Número 142  //  10 de octubre de 2001  //  22 Rajab 1422 A.H.

 AL-ANDALUS

Al-Andalus en Blas Infante *

Por Enrique Iniesta Coullant-Valera



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Un viajero audaz

En 1924, la opinión pública española se enciende en ira por la campaña de África. La memoria de las pérdidas americanas del 98 exaspera el ambiente. Nombrar a Abdel‑Krim incendia volcanes.

En esa hora, un pacífico notario andaluz., navega vía Lisboa‑Rabat, cruza las líneas francesas y se arriesga en un viaje a Agmât, a seiscientos setenta y seis kilómetros de Ceuta. Repite adrede el camino que hiciera Ibn al‑Jatîb, hâyib del Rey de Granada dos siglos y medio antes. Agmât es la tumba de al‑Mu’tamid, el Rey de Córdoba y Sevilla.

Caminaba en dirección contraria a la de sus compatriotas herederos de una inquina que cubría todas las guerras africanas contadas por Alarcón. ¿Qué motor interior le conduce a tamaña aventura?

Caminaba hacia Agmât, consciente del territorio que pisaba. En 1919, en la revista Córdoba (nº 161), había trazado un fino análisis: «España en Marruecos chocará con un odio por parte de los indígenas, odio que quizá éstos no llegarán a sentir por ninguna otra potencia. Este odio tiene hondas raigambres históricas. Marruecos ha sido el país musulmán fanático por excelencia; las relaciones muslímicas de morabitas y de al‑Mahdî, en él tuvieron su base de dominación. España ha sido el país más fanáticamente católico del orbe. En España y Marruecos, representados por españoles y marroquíes, se han desarrollado siempre los más tremendos choques de ambos fanatismos. En los hogares castellanos o españoles se ha sugerido siempre odio y desprecio al moro. En los aduares marroquíes, odio y desprecio al cristiano (español). Los musulmanes expulsados de la Península y acogidos en Marruecos, legaron siempre a sus hijos odio eterno a la raza que les arrebató y expulsó de su patria resplandeciente, al‑Andalus».

Pasados diez años, nuestro notario defenderá en su proyecto de Instituto autonómico andaluz la organización federal de Andalucía: Cada tina de ellas (de las provincias) debe constituir un Estado «incluyendo Marruecos». (La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía, pág. 96)

Resultaba imposible entonces, cuando las guerras coloniales (y siguen las dificultades sesenta años después) ser objetivos y pensar que los moriscos expulsados cuyos herederos nos llegan ahogados en pateras actuales, eran los que Alonso del Castillo escribía en 1591 al Arzobispo granadino Pedro de Castro, «los naturales de este reino». Para Blas Infante, no hubo dificultad personal para superar ese atavismo de ignorancia y ceguera.

La pregunta sobre el misterio

Blas Infante Pérez, el notario viajero contra corriente, no era un arabista. Llevaba preguntándose el misterio de Andalucía desde que vio de colegial en Casares (su pueblo) y en Archidona (su colegio escolapio) las hambres jornaleras. El jornalero era un mujik digno de Dostoievski, personaje trágico trabajando en una tierra feraz y alegre. La interrogación por Andalucía se alzó otra vez en sus años del Ateneo de Sevilla, cuando la ilustre cultura de su Tierra contrastaba con el olvido y el abandono los poderes del Estado. Un impulso incontenible le aceleraba las sangre. Leyó, investigó, indagó, meditó, movilizó a sus amigos. El corazón de vida latía sólo en ello.

No era un arabista. Pero, buscando las razones, los argumentos, pruebas, la arenga que moviera a sus paisanos para una empresa colectiva de idealistas por la Patria Andaluza, entendió la función ilusionante de llamada edad dorada. Si lograba localizar unos tiempos en los que fulgor andaluz deslumbrara, en que el genio de este pueblo encendiera entusiasmos, habría encontrado la palanca, el pavés, la incitación. Entonces, los pies de su sorpresa pisaron al‑Andalus. En al‑Andalus averiguó la herencia de la ilustre Bética cuna de Emperadores para Roma, la presencia de una cima social, científica, artística, humana y tolerante. En ochocientos años, todo cabía y todo había sucedido. Pero razonada y honradamente, nuestro notario inquieto y estudioso, encontró la edad dorada andaluza en los años andalusíes.

Con un sentido de humor mezclado con cierta irónica modestia hacia su profesión de notario, escribe: «España, que lo regatea todo a los investigadores profesionales, paga muy bien a unos funcionarios llamados notarios, dejándoles mucho tiempo libre para que se dediquen a investigar», (C. 31‑32). Y las tardes y enteras noches de estudio, le llevaban por caminos poco pisados por... los investigadores profesionales que no eran unos funcionarios llamados notarios.

Admira el rigor de la síntesis conseguida. Al ser fruto de una sola mano, resulta muy armónica. La soledad de nuestro héroe restó esa calidad de¡ estudio especializado. Es muy verdad que el empeño superaba al hombre. Pero este trabajo dejó una visión de lo andaluz como problema, como maravilla y como empresa incitante y redentora. No pretendió decir la última palabra, naturalmente. «Yo monto el lienzo, otros te darán el color y la figura». En el despertar andaluz, no partir de Infante, es partir de cero.

Si se intenta animar y encender andaluces, si se pretende ofrecerles una visión de su misterio y sus contradicciones capaz de movilizar, hay que ir a sus escritos y a su vida.

La respuesta: Al-Andalus

Allí, en el quicio de su proyecto andaluz, aparece al‑Andalus, antorcha, piedra de toque, fuente de mucho, catalizador y gloria.

 

Cuando este viajero explora aquel mapa desconocido «al sur de Marrakech, en la vertiente sobre Marruecos del Alto Atlas», al acercarse al término de su camino, esta tocando el comienzo de una empresa intelectual que devuelva a Andalucía el nuevo aliento de su edad dorada.

Allí encontrará lo que él llama «el enriquecimiento de motivos para la voluntad de ser», (Manuscrito AE, 37).

 

Ya en 1920, había escrito una obra teatral ampulosa titulada al-Mu’tamid, último rey de Sevilla, (Biblioteca Avante, Sevilla, 1920; Grupo Editorial Sur‑Fundación Blas Infante, Sevilla, 1983). El mismo Infante advierte que «la narración se inspira en la historia de Abû‑l‑Qâsim (al-Mu’tamid) ofrecida por el historiador holandés Dozy». Y añade: «El epílogo está inspirado en la peregrinación a la tumba de al-Mu’tamid, llevada a cabo por Ibn al‑Jatîb, hâyib del rey de Granada, dos siglos y medio después de la muerte del príncipe ‘abbâdî». Este epílogo anuncia en literatura del año 20, en vaticinio, lo que en 1924 será geografía pisada y recorrida.

