Número 132  //  20 de julio de 2001  //  28 Raby` al-Thaany 1422 A.H.

 QUINTO SOL

El chamán y el sacerdote *
Por Joseph Campbell



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Entre los indios de Norteamérica aparecen dos mitologías contrapuestas, según sean las tribus cazadoras o plantadoras. Los que son fundamentalmente cazadores, ponen el énfasis de su vida religiosa en el ayuno individual para la obtención de visiones. El niño de doce o trece años es abandonado por su padre en algún lugar solitario, con un pequeño fuego que mantenga alejadas a las bestias, y allí ayuna y reza cuatro días o más, hasta que algún visitante espiritual llega durante el sueño en forma humana o animal para hablarle y darle poder. Su vida posterior estará determinada por esta visión, porque su familiar puede conferirle el poder de curar como chamán, el poder de atraer y matar animales o la habilidad de convertirse en guerrero. Y si los beneficios obtenidos no son suficientes para la ambición del joven, puede ayunar otra vez, con tanta frecuencia como lo desee. Un indio cuervo viejo llamado Abalorio Azul, dijo de este ayuno. «Cuando niño, era pobre. Veía a los grupos guerreros volver en procesión con los jefes al frente. Les envidiaba y decidí ayunar y convertirme en uno de ellos. Cuando obtuve la visión conseguí lo que había deseado... maté ocho enemigos.» (1) Si un hombre tiene mala suerte, sabe que su don de poder sobrenatural es insuficiente, mientras que, por otra parte, los grandes chamanes y jefes guerreros han adquirido poder en abundancia en sus ayunos visionarios. Quizá se han cortado las falanges de los dedos y las han ofrecido. Tales ofrendas eran comunes entre los indios de las llanuras. En las viejas manos de algunos sólo quedaban dedos y falanges suficientes para apuntar la flecha y tirar del arco.

Entre las tribus plantadoras —los hopi, zufli y otros indios pueblo— la vida está organizada alrededor de las ricas y complejas ceremonias de sus dioses enmascarados. Estos ritos son complicados y toda la comunidad participa en ellos, están organizados según un calendario religioso y los dirigen sacerdotes diestros. Como observa Ruth Benedict en su Patterns of Culture: «Ningún campo de la actividad es más importante que el ritual. Posiblemente, la mayoría de los hombres adultos de los pueblos del oeste le dedican la mayor parte de su vida. Supone memorizar al pie de la letra una cantidad tal de ritual que nuestras mentes menos adiestradas lo encuentran asombroso, y la representación de ceremonias primorosamente ensambladas, trazadas por el calendario, que entrelazan complejamente todos los otros cultos y la legislación en interminables procedimientos formales.» (2) En una sociedad así hay poco lugar para el juego individual. Existe una relación rígida no sólo del individuo con sus semejantes sino también de la vida de la aldea con el ciclo del calendario, porque los plantadores son perfectamente conscientes de su dependencia de los dioses de los elementos. Un período de demasiadas lluvias o de lluvias escasas en el momento crítico, y todo el trabajo de un año se convierte en escasez. Mientras que la suerte del cazador es algo muy distinto.

