas eclesiásticas, incluidos los cultos de determinados sepulcros de santos en o cerca de Córdoba, y cita iglesias y monasterios. Para los musulmanes, el año litúrgico es el año lunar, que consta exactamente de doce ciclos lunares y que es unos días más corto que el año solar, de modo que las divisiones de uno y otro se desplazan en su relación mutua con un ritmo de aproximadamente 33 años.

El calendario no sólo indica el aspecto del cielo en cada mes, cuándo salen y se ponen el sol y las constelaciones más impor­tantes, cuánto duran el crepúsculo matutino y vespertino —lo cual es importante para los musulmanes, ya que así observan las horas prescritas para la salat— y qué cambios de tiempo cabría esperar o temer con la aparición de tal o cual constelación. También menciona lo que debería plantarse o cosecharse en un momento dado, y la conducta temporal y cíclica de los animales domésticos y salvajes.

De enero se dice que el agua de los ríos da la sensación de estar tibia y que la tierra despide vapores:

Los árboles se llenan de savia. Las aves se emparejan. Los halcones de Valencia construyen sus nidos y empiezan a fecundarse. Los caballos se alimentan de los brotes tiernos. Las vacas paren sus terneros y su leche aumenta. Aparecen polluelos de ánidos y ocas. Es la época de plantar huesos y esquejes y de colocar las estacas en las que se habrán de apoyar olivos, granados y otros árboles frutales parecidos. Florecen los narcisos tempranos. Se levantan parras para las uvas tempranas y otras plantas trepadoras que no traen fruto, se siembra la portulaca, se cosecha la caña de azúcar, se prepara la conserva de remolacha y el jarabe (sharâb) de cidra ácida.

En febrero,

Los polluelos de las aves salen de sus huevos. Las abejas se reproducen. La fauna marítima se renueva. Las mujeres empiezan a cuidar los huevos del gusano de seda hasta que se abran. Las grullas emigran a las islas fluviales. Se plantan los bulbos de azafrán y se siembra la col de verano. Algunas clases de árboles se cubren ya de hojas. Es la época de encontrar trufas; los espárragos silvestres aumentan. Las flores de moscada echan brotes. En este tiempo se injertan brotes nobles en los perales y manzanos, se plantan árboles jóvenes y se cambian de lugar los plantones. Si fuera necesario y puede realizarse sin perjuicio, se practican sangrías y se administran medicamentos. En este mes se envían las cartas para reclutar jornaleros para el verano. Las cigüeñas y las golondrinas vuelven a sus nidos.

Se ve que la crianza de los árboles frutales, que solían ser ennoblecidos por medio de injertos, desempeñaba un papel im­portante. No obstante las plantas de cultivo más frecuentes eran olivos y vides.

Continúa:

En marzo se injertan las higueras. Los cereales sembrados se enderezan sobre sus tallos. La mayor parte de los árboles echan hojas. Los balcones de Valencia ponen huevos en las islas y los empollan allí durante treinta días, se planta la caña de azúcar. Florecen las primeras rosas y los primeros lirios. Las habichuelas de las huertas empiezan a engordar. Aparecen las codornices. Los gusanos de seda salen de los huevos. Los esturiones y las alosas abandonan el mar y suben por los ríos. Se plantan pepinos, se siembra el algodón, los crocos de huerto, las berenjenas, la melisa y la mejorana. En este mes se envían las cartas a los administradores para comprar caballos para los príncipes. Las larvas de las langostas empiezan a moverse y conviene ordenar aniquilarlas rápidamente...

¡Cuántas plantas producía el suelo andalusí! En mayo empie­zan ya a cuajar las espigas de trigo.

Los olivos y la vid echan fruto. Las abejas preparan la miel. Las especies tempranas de manzana y pera maduran y también las bayas negras llamadas «ojo de vaca», al igual que los albaricoques, las cerezas y los pepinos. Es el momento de poner en conserva las nueces y de exprimir el jugo de manzanas de la clase sha’bî. Se recoge la simiente de adormidera para preparar con ella un jarabe. En oriente maduran en esta época los sicomoros. Se recogen los brotes de la fumaria, del apio y del eneldo, de la siempreviva, de la adormidera negra, de la mostaza, de los berros amargos, de los tarâtît, y se exprime su jugo; también se recogen las flores de manzanilla para extraer de ellas el oleo...