 

Al-Mu’tamid, el rey preso en Agmât, es víctima de dos enemigos: la intransigencia super ortodoxa del frente sur de su reino (almorávides) y la presión norteña de los reyes cristianos, también fanática, ajenos ambos a un genio tolerante del Islam andaluz.

 

Este drama y su elección como bandera andaluza de la vieja enseña andalusí (la verdiblanca, proclamada por sus compañeros andalucistas en Ronda, en 1918), indican un interés anterior al viaje a Agmât. Cuando él se arriesga a la expedición, es movido por razones antiguas muy pensadas.

Una bandera del 1901

En su artículo «Las insignias de Andalucía» (revista Córdoba, no 173, 1919), escribe Infante: «En la Asamblea Regionalista de Ronda, (1918) se votó para Andalucía como bandera nacional, la bandera blanca y verde. Fueron los colores preferidos por nuestros padres. Verde es la vestidura de nuestras sierras y campiñas prendidas por los broches de las habitaciones campesinas blancas, blancas son nuestras antiguas ciudades y villas de blancos caseríos con verdes rejerías orladas de jazmines». Y en ,~(i hhro La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía, (1) 67), escribe: «La bandera blanca y verde de Andalucía es verde como la esperanza cuando asoma a nuestros campos; blanca como nuestra bondad».

 

Pero estas razones estéticas se sustentan en otras históricas sorprendentes: en el reinado del taifa almeriense al‑Mutasim se extendió del año 1051 al 1091. Su visir fue un poeta llamado Ahû Asbag Ibn al‑Arqâm, natural de Guadix según Dozy. En un precioso libro llamado Esplendor de al‑Andalus, Henri Péres recoge la primera pintura de la bandera andaluza en unos versos de Abû Asbag llenos de color y lírica:

«Una verde bandera
que se ha hecho de la aurora blanca un cinturón,
despliega sobre ti un ala de delicia.
Que ella te asegure la felicidad
al concederte un espíritu triunfante
».


No es sólo un poema lindo, pacifista en un tema por sí belicoso, intimista en asunto despersonalizado, es también un documento histórico notable: constituye la primera descripción de una bandera en Europa.

 

También tiene solera el segundo dato cronológico de la bandera escogida por Infante y los suyos, también nos lleva al mundo andalusí. Nieto Cumplido, canónigo archivero de la Mezquita‑Catedral de Córdoba, (Orígenes del Regionalismo Andaluz, Caja de Córdoba, 1984) la encuentra en el retablo del altar mayor de la iglesia del convento de la Madre de Dios de Baena. Lo corona el escudo de los Condes de Cabra que alude a la batalla de Lucena (1483) en la que Boabdil fue hecho prisionero. El escudo, policromado, además de la cabeza del rey nazarí, incluye las veintidós banderas cogidas a los granadinos. Dieciocho de ellas son blanquiverdes y las otras cuatro blancas y rojas.



La historia como espuela

El mensaje de Infante es dialéctico: no sólo resucita el milagro cultural de la Andalucía Islámica, sino su derrota y las consecuencias de persecución y expulsión de la población morisca. El contraste entre Fernando III de Castilla (tolerante, admirador de lo andalusí admirado por los andalusíes) y el Maquiavelo doméstico que fue Fernando V de Aragón, el exilio forzoso de aquellos andaluces con solera de ochocientos años suscita sentimientos de fuerte agravio comparativo. Serán la base para reivindicaciones actuales. Ese es el papel dinamizador de la edad dorada. El hallazgo de que «la cosa tenía precedentes», (Infante siempre compara y hasta emparenta a los actuales jornaleros con los perseguidos moriscos) moviliza lo solidario en el corazón andaluz contemporáneo.

 

(Este uso de la Historia como palanca y acicate es normal aunque no siempre tan aquilatado y sereno como nuestro notario y amigo).

Al-Mu’tamid le esperaba

¿Nos vamos a Agmât con Infante? En varios de sus manuscritos recoge el recuerdo y la influencia de tan valiente viaje. En el AAK, anota los preparativos y el viaje mismo, narración que repite en el AAL con algunos variantes. En el AAM, a propósito de unas notas sobre música andalusí y las cantigas, también alude a estas experiencias viajeras. El AAN es una descripción más detenida de la expedición. El manuscrito AAS reúne unas notas de Viaje a la Meca de Mariano de Pano, sobre ritos de una peregrinación musulmana, ritos que Infante quiso observar en su ida al sepulcro de al‑Mu’tamid. Y el AAX incluye las más razonadas y extensas memorias de su aventura africana.

«Más de un millón de hermanos nuestros, de andaluces inicuamente expulsados de su solar —las causas de los pueblos jamás prescriben— hay esparcidos desde Tánger hasta Damasco, según me comunicaba hace un ano uno de nuestros más fervorosos paladines, el infatigable y culto Gil Benumeya. El recuerdo de la Patria —por causas que no hay que expresar ahora— lejos de esfumarse se aviva cada día más en este término actual vivo de sus generaciones de desterrados. Ellos constituyen, por reconocimiento de los pueblos fraternos que los mantienen en su hospitalidad, la élite de la sangre y del espíritu en las sociedades de esos países.

»Yo he convivido con ellos, he sufrido con ellos, de aspirado con ellos la esperanza de nuestra común redención porque esta redención será común o no será nunca.

 

»Ya hablaré de esto más adelante. Ahora, aunque sea digredir, me limitaré a contar a Vds. una anécdota que vendrá además a distraer la pesadez de este texto.

» El año 1924, me determiné a reanudar las peregrinaciones que nuestros padres hicieron durante algún tiempo a la tumba de uno de los hombres más representativos del espíritu de nuestra tierra: Abu‑l‑Qâsim ibn ‘Abbâd, al‑Mu’tamid, rey verdadero de Sevilla, Córdoba, Málaga y del Algarbe. El último peregrino había sido un hijo de mi Serranía de Ronda, Algatib, Ministro del Sultán de Granada, en el siglo XIV. Seis siglos sin que Andalucía enviase su saudad en el cuerpo vivo de uno de sus hijos al sepulcro del Rey Poeta, que murió en el desierto lejano invocándola en sus versos dolorosos.