Ya hemos visto un relato típico de la búsqueda de un indio americano de esta visión en la leyenda del origen del maíz. La tribu ojibway, de la que se derivó esa versión de la leyenda tan extendida, tenía cuando Schoolcraft vivió entre ellos un nivel cultural equivalente aproximadamente al de los natufienses del Oriente Próximo arcaico, alrededor del año 6000 a.C. Eran un pueblo cazador y luchador de la estirpe de! los algonquinos, y el cuerpo principal de sus mitos y cuentos era de tradición cazadora y no plantadora. Sin embargo, recientemente habían adquirido de los pueblos agricultores del mucho más desarrollado sur las técnicas de la siembra, recogida y preparación del maíz, que ahora utilizaban para complementar lo que obtenían con la caza. Y junto con el maíz llegó el viejo mito de la maravillosa planta‑Dema, que ya encontramos entre los caníbales de Indonesia y vimos cómo cruzó el Pacífico junto con el cocotero. En Suramérica lo han aplicado cientos de tribus a las distintas plantas alimenticias de ese continente de tantas frutas, y en Norteamérica, lo hemos encontrado de nuevo acomodado no sólo a la verde, alta y emplumada cresta del maíz sino también a una forma ajena de pensamiento mitológico, el de la visión. No oímos hablar en este cuento de un gran grupo de «gente» de la edad mitológica sino de un solo joven, uno como cualquier otro, en su búsqueda visionaria en aquella gran soledad, de la que nuestro chamán esquimal Igjugarjuk ya dijo que «puede abrir la mente de un hombre a todo lo que está oculto a otros».

El contraste entre las dos visiones del mundo se hace más evidente si comparamos al sacerdote y al chamán. El sacerdote es un miembro iniciado socialmente, instalado ceremonialmente, de una organización religiosa reconocida en la que ocupa un cierto rango y actúa como usufructuario de un cargo que ostentaron otros antes que él, mientras que el chamán es uno que, como consecuencia de una crisis psicológica personal, ha obtenido ciertos poderes propios. Los visitantes espirituales que se le presentaron en la visión nunca antes habían sido vistos por ningún otro; eran sus familiares personales y protectores. Por otra parte, los dioses enmascarados de los pueblo, los dioses del maíz y los dioses de las nubes, servidos por sociedades de sacerdotes estrictamente organizados y muy disciplinados, son los patronos bien conocidos de toda la aldea y se les ha rezado y han sido representados en las danzas ceremoniales desde tiempo inmemorial.

En la leyenda de origen de los indios apache jicarilla, de Nuevo México, hay un ejemplo excelente del abandono por una tribu cazadora de la forma de religiosidad representada por el chamanismo ante la fuerza mayor de un complejo cultural plantador más estable, organizado socialmente y mantenido por sacerdotes. Los apache, como sus primos los navajo, eran una tribu cazadora que entró en la zona de los pueblo, cultivadores de maíz, en el siglo XIV d.C. y asimilaron con adaptaciones peculiares, gran parte de la tradición ceremonial neolítica local (3). El mito en cuestión es esencial para su concepto actual de la naturaleza e historia del universo, y claramente proviene del sur, asociado con los ritos y orden social de una cultura plantadora, y —como veremos— más preocupado por integrar al individuo en un contexto comunal firmemente organizado y bien establecido que por liberarle para los vuelos de su propio genio salvaje, dondequiera que éstos puedan llevarle.

«Al principio», se nos dice, «aquí, donde el mundo está ahora, no había nada: no había tierra, nada excepto Oscuridad, Agua y Ciclón. No había gente viviendo. Sólo existían los Hactcin. Era un lugar solitario. No había peces, no había cosas vivientes. Pero todos los Hactcin estaban aquí desde el principio. Tenían el material del cual se creó todo. Primero hicieron el mundo, la tierra, el mundo subterráneo, y después hicieron el ciclo. Hicieron la Tierra con forma de mujer viviente y la llamaron Madre. Hicieron el Cielo con forma de hombre y lo llamaron Padre. El mira hacia abajo y la mujer hacia arriba. El es nuestro padre y la mujer nuestra madre.» (4)

Los Hactcin son los equivalentes apache de los dioses enmascarados de las aldeas pueblo: personificaciones de los poderes que sostienen el espectáculo de la naturaleza. El más poderoso, Hactcin Negro —continúa el mito— hizo un animal de barro y luego le dijo: «Déjame ver cómo vas a andar con esas cuatro patas.» Y empezó a andar. «Eso está muy bien», dijo el Hactcin, «Puedo utilizarte.» Y luego dijo, «Pero estás solo. Haré otros de tu cuerpo.» Y toda clase de animales salieron de aquel único cuerpo, porque Hactcin Negro tenía poder: podía hacer cualquier cosa. En aquel tiempo todos aquellos animales podían hablar, y hablaban la lengua apache jicarilla.