Seguramente Rabî’ b. Zayd o Recemundo aprovecharía mu­chas cosas de las costumbres españolas que existían ya antes del dominio musulmán. Sin embargo, muchas plantas mencionadas por él, como los albaricoques (al‑barqûq), los melocotones y la caña de azúcar sólo habían sido introducidas por los árabes. Sobre todo, el fondo astronómico del calendario, tanto en lo referente a su contenido como a los términos empleados, corres­ponde a la sabiduría oriental. Probablemente incluso se derive de la cosmología de los nabateos, aquel pueblo emparentado con los árabes que había convertido el desierto jordano en una tierra fértil y que poseía unos conocimientos muy extensos sobre la relación entre los movimientos celestes y el crecimiento vegetal. Todos los antiguos pueblos agricultores consideraban al cielo como sede de la fuerza activa y generadora, y a la tierra como sede de la fuerza paciente y receptora del universo. Esta dualidad poseyó no sólo para los nabateos un sentido tanto práctico como espiri­tual: la agricultura estaba relacionada con el culto a la divinidad.

Una obra sobre «Agricultura nabatea» (Kitâb al‑filâha al­nabatiyya) fue traducida muy pronto por Abû Bakr Ibn Wahshiyya del griego al árabe, y según Ibn Jaldún sirvió de fuente a los eruditos hispano‑árabes. Según este autor, tomaron de ella los conocimientos astronómicos y agronómicos, eliminando las «supersticiones paganas» de los nabateos. Todavía Abû Zakarîyâ Yahyà b. al‑‘Awwâm de Sevilla, famoso agrónomo y botánico del siglo XIII, aprovechó algunos conocimientos de esta obra.

En cualquier caso, el Calendario de Córdoba tiene todavía otra faceta, que no sólo concierne a su aplicación agronómica, sino también a la medicinal. El movimiento anual produce una alteración en las cuatro cualidades naturales: caliente y frío, húmedo y seco, las cuales no sólo influyen en el crecimiento de las plantas, sino también en el estado del cuerpo humano con arreglo a su disposición natural:

El mes de enero... pertenece al invierno, las propiedades naturales que se mezclan en él son frío y humedad y, por tanto, el elemento que le corresponde es el agua y el humor corporal que predomina durante esta época es la flema. Por consiguiente, en esta estación lo más conveniente en cuanto a alimento, bebida, movimiento y reposo, es todo aquello que aumenta el calor y disuelve las superfluidades en el cuerpo. (Esta estación) conviene al que tenga un temperamento caluroso y está en la juventud, mientras es hostil al hombre de tempera­mento húmedo y al anciano...

Para comprender estos consejos médicos hay que recurrir a la doctrina griega antigua de las facultades naturales, y los elemen­tos y humores correspondientes, que puede ser ilustrada por medio de un esquema geométrico como el que acompaña este texto. En él se puede ver que las cuatro facultades naturales que producen todo cambio en la naturaleza terrestre se oponen de dos en dos y se unen de dos en dos, para constituir cada uno de los cuatro elementos: calor y sequedad se unen en el fuego, frío y humedad en el agua; mientras la tierra participa tanto de la sequedad como del frío, y el aire tanto de] calor como de la humedad. De ahí se comprende también que los cuatro elemen­tos, tal como los concibió la ciencia antigua, no tenían nada que ver con las materias químicas que hoy llamamos elementos; en efecto, no se trata de aquella tierra que consta de una mezcla de varios minerales, ni del agua que se puede descomponer en hidrógeno y oxígeno, sino de cuatro manifestaciones básicas y típicas de la existencia corporal en sí; podríamos hablar de un estado sólido, otro líquido, otro gaseoso y otro fogoso de la materia. No se trata de reducir los cuatro elementos a una disposición más o menos densa de corpúsculos mínimos o a otro tipo de concepto mecánico; lo que importa son las cualidades inconfundibles: fuego, agua, tierra, aire; ellas formas las «pilas­tras angulares» (arkân) de una ciencia natural que no es cuantita­tiva, sino cualitativa.

