Número 135  //  17 de agosto de 2001  //  27 Jumada al-Awal 1422 A.H.

 CONCIENCIA

El papel de la espiritualidad *

Durante varias jornadas, tres representantes de la llamada “psicología transpersonal” (Ervin Laszlo, Stanislav Grof y Peter Russell) se reunieron para —en palabras de Ervin Laszlo—: “reflexionar sobre 
las posibilidades de que haya paz en el mundo...”. En el presente fragmento se debate sobre los papeles encontrados de la espiritualidad y la religión —institucionalizada— en la “revolución 
de la conciencia” que los autores preconizan.


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GROF: Dejadme volver al desafío del que hablábamos antes, la síntesis de las concepciones científica y mística del mundo. En los círculos académicos reina la sensación de que la ciencia y su monismo materialista han refutado y descalificado de una vez por todas lo espiritual y lo religioso, desde las primitivas creencias populares hasta las grandes tradiciones místicas. Creo que, además de reflejar un profundo desconocimiento de la naturaleza y la función de la ciencia, confunden la espiritualidad con la religión, Considero que es un problema grave y creo que es imposible reconciliar ciencia y espiritualidad si no aclaramos este punto.

LASZLO: Muy bien. ¿Cómo definirías tú la espiritualidad? ¿En qué sentido es distinta de la religión?

GROF: La espiritualidad es un asunto privado y refleja la relación existente entre el individuo y el cosmos. Por analogía, la religión es una actividad organizada que precisa de un lugar concreto y un sistema de mediadores asignados y distribuidos jerárquicamente. En teoría la religión debería ofrecer a sus miembros los medios y el apoyo necesario para que desarrollaran sus experiencias personales. Sin embargo, eso no ocurre jamás. De hecho, las experiencias espirituales personales son una clara amenaza para las religiones organizadas, porque independizan a sus miembros de la organización, del sistema de creencias. Los místicos no necesitan mediación, están en contacto directo con lo divino, porque la espiritualidad se basa en una experiencia directa cuya perspectiva sobre la realidad consensuada es radicalmente distinta o cuyas dimensiones de la realidad por lo general suelen permanecer veladas. Estas experiencias transcurren durante los estados atípicos de la conciencia y su estudio compete a la psicología transpersonal. Es un campo de fenómenos que debería estudiarse a fondo, y los resultados habrían de incluirse en una concepción científica globalizadora del futuro.

En el albor de todas las grandes religiones siempre hay estados visionarios, que son las experiencias transpersonales de sus fundadores: la iluminación del Buda bajo el árbol de la bodhi, el milagroso viaje de Muhammad o la visión de Jehová en la zarza ardiendo. En la Biblia abundan descripciones de esta clase de experiencias: la visión de Ezequiel del carro en llamas, Jesús tentado por el diablo, la visión cegadora de Jesús que Saulo presenció en su viaje a Damasco o la revelación apocalíptica de san Juan en la cueva de la isla de Patmos.

Sin embargo, al organizarse las religiones, los creyentes oyeron hablar de estas experiencias en los sermones y las leyeron en las sagradas escrituras. El acceso directo a la divinidad ya no era posible y, a menudo, ni siquiera aceptable. Si se diera el caso de que alguien tuviera una auténtica experiencia mística en alguna de las iglesias actuales, los sacerdotes le enviarían al psiquiatra. Cuando la religión se organiza, las experiencias transpersonales directas suelen darse sólo en las ramas místicas o las órdenes monásticas que realizan prácticas espirituales: meditación, ayuno, oraciones, etc.