»Merced a una serie de coincidencias afortunadas que cuento en un escrito aún inédito, que será capítulo en mi diwan de peregrinaciones, pude llegar a encontrar la tumba del Rey en el derruido cementerio de Agmât, al sur de Marraquech, en la vertiente sobre Marruecos de Alto Atlas.

»En mi viaje me acompañaba un intrépido muchacho catalán, (“negociante en maderas”, AAK, 7), gran espíritu, José Luis García Vidal, hoy residente en Oporto. “Con él vine en un mal barco hasta Casablanca, desde Lisboa”). José Luis García Vidal es un joven animoso, ágil y, por ser culto, comprensivo. Respeta todas la peregrinaciones, incluso esta mía, tan extraña con respecto a las suyas en las cuales procura compatibilizar los fueros del espíritu con los del negocio. Entre todas sus virtudes, la que más me cautivó fue su habilidad para hacer buenas fotografías. Cuando me convenció de que buena era su máquina y bueno el operador, procuré persuadirlo para que me acompañase a Marraquech. Él accedió amablemente aunque sin sospechar la finalidad aventurera del viaje hacia el Sur. Pero yo necesitaba un testigo.

» La fortuna me favoreció. Encontré un chófer oraní, Ben Abú Ben Musa, quien, además del dialecto del Alto Atlas, conocía el español. Comuniqué a este hombre mis propósitos. Él había oído hablar de Agmât, pero no del Agmât que yo buscaba, situado al Sur de Marraquech. Convinimos en que me alquilaría el coche del que era propietario y que él habría de conducir. (AAK, 7‑8).

» Llegamos a Agmât el 15 de septiembre. Allí no había europeos, civiles ni militares cuyas líneas francesas habíamos dejado atrás».

El nombre de al-Andalus

 

«Solos con un guía que nos prestó una kabila próxima y un intérprete oraní, sin cartas de presentación ni de referencia, no llevábamos más armas ni más guarda, ni más brújula que nuestro entusiasmo y nombre de al‑Andalus, que desvanecía recelos, apaciguaba las irritaciones que nuestra audacia despertó alguna vez, y nos abría, por último, las puertas de aquellos campesinos montañeses quienes tan pródigos fueron en su hospitalidad.

»El pueblo andaluz fue arrojado de su Patria por los reyes españoles, y unos moran, todavía, en hermanos pero extraños países y otros, los que quedaron y los que volvieron, los jornaleros moriscos que habitan el antiguo solar, son apartados inexorablemente de la tierra que enseñorean, aún, sus conquistadores. Y es preciso unir a unos y a otros. Los tiempos cada día serán más propicios.

 

»En este aspecto hay un andalucismo como hay un sionismo. Nosotros tenemos, también, que reconstruir una Sión», (AAX, 64‑65).

 

También en el manuscrito AAK reanuda su crónica del viaje con datos nuevos:

 

«Caminando hacia el Sur, en la desierta llanura mogrebina, se aparece la enorme ciudad de Marraquech, como el centro de un oasis rodeado de palmeras, al pie del Alto Atlas que se extiende más allá de la ciudad, a lo largo del horizonte como una rígida muralla bermeja, primera de la ciudadela de montañas que, antes del gran Desierto, defiende los senos africanos.

 

»La Kutubia se adelanta en la visión ofreciéndome una emoción de hogar, anulando ante mi sensibilidad motivos o impresiones de extranjería ... Una asociación de ideas: la pregunta de la grácil torre acerca de sus dos únicas gemelas en la familia de las grandes torres almohades: la Sevillana Giralda cubierta con el gorro de¡ cautiverio, la pesada cúpula cristiana que sustituye el airón M minarete y la inconclusa, que parece mutilada, rabatí de Muley Hasan (...).

 

»Yo no soy forastero en Marraquech. Los moros andaluces predominan en la constitución étnica de la medina musulmana. Presidiendo la soterrada construcción psíquica que mi recuerdo excava ahora, los espíritus de los andaluces ilustres inspiradores de los califas más cultos del Magreb que aquí tuvieron su centro imperial, la sombra acogedora de Ibn Tufail, el insuperable viviente hijo del vigía, discierne aún a los peregrinos que vienen de la tierra andaluza. El pensamiento de Averroes... la silueta dulce de Ibn ‘Arabî musita esta inquietante plegaria en la Puerta de la Ciudad (...).

 

» Marraquech es para mi peregrinación el límite de la Tierra Santa M Templo. Los ritos viven ahora en las formas de mi espíritu. El alma tiene ahora oración, se ha encendido en un religioso fervor. Ha vestido el hizam del alhinchante. Hago ablución en la fuente de la historia, con fecundos valores divinos hijos de una cultura que se pretendió cegar y que se hizo subterránea y de obscuro discurso.

 

» Limpia la boca, pura es ahora la palabra de mi conciencia. He penetrado hasta lo más íntimo y desinteresado de mi ser, allá donde se abre la flor del primer imperativo que manda vivir, ser, para cada vez más ser. He visitado como todos los peregrinos el sepulcro de Eva al cual se allegan en aquel límite los alhinchantes del Islam», (AAK, 4‑7).

 

El reencuentro


Entre las cimas más altas de la vida de Infante, aquellos hitos en que le nacieron mundos nuevos, luces decisivas, se alza la experiencia de Agmât y el retorno por Rabat. En el manuscrito AAN completa la historia de su itinerario. Regresa del sepulcro del rey. Llega a Rabat: «Madersa antigua de Rabat. El patio es (un) círculo. La Nuba hace música de corte granadina. En Rabat, mi guía es ‘Abdu‑l‑Hamîd Er Rondi. Es mi paisano. Su familia, como la mía, es de la Sierra de Ronda. Mi pueblo está allí, en el extremo levante de una vertiente meridional, anidado como un aguilucho sobre lo alto de una avanzado peñón mirando de frente eternamente los escarpes de África sobre el Estrecho, percibiendo en su costado el alentar del mar interior que muge dulcemente durante los días de calma y que brama revolviéndolo turbio cuando siente su lomo azotado.