El creador del mundo, Hactcin Negro, extendió la mano, y una gota de lluvia cayó en la palma. La mezcló con tierra y se convirtió en barro. Después modeló un pájaro con el barro. «Déjame ver cómo vas a utilizar esas alas para volar.» El barro se convirtió en un pájaro y empezó a volar. «Bien, eso está muy bien», dijo Hactcin Negro, que disfrutaba viendo las diferencias entre este animal y los de cuatro patas. «Pero», dijo, «creo que necesitas compañeros». Entonces cogió al pájaro y lo hizo girar con rapidez en la dirección de las agujas del reloj. El pájaro se mareó y, como ocurre cuando nos mareamos, vio muchas imágenes girando a su alrededor. Vio toda clase de pájaros, águilas, halcones y también pájaros pequeños, y cuando recobró sus sentidos, allí estaban todos aquellos pájaros, realmente allí. Y los pájaros aman el aire, viven alto y rara vez se posan en el suelo porque la gota de agua que se convirtió en el barro del que se hizo el primer pájaro cayó del cielo.

La imagen giratoria en la dirección de las agujas del reloj de la que fueron hechos los pájaros sugiere los dibujos de la primera cerámica de Samarra del neolítico superior en Mesopotamia (alrededor del 4500‑3500 a.C.) donde las formas de animales y pájaros surgen de una esvástica giratoria, y seguramente no es por simple accidente o desarrollo paralelo que dibujos similares —como las figuras siguientes— aparecen entre los restos de los prehistóricos constructores de túmulos de Norteamérica, o que en la vida ritual y el simbolismo de los indios actuales del suroeste —los pueblo, navajo y apache— la esvástica juegue un papel importante. Esto puede proporcionarnos no sólo pruebas adicionales de una amplia difusión cultural sino también un indicio del sentido de la esvástica en el más temprano arte neolítico y en el culto, tanto en el Viejo Mundo como en el Nuevo.

El creador hizo girar al pájaro en la dirección de las agujas del reloj y el resultado fue una emanación de formas parecidas al sueño. Pero las esvásticas que van en dirección contraria a la de las agujas del reloj aparecen en muchas imágenes chinas del Buda meditando, y el Buda, como sabemos, está separando su conciencia precisamente de este campo de formas creadas, parecidas al sueño, uniéndola a través del ejercicio del yoga con aquel abismo primordial o «vacío» del cual surge todo.

Estrellas, oscuridad, una lámpara, un fantasma,
rocío, una burbuja,
un sueño, un relámpago o una nube:
así debemos mirar el mundo.

Esto se lee en el célebre texto budista Sutra del lapidario de diamantes, que ha ejercido una gran influencia sobre el pensamiento oriental.

No voy a sugerir que la mitología apache tiene influencias budistas. No las tiene. Sin embargo, el profundo pensamiento que Calderón, el gran dramaturgo español, expresó en su obra La vida es sueño, y que su contemporáneo, Shakespeare, volvió a exponer cuando escribió:

Somos de esa sustancia
de la que están hechos los sueños, y nuestra corta vida
termina con un sueño
, (6)

fue un tema fundamental de los filósofos hindúes en la primera época de su tradición. Y a juzgar por las figurillas en postura de yoga del 2000 a. C. que se han encontrado en los antiguas ruinas del valle del Indo, este ejercicio inductor de trance ya debía estar desarrollado en las primeras ciudades estado hieráticas hindúes. Una de las formas más conocidas de la deidad hindú Vishnu lo muestra durmiendo sobre los anillos de la serpiente cósmica, flotando en el mar cósmico y soñando con el loto del universo, del cual todos somos parte. Por tanto, lo que sugiero es que esta leyenda apache de la creación del pájaro es remotamente afín a las formas hindúes, que deben proceder del mismo tronco neolítico. Y que en ambos casos el símbolo de la esvástica representa un proceso de transformación: la aparición (en el caso del Hactcin) o conjuración (en el caso del Buda) de un universo que por la naturaleza fugaz de sus formas puede ciertamente compararse a un espejismo, o a un sueño.