Existe una diferencia fundamental entre religión y misticismo. Hay religiones sin espiritualidad y espiritualidad sin religión. La religión organizada necesita convencer a la gente de que tiene que acudir con periodicidad a un lugar específico e implicarse en el sistema para relacionarse adecuadamente con la divinidad. Para los místicos, la naturaleza y su propio cuerpo ya desempeñan el papel del templo. Su conexión con lo divino es directa y no precisa de mediadores, sobre todo cuando éstos jamás han pasado por estas experiencias y tan sólo son dirigentes nombrados a dedo. Los místicos cuentan, por el contrario, con el apoyo de una comunidad de personas y maestros que han recorrido un camino más largo en pos de la verdad.

Los verdaderos sistemas espirituales son el producto de un análisis sistemático y secular de la psique gracias a tecnologías precisas que alteran los estados mentales. Son el resultado, por otro lado, de un proceso que en muchos sentidos se parece al método científico.

LASZLO: El filósofo Alfred North Whitehead dijo algo muy bonito: la ciencia, y también la cultura, progresa con la llegada de una mente preclara que arroja una nueva luz, más integrada y comprensiva, sobre un aspecto en particular de la experiencia y la investigación. Las ideas que postula son correctas en general pero inconsistentes en detalle. Entonces entran en escena sus seguidores, quienes las reducen hasta darles una cierta consistencia, aunque en el proceso se pierda una cierta frescura de la idea original. Se convierten, por consiguiente, en algo estéril, un mero dogma. El dogma, a su vez, se destruye con el tiempo, y entonces aparece otro nuevo ser integrador con una nueva y creativa manera de reflexionar, y el proceso vuelve a comenzar desde el principio. Esto también le ocurre a la religión.

RUSSELL: Es inevitable que esto suceda. Acabamos de decir que las religiones siempre las han empezado los individuos o, a veces, grupos de individuos que han vivido una profunda experiencia personal de liberación. De alguna manera se les ha revelado la verdad, y desean trasladarla a los demás. Así es como surgieron por primera vez las enseñanzas.

Por desgracia, las enseñanzas nunca se reciben en el mismo estado de conciencia con que se imparten. El maestro habla desde la iluminación, mientras que el discípulo intenta entender desde una conciencia que no participa de la misma iluminación, y es inevitable que algo se pierda por el camino. Mientras el maestro siga junto al discípulo, podrá intentar corregir sus errores y asegurarse de que reciba la instrucción de forma adecuada. Sin embargo, cuando el maestro muera, sus enseñanzas irán pasando de unos a otros y, a cada paso, algo se perderá o no se entenderá del todo, o bien se añadirán nuevos datos al original. Es un poco como el juego de los secretos, en que las personas se disponen en un círculo y se van pasando mensajes. A cada mensaje, la información se distorsiona un poco y cuando vuelve al punto inicial, es completamente distinta del principio.

Con las enseñanzas espirituales ocurre otro tanto de lo mismo, pero a mayor escala. El mensaje no sólo pasa de una persona a otra, sino de una generación a otra, de una cultura a otra y, a menudo, de un idioma a otro. A cada nueva versión se pierden trozos y se añaden otros nuevos, y la versión resultante apenas guarda parecido con la original. Es lo que en alguna ocasión he llamado “la decadencia de la verdad”, y justifica la abismal diferencia entre las principales tradiciones espirituales, no obstante partir todas ellas de experiencias muy similares. Necesitamos redescubrir ese tronco común en lugar de preocuparnos por las diferencias.

Por eso es importante no intentar resucitar las tradiciones espirituales anteriores. Estaríamos resucitando una versión adulterada del original sin poder evitarlo. El desafío consiste en volver a las fuentes, la viva fuente que se basa en la experiencia personal en lugar de la doctrina y el dogma, y vivir esa experiencia en nuestras propias vidas.

LASZLO: Las tradiciones místicas ya se encontraban presentes en las escuelas griegas, incluso las conocían los presocráticos, aunque sus reflexiones no llegaran a formularse en un lenguaje ordinario para divulgarlas al público. El enunciado que sí se formuló era de compromiso, para que la sociedad lo entendiera. La esencia de las enseñanzas no podía captarse de oídas o por medio de lecturas, debía vivirse. No sorprenderemos a nadie entonces si decimos que la tradición nos ha legado sólo un cadáver, del que no ha sabido conservar vivo el espíritu.

