Número 131  //  13 de julio de 2001  //  21 Raby` al-Thaany 1422 A.H.

 PENSAMIENTO

“El punto de partida”
 Por Zhuang-ze


Publicamos una breve selección de textos de Zhuang-ze escritos diez siglos antes de la Héjira. Para profundizar en la obra de este autor, y en relación al sufismo, remitimos a la obra de Toshihiko Izutsu, "Sufismo y taoísmo", vol. II, ed. Siruela.

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Viajes

En su juventud Lao-tse amaba los viajes. El sabio Hu-Ch’eng Tse le dijo: 
« ¿Por qué te gusta tanto viajar? ». «Para mí —dijo Lao-tse—, el placer del viaje reside en la contemplación de la variedad. Algunas gentes viajan y sólo ven lo que tienen delante de los ojos; cuando yo viajo, contemplo el incesante fenómeno del cambio.» A lo que respondió el otro: «Me pregunto si tus viajes son de veras distintos a los de los otros. Siempre que vemos algo, contemplamos algo que está cambiando; y casi siempre, al ver eso que cambia, no nos damos cuenta de nuestros propios cambios. Los que se toman trabajos sin cuento para viajar, ni siquiera piensan que el arte de ver los cambios es también el arte de quedarse inmóvil. El viajero cuya mirada se dirige hacia su propio ser, puede encontrar en él mismo todo lo que busca. Ésta es la forma más perfecta del viaje; la otra es, en verdad, una manera muy limitada de cambiar y contemplar los cambios».

Convencido de que hasta entonces había ignorado el significado real del viaje, Lao-tse dejó de salir. Al cabo del tiempo Hu-Ch’eng Tse lo visitó: «¡Ahora sí puedes convertirte en un verdadero viajero! El gran viajero no sabe adónde va; el que de verdad contempla, ignora lo que ve. Sus viajes no lo llevan a una parte de la creación y luego a otra; sus ojos no miran un objeto y después otro; todo lo ve junto. A esto es a lo que llamo contemplación».

Virtud y benevolencia

Cuando Confucio fue al oeste quiso obsequiar ejemplares de sus obras a la Casa Real de Chou. Un discípulo le aconsejó: «He oído que allí vive un antiguo bibliotecario ya retirado, llamado Lao-tse. Si tu propósito es lograr que esos libros sean aceptados en la biblioteca, lo mejor será ir a verlo para obtener su recomendación». Confucio encontró buena la idea y al punto hizo una visita a Lao-tse. Éste recibió el proyecto con mucha frialdad. Semejante acogida no impidió a Confucio desenrollar sus libros. Lao-tse lo interrumpió: «Esto nos va a quitar mucho tiempo. Dime la substancia del asunto». A lo que respondió Confucio: «La substancia es virtud y benevolencia». «¿Podrías decirme —repuso Lao-tse— si esas cualidades son innatas en el hombre?» «Claro que lo son —afirmó Confucio—. Recuerda el proverbio acerca del caballero; sin benevolencia no prospera; sin virtud no puede vivir. Ambas forman parte de la verdadera naturaleza humana.»

« ¿Y qué quieres decir con virtud y benevolencia? », preguntó Lao-tse. «Un corazón recto; un afecto general e imparcial a todos los hombres por igual», contestó Confucio. «Hum, lo segundo suena un poco peligroso. Postular un afecto igual a todos los hombres es una exageración; decidir de antemano que se les va a amar con imparcialidad, es ya tomar partido, ser parcial. Si de verdad quieres que los hombres no pierdan sus cualidades innatas, lo mejor que podrías hacer es estudiar cómo el cielo y la tierra prosiguen su eterna carrera, cómo el sol y la luna preservan su luz y las estrellas sus filas compactas, cómo viven los pájaros y los animales, cómo árboles y arbustos cambian de estación en estación. Así aprenderás a conducir tus pasos según el ritmo secreto del poder interior y podrás caminar el camino que camina la naturaleza. Pronto llegarás a un estado en el cual no tendrás necesidad de Ir de aquí para allá, predicando virtud y benevolencia como los pregoneros de pueblo que nos aturden golpeando sus tambores y preguntando si alguien ha visto al niño perdido. ¡Lo que tú haces con tu prédica es partir en dos la naturaleza humana! »