Los pájaros fueron a su creador, Hactcin Negro, y preguntaron: «¿Qué vamos a comer?» El levantó la mano en cada una de las cuatro direcciones, y como tenía tanto poder, en su mano cayeron toda clase de semillas, y las esparció. Los pájaros fueron a cogerlas, pero las semillas se convirtieron en insectos, gusanos y saltamontes, y se movieron y saltaron de un lado a otro, de forma que, al principio, los pájaros no pudieron cogerlos. El Hactcin estaba tomándoles el pelo. Dijo: «¡Oh sí! es difícil coger a esas moscas y saltamontes, pero podéis hacerlo.» Así que se pusieron a perseguir a los saltamontes y a los otros insectos, y eso es lo que continúan haciendo. 

Después los pájaros y los demás animales fueron a Hactcin Negro y le dijeron que querían compañía, querían un hombre. «No estarás siempre con nosotros», dijeron. Y él contestó: «Creo que es cierto. Algún día quizá me vaya a un lugar donde nadie me verá.» Y les dijo que recogieran objetos por todas partes. Le llevaron polen de todo tipo de plantas, y añadieron ocre rojo, barro blanco, piedra blanca, azabache, turquesa, piedra roja, ópalo, abullón y piedras preciosas variadas. Y cuando hubieron dejado esto ante Hactcín Negro, éste les dijo que se retiraran a una cierta distancia. Permaneció de pie mirando al este, luego al sur, después al oeste y por último al norte. Cogió polen y trazó en el suelo el esbozo de una figura; un esbozo igual que un cuerpo. Después colocó las piedras preciosas y los otros objetos dentro de este esbozo, y se convirtieron en carne y huesos. Las venas eran de turquesa, la sangre de ocre rojo, la piel de coral los huesos de piedra blanca, las uñas de los dedos de ópalo mejicano, la pupila del ojo de azabache, el blanco de los ojos de abullón, la médula de los huesos de barro blanco y los dientes también eran de ópalo. Cogió una nube oscura y con ella hizo el pelo. Se convierte en una nube blanca cuando eres viejo.

El Hactcin sopló sobre la forma que había hecho y la animó. Las espirales de las yemas de los dedos indican la dirección del viento en el momento de la creación. Y con la muerte, el viento abandona el cuerpo por las plantas de los pies, y las espirales de la planta del pie representan la dirección del viento al salir. El hombre estaba tumbado boca abajo, con los brazos extendidos, y los pájaros querían verle, pero Hactcin Negro les prohibió hacerlo. Porque el hombre estaba naciendo a la vida. El hombre se apoyó en los brazos. «¡No míréis!» dijo Hactein a los pájaros que estaban muy excitados. Y la gente es tan curiosa hoy día debido a la excitación de los pájaros y los animales, y tú estás ansioso por oír el resto de esta historia. «¡Siéntate!» dijo Hactcin al hombre. Y entonces le enseñó a hablar, a reír, a gritar, a andar, a correr, Y cuando los pájaros vieron lo que había hecho empezaron a cantar, como hacen por la mañana temprano.

Pero los animales pensaron que este hombre debía tener un compañero, y Hactcin Negro le hizo dormir, y cuando cerró los ojos empezó a soñar. Soñaba que alguien, una muchacha, estaba sentada a su lado. Y al despertar encontró a una mujer. Le habló y ella respondió. El rió y ella rió. «Levantémonos», y se levantaron, «Paseemos», dijo él, y la condujo en sus primeros cuatro pasos: derecha, izquierda, derecha, izquierda. «Corre», dijo, y ambos corrieron. Y una vez más los pájaros empezaron a cantar, para que tuvieran música agradable y no se sintieran solitarios.