GROF: Lo que hoy en día necesitamos en el mundo es más espiritualidad, no más religiones. Las religiones organizadas tal y como se presentan en la actualidad forman parte del problema, y no de la solución. Los conflictos religiosos son una de las principales fuentes de violencia en muchos lugares del planeta.

RUSSELL: Debemos recordar que la religión organizada no refleja la iluminación de la conciencia. Por muy loables que sean sus objetivos, sus promotores o defensores, por lo general carecen de la misma iluminación que nosotros. Es triste, pero suelen ser un reflejo más de los defectos de la sociedad.

Todo se reduce al egocentrismo. El egocentrismo está bien en el plano biológico; necesitamos ser egocentristas si queremos asegurar nuestra alimentación y nuestra propia seguridad: necesitamos ese nivel básico de egocentrismo para poder sobrevivir físicamente. Sin embargo, también aplicamos esa misma manera de pensar orientada al yo a ámbitos absolutamente improcedentes. Hasta podríamos decir que hemos olvidado lo que interesa a nuestro propio yo.

La conclusión final vendría a decir que lo que todos deseamos es estar en paz. Queremos sentirnos bien, en equilibrio con nosotros mismos. La sociedad nos dice que esa experiencia interna la obtendremos a partir de lo que poseamos y hagamos, de lo que percibamos en el mundo exterior; y eso nos conduce a un egocentrismo intrínseco. Siempre estamos pensado en lo que podríamos obtener y hacer para ser felices, en cómo nos ven los demás y qué sistema de valores deberíamos adoptar.

Esta búsqueda subyace a gran parte de nuestro materialismo, y además también es la razón de que las religiones nos atrapen. Creemos que tal creencia o tal enseñanza en concreto nos salvarán, y que siguiendo una senda determinada, no tendremos problemas. Luego nos sentimos tan ligados a nuestra fe en particular que hacemos cualquier cosa para defender y proteger el camino que hemos elegido. En este sentido la religión puede anclarse muy fácilmente en el egocentrismo; lo cual es irónico, porque la religión parte de la idea de liberar a las personas de su egocentrismo.

LASZLO: La religión también es un fenómeno social, una cuestión de identidad colectiva. Necesitamos pertenecer a una comunidad, un grupo cultural y social o una congregación religiosa. En la actualidad respondemos a esta necesidad de una manera muy distinta a como lo hacíamos en la Edad Media, cuando la congregación religiosa era la comunidad clave a la que uno pertenecía, al menos en Europa. Ahora tenemos comunidades nacionales y regionales, divididas a su vez en múltiples niveles hasta llegar a la comunidad étnica del vecindario. Pertenecer a un grupo o congregación religiosa genera una sensación de identidad entre un número limitado de personas; y eso cada vez se aleja más de la idea de captar la verdad última. Las doctrinas que allí se imparten se limitan a trazar límites entre el grupo de “iniciados” y el resto: entre los “creyentes” y los “infieles”.

1. Dimensiones de la transformación

GROF: Tradicionalmente lo que ha hecho la religión organizada ha sido unificar a un grupo de personas basándose en la singularidad de ciertos personajes y temas arquetípicos. Como es natural, el grupo entraba en conflicto con otras comunidades que habían elegido una manera distinta de representar y relacionarse con lo divino: los cristianos contra los judíos, los hinduistas contra los musulmanes, los sijs contra los hinduistas, etc., etc. A veces incluso alguna de estas religiones organizadas ni siquiera lograba unir a los miembros de su mismo credo en su propio seno. Un ejemplo clarísimo lo tenemos en el cristianismo y el exacerbado conflicto entre católicos y protestantes que empezó a apuntar a finales de la Edad Media y causó un gran derramamiento de sangre y un profundo dolor.