Pero expliquemos en primer lugar lo que hay que entender por los cuatro humores que corresponden en lo orgánico a los cuatro elementos. Según los médicos árabes, que siguen a los griegos antiguos, los cuatro humores son los materiales de cons­trucción básicos de todos los seres vivos de sangre caliente. Son el producto final de la digestión, después de la eliminación de todas las partes no asimilables de los alimentos, a partir del jugo digestivo puro, del kilo (kay1ûs); existen en forma mezclada en todo el cuerpo, aunque en ciertos órganos se almacena un exceso de uno u otro humor; así la bilis amarilla tiene su sede privativa en la vesícula, y la atrabilis en el bazo. La sangre contiene siempre los cuatro humores, aunque sea en distinta proporción: la flema la espesa, la bilis amarilla forma su «espuma», la bilis negra sus «posos»; algo parecido se puede afirmar sobre cada uno de los restantes humores; al igual que los cuatro elementos están presentes en cualquier materia corporal, aunque sólo se manifieste uno de ellos, ninguno aparece totalmente desprovisto de mezcla. Ahora bien: la salud del organismo vivo depende del equilibrio de los humores, que a su vez se logra por medio del efecto conjunto de las cuatro cualidades naturales: caliente, frío, húmedo y seco. Una tendencia dominante hacia el frío conducirá en colaboración con la humedad a un efecto disolvente, y en combinación con la sequedad al endurecimiento; según ocurra una u otra cosa, prevalecerá la flema o la atrabilis. Y al revés: una tendencia excesiva hacia el calor, unida a la sequedad, hace el temperamento «bilioso», y unida a la humedad lo hace «de sangre floja».

No obstante, las cuatro cualidades naturales, dentro de cier­tos límites, admiten diferentes proporciones de mezcla, sin que esto perjudique la salud del cuerpo; de ellas derivan los distintos « temperamentos», que en árabe reciben el nombre de «mezclas», y también las distintas «templaduras» del cuerpo con arreglo a la edad y la estación. La enfermedad es una «rotura del equilibrio» de los humores corporales o vitales. Es tarea del médico ayudar a la naturaleza a restablecer el equilibrio; esto se puede lograr combatiendo el calor interno con remedios antitérmicos que disuel­van el exceso de sequedad, o cualquier exceso por medio de su contrario. Sobre la forma de tratar los médicos árabes a sus enfermos, ha dicho acertadamente un médico español moderno, F. Fernández:

Siempre preferían los medicamentos simples a los compuestos, y entre los simples aquellos que forman parte de los alimentos, y no sólo de los fármacos. Si no quedaba otro remedio que acudir a los medicamentos compuestos, escogían aquellos que lo estaban en menor grado. Esta es una regla que se repite en los escritos de los médicos hispano‑árabes... al medicamento heroico de la triaca (que estaba compuesta de un número muy grande de ingredientes) sólo se acudía si se trataba de curar a cualquier precio a un rey, un personaje importante o un enfermo muy grave...