Todo esto tuvo lugar no en el nivel de la tierra donde ahora vivimos, sino más abajo, en el útero de la tierra, y estaba oscuro. En aquella época no había ni sol ni luna. Hactcin Blanco y Hactcin Negro juntos sacaron de sus bolsas un pequeño sol y una pequefia luna, los hicieron crecer y los enviaron al aire, donde se movieron de norte a sur, arrojando luz a todo su alrededor. Esto causó una gran excitación entre los animales, los pájaros y la gente. Pero en aquel tiempo había muchos chamanes entre la gente, hombres y mujeres que pretendían tener poder de todo tipo de cosas. Vieron al sol ir de norte a sur y empezaron a hablar.

Uno dijo, «Yo hice el sol.» Otro, «No, lo hice yo.» Empezaron a pelearse y Hactcin les ordenó que no hablaran así, pero ellos continuaron afirmando y peleando. Uno dijo, «Creo que haré que el sol se pare sobre nuestras cabezas, para que no haya noche. Pero no, creo que lo dejaré ir. Necesitamos tiempo para descansar y dormir.» Otro dijo, «Quizá quite la luna. No necesitamos luz por la noche.» Pero al día siguiente salió el sol y los pájaros y los animales eran felices. Al otro día ocurrió lo mismo, pero cuando llegó el mediodía del cuarto día, y los chamanes, a pesar de lo que Hactcin les había dicho, continuaban hablando, hubo un eclipse de sol. El sol se introdujo directamente por un agujero que había encima suyo y la luna lo siguió, y ésta es la razón por la que tenemos eclipses.

Uno de los Hactein dijo a los fanfarrones chamanes: «Muy bien, vosotros decís que tenéis poder. Haced que vuelva el sol.»

Y todos se pusieron en líneas. En una línea estaban los chamanes y en la otra todos los pájaros y animales. Los chamanes empezaron a actuar, cantando y haciendo ceremonias. Hicieron todo lo que sabían. Algunos se sentaban cantando y desaparecían en la tierra, dejando fuera sólo los ojos, y después volvían. Pero esto no trajo el sol. Era sólo para demostrar que tenían poder. Algunos tragaban flechas que luego salían por el estómago. Otros tragaban plumas, otros piceas enteras y después las escupían de nuevo. Pero continuaban sin sol y sin luna.

Entonces, Hactcin Blanco dijo: «Todos vosotros lo estáis haciendo bastante bien, pero no creo que consigáis que vuelva el sol. Vuestro tiempo ha terminado.» Se volvió a los pájaros y a los animales. «Muy bien», dijo, «ahora os toca a vosotros».. Empezaron a hablar unos con otros educadamente, como: si fueran cuñados, pero Hactcin dijo: «Debéis hacer algo más; que hablar unos con otros de esa forma tan educada. Levan‑, táos, haced algo con vuestro poder y haced que el sol vuelva. »

El saltamontes fue el primero en intentarlo. Extendió sus cuatro patas en las cuatro direcciones, y cuando las recogió sujetaba pan. El ciervo adelantó su pata en las cuatro direcciones, y cuando la recogió, sujetaba yuca. El oso, cerezas, y la marmota, bayas; la ardilla, fresas; el pavo, maíz, y así todos. Pero aunque los Haccin estaban contentos con estos regalos, la gente continuaba sin sol y sin luna.

Por tanto, los Hactcin empezaron a hacer algo. Enviaron a, buscar rayos de cuatro colores, de las cuatro direcciones, y los rayos trajeron nubes de cuatro colores, de las que cayó lluvia. Después enviaron a buscar el arco iris para hacerla hermosa; mientras se sembraban las semillas que la gente había producido los Hactcin hicieron un cuadro de arena con cuatro túmulos pequeños coloreados colocados en hilera en los que pusieron las semillas. Los pájaros y los animales cantaron, y los pequeños túmulos empezaron a crecer, las semillas empezaron a florecer y los cuatro túmulos de tierra coloreada se unieron y se convirtieron en una montaña que continuó creciendo.