En cambio, las experiencias espirituales facilitan el acceso directo a las dimensiones sagradas de la existencia. Revelan la unidad que subyace al mundo de la aparente separación, la naturaleza divina de la creación y nuestra divinidad. Nos apartan del chovinismo sectario de las religiones organizadas y nos conducen a una visión de la realidad y la humanidad universal, globalizadora y unificadora. Las religiones organizadas tal y como existen en la actualidad alimentan la discordia y contribuyen a agudizar la crisis mundial. No obstante, una religión con un enfoque místico genuino podría cambiar de verdad el mundo.

LASZLO: El otro día en Berlín, en un simposio de la Universidad Internacional de la Paz, el Dala¡ Lama me dijo que nunca intentara convertir a la gente a una religión en concreto. Él mismo jamás intentaba convertir a los demás al budismo tibetano. Ése no es el propósito, justificaba: el propósito es el espíritu que subyace a la religión, que es el amor, la solidaridad y la compasión. Nos aconsejó que jamás creyéramos que una única religión puede ofrecer todas las respuestas. Lo que cuenta es el espíritu de la religión, y no las palabras de la doctrina.

Hay lugares donde han puesto en práctica esta idea. Por ejemplo, en Auroville, una comunidad espiritual experimental de la India, sus fundadores decidieron que no debería haber ninguna religión. Las doctrinas religiosas debían evitarse de manera explícita, al igual que los ritos religiosos. Sólo se fomentaría una profunda espiritualidad en la vida diaria a través de la meditación individual y colectiva. Cuando la religión se institucionaliza, según Sri Aurobindo, divide más que une.

RUSSELL: Esto lo han dicho muchísimos líderes espirituales, quienes nos han advertido también de que sus enseñanzas podrían convertirse en una religión. El Buda dijo a sus discípulos que no creyeran sus palabras sólo porque las había dicho él. Sólo debían aceptarlas tras contrastarlas con sus propias experiencias. Más recientemente Rudolf Steiner afirmó que si volviera al cabo de cien años, seguramente quedaría aterrado de ver lo que la gente había hecho con sus enseñanzas. La sabiduría espiritual es una sabiduría universal, pero a medida que va pasando de unos a otros, las enseñanzas de cada maestro van compilándose en un conjunto de doctrinas y dogmas que inspiran religiones muy distintas entre sí. Estoy seguro, Ervin, de que si volvieras a Auroville al cabo de doscientos o trescientos años, te encontradas con una nueva religión.

Hoy en día somos testigos del surgimiento de una nueva espiritualidad. Todavía no tiene nombre y, en realidad, tampoco posee una forma específica ni cuenta con líderes. Sin embargo, está apareciendo una nueva manera de ver las cosas muy al estilo de la “filosofía perenne” de Aldous Huxley. Muchas personas están empezando a descubrir la sabiduría eterna de la conciencia humana y a ponerla en práctica en sus propias vidas.

En algunos aspectos se advierten ciertos paralelismos con el Buda y su búsqueda de la liberación interior. Cuando el Buda se adentró en el bosque, pasó seis años en compañía de varios maestros y practicó diversas técnicas hasta finalmente adquirir plena conciencia de lo que supone liberar a la mente del sufrimiento. Hoy nos encontramos en un proceso similar. Sin embargo, ahora no es sólo cuestión de una persona; somos millones, y todos vamos en el mismo barco, aprendiendo de las experiencias mutuas sobre la marcha. Cuanto más aprendemos, más nos acercamos a la misma verdad. Estamos puliendo nuestro conocimiento del desarrollo espiritual. Lo he visto en libros, debates y conferencias: todos decimos lo mismo. Quizás con el tiempo esta recuperación de la espiritualidad se convierta en otra religión fosilizada, pero ahora, a finales del siglo XX, está vivita y coleando, y se ha lanzado a la búsqueda de esa verdad universal que es la base de todas las religiones. Por eso creo que esta época es tan fascinante. Nos hallamos en medio de un nuevo renacimiento espiritual, pero a diferencia de otros renacimientos anteriores, éste no tiene líder; por primera vez, lo estamos redescubriendo colectivamente.