El conocimiento de los fármacos de origen vegetal tuvo un desarrollo muy particular en la Edad Media. El cultivo de esta rama de la ciencia se vio favorecido por la circunstancia de que en España se dan casi todas las plantas que crecen entre los Alpes y el desierto. Históricamente, este desarrollo tuvo su ori­gen en un suceso particular: El basileus bizantino Constantino VII Porfirogeneta había enviado de regalo a ‘Abd al‑Rahmân III una copia cuidadosamente ilustrada de la Materia Médica de Dioscórides. Por mandato del califa, fue traducida al árabe por el médico judío Hasday b. Saprût en colaboración con un erudito bizantino y varios musulmanes, y comentada más tarde por el médico del califa Hishâm II, Hasan b. Yulyul y el toledano Abû l‑Mu’tarif b. al‑Wâfid al‑Lajmî (997‑1074). Otros médicos y far­macólogos árabes se basaron en esta obra, particularmente Ibn Mufarray de Sevilla, al que llamaban al‑Nabâti, «el botánico» (vivió aproximadamente de 1165 a 1240) y su famoso discípulo Ibn al‑Baytâr de Málaga (m. 1248 en Damasco), que ha descrito mil cuatrocientos fármacos, entre ellos trescientos no menciona­ dos hasta entonces, así como Abu‑Ya’far al‑Gâfiqî (m. 1165) cuyo libro sobre medicamentos simples sirvió de base para muchas obras parecidas.

Se clasifica a los medicamentos con arreglo a sus cualidades calientes, frías, secas o húmedas. Para dar un ejemplo, citaremos algunos pasajes de la obra de consulta del médico Abû‑l‑Qâsim al‑Zahrâwî, el Abulcasis de los latinos. Estos párrafos son tanto más elocuentes cuanto tratan de los medicamentos simples que al mismo tiempo son alimentos. El equilibrio exacto de los alimen­tos constituía para los médicos árabes el fundamento de la salud.

El higo es de naturaleza caliente y húmeda en primer grado. La mejor clase es el blanco con la boca abierta. Es empleado para los riñones, cuyos cálculos disuelve. Su inconveniente es que llena y ceba. Esto se puede contrarrestar tomando caldo salado y bebida de vinagre.

La ciruela es de naturaleza fría en primer grado. La mejor es la ciruela pasa dulce. Se emplea para evacuar 'la bilis. Tiene el inconveniente de perjudicar al estómago. Esto se contrarresta tomando azúcar de rosas.

La pera es de naturaleza fría en primer grado y húmeda en segundo grado. Las mejores son naturalmente las pasas. Se emplean en casos de debilidad del estómago. Tienen el inconveniente de producir cólicos. Esto se contrarresta tomando después de las peras frutas de otra clase.

La violeta es de naturaleza fría en primer grado y húmeda en segundo grado. La mejor clase es de color azul, como el lino, con muchas hojas. El olor a violeta adormece y un jarabe fabricado a base de ella fomenta la evacuación de la bilis. Su inconveniente es que enfría y produce catarro. Esto se contrarresta utilizando grano de saúco y clavos.

Las lentejas son de naturaleza fría y seca en segundo grado. Las mejores son las rojas, gordas. Se emplean para aliviar la acidez de la sangre y fortalecer el estómago. Tienen el inconveniente de dificultar el coito y de disminuir la visión. Esto se contrarresta comiendo berros y tomando duchas.

El melocotón es de naturaleza fría y húmeda en segundo grado. La clase mejor es la que huele a almizcle. Los melocotones se emplean en casos de fiebre ardiente tienen el inconveniente de descomponer los humores; esto se contra­rresta con vino aromático.

La albahaca que huele a limón es de naturaleza caliente en segundo grado y seca en primer grado. La mejor es la que despide un olor fuerte. Su materia sólida es astringente y su jugo laxante. Tiene el inconveniente de turbar la vista. Esto se contra­rresta con caldo de verduras y portulaga sin sal.

La mostaza es de naturaleza caliente y seca en tercer grado. La mejor es la fresca, roja y cultivada. Disuelve la gota, pero perjudica al cerebro. Esto se contrarresta con un remedio preparado de almendras y vinagre...