Entonces los Hactcin seleccionaron a doce chamanes que habían sido especialmente espectaculares en sus representaciones mágicas, pintaron a seis de ellos de azul para representar la estación del verano y a seis de blanco para representar el invierno, y los llamaron Tsanati, y éste fue el origen de la sociedad de danza de los Tsanati de los apache jicarilla. Después los Hactcin hicieron seis payasos, los pintaron de blanco con cuatro rayas horizontales negras, una en la cara, otra en el pecho, una sobre el muslo y otra en la pierna. Los Tsanati y los payasos se unieron a la gente en su baile, para hacer que la montaña creciera. (7)

Sería difícil encontrar un ejemplo más claro del proceso por el que los individualistas chamanes y su práctica mágica paleolítica fueron desacreditados por los guardianes de las comunidades sembradoras de semillas y cultivadoras de alimentos, comparativamente más complejas y orientadas hacia el grupo. Puestos en línea, de uniforme, se les concedía un lugar en una estructura litúrgica de un todo más amplio. El episodio representa la victoria de un sacerdocio bendecido por la sociedad sobre las fuerzas impredecibles y muy peligrosas de los dones individuales. Y el mismo narrador de la historia apache jicarilla explicó la necesidad de incorporar a los chamanes al sistema ceremonial. «Esta gente», dijo, «tenían ceremonias propias que provenían de diferentes fuentes, de animales, del fuego, del pavo, de las ranas y de otras cosas. No se les podía dejar fuera. Tenían poder y también tenían que ayudar.» (8)

No conozco ningún otro mito que exponga más claramente que ésto la,<risis o Ja que debieron enfrentarse las sociedades del Viejo Mundo cuando el orden neolítico de las aldeas sedentarizadas dnpezó aihacer sentir su poder en una conquista graáial de las zonas iñés habitables de la tierra. La situación en Arizona y Nuevo México en el momento del descubrimiento de América era, culturalmente, muy similar a la que debió prevalecer en Oriente Próximo y Medio y en Europa desde el cuarto al quinto milenio antes de Cristo, cuando las rígidas formas propias de un asentamiento metódico empezaban a imponerse sobre gentes habituadas a la libertad y vicisitudes de la caza.Y si nos fijamos en las mitologías de los hindúes, persas, griegos, celtas y germanos reconocemos inmediatamente en los conocidos y tán frecuentemente recitados cuentos de la conquista de los titanes por los dioses, analogías con esta leyenda de la subyugación de los chamanes por los Hactcin. Los titanes, enános y gigantes son representados como los poderes de una edad mitológica anterior. Rudos y groseros, egoístas y violentos, en contraste con los amables dioses cuyo reino de orden celesidal gobierna armoniosamente tanto el mundo de la naturaleza conio el del hombre. Los gigantes fueron derrocados, se les sujetó bajo montañas, se les exilió a regiones desoladas en los confines de la tierra, y mientras el poder de los dioses los pueda mantener allí, los hombres, los animales, los pájaros, todas las cosas vivientes conocerán las bendiciones de un mundo gobernado por la ley.

En los libros sagrados hindúes hay un mito que aparece con frecuencia, el de los dioses y titanes cooperando bajo la supervisión de las dos deidades supremas, Vishnu y Shiva, batiendo el Océano Lácteo para obtener su mantequilla. Tomaron la Montaña del Mundo como palo batidor y la serpiente del mundo como cuerda, enroscaron la serpiente alrededor de la montaña. Después, los dioses cogieron la cabeza de la serpiente y los demonios la cola, mientras Vishnu sujetaba la Montaña del Mundo, batieron durante mil años y al final produjeron la mantequilla de la inmortalidad (9).