Tradición y moral

Confucio dijo a Lao-tse: «He publicado el Libro de los Cantos, el Libro de la Historia, el de los Ritos, el de la Música, el de los Cambios y la Crónica de Primavera y Otoño —en total: seis escrituras— y creo que he asimilado completamente su contenido. Armado con este saber, he conversado con setenta y dos gobernantes, a los que he explicado el Método de los Reyes Antiguos; sin embargo, ni uno solo entre ellos ha hecho el menor uso de mis enseñanzas. ¿Debo concluir que mis oyentes han sido singularmente insensibles a la razón o que el Método de los Antiguos Reyes es muy difícil de entender?».

«Fue una verdadera fortuna —repuso Lao-tse— que no te hayas encontrado con un príncipe deseoso de reformar al mundo. Esas seis escrituras son el borroso rostro de los reyes muertos. No nos dicen nada acerca de la fuerza que guiaba sus pasos. Todas tus enseñanzas son como las huellas de los zapatos en el polvo: son las hijas de los zapatos pero no son los zapatos.»

Las leyes y los hombres

Tse Kung, discípulo de Confucio, dijo a Lao-tse: «Dices que no debe haber gobierno. Pero si no hay gobierno, ¿cómo se purificará el corazón de los hombres?». El maestro contestó: «Lo único que no debemos hacer es entrometernos con el corazón de los hombres. El hombre es como una fuente; si la tocas, se enturbia; si pretendes inmovilizarla, su chorro será más alto... Puede ser tan ardiente como el fuego más ardiente; tan frío como el hielo mismo. Tan rápido que, en un cerrar de ojos, puede darle la vuelta al mundo; en reposo, es como el lecho de un estanque; activo, es poderoso como el cielo. Un caballo salvaje que nadie doma: eso es el hombre».

El primer entrometido fue el Emperador Amarillo, que enseñó la virtud y la benevolencia. Los sabios Yao y Shun lo siguieron; trabajaron hasta perder los pelos de las canillas y de las piernas; se rompieron el alma con incesantes actos de bondad y justicia; se exprimieron los sesos para redactar innumerables proclamas y leyes. Nada de esto mejoró a la gente. Yao tuvo que desterrar a Huan Tou al Monte Chung, arrojar a Sao Miao al desierto, expulsar a Kurig Kurig —actos que habrían sido innecesarios de haber logrado sus buenos propósitos. Desde entonces, las cosas han ido de mal en peor. El mundo soportó, al mismo tiempo, al tirano Chieh y al bandolero Chih; frente a ellos, en los mismos días, al virtuoso Tseng, discípulo de Confucio, y al incorruptible Shi Yu. Entonces surgieron las escuelas de Confucio y Mo-Tse. De ahí en adelante, el satisfecho con su suerte desconfió del descontento y a la inversa; el inteligente menospreció al tonto y éste a aquél; los buenos castigaron a los malos y los malos se vengaron de los buenos; los charlatanes y los hombres honrados intercambiaron injurias y amenazas. La decadencia se hizo universal. Los poderes naturales del hombre se desviaron, sus facultades innatas se corrompieron. En todas partes se empezó e admirar el conocimiento y la gente del común se volvió lista y taimada. Nada permaneció en su estado natural. Todo tuvo que ser cortado y aserrado conforme a un modelo fijo, dividido justo en donde la línea de tinta lo señalaba, triturado a golpe de cincel y martillo, hasta que el mundo entero se convirtió en incontables fragmentos. Caos y confusión. ¡Y todo esto sucedió por inmiscuirnos en el alma de los hombres!