 

» Mi pueblo, por su casco, (de este modo lo llaman sus habitantes), se asienta ni milenariamente sobre el nido atalaya de una alta peña de la Serranía como un aguilucho inmovilizado a quien el viento sigiloso arranca y esparce el plumaje, mirando de frente con ojos nostálgicos, más allá del “Arroyo Grande”, que dijo Abû Bakr, al Estrecho de Tarifa, las rutas de piedras afiladas como puñales por las que fueron a la emigración nuestros hermanos, los desterrados moriscos», (AFZ).

 

«Er Rondi es entusiasta porque es un joven e intelectual publicista. En su tarjeta reza el título de maestro. Con un ademán va invitando a los andaluces que asisten para que se acerquen hasta donde nos encontramos bebiendo té. Y van aproximándose lentas, silenciosas, musitadoras las figuras blancas y reposadas de los hombres pálidos revestidos con túnicas de seda».

 

As-salâm...


» La paz...  la palabra término de nuestros breves saludos es ahora simple vibración humana de la palabra de la tarde. Esta tarde, perla irisada diluida en la diafanidad de aire que envuelve el mundo, es también la palabra de la Tierra: As-salâm...

 

» Er Rondi habla bisbiseando a los que llegan de mi peregrinación a la tumba de Agmât. En Andalucía se ha operado el milagro de una verdadera resurrección. Un ángel ha levantado la losa del sepulcro en donde los antepasados dormían después de la muerte a través del martirio cruento. Los espíritus resurrexos van en peregrinación a visitar las sepulturas donde reposan los cuerpos de sus reyes o de sus guías ...

 

» ‘Abdu‑l‑Hamîd habla y vuelve a hablar a los nuevos llegados... La emoción ungiendo los músculos, los relaja (...) Los moros andaluces viven en el destierro hace cuatro siglos. Viven en un país que los acogió con frialdad inhospitalaria menospreciándolos como a herejes, recelándolos como a extraña gente intrusa que en campos y ciudades venían a imponer su superioridad cultural, técnica y expresiva. (...) Los moros andaluces han ido comprobando cómo disminuía la esperanza tenaz de volver a la Patria que tuvieron desde siempre (...) (Vuestra vuelta a Andalucía es para nosotros un problema no sólo fraterno sino humano, sentimental y de justa reparación histórica) (...)

 

» Hasta la Iglesia española, poniéndose a tono con la evolución espiritual que aceleradamente se desarrolla en nuestro país, ve complacida cómo una legión de hijos suyos ilustres, profesores y sacerdotes, hacen profecía y consagración de sus vidas en la investigación de los monumentos filosóficos, literarios y científicos de la Andalucía musulmana que revelan al mundo sorprendido (...) En el país tildado por Europa de asilo de intolerancias, esos profesores y sacerdotes llevan su culto a la verdad y su anhelo de justicia, a restar originalidad a las creaciones de los más grandes teólogos, filósofos y artistas católicos como Tomás de Aquino, como Raimundo Lulio, como Dante Alighieri, demostrando científicamente a Europa desconcertada las fuentes musulmanas de donde aquellos nutrieron su ciencia. Y los nombres de D. Julián Ribera, de Asín Palacios y muchos otros anteriores y veteranos, son pronunciados por mí con la veneración que todo hombre justo, sea andaluz o no, debe sentir ante ellos (...)

» ¡Volver a vivir en la Patria cuyo recuerdo como un Edén les legaron los abuelos ¡al –Andalus! Una alegría pura y sin recelos como la alegría de los niños (...) se abre en estos verdaderos hijos de la trágica Andalucía.

»— Yo soy Crespo, ¿quedan allí?
— Y yo, Vargas...

— Y yo, Torres ... »

(Sí, en Andalucía «quedan Crespos»; tantos que un sargento de Falange llamado así, Crespo, será quien el 2 de agosto de 1936, se lleve a Infante de su casa para matarlo nueve días después).

Y la nuba...

« La Nuba sigue melodiando la saudade lírica de Andalucía en el Destierro... Este canto es coral. En su Patria de origen, en la Andalucía peninsular, el mismo módulo musical se expresa en canciones individuales sólo. La música andaluza, proscrita de la sociedad, vino a refugiarse en el individuo; deja de ser coral, se torna secreta, inaccesible, pero, al mismo tiempo, se intensifica (...) Es toda una intimidad trágica».

 

Sin excepción, todos los críticos reconocen que el cante más característico de Andalucía es la soleá.

 

Se ha perdido todo. Es crimen de muerte la Religión, la Patria, la Ley, la música y el amor, el trabajo y la fiesta, la palabra y el rito. la higiene y hasta el traje propios de los andaluces... Y, sin embargo, Andalucía, viva y oculta como un crimen en la intimidad espiritual de los andaluces, moriscos o cristianizados. Tiene que creer, tiene que amar, tenía que cantar y decir su carencia. Tenía que evolucionar acomodándose al medio extraño elaborado en su propio país por la conquista europea.

 

Es también muy significativa la letra de estas canciones:

 

«Ay soleá, soleá,
Si un fiel sufre callando,
a nadie digas tus penas
,
aunque te estés ahogando».

 

«Dijo a su lengua el suspiro:
Métete a buscar palabras
que digan lo que yo digo.

 

Naíta hay aquí que vé,
porque un barquito que había
tendió su vela y se fue
»

(AAN, 1 a , 32, passim).

Vivir aquella Nuba fue una revelación, el cenit de su experiencia magrebí. En aquellos años, Manuel de Falla, Federico García Lorca y todo un movimiento con el Centro Artístico Granadino encabezando, agrupados en aquel memorable Congreso, defendían el cante jondo: «últimamente, se desarrolla al parecer un renacimiento del cante jondo muy decaído en España a principios de siglo. Son frecuentes los concursos iniciados por centros culturales de Andalucía» (AAN, 2, 3).

 

Comienza un trabajo historiográfico, etnográfico y musical que llena un tercio de sus manuscritos conservados. Con un rigor intelectual muy suyo, cursa estudios musicales y pianísticos en el Conservatorio de Sevilla, estudia en el Alcázar sevillano la lengua árabe con un profesor sirio, lee y anota una rica bibliografía, practica investigaciones de campo con varias encuestas y, tras cinco años pacientes, nace su obra Orígenes de lo flamenco y secreto del cante jondo, redactada dos veces (manuscritos A, B y C) cada una de las que mejora su precedente con una base bibliográfica crecida. La Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, en 1980, publicó la versión del manuscrito B.