GROF: Me gustaría mencionar aquí una cosa que se desprende del estudio de los estados atípicos de la conciencia y que encuentro fascinante. Hemos visto repetidas veces, trabajando con la psicodelia y la respiración holotrópica (ejercicios de inhalaciones rápidas acompañados de una música evocadora), que las experiencias nos permiten acceder a todo el espectro de la mitología existente, las figuras arquetípicas y la totalidad de las culturas, incluyendo las experiencias procedentes de contextos raciales, culturales, geográficos e históricos distintos al nuestro. El hecho de conocer previamente estas mitologías no parece ser de gran importancia. Las personas actuales parecemos tener acceso a todos los ámbitos del inconsciente colectivo. Eso confirma básicamente las observaciones que hace varias décadas hizo C. G. Jung, observaciones que le llevaron a formular el concepto de inconsciente colectivo.

Hemos trabajado con personas en Europa, América del Norte y del Sur y Australia, y sus experiencias entroncan con la mitología hindú, japonesa, china, tibetana o egipcia, y viceversa, durante nuestra estancia en la India y Japón, gente de formación hinduista, budista o sintoísta a menudo revivían episodios claramente cristianos durante las sesiones. A lo largo de estos años yo mismo he tenido visiones de un acusado simbolismo religioso budista, cristiano, musulmán, sintoísta y zoroástrico, y también de temas africanos, mesoamericanos, sudamericanos y de los aborígenes australianos.

¡Es realmente asombroso! Muchos grupos humanos utilizaron en el pasado poderosas técnicas de perturbación de la mente, entre las que podríamos incluir algunas de las que ahora emplearnos nosotros: sustancias psicodélicas, música y diversos ejercicios respiratorios. Sin embargo, su acceso al inconsciente colectivo parece haber sido mucho más específico y restringido, limitado en esencia a sus propios arquetipos culturales. Por ejemplo, no veremos referencia alguna en el Libro tibetano de los muertos al espíritu del ciervo, que desempeña un importante papel en la mitología y la religión de los indios huichol de México, y tampoco se menciona el dhyána búdico en la Biblia o El libro de Mormón. Es decir, esta permeabilidad del inconsciente colectivo parece ser un nuevo fenómeno característico de los tiempos modernos. Si en la antigüedad hubiera podido accederse al inconsciente colectivo como en la actualidad, hoy en día no dispondríamos de unas mitologías tan distintas y específicas para cada grupo humano y su religión. En el pasado acceder a través de la experiencia a los arquetipos debía de ser muy específico culturalmente.

De algún modo existe un paralelismo con lo que está ocurriendo en el mundo exterior. En el pasado la humanidad se hallaba mucho más fragmentada y los distintos grupos se encontraban apartados y aislados entre sí. Por ejemplo, los europeos no tuvieron la más remota idea de que existía el Nuevo Mundo hasta el siglo XV, y hasta mediados de ese mismo siglo, el Tíbet tenía un contacto mínimo con el resto del mundo. En la actualidad podemos ir a cualquier parte del mundo viajando tan sólo unas horas en avión, y existe un floreciente intercambio de mercancías, libros y películas. Asimismo, los programas de radio de onda corta, la televisión vía satélite, el teléfono e Internet conectan todas las partes del globo entre sí.