Aquellos que se dieron cuenta de la locura de estos rnétodos, huyeron a las montañas y se escondieron en cuevas inaccesibles; y los grandes señores se sentaron temblando en sus viejos palacios. Hoy, cuando los cuerpos de los ajusticiados se apilan uno sobre otro; cuando a los prisioneros, encorvados y en cadenas se les empuja en manadas; cuando los contrahechos y los mutilados tropiezan uno con otro, los seguidores de Confucio y los de Mo-tse no encuentran otro remedio que, a horcajadas sobre los aherrojados, levantar las mangas de sus camisas y darse de pescozones. Semejante impudicia es increíble. Casi podría afirmar que santidad y sabiduría han sido el cerrojo y la llave de los grillos que aprisionan al hombre; virtud y benevolencia, las cadenas y cepos que lo inmovilizan. Sí, casi podría creerse que los virtuosos Tseng y Shi fueron las flechas silbantes que anunciaron la llegada del tirano Chieh y del bandido Chih.

Cuando Po-Chu visitó el país de Chi, vio el cuerpo de un malhechor descuartizado. Al punto se despojó de su manto de corte y cubrió los pobres miembros destrozados como si envolviese a un niño en pañales. Y mientras hacía esto, gritaba y se lamentaba: «No creas que tú sólo sufres esta desgracia. No sólo te pasa a ti esta terrible desdicha. Nos pasa a todos, aunque a ti te ha herido antes. Tus jueces dicen: no robarás, no matarás; y esas mismas almas virtuosas, al premiar y elevar a unos cuantos, hunden al resto en la ignominia. La desigualdad que crea sus leyes engendra la ira y el rencor. Ellos, que amontonan riquezas, honores y méritos, siembran la semilla de la envidia. El corazón turbio por odio y envidia, el cuerpo cansado por un trabajo sin tregua, el espíritu henchido de irrealizables deseos, ¿cómo escandalizarnos de que todos terminen como tú?».

Los cerrojos y los ladrones

Para protegernos de los malhechores que abren las arcas, escudriñan los cajones y hacen saltar las cerraduras de los cofres, la gente acostumbra reforzar con toda clase de nudos y cerrojos los muebles que guardan sus bienes. El mundo aprueba estas precauciones, que le parecen muestra de cordura. Pero de pronto se presentan unos ladrones. Si lo son realmente, en un abrir y cerrar de ojos desatarán los nudos, abrirán los cerrojos y, si es necesario, cargarán con las cajas sirviéndose para ello de las cuerdas, candados y nudos de que están provistas. En verdad, los propietarios ahorran a los ladrones el trabajo de empacar los objetos.

No es exagerado afirmar que todo lo que llamamos «cordura» no es sino «empacar para los ladrones»; y lo que llamamos «virtud», acumular botines para los malhechores. ¿Por qué digo esto? A lo largo y a lo ancho del país de Chi (un territorio tan poblado que el mero cacareo de los gallos y el ladrido de los perros en un pueblo se oye en el de junto), entre pescadores, campesinos, cazadores y artesanos, en santuarios, cementerios, prefecturas y palacios, en ciudades, poblados, distritos, barrios, calles y casas particulares... en fin, en todo el reino, veneradas por todos sus habitantes, imperaban las leyes de los Reyes Antiguos. Sin embargo, en menos de veinticuatro horas Tien-Ch’eng Tse asesinó al príncipe de Chi y se apoderó de su reino. Y no sólo de su reino, sino también de las leyes y artes de gobierno de los sabios de antaño, que habían inspirado a los soberanos legítimos de Chi. En verdad que la historia llama a Tien-Ch’eng Tse usurpador y asesino; pero mientras vivió fue respetado como el virtuoso Tseng y el benévolo Shun. Los pequeños reinos no se atrevieron a criticarlo, ni los grandes a castigarlo. Durante doce generaciones sus descendientes conservaron entre sus manos la tierra de Chi...