El cante del fellahga sin tierra

Don Blas repasa las opiniones de autores contemporáneos sobre el origen de la palabra flamenco. Felipe Pedrell acudía nada menos que a los tercios españoles de los años ¡de Carlos V!, al ver a los de allí importaron el nombre y lo aplicaron a los de acá.

El polígrafo y director de la Biblioteca Nacional Francisco Rodríguez Marín, en el prólogo de su libro El alma de Andalucía en sus mejores coplas amorosas, defendía en 1929, cuando Infante escribe, que la palabra flamenco tenía cuna ornitológica: «Los mismos gitanos les comenzaron a llamar flamencos, no porque conocieran Flandes sino porque, vestidos con chaquetilla corta, altos y quebrados de cintura, pierniceñidos y nalguisalcados, eran propia y pintiparadamente la vera efigies del ave palmípeda de ese nombre».

Blas Infante escribe en la página 56 de la edición de su Orígenes de lo flamenco y secreto del cante jondo: «La expresada opinión se ofrece, como las anteriores, con caracteres de presunción imaginativa, no como resultado de una investigación racional. Esto es, no fundamentada por prueba alguna».

En este Orígenes del flamenco y secreto del cante jondo, una vez más la hipótesis infantiana es brillante y movilizadora como concienzuda y rigurosa había sido su pesquisa: el excepcional ay del flamenco es el cante del felahmengu, «los últimos descendientes de la cultura más bella del mundo, ahora labradores huidos, expulsados, (en árabe, labrador huido o expulsado significa felahmengu)» (p.166), «por las calles solitarias de los pueblos y de las ensombrecidas ciudades», (p.145), «atacados, menospreciados u oprimidos desde todas las cosas del mundo», (149), que gritan «el retorcirniento de su propia entraña», (150), al vivir «temerosos de un poder extraño, en prisión o próxii‑nos a ella, desesperados como lo demuestran las protestas líricas que arrebatan las coplas», (157), «que se arrimaban a las vallas de los cotos cerrados», (p.48), y que «no cantan para agradarse a sí, mismos, sino para liberar su pena prisionera», (150). Por eso nuestro cante es música democrática, (150). En un trance particularmente emotivo, Infante nos escribe desde 1929 un dato final que hoy sigue vigente: «Véanse los actuales jornaleros», (164). Ya está dicho todo. Aquellos atisbos en Rabat escuchando la Nuba granadina son ya claridad y tesis.

 

Flamenco no es pájaro frágil y equilibrista imitado en el talle de los bailaores, no es absurda importación de gentes del Emperador Carlos desde los Países Bajos (!). Flamenco es felahmengu, ¡fellahga! argelino, luchador argelino contra el colonialismo de los pieds‑noirs y su Salan.

 

El trabajo de cinco años ha dado su flor y su cosecha en esta tesis espléndida, sugerente y animosa.

 

Polémica portuguesa

 

Andarse por pentagramas y libros era agradable. No así, aterrizar con un homenaje a al‑Mu’tamid en la ciudad de portuguesa de Silves, en el Algarbe su patria natal. Esta segunda peripecia la cuenta el protagonista con la guasa de una crónica bien hecha: «Si nosotros, en el ambiente de aquellos años, hubiésemos llegado a hablar tan claramente como ahora (...) un vacío de ironía hubiera venido a helar nuestra creación. La pretensión claramente expuesta de “restaurar al‑Andalus” en Andalucía, actualizando (subrayo: actualizando) sus inspiraciones esenciales, habría determinado que se riesen de nosotros y a que, por lo menos, nos tuviese por locos que pretendíamos volver a vestir de moros y resucitar en nuestro país el Islam.

 

» Algo parecido a lo que me sucedió en Portugal no hace mucho (en 1928). La Cámara Municipal de la bellísima ciudad de Silves, dedicó a mi instancia un homenaje a al‑Mu’tamid, el gran poeta y rey de Sevilla, (...) quien cantó el encanto de la estupenda ciudad algarbí. Pues los periódicos retrógrados de Lisboa emprendieron una activa campaña y, después de haber estado fijada la fecha del homenaje, de manufacturadas las lápidas (...) y de invitadas las representaciones intelectuales andaluzas (...) “dieron a través”, como se decía antes, con la fiesta y ésta no se llegó a celebrar, porque “o senhor Blas Infante era um islamita” (?) y de lo que se trataba era de plantar la Media Luna rematando la torre de la Catedral de Silves. Y hasta los “cabritenses”, (nombre que tomaron los opositores a la fiesta, del iniciador de la campaña, señor Cabrita en A Voz, de Lisboa) arremetieron contra los “motamides” (los portugueses partidarios de su celebración invocando con un criterio aljubarrotista, los sospechosos orígenes de la iniciativa, porque, como diz o velho ditado portugués.‑ “De Hespanha nem bom vento nem bon casamento”, (La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía, p.84).

Infante, Azaña, Olagüe

 

El notario va a seguir dando fe de una historia antigua y manipulada por los vencedores en uso de todos los medios de difusión y prestigio.

 

En 1969, Flammarion, de París, publicó una obra de Ignacio Olagüe, absolutamente sorprendente: Les árabes n’ont jamais envahi l’Espagne. La edición castellana de la Fundación March llegó con un cambio de título de buen camuflaje: La Revolución Islámica en Occidente. Cualquier lector honrado se admira del rigor probatorio de esta obra.

 

En 1974, Castalia publica por primera vez La velada de Benicarló, que Manuel Azaña había escrito en 1937. Allí se lee (p. 189): «Durante los siglos de la guerra contra moros, la asimilación política y social no se logró, más cabal, se impidió vigorosamente, pese a los frecuentes cruces entre fieles e infieles y a pesar sobre todo de ser los moros, en su mayoría, tan españoles como los cristianos. Pocos fueron los invasores (...) Los moros, en su mayoría, eran españoles secuaces de otra fe. Bastantes de ellos de casta rural, convertidos al islamismo, más rancios españoles que los soberbios godos ganadores de tierras y poder. Abundaban las mezclas de sangre pero en conjunto, como nación, se logró aislarlos, convencerlos de la diferencia, segregarlos y finalmente expulsarlos. Y no tan solo del territorio, sino de la conciencia histórica de los otros españoles, de cuya enseñanza han sido excluido el conocimiento y hasta la simple noticia de la civilización andaluza en la Edad Media (...). Se condensó la nacionalidad en torno de un principio dogmático, excluyente de cualquier otra aportación para formarla. Así las gastan ahora los alemanes, imitando nuestra política de los siglos xv y XVII».