Pasamos con extrema rapidez de un mundo fragmentado y dividido a una aldea global unificada; y nuestro acceso ilimitado al ámbito arquetípico del inconsciente colectivo parece una parte fundamental del proceso. Espero y creo firmemente que eso servirá para crear una base de donde pueda surgir una religión universal del futuro. En mi opinión, una religión así debería ofrecer un contexto propicio para las experiencias espirituales y proporcionar los medios adecuados para hacerlas realidad (“tecnologías de lo sagrado”), sin interesarle dictar o promover los numerosos marcos arquetípicos entre los que el individuo debería elegir para penetrar en el ámbito de lo divino y trascendental.

Creo que si las religiones organizadas constituyen una fuerza relevante y constructiva en nuestro futuro global, tendrán que flexibilizar sus arquetipos y aceptar que, efectivamente, son relativos. Esto generaría una atmósfera de tolerancia en los distintos sistemas que optaran por una forma simbólica alternativa de adoración de lo divino. Vincularía las religiones con sus raíces místicas y su común denominador, reverenciar lo absoluto, aquello divino que trasciende todas las formas.

Joseph Campbell solía citar a Graf Durkheim y su manera de interpretar la función de las formas arquetípicas específicas o “deidades”. Para ser de utilidad en una búsqueda espiritual genuina, la deidad debe mostrarse transparente respecto a lo trascendente. Ha de ser una puerta hacia lo supremo, pero no debe confundirse con ello. Su papel es de mediadora de lo absoluto y, por lo tanto, constituye un camino, no un objeto de adoración en sí y por sí. Hacer de los arquetipos algo opaco e impermeable conduce a la idolatría, que es una fuerza divisoria, destructiva y peligrosa del mundo.

RUSSELL: Éste es otro aspecto del cambio que implica pasar de considerar a deidades y dioses algo que está “ahí fuera”, separado de nosotros, a verlos como aspectos de nuestra propia psique. Cada vez nos damos más cuenta de que la toma de conciencia interior no consiste en realizar un ritual para comunicamos con otro ser, sino en trabajar con nuestra propia mente. Lo que nos preguntamos, por lo tanto, es cómo puedo liberar mi mente de la rutina en la que ha caído y cómo abrirme a las experiencias de que estamos hablando.

GROF: Respecto a lo que comentaba antes sobre abrimos al inconsciente colectivo, tengo toda la sensación de que la religión del futuro se basará en la experiencia, hará honor a la búsqueda espiritual y respetará las formas específicas que adopte en los distintos individuos. Por suerte esta religión no será una organización que postule dogmas y objetos de adoración específicos, sino una comunidad de gente inquieta que se ofrecerá apoyo mutuo en el campo de la búsqueda espiritual, al ser consciente de estar explorando un fragmento en concreto del gran tapiz del misterio universal. La conciencia de la unidad que subyace a toda la existencia y el sentido de estar íntimamente vinculado con los demás, la naturaleza y el cosmos sería la característica más importante de este credo.

RUSSELL: Sí, y las enseñanzas que se desprendan de esta nueva espiritualidad versarán sobre nuestra propia psique, al igual que hace el budismo. Será una enseñanza contemporánea que tratará de cosas como, por ejemplo, el desarrollo de ego, cómo derivamos nuestro sentido de la identidad, creamos temores injustificados, interpretamos, equivocadamente o no, nuestras experiencias y la manera de liberar la mente de todas estas limitaciones. Serán enseñanzas psicológicas en lugar de centrarse en deidades y entidades parecidas.

GROF: En 1985 vivimos una experiencia muy interesante durante la celebración del congreso de la Asociación Internacional Transpersonal (AIT) en Kioto. La AIT es una organización que intenta reunir espiritualidad y ciencia esforzándose por abolir los límites raciales, culturales, políticos y religiosos del mundo. En esa época en cuestión unos ejecutivos estadounidenses y japoneses negociaban las posibles salidas a un grave conflicto que se había desatado.