Utilidad de la inutilidad

Hui-tse dijo a Chuang-tse: «Tus enseñanzas no tienen ningún valor práctico». Chuang-tse respondió: «Sólo los que conocen el valor de lo inútil pueden hablar de lo que es útil. La tierra sobre la que marchamos es inmensa, pero esa inmensidad no tiene un valor práctico: lo único que necesitamos para caminar es el espacio que cubren nuestras plantas. Supongamos que alguien perfora el suelo que pisamos, hasta cavar un enorme abismo que llegase hasta la Fuente Amarilla,: ¿tendrían alguna utilidad los dos pedazos de suelo sobre los que se apoyan nuestros pies? ». Huitse repuso: «En efecto, serían inútiles». El maestro concluyó: «Luego, es evidente la utilidad de la inutilidad».

Retrato del dialéctico

Hui-tse era sabio en muchas ciencias. Cuando viajaba, sus libros llenaban cinco carros. Sus doctrinas eran contradictorias y tortuosas; no siempre claras las razones en que las fundaba. Así, dio a lo infinitamente grande, que no puede contener nada más allá de sí mismo, el nombre de Unidad; a lo infinitamente pequeño, que no puede contener nada dentro de sí, el nombre de Pequeña Unidad.

Intentó probar que el cielo es más bajo que la tierra; que las montañas están debajo de las playas; que el sol se pone al mediodía; que lo que está vivo al mismo tiempo está muerto; que uno puede salir hoy hacia Yueh y llegar ayer... Su defensa de estas ideas lo convirtió en blanco de la curiosidad general; sus palabras causaban gran agitación en el bando de los retóricos, que se veían entre sí con delicia cuando asistían a sus exhibiciones. Día tras día su sagacidad desafiaba el rápido ingenio de sus oponentes, día tras día llevaba a cabo prodigios dialécticos que asombraban a los polemistas más notables... Pobre en fuerza interior, vertido sobre la superficie de las cosas, su método en verdad era estrecho. Ignoró su verdadera naturaleza espiritual y sus poderes; malgastó y fatigó su talento en una cosa y luego en otra y otra, todas ellas extrañas a sí mismo, para al final sólo ser conocido como un hábil polemista. Dilapidó sus dones naturales, que eran muy grandes, en muchas empresas quiméricas y no obtuvo nada a cambio. Corrió de aquí para allá, sin jamás poner término a su búsqueda. Fue como aquel que quiso detener el eco con un grito; o como el cuerpo que quiere adelantarse a su sombra.

(Nota: a pesar de todo Chuang-tse amaba a Hui-tse. Sobre él dejó escrito, en otro pasaje de su libro: “era el único hombre, en todo el imperio, con el que podía conservar”.)

Sobre el lenguaje

«Veamos lo que ocurre con las palabras», dijo Chuang-tse parodiando a los lógicos y dialécticos. «No sé cuáles entre ellas están en relación directa con la realidad que pretenden nombrar y cuáles no lo están. Si algunas lo estuviesen y otras no, y ambas estuviesen en relación unas con otras, puede concluirse que las primeras serían indistinguibles de las últimas. A título de prueba, diré algunas de esas palabras: si hubo un principio, hubo un tiempo anterior al principio del principio; en consecuencia, hubo un tiempo anterior al tiempo anterior al principio del principio, que a su vez... Si hay ser, hay no ser; si hubo un tiempo antes de que el ser empezara a no ser, también hubo un tiempo antes del tiempo antes de que el no ser empezara a ser... Podría continuar de este modo, cuando ni siquiera sé con certeza si el ser es lo que es y el no ser lo que no es. ¿Y si el ser fuese lo que no es y lo que no es fuese lo que realmente es?... He hablado, pero no sé si lo que he dicho tiene algún significado o si carece por completo de sentido.

Nada de lo que existe bajo el suelo es más grande que el hilo de una telaraña; nada más chico que el monte Tai; nadie vive más tiempo que un niño muerto en pañales, nadie vive menos años que Peng-Tse. El cielo y la tierra nacieron cuando yo nací; las diez mil cosas que componen la realidad, y yo entre ellas, son una sola cosa. Todo esto lo han demostrado ya los dialécticos. Pero si sólo existiese una sola cosa, no habría lenguaje con qué decirlo, porque para que alguien afirme que todo lo que existe es una sola cosa es necesario un lenguaje para declararlo. Así, esa única cosa y las palabras que la declaran hacen dos cosas. Y las palabras que las declaran y mis palabras que las niegan, hacen ya tres cosas. De esta manera continuaríamos hasta llegar a un punto en el que un matemático —para no hablar de una persona común y corriente como yo— tendría dificultad en seguirnos.