Abû‑l‑Qâsim al‑Zahrâwî (Abulcasis), que murió en 1106, se hizo famoso sobre todo como autor de tratados de cirugía. Sus obras fueron traducidas ya en la Edad Media al latín, provenzal y hebreo, e impresas repetidas veces durante el Renacimiento. De hecho la cirugía árabe llevaba un adelanto considerable a la latino‑europea. Los árabes hacían autopsias desde una época temprana y conocían tanto la antisepsia como la narcosis. Sin embargo, seguían considerando la intervención quirúrgica como última ratio, a la que sólo se debía acudir en casos extremos, como dice al‑Zahrâwî:

No se debe usar la cirugía antes de tener la prueba de que todos los demás remedios no producen efecto. De ningún modo se debe realizar una operación por desesperación, ya que la cirugía sólo es admisible cuando el estado general del enfermo hace probable el deseado éxito de la misma. Si el médico no ha reconocido de antemano la naturaleza de la dolencia, si no ha sido capaz de reconocer su causa verdadera y si tiene en su conciencia alguna duda acerca de ella, sería un crimen intentar una operación que puede poner en peligro la vida de un prójimo.

Cuando leemos relatos acerca del éxito conseguido por los médicos árabes en sus curaciones, nos vemos forzados a suponer que su método, a pesar de sus muchas deficiencias, se basaba en hipótesis correctas. Esto se puede afirmar en especial en relación con la doctrina humoral, que interpretaba todo lo referente a la constitución humana como un equilibrio lábil de distintas fuerzas. En menor grado se puede aplicar al conocimiento de la anatomía, cuyo pleno desarrollo se produciría después en el occidente latino. Era una disciplina que encajaba muy bien en el espíritu analítico del Renacimiento europeo. Sólo entonces se empezó a considerar al organismo humano como una fábrica, una estruc­tura compuesta de muchos mecanismos. Esta manera de ver las cosas favoreció a la cirugía, pero indudablemente ha tenido sus desventajas, porque fácilmente se olvidaba que la constitución del cuerpo humano forma un todo indivisible. Esto es exacta­mente lo que no perdieron de vista nunca los adeptos de la llamada medicina humoral, tal como los árabes la aceptaron de los griegos y la transmitieron beneficiada a través de las traduc­ciones latinas.

Si se comprenden las cuatro cualidades «naturales» —ca­liente, frío, seco y húmedo— como impulsos naturales hacia la expansión y contracción, disolución y solidificación, se deduce fácilmente que también se puedan aplicar al campo psíquico: la expansión corresponde al placer y a la alegría, que en árabe puede recibir el nombre de «ensanchamiento» (bust), mientras la contracción (qabd) corresponde al miedo y a la angustia. Por otra parte el alma se «disuelve», se hace «líquida», cuando es capaz de asimilar toda clase de formas, y se «endurece» si permanece apegada a una sola. Según esto, podemos imaginarnos el papel que desempeñará la cuadruplicidad de las cualidades naturales en un arte como la música, ya que es misión de una música auténtica —y tal música no puede existir sin un fondo espiritual— ­restablecer el equilibrio del alma, que puede ser apasionada o angustiada, difusa o rígida, o varias de estas cosas simultánea­mente, de forma muy similar a como la medicina restituye el equilibrio de los humores corporales.

Lo que en el cuerpo son los cuatro humores, en el laúd árabe son las cuatro cuerdas. Estaban pintadas de amarillo, rojo, blanco y negro y correspondían a la bilis, la sangre, la pituita y la atrabilis. La negra estaba afinada en la tonalidad más elevada, y es característico que correspondía precisamente al elemento ínfimo. Según las cualidades naturales que se emparejaban en cada una de las cuerdas, éstas eran afines u opuestas entre sí.

Los médicos árabes de la Edad Media utilizaban la música para tratar a determinados enfermos mentales.

En el año 822 llegó a España, procedente de la corte califal Abbasí de Bagdad, el genial músico Ziryâb, para establecerse en la Corte de Córdoba, donde se ganó el más alto favor de ‘Abd al‑Rahmân II. No sólo transmitió los usos de la música persa que habrían de tener resonancias duraderas en al‑Andalus, llegando hasta el popular flamenco de nuestros días, sino que también enseñó a los cordobeses, que hasta entonces habían conservado un estilo de vida sencillo al modo de los árabes antiguos, toda clase de costumbres perso‑asiáticas, como llevar vestidos de distintos colores según las estaciones o la manera de adornar una mesa festiva. Hoy se le suele describir a veces como un arbiter elegantiarum, una especie de «Beau Brummel» pero esto no está de acuerdo con aquellos tiempos. Como en el Japón cortesano de la época Heyan, en la Bagdad de la alta Edad Media, influenciada por el ambiente asiático, no se solía elegir determinado color para un traje de corte, o una melodía para una canción, sin relacionar­los con las leyes cósmicas.

