Número 134  //  10 de agosto de 2001  //  20  Jumada al-Awal 1422 A.H.

 INICIACIÓN AL ISLAM

Salat al-Fatih

 

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Allâhumma sâlli ‘ala sayyídinâ Muhâmmadin

al-fâtihi lima úghliqa
wa-l jâtimi lima sâbaqa
nâsiril-hâqqi bilhâqqi
wal-hâdi ila sirâtikal-mustaqím
wa ‘alâ âlihi
hâqqa qâdrihi wa miqdârihil-’adím

La práctica del “Salat ‘ala n-Nabi” está muy aconsejada dentro del Islam. Consiste en bendecir al Profeta. Esta bendición se ex­presa, como mínimo, diciendo tras su nombre cada vez que se le cita: “sállalláhu ‘aláyhi wa sállam” (sírvanos como traduc­ción de momento “Allah lo bendiga y le de paz”, que aquí abreviamos con las siglas s.a.s.). Existen otras fórmulas y pequeñas invocaciones que fueron transmitidas por los Compañeros de Muhammad (s.a.s.). Al realizar el “Salat ‘ala n-Nabi” el musulmán renueva su relación con Rasul­ullah (s.a.s.), honra su recuerdo y mantie­ne viva su presencia en la comunidad is­lámica. Es una expresión de cortesía (adab) hacia Muhammad (s.a.s.), y un acto meritorio.

Pero para los grandes maestros del su­fismo, el valor del “Salat ‘ala n-Nabi” es mucho mayor de lo que cabía sospechar. Efectivamente, la Tradición musulmana en­seña que “el que bendice a Muhammad (s.a.s.), es bendecido por Allah”.

El Profeta del Islam, Muhammad Rasulullah (s.a.s.) es el hombre que “está más cerca de Allah”, su grado se alzó sobre los siete cielos y todo él fue bendito, se hizo universal y su corazón contuvo aquello que ni los cielos ni la tierra alcanzan a intuir. Con el Salat se conjura su presencia espiri­tual efectiva, la misma con la que, en vida, era capaz de abrir a los hombres a Allah, realizándolos en la Unidad del Señor de los Mundos, iluminando las capacida­des per­ceptivas del Corazón. Con esta práctica, el hombre utiliza a Muhammad (s.a.s.) como puente hacia Allah del mismo modo que Allah lo utilizó como puente hacia el hom­bre. El cumple así su condición perma­nente de Profeta o “Mensajero”, verdadero significado de la palabra Rasul. No signi­fica esto que él está “interpuesto” entre Allah y el hombre (nada más ajeno al Islam que este supuesto), sino que él (s.a.s.) es el mejor de los instrumentos que hay para que el hombre descorra los velos imagina­rios que lo separan de su Señor; del mismo modo actúan el Salat, el ayuno y todas las demás prácticas islámicas, con las que el hombre “se acerca a Allah”.

Los maestros del Islam rivalizaron en la composición o divulgación de breves “Salawat” —plural de Salat—, o incluso exten­sos poemas (amdah) en los que, junto a la bendición propiamente dicha, se elogiaban los méritos de Muhammad (s.a.s.) o se recogían aspectos de su personalidad espiri­tual. Estos últimos tienen un valor especial como recordatorio permanente de su obje­tivo. Uno de los más divulgados es el conocido con el nombre de “Salat al-Fátih”, enseñado por el Shayj Sidi Ahmad Tiyani, y que a continuación comentamos breve­mente según las explicaciones que se dan en el libro “Yawâhir al-Ma’ani”.

Alláhumma es un vocativo formado a partir de la palabra Allah más un intensivo. Se usa con mucha frecuencia encabezando las invocaciones.

Sálli ‘ala sayyídina Muhámmadin, con esta expresión se pide a Allah (cuya aten­ción ha sido requerida con el uso intensivo de su Nombre Allahumma) que bendiga a Muhammad, mostrándole su Belleza y Ma­jestad, sumiéndolo en la contemplación del Uno Verdadero, abarcándolo en su Rahma infinita con la que posibilita la existencia en la trascendencia. Se califica a Muhammad (s.a.s.) con el término sayyídina (en dialec­tal es sidna), que quiere decir nuestro se­ñor, significando “señor” en árabe “el que prevalece”, es decir, se reconoce su pre­eminencia en los estados espirituales, no habiendo quien supere sus grados, es más, cualquier otro grado no es más que inspi­ración en su rango.

A continuación se dice de Muhammad que es al-fátihi lima úghliqa, el que ha abierto lo que estaba cerrado. La primera creación de Allah sólo pudo haber sido una luz pura y diamantina, y con ella hendió la nada de la no-existencia, y fue la materia prima con la que obró toda la creación. Esa Luz con­formó la naturaleza interior de Muhammad, y es el estado original de todo. De ahí la inmensidad espiritual de Muhammad (s.a.s.), su grandeza, pureza y universali­dad. Por eso se la llama la Luz de Muhammad. Cada vez que el hombre se va depurando, se va acercando a esa transpa­rente realidad muhammadiana. Su resplan­dor inspiró a los Profetas y habitó en ellos: la aspiración de todo ser humano a tras­cender emana de esa verdad. Muhammad fue la condensación de todo lo que hace al hombre elevarse.

Wa-l játimi lima sábaqa, y es el que ha sellado cuanto le ha precedido. Es decir, él fue el último de los Profetas sellando el ciclo profético y concluyendo la evolución espiritual del género humano. El es la cumbre del mismo modo en que él es la raíz.

Násiril-háqqi bilháqqi, el que ha socorrido a la Verdad con la Verdad. Es decir, con­duce a los hombres hacia Allah mostrán­doles a Allah. Allah es su principio y su final, su meta y su recurso. Muhammad no tuvo un solo instante vacío de Allah, estaba tan impregnado de su Se­ñor que lo “contagiaba”.

Wal-hádi ila sirátikal-mustaqím, y él es el que guía hacia tu Sendero Recto. Muhammad (s.a.s.) es quien transmite el conocimiento de la Unidad y el que recon­duce al ser humano por esa vía ancestral, basando su enseñanza en la verdad misma del universo y encauzando al hombre por la Verdad. Así, él es guía verdadero hacia la Verdad por el camino de la Verdad, lo era en vida y lo es ahora con su Presencia.

Wa ‘ala álihi, y (bendice) a los suyos. Es decir, se pide a Allah que bendiga con él a todos sus allegados, las gentes de su Casa, así como a sus compañeros y a sus segui­dores, abriendo sus conciencias a los sen­tidos unitarios de la existencia, iluminando sus corazones e inspirando sus inteligen­cias, abarcándolos en su Rahma eterna.

Háqqa qádrihi wa miqdárihil-’adím, según el valor de su grado y mérito inmensos. Muhammad (s.a.s.) es al-Fátih, el que abre e ilumina los corazones; y es al-Játim, el que sella y es cima del progreso espiritual humano; y es an-Násir, el victorioso, el que hace brillar la Verdad y la hace prevalecer en las conciencias; y es al-Hadi, el que conduce por los senderos de Allah. Pero todos estos atributos no son nada al lado del verdadero rango y mérito de Muhammad. Nadie llega a vislumbrar sus profun­didades y sus alturas. Por ello, bendígalo Allah según el conocimiento que Él (s.t.) tiene y no según nuestra valoración escasa.

sállallahu ‘alayhi wa sállam

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