Ballestería

Lien Yu-Ku deseaba adiestrar a Po-Hun Wu-jen en el arco. Colocó una copa de agua en su hombro, distendió la cuerda e, inmóvil como una estatua, empezó a disparar una tras otra las flechas, sin derramar una gota. Wu-jen exclamó: «Esto es tirar en circunstancias comunes y corrientes. Veremos si puedes disparar con la misma maestría en otras condiciones». Y lo llevó a la cumbre de una montaña. Frente a ellos se abría un precipicio de más de mil pies de profundidad. Caminando hacia atrás, hasta que sus talones casi no tocaban tierra, de espaldas al abismo, Wu-jen llamó a gritos a su maestro. Pero Yu-Ku —tendido en el suelo, agarrado a las piedras, cubierto el rostro de sudor— no pudo ni siquiera contestar.

La tortuga sagrada

Chuang-tse paseaba por las orillas del río Pu. El rey de Chou envió a dos altos funcionarios con la misión de proponerle el cargo de Primer Ministro. La caña entre las manos y los ojos fijos en el sedal, Chuang-tse respondió: «Me han dicho que en Chou veneran una tortuga sagrada, que murió hace tres mil años. Los reyes conservan sus restos en el altar familiar, en una caja cubierta con un paño. Si el día que pescaron a la tortuga le hubiesen dado la posibilidad de elegir entre morir y ver sus huesos adorados por siglos o seguir viviendo con la cola enterrada en el lodo, ¿qué habría escogido?». Los funcionarios repusieron: «Vivir con la cola en el lodo». «Pues ésa es mi respuesta: prefiero que me dejen aquí, con la cola en el lodo, pero vivo.»

Formas de vida

Tener ideas rígidas y una conducta rigurosa; vivir lejos del mundo y de manera distinta al común de los hombres; pronunciar virtuosos discursos, sarcásticos y llenos de reproches; no tener más designio que ser superior: tal es el deseo del ermitaño escondido en su cueva, la ambición del hombre que condena siempre a los otros y, en fin, de todos aquellos que tiritan en verano y se abanican en invierno.

Predicar virtud y benevolencia, lealtad y fidelidad, frugalidad y respeto; reconocer el mérito de los otros aun en perjuicio propio; no tener más fin que la perfección moral: tal es la ambición de los moralistas y filántropos, hombres de consejo e instrucción, pedagogos, viajeros instalados en la ciudad.

Hablar de hechos portentosos; alcanzar fama inmortal; enseñar al gobernante y a sus ministros los ritos que cada uno debe ejecutar; determinar las funciones y oficios de grandes y pequeños; no tener otro móvil que la cosa pública: tal es la ambición de los que frecuentan los tribunales y las cortes, el afán de esos que sólo desean engrandecer a sus amos, extender sus dominios y ver la vida como una serie de victorias y conquistas.

Instalarse en una floresta o al lado de un arroyo; pensar en un lugar escondido; vivir en el ocio; tal es el deseo de los que vagan por ríos y lagos, fugitivos del mundo. Inspiran, expiran, respiran, expelen el aire viejo y llenan su ser con el nuevo, suspenden el aliento, lo dejan escapar con un rumor de alas: son los amantes de la larga vida, artesanos de la perfección física, los duchos en el arte de inhalar y exhibir, los aspirantes a la longevidad de Peng Tse.