Es casi imposible no pensar en este mito cuando leemos los esfuerzos de los pendencieros chamanes y la gente de orden bajo la supervisión de los apaches Hactcin para conseguir que creciera la Montaña del Mundo y los condujera a la luz. Los Tsanati y los payasos, se nos dice, se unieron a la gente en su baile y la montaña creció hasta que su cima casi alcanzó el agujero a través del cual habían desaparecido el sol y la luna. Ya sólo quedaba construir cuatro escaleras de luz de los cuatro colores, por las que la gente pudo ascender a la superficie de la tierra actual. Los seis payasos iban a la cabeza con látigos mágicos para ahuyentar la enfermedad, y los seguían los Hactcin, después los Tsanati, a continuación la gente y los animales. «Y cuando llegaron a la superficie de la tierra», dijo el narrador de la historia, «fue igual que un niño que nace de su madre. El lugar de salida es el útero de la tierra» (10)

La principal preocupación de todas las mitologías, ceremoniales, sistemas éticos y organizaciones sociales de las sociedades agrícolas ha sido suprimir las manifestaciones de individualismo, y generalmente se ha conseguido obligando o persuadiendo a la gente a identificarse, no con sus propios intereses, intuiciones o formas de experiencia sino con los arquetipos de comportamiento y sistemas de sentimiento desarrollados y mantenidos en el dominio público. Una visión del mundo derivada de la lección de las plantas, representando al individuo como una simple célula o momento en un proceso más amplio —el de la sangre, la raza, o en términos más amplios, la especie— devalúa tanto, incluso las primeras señales de espontaneidad personal, que todo impulso de autodescubrimiento es liquidado. «En verdad, en verdad, os digo, que si el grano de trigo no cae a la tierra y muere, permanece infecundo, pero si muere, produce mucho fruto.» (11) Esta noble máxima representa el sentimiento unificador de la sociedad santa, es decir, la iglesia militante, sufriente y triunfante, de aquellos que no desean permanecer solos.

Pero por otra parte, siempre han existido aquellos que han sentido grandes deseos de permanecer solos y que lo han hecho, alcanzando algunas veces incluso aquella soledad en la que el Gran Espíritu, el Poder, el Gran Misterio que está oculto para el grupo con sus preocupaciones, se intuye con el impacto interno de una fuerza inmediata. Y el infinito camino de la serpiente mordiéndose la cola, mudando su vieja piel para volver renovada y mudar de nuevo, se desecha —frecuentemente con desprecio— por la experiencia supernormal de una eternidad más allá del latido del tiempo. Como un águila, el espíritu se remonta con sus propias alas. El dragón «Tú debes», como llama Nietzsche a la ficción social de la ley moral, ha sido derrotado por el león del autodescubrimiento. Y el señor ruge —como dicen los budistas— el rugido del león: el rugido del gran chamán de la cima de la montaña, del vacío más allá de todos los horizontes y del abismo sin fondo.

 

Notas

(1) De Robert H. Lowíe, Primitive Religion (Black and Gold Library; Nueva York: Boni y Liveright, 1924), p. 7. Copyright (R) 1951 por Robert H. Lowie.

(2) Ruth Benedict, Patterns of Culture (Boston: Houghton Mifflin Company, 1934), pp. 59‑60.

(3) Alex D. Krieger, op. cit., Anthropology Today, p. 251.

(4) Opler, op. cit., p, 1.

(5) Vairacchedika 32.

(6) The Tempest IV.156-58.

(7) Opler, op. cit., pp. 1‑18, muy abreviado.

(8) Ibid., tk 17.

(9) Ramayana 1.45, 7.1.

(10) Opler, op. cit., p. 26.

(11) Juan 12: 24.


* De Las máscaras de Dios, volumen 1: Mitología primitiva, Alianza editorial, 1991, pp. 265-276

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