El texto de Manuel Azaña, escrito once años después de asesinado Blas Infante, es pasmosamente gemelo a toda la tesis del Padre de la Patria Andaluza.

 

En 1929 y 1931, Blas Infante había redactado su Orígenes de lo flamenco y secreto del cante jondo y su La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía. Olagüe y Azaña repiten la misma tesis que Infante había defendido con más de cuarenta años de adelanto: —la pretendida invasión árabe no fue sino una conversión cultural de los hispanos romanos béticos, hermanos de los mauritanos tingitanos del norte de África, civilizados y musulmanes. Los hispano-romanos de la Bética se negaron a la influencia bárbara del norte europeo y pidieron ayuda a los vecinos beréberes islámicos.

 

Hoy se manifiesta en igual postura Manuel Tuñón de Lara cuando habla de «un ejemplo de manipulación que ofrece jugosos motivos de reflexión» y añade que el término reconquista es producto de una historiografía precientífica e ideologizada, (El País, 16 de julio de 1980, p. 22).

 

En Olagüe y Azaña resuenan todas las tesis de Infante: la llamada andaluza a los beréberes, su exiguo numero invasor, la imposibilidad de cruzar el rebelde Estrecho con los recursos de entonces sin la complicidad de los ribereños de la costa receptora...

 

La aversión de Infante a la conquista —que no reconquista—, nace de tres hallazgos destacados:

 

1. Los béticos llamaron a sus vecinos beréberes: «Legiones raudas y generosas corren el litoral africano predicando la unidad de Dios (...) Andalucía les llama. Ellos recelan. Vienen; reconocen la tierra y encuentran un pueblo culto atropellado, ansioso de liberación (...). Concluye el régimen feudalista germano», (La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía, ed. 1979, p. 74, passim). «Las tropas árabes llegaron para proteger el espíritu de rebelión e independencia de Andalucía contra los bárbaros germanos y su jerarca, Rodrigo», (AAZ, 8, Almanzor).

 

2. La etapa de al‑Andalus fue de libertad y brillo cultural. Pero Infante se mantuvo prudente: «Prudentes en exceso, según ajena calificación, tanto hemos amado nuestra obra que a cada tiempo hemos puesto su cautela» (La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía, p.60). «Hay libertad cultural. ¡Andalucía libre y hegemónica del resto peninsular. (...) Andalucía, con nombre islámico, es librepensadora», (Id. pp. 74‑75, passim). Pero matiza: el Islam andaluz (en cuyo análisis Infante coincide con lo que luego será la visión de Américo Castro entonces amanecida en la obra de Menéndez Pidal), fue atacado como herético por almorávides y almohades como por los reinos cristianos del Norte. Infante escribe su drama al‑Mu’tamid pintando la batalla de su frente sur y su drama inédito Almanzor describiendo el frente del norte (manuscritos inéditos AAZ, AEP, ADÑ y ADO)

 

Andalucía en dos frentes

 

Y es que el proarabismo de don Blas no es visceral. También acusa la intransigencia de «las excomuniones de los imanes ortodoxos regentados por el fanático Yúsuf ibn Tashufîn», contra la heterodoxia andalusí (AAN, 23‑24, passim). Por los años 80, en el Hotel Triana de Sevilla, se celebró un homenaje al rey al‑Mu’tamid. Los treinta y seis poemas compuestos por él referidos a su destierro en Agmât fueron leídos en árabe y en castellano. Para ocultar quienes eran los carceleros, no dijeron una palabra de la cárcel motivo y cerco de aquellos versos. Los organizadores eran un grupo de andaluces recién conversos al Islam. Nunca pensé que fueran a ejercer censuras. Tretas así alientan a los eternos enemigos de la verdad.

 

3. La conquista cristiana fue intolerante y uno de los orígenes del latifundismo. Aunque así fue en su conjunto, durante ochocientos años cupo de todo. En este punto Infante no matiza como acostumbra: «El robo, el asesinato, presididos por la Cruz Empiezan a quitarnos la tierra (...) distribuida en grandes porciones entre los capitanes de las

tropas vencedoras (...) Fueron y son las enormes falanges de esclavos jornaleros, de campesinos sin campos, campesinos expulsados», (La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía, pp. 75‑76, passim).


Europa, España, Al-Andalus

Todo ello trae consecuencias capitales. Me permito invitar a una ampliación de lo que va seguir en resumen muy ajustado. En mi libro España o las Españas, debate con Blas Infante (Editorial Comares, Granada, 1998), este asunto es tratado minuciosamente.

 

Nuestro notario corona sus consecuencias: «El fundamento de nuestra voluntad de ser característica, el fundamento más próximo de Andalucía está en la Andalucía medieval» (AAN, 7).

 

Andalucía es la España original, la diferencia de España respecto a lo europeo. Europa se asomó a Andalucía con las armas y después con los ojos curiosos del viajero: «Para que España sea España, se precisa que, dentro de ella, aliente un genio o un pueblo que, por ser diferente de Europa, evite la absorción de España por la Europa siempre uniformista, asimilista», («Segunda carta a Lluis Companys», en Blas Infante. Perfiles de un andaluz, J.A. Lacomba y vv.aa., Diputación de Málaga, 1985).

 

Y sigue: «Los príncipes cristianos (medievales) españoles no constituyen más que la vanguardia de la Europa salvaje», (AAZ, 128). Así acaeció como un suicidio: «España fue el instrumento de Europa contra su propia originalidad». (La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía, p. 66).

 

Y matiza: «Yo soy amigo y aun admirador de Francia. Pero, tradicionalmente, los españoles europeizados vinieron siendo los instrumentos de aquel gran país contra Al Andalus. Francia fue el baluarte de Europa contra nuestra cultura». «Francia, mediante sus monjes, sus políticos y sus ejércitos, persuadió a España a determinarse contra su propia originalidad». (La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía, p. 92).

 

Infante concluye: «Que España era instrumento de Europa, mejor dicho, de Francia, los mismos franceses lo dicen. G. París, en su Histoire poétique de Charlemagne, escribe: “Lo que ha dado carácter esencial a la épica francesa es la lucha de la Europa cristiana contra los sarracenos bajo la hegemonía de Francia, (...). Carlomagno es el centro orgánico. Los enemigos son los musulmanes de España”» (ADH, 16).