Uno de los ponentes era un psicólogo junguiano japonés, Hayao Kawai, que había vivido varios años en Zurich, en Suiza, y conocía bien la mentalidad occidental, así como, por supuesto, la japonesa. Cuando veía las negociaciones por televisión, no paraba de reírse. Según afirmaba, aquellos ejecutivos creían que por el hecho de contar con un intérprete ya se estaban comunicando, que se entendían; y no era así, porque partían de enfoques muy distintos. Le pedimos que se explicara y lo hizo empleando el sistema junguiano.

«Los marcos arquetípicos de sus lugares de origen son distintos —nos contó—, y sus premisas metafísicas también lo son. Oriente tiene un modelo de cosmos centrado en un vacío. La creación surgió de este vacío como una gestalt total en la que las cosas están interconectadas, tienen un lugar y, en último término, constituyen una parte fundamental del todo. En Occidente tenéis un modelo cosmogónico muy distinto. En el centro se sitúa la fuente de todo poder. Es Dios, el gran jefe, el que creó el universo y desde esa fuente inagotable hizo que emanara un sistema jerárquico de orden decreciente. En el mundo arquetípico contáis con tropas de seres celestiales dispuestos en gradación: desde los superiores, como, por ejemplo, serafines y querubines, hasta arcángeles y ángeles comunes pasando por principados, potestades, tronos y virtudes. En la naturaleza, también separáis los organismos inferiores de los superiores, rango en el que aparecen los humanos en último lugar, como la perla de la creación».

Hayao Kawai explicó que en un diálogo entre Oriente y Occidente la diferencia en los supuestos metafísicos básicos se manifiesta en todas las afirmaciones. Es como una conversación entre físicos newtonianos y einsteinianos. Ambos utilizarían las mismas palabras (materia, energía, tiempo y espacio), pero estos términos significarían algo muy distinto según el marco conceptual en el que se inserieran. Todos encontramos esta idea muy interesante, e incluso motivó otras comparaciones culturales de algunos participantes. André Patsalides, un psicólogo belga nacido en Siria, nos habló de las diferencias existentes entre la mentalidad árabe y la occidental. Karan Singh, erudito hindú y antiguo regente de Jaminu y Cachemira, hizo un análisis comparativo de la manera de pensar hindú y la occidental; y Credo Mutwa, antropólogo y curandero zulú, expuso la concepción del mundo de los africanos y la comparó con la de los angloamericanos.

Fue fascinante ver que a raíz de esta discusión surgía una nueva perspectiva completamente diferente. Nos sentíamos ligados por nuestra humanidad, por todo lo que compartíamos y teníamos en común, y empezamos a considerar las diferencias raciales, culturales y religiosas como inflexiones y variaciones de una humanidad básica. Era como si reflejaran la extraordinaria creatividad de la inteligencia creativa cósmica surgida de una matriz subyacente e indiferenciada. Al mismo tiempo, estas diferencias resultaban de lo más excitante, algo interesante de lo que podíamos aprender y con lo que podíamos enriquecemos. Pudimos liberamos de nuestros programas culturales idiosincrásicos y de la vana ilusión de que nuestra manera de entender la realidad y hacer las cosas era la mejor o la más correcta. No resultó muy fácil ver lo arbitraria y relativa que era.

LASZLO: Teilhard de Chardin habló de un proceso de intensificación o concretización progresivas, cuyas causas se remontaban al número cada vez mayor de personas en el planeta y al cúmulo de información que generaban. Quizás sea posible que unos seis mil millones de personas hayan creado, tal y como tú apuntabas, Pete, una especie de cerebro global. Yo creo que este cerebro también posee una dimensión subyacente que nos vincula de una manera que el consciente ignora, pero que podemos entrever a niveles más profundos. Puede que bajo la superficie exista un ámbito de la conciencia colectiva que se va intensificando y volviendo accesible a esos individuos con un estado alterado de la conciencia: el estado que Stan ha estudiado y en el que encontraremos los potenciales ya mencionados.

* La revolución de la conciencia, ed. Kairós, pp. 55-68

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