Este Ziryâb, que enseñaba las diez tonalidades o modi de la música según Ptolomeo, e inventaba personalmente poemas a modo de letras para sus melodías, modificó el laúd habitual de cuatro cuerdas por propia iniciativa, añadiéndole una quinta cuerda, intercalada entre la segunda y tercera y teñida como la segunda de color rojo; representaba la respiración y otorgaba al laúd —como dice al‑Maqqari— un sentido más fino y mayor efectividad.

Por respiración (nafas) no se entiende aquí sólo el soplo del aire, sino más bien su contrapartida interna: el aliento vital o espíritu vital, al que los indios llaman prana. Este no es de naturaleza corpórea sino que representa, por así decir, el puente entre el alma y el cuerpo. Es el instrumento del alma a través del cual influye sobre las fuerzas naturales que existen de un modo latente en el cuerpo, y mantiene el equilibrio de los humores vitales. La respiración física es, en cierto modo, la imagen externa de esta relación, pues tiene el efecto de mantener la unión entre el cuerpo sólido tendente a la rigidez, y la fuerza vitalizante del espacio aéreo, Igual que el espíritu vital une al cuerpo con el alma. Según Ibn Sinâ (Avicena) el aliento vital se difunde desde el corazón hacia los miembros; de ahí el color rojo, propio de la sangre, que le atribuye Ziryâb.

Según los filósofos islámicos, que frecuentemente eran también médicos como el persa Ibn Sinâ (Avicena) y los españoles Ibn Bâyya (Avempace) e Ibn Rushd (Averroes) —la palabra árabe hakîm se aplica tanto al médico como al sabio— el ser humano no puede ser simplemente descompuesto, como lo hace Descar­tes, en dos partes: cuerpo y alma. Pues no sólo el alma compene­tra al cuerpo, informando todas sus partes con arreglo a su esencia, sino que también existe una escala de facultades huma­nas que, en mayor o menor grado, dependen del cuerpo o son independientes de él. En el grado ínfimo, y hundido en lo más profundo del cuerpo, están las facultades involuntarias que pro­ducen la asimilación del alimento, el crecimiento y la procrea­ción; están emparentadas con las propiedades de las plantas. Un lugar más elevado corresponde a las facultades de percepción y de la actividad que el hombre comparte con los animales; tienen un aspecto corpóreo, reflejado en los órganos sensoriales y los miembros, y al mismo tiempo un aspecto interior, puramente psíquico. El grado supremo está ocupado por la facultad de pensar, que distingue al hombre de todas las demás criaturas vivas del mundo. Por principio, está libre de ataduras corpóreas.

Pero tanto el cuerpo como el alma obedecen a las fuerzas opuestas que se manifiestan a un nivel puramente físico, como el calor y el frío, la humedad y la sequedad; a un nivel orgánico, como la extensión y la contracción, la disolución y la solidifica­ción; y a un nivel puramente psíquico, como la alegría y la angustia, el relajamiento y la rigidez, o bien el amor y el odio, la receptividad y la inmovilidad.

Por encima de estos opuestos y del cambio de estados produ­cido por ellos, está exclusivamente el espíritu puro que supera a la simple razón. La razón se desarrolla según las formas del pensamiento, mientras el espíritu intuye sin mediación de nada. No obstante, el espíritu compenetra todo el ser humano y se refleja en el pensamiento, por cuanto éste es capaz de cristalizar, a partir de la multitud ilimitada de imágenes recogidas por los sentidos, los contenidos esenciales. Con esto hemos llegado al límite extremo del campo por el que se movía la medicina tradicional.

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