Llega al trote matamoros

 

Agmât, Silves ... Galicia: «el año 1929 gocé durante un mes inmerso en el dulce ambiente sobre la plataforma de sus campos húmedos cubiertos de eterno verdor.

 

» Los nacionalistas gallegos fueron muy amables con este humilde viajero (...) En la Coruña me brindaron un inolvidable agasajo ofreciéndome un banquete en el Salón de un Hotel abierto sobre la hermosa Ría. Les hablé de la sustancia o entraña de lo nuestro. El fundamento de Andalucía estaba en Al‑Andalus cuya historia heterodoxa había llegado a discurrir en la persecución de sus influencias, por un cauce subterráneo, bajo la costra superficial puesta sobre nosotros como una losa de tumba por la acción de los siglos asimilistas austriacos y borbónicos.

 

» Los compañeros de Galicia escuchaban intrigados por el misterio de Andalucía. Esta, por mi verbo, contaba a su dulce hermana Galicia la historia de una bárbara esclavitud.

 

» Y, para concluir, les conté la siguiente anécdota: En Puentedeume, (...) había visitado una iglesia en la que, como en todas las de Galicia, se encuentra Santiago matando moros. El “Santiago” (Nota: atención a las intencionadas comillas) sobre las andas en el centro de la iglesia, nos sugirió esta interrogación: —¿Por qué Santiago mata a estos hombres? —¡Oh, Señor, contestó el monaguillo, porque os mouros mataron a nosso Señor! Y añadió el sacristán: —Son os granadinos, Señor, gente moi mala.

»Yo pedí a los compañeros de Galicia que, en cuanto España recobrase su libertad, (Nota: se está refiriendo al futuro republicano) celebraran una fiesta en la cual, como señal de amor y de reconocimiento de Andalucía, desmontaran a Santiago y le rompiesen la lanza. Así lo llegaron a prometer. ¿Es ya la hora, queridos hermanos de Galicia?», (Pueblo Andaluz, 20 de junio de 193 l).

 

Castelao —el gran mentor del nacionalismo de Galicia— traza la simetría de esos «granadinos, xente moi mala», cuando escribe que «os historiadores árabes chaman “galegos” aos seus enemigos e, para eles, o Cid era un “perro galego” », (Escolma posible, Galaxia, Vigo, 1964, p. 267). En igual pasaje, el Infante de Galicia encaja ese dato en la paradoja: «Ne feito o “¡Santiago y cierra España!” da cruzada —mais que española europea— contra os mouros, quer decir que Compostela foi a fonte das enerxías e dos ideaes que mantiveron a ofensiva» pero «nós nada tiñamos que reconquistar porque nada perdéramos». «O caso foi que coa toma de Granada apagouse a estrela de San-Jago (...) e comenzou a decadencia de Compostela, (...) cibbade que tan mal emprego fixera da nosas enerxías».

 

Es impresionante el acuerdo entre dos personajes (Alfonso Castelao, Blas Infante) que leen la Historia desde otro ángulo al oficial de los madriles mientras sus mundos respectivos andan a mil kilómetros geográficos y antropológicos.

 

Un hijo de granadinos de Huetor Tajar y alumno de la Universidad de Granada, el brasileño Américo Castro, autor de una formidable síntesis histórica, escribe: «Los beneficios bélicos de la acción del Apóstol en los campos de batalla engrandecieron a Castilla, no a Galicia. De ahí la impopularidad que goza entre los intelectuales gallegos el mito de Santiago Matamoros», (A. Castro, Sobre el nombre y el quién de los españoles, Taurus, 1985, p. 59).

 

Y él mismo dice (en La realidad histórica de España, Porrúa, México, 1975, pp. 347‑48) que «Santiago será convertido en el anti-Mahoma y su santuario en la anti-kaaba». Y que «lo dice el Poema del Cid hacia 1140: “Los moros llaman: ¡Mafomat! e los cristianos: ¡Sant Yagüe!”, (350)». Y también de Castro: «Santiago fue un credo afirmativo lanzado contra la muslemía, bajo cuya protección se ganaban las batallas. Su nombre se convirtió en grito nacional de guerra, opuesto al de los sarracenos» (357).

 

Infante era consciente de toda esta metralla jacobea. Admira la minuciosidad con que observa Compostela y el rigor hipercrítico con que se plantea y documenta el asunto. Era muy consciente de que se hallaba ante un nudo crucial del asunto España/ al‑Andalus.

 

El Santiago caballero de la batalla de Clavijo y de toda la tradición matamora es exactamente la inversión del evangélico que beberá el primero de los Doce el cáliz de mártir que Jesús le anuncia (Mt 20, 20-8S) lo que se lee cumplido en Hechos de los Apóstoles (12,2) cuando Herodes le pasa a cuchillo. En la historia bíblica, Santiago no mata sino que es matado y en la tercera lectura de su fiesta litúrgica (2 Co 4,7‑15) aparece «perseguido, acosado y derribado», nunca persiguiendo, acosando y derribando.

 

Pero el mítico sepulcro compostelano hizo la Europa medieval y en la Península ibérica la levantó a costa de al-Andalus. La eficacia de la falsa tumba (falsedad histórica reconocida hasta en los manuales de Historia más ancianos de los seminarios más tradicionales y perdidos, pero siempre callada), prolongó su fuerza por toda la capacidad bélica de España. Menéndez Pidal (El imperio hispánico y los cinco reinos, Madrid, 1950, p. 22) escribe: «El hallazgo del sepulcro de Santiago y el imperio son dos hechos correlativos».


Sorpresa en Tuxtla

Los dominicos han publicado un documento clave sobre este peleón Santiago antievangélico que se entrenó con moros para acabar matando indios: Diario de viaje. De Salamanca a Chiapas (Ed. OPE, Caleruega, 1985) cuenta el viaje de un grupo de frailes llamados por el P. Las Casas hasta México. Dos pasajes dan color sorprendente al asunto que detuvo la atención de Infante: «En Fuente de Cantos, vinieron unos muy sabios seglares que habían estado en las Indias y entre otras cosas que nos aconsejaron, una fue que no dijésemos ni enseñásemos a los indios que Dios había muerto sino que era muy valiente y esforzado y que da muchos bienes temporales y otras locuras semejantes fuera de la fe cristiana» (p. 42). Llegados a Chiapas, la segunda noticia del Diario: «Así era al principio y así es ahora: hacerles una iglesia y ponerles por imagen un feroz español con una cruz en la mano y una espada en la otra, caballero en un caballo matando hombres. Ésta llaman imagen de Santiago y ésta les mandan reverenciar y apenas se halla pueblo sin ella» (pp. 105106).