Pero hay otros: sus pensamientos son sublimes sin ser rígidos; nunca han aspirado a la virtud y son perfectos; no logran victorias para el Estado ni otorgan renombre a su patria y, no obstante, influyen secretamente en su pueblo; conquistan la quietud lejos de arroyos y lagos; viven muchos años y jamás practican el arte de respirar; se despojan de todo y no carecen de nada; pasivos, marchan sin objeto y sin deseo, pero todo lo que es deseable está al alcance de su mano. Tal es la ley del cielo y la tierra, tales los poderes del sabio. Quietud, pasividad, pobreza, la substancia del Método, el secreto de nuestros poderes. El sabio reposa; porque reposa, está en paz; su paz es serenidad. Al pacífico y sereno no lo asaltan ni dañan alegría o tristeza. Intacto, entero, unido a sí mismo y a su ser interior, es invencible.

El ritmo vital

Para el sabio, la vida no es sino un acuerdo con los movimientos del cielo; la muerte, una faceta de la ley universal del cambio. Si descansa, comparte los ocultos poderes de yin; si trabaja, se mece en el oleaje de yang. No busca ganancias y es invulnerable a las pérdidas; responde sólo si le preguntan; se mueve, si lo empujan. Olvida el saber de los libros y los artificios de los filósofos y obedece al ritmo de la naturaleza. Su vida es una barca que conducen aguas indiferentes; su muerte, un reposo sin orillas... El agua es límpida si nada extraño a ella la obscurece; inmóvil, si nada la agita; si algo la obstruye, deja de fluir, se encrespa y pierde su transparencia. Como el agua es el hombre y sus poderes naturales.

El valor de la vida

Los Ch’in capturaron a una hija del gobernador de Al. Los primeros días de cautiverio la muchacha empapó su vestido con lágrimas; más tarde, cuando la llevaron al palacio del príncipe y vivió en la riqueza, se arrepintió de su llanto. ¿Cómo saber si los muertos se arrepienten ahora de la codicia con que se aferraron a la vida?

Un hombre sueña que concurre a un banquete y se despierta para llorar y penar. Otro sueña en un entierro y se levanta para asistir a un convite. Mientras soñamos, no sabemos que soñamos. Sólo hasta que despertamos sabemos que estábamos soñando. Mientras el Gran Despertador no nos despierta, no sabremos si esta vida es o no un largo sueño. Pero los tontos creen que ya han despertado...

Sueño y realidad

Soñé que era una mariposa. Volaba en el jardín de rama en rama. Sólo tenía conciencia de mi existencia de mariposa y no la tenía de mi personalidad de hombre. Desperté. Y ahora no sé si soñaba que era una mariposa o si soy una mariposa que sueña que es Chuang-tse.

Causalidad

La Penumbra le dijo a la Sombra: «A ratos te mueves, otros te quedas quieta. Una vez te acuestas, otra te levantas. ¿Por qué eres tan cambiante?». «Dependo —dijo la Sombra— de algo que me lleva de aquí para allá. Y ese algo a su vez depende de otro algo que lo obliga a moverse o a quedarse inmóvil. Como los anillos de la serpiente, o las alas del pájaro, que no se arrastran ni vuelan por voluntad propia, así yo. ¿Cómo quieres que responda a tu pregunta? »

En su lecho de muerte

Chuang-tse agonizaba. Sus discípulos le dijeron que deseaban honrarlo con un funeral decoroso. Él repuso: «El cielo y la tierra por féretro y tumba; el sol, la luna y las estrellas por ofrendas funerarias; y la creación entera acompañándome al sepulcro. No necesito más». Los discípulos insistieron: «Tememos que los buitres devoren tu cadáver». Chuang-tse respondió: «Sobre la tierra me comerán los buitres; bajo ella, los gusanos y las hormigas. ¿Quieres despojar a los primeros sólo para alimentar a los últimos? ».

Volver al punto de partida

Cansados de buscar en vano, ¿no deberíamos moler nuestras sutilezas en el Mortero Celeste, olvidar nuestras disquisiciones sobre la eternidad y vivir en paz los días que nos quedan? ¿Y qué quiere decir moler nuestras sutilezas en el Mortero Divino? Aniquilar las diferencias entre ser y no ser, entre esto y aquello. Olvido, olvido... ser y no ser, esto y aquello, son partículas desprendidas del infinito y volverán a fundirse en el infinito.

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