 

En territorio quechua de Bolivia, es frecuente una capilla que se enfrenta con su Santiago (alzada por conquistadores y mantenida por criollos acomodados) con el Crucificado de la parroquia. Revelador: esos “Santiagos” (como Infante, lo entrecomillamos intencionadamente) ¡lucen el más aguerrido uniforme militar del ejército de Banzer!. Quien escribe el 24 de Julio de 1998, en Santiago Tuxtla, (Estado de Veracruz, México), vio un “Santiago” que era Hernán Cortés con todo su casco y plumas, con la reluciente coraza, sobre su caballo coceador atacando a un espatarrado Indio tuxla, con su tez aceitunada, su gorrito rojo típico y una espadita de juguete inútil. Mientras, en la víspera de la fiesta, grupos de tuxlas exactos a la víctima jacobea, llagaron de los poblados cantando entre estandartes de alegres colores, al matador de su hermano. (Todo el Golfo mexicano está plagado de pueblos indios con el nombre de Santiago).

 

No entendí nada. Pero aquí en el antiguo al‑Andalus, hacemos otro tanto los nietos de los conquistados y de los conquistadores (¿quién se sabe las raíces y frutas de su árbol?)

 

Un dato: en Granada, último al‑Andalus, las Comendadoras de Santiago, en su monasterio de la calle Santiago, tienen una talla del Matamoros matando moscas con su tizona en alto. Moscas. Porque, bajo el corcel, de sobre la peana, ellas han quitado todos los moritos espachurrados de antaño. ¿Acaso la Influencia de Fray Hernando de Talavera, el primer Arzobispo de Granada, «Santo Alfaquí» que decían con amor sus queridos moriscos del que estas monjas guardan su Cristo, su breviario, su mitra y las tumbas de su familia?

 

Es que este asunto de al‑Andalus‑Europa, de Islam‑Cristianismo, resulta como un mundo de sorpresas maestras de enseñanzas humanas muy humanizadoras.

La espada y la rueca

A raíz de la canonización de Teresa de Jesús, Felipe IV consigue del Papa Paulo V (defensor de moriscos) el patronato de la carmelita sobre España para compartirlo con el antiguo Santiago matatodos. Teresa, metidita en casa. Santiago, un trueno. Los españoles se dividen en un alboroto. Quevedo con La espada por Santiago ataca a los «débiles y afeminados que pintan a la santa con una rueca» y que había viajado a tierra de moros para dejarse matar y no matando. Es que el Imperio se pierde y el español de Clavijo y de los tercios ha rendido sus armas. Quevedo escribe aquel soneto de la desilusión: «Miré los muros de la patria mía, —si un tiempo fuertes, ya desmoronados... vencida de la edad sentí espada». Teresa y su Juan —sospechosa de judía, sospechado de morisco— se van por los caminos de Ibn ‘Arabî (Y otros santones de Asín) buscando a Dios mientras Él encuentra a los tres juntos.

 

Ha caído el telón contra incendios entre andalusíes y caballeros de Santiago. Pero el rescoldo prenderá en las guerras coloniales del XIX, en los años 20 del XX...


Almanzor a Compostela

De las ocho mil páginas inéditas de Blas Infante, hay tres cuartillas en que quizá más que nunca se lanza. Dicen que «su conversación era tranquila, como agua» (Lucientes en El Sol, junio 1931), «de hablar lento y reposado» (Antonio Seco en igual diario, enero 1932). Sevilla comentaba que era componedor, efusivo, sabio, modesto, generoso y manirroto hasta descomponer a su mujer. En Nuevo Mundo, Muñoz San Román (19

de junio, 1931) pinta que era «redactor de encendidos manifiestos». Las tres cuartillas entusiastas, retóricas y sonoras, pertenecen a su drama Almanzor (AAZ, 206‑208). Están en la cima de la obra, cuando el Emir, en la ola más alta de su poder, va a dejar Córdoba con su ejército. En este pasaje, Infante, pese a ser un pacifista nato y confeso, se proyecta personalmente con trasparente evidencia en un encendido manifiesto. Al escuchar a Almanzor resuena el eco de Infante. No puede trazarse la frontera entre ambos.

Y, justamente, por la música teatral de final sinfónico en la tónica dominante, superliteraria, va bien como última página de nuestro escrito:

«ALMANZOR: — Lo invulnerable excluye la enemistad, cuerpo de la envidia... He llegado a ser invulnerable, luego dejaré de ser envidiado. las enemistades extrañas, como grotescas serpientes con garras de tigre, reptarán desde ahora, sin intentar dañarme, liberando como en un juego para halagarme, sus combates a mis pies...

» ¡Mañana a Compostela, la Meca cristiana, pulmón de Europa del lado de acá de los Montes hoscos e irreductibles que marcan con abismos las imborrables fronteras de dos mundos, solares de genios y estirpes diferentes!

 

» Cayeron ya las fuertes torres de León inexpugnable, reducto del mundo de allá que se alzaba indomado y vigilante sobre nuestro Mundo.

» Y vasallos míos son su Rey, los Condes de Castilla y de Aragón y García, el Rey de Navarra ... Nadie, por esto, osará ya detener nuestra marcha en triunfo hacia el Norte petrificado en llamas de roca.

» ¡Andalucía en mí y sobre mí, irá a asomarse a los Montes ancianos de blancas diademas y, en vez de venir Europa a respirar en España, sobre el Continente negro y rojo, proyectará su piadosa mirada Andalucía!

» ¡Andalucía en mí y sobre mí ! ¡Y dirán no obstante que yo estoy 
sobre ella!

» ¡A Compostela mañana! ¡A destruir el extraño respiradero! Y, después, a los Montes desde los cuales se percibe el caos

 

A modo de conclusión

Plegamos las páginas. Hemos estado un rato leyéndole. O picados por la curiosidad o por una Fe u otra. Pudo ser Jesucristo —Hijo de Dios o amado Profeta en el Islam—. Acaso, Andalucía y su misterio. O su añoranza. O su mañana.


Cualquiera de esas espuelas nos ha convocado a la amistad en este sillón a la vera de Blas Infante y sus... cosas.


* Aparecido en los “pliegos de encuentro islamo-cristiano”, editorial Darek-Nyumba, nº 23, 1998

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