Número 136  //  27 de agosto de 2001  //  8 Jumaada al-THaany 1422 A.H.

 QUINTO SOL

La boda del sol y la luna

"La luna y el sol, durante la noche, se maridan para engendrar un nuevo día".

Con esta lapidaria frase puede resumirse el espíritu de las narraciones mayas sobre Balam Que (el sol) y Po (la luna). En este episodio se nos narra el rapto: como con astucia el sol se llevó a su amada, y algunos peligros y vicisitudes del asunto. En el fondo de todas estas leyendas se haya la idea del desglose de la creación en el tiempo (separación originaria desde lo Uno hasta lo múltiple) y el retorno como maridaje y puerta del instante, retorno de la separación hacia la unión, hacia un estar completo sobre el mundo.

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"Él es el Que ha hecho del sol un resplandor y de la luna una luz"
(Corán, X, 5)

Recordemos que el Qurán nos dice que el día del Quiyama (el Levantamiento) sucederá cuando se re-unan el sol y la luna (ver la sura 75), y que muchas tradiciones han reflejado la unión de los contrarios a través de los mismos símbolos: las "bodas químicas" del hermetismo, el ying y el yang, etc. El siguiente fragmento solo pretende servir como constancia de la presencia de dicho simbolismo en la tradición indígena latinoamericana, y de su forma especialísima de narrarnos el mito solo puede traernos a la mente una simplicidad y una ternura dignas de la veracidad del tema.

Queremos citar, para terminar este brevísima presentación, un pasaje de El libro de la certeza donde Abû Bakr Sirâj ad-Dîn (conocido en occidente cono Martin Lings) escribe:

"Una de las parejas que más figura en la enseñanza tradicional es la del sol y la luna. Como parte de una pareja en relación al sol, la luna es enteramente receptiva y pasiva, de modo que de los dos es el sol el que simboliza la Perfección de la Majestad, y la luna la Perfección de la Belleza. Puesto que la luz en general es una manifestación del Conocimiento Divino, el día es un símbolo del siguiente mundo, que es el mundo del conocimiento, y la noche es un símbolo de este mundo, que es el mundo de la ignorancia. El sol con que el día se ilumina corresponde al Espíritu que ilumina el siguiente mundo, y la luna corresponde al hombre verdadero, que es la luz de este mundo".


La historia de Balam Que y Po, la señora luna

I. Las vicisitudes del señor Balam Que la forma que se encontró para robarse por mujer a la señora Luna, hija de nuestro gran señor Tzuultacá, y las muchas penalidades que sufrieron.

Al principio del tiempo, cuando ningún hombre había nacido sobre la tierra, y todo estaba cubierto de selvas, en una magnífica cueva, allí habitaba nuestro gran señor Tzuultacá, juntamente con su hija llamada Luna.Esta doncella atendía a su padre.Cuando concluía las tareas domésticas, tomaba sus implementos para tejer, y a la sombra M alero, ataba el cordel a un horcón y sentábase a tejer.

Allí la vio el señor Balam Que, al pasar éste de cacería en dirección a la montaña, acompañado de un perrito rojo que lo precedía.

¡Eso está bien!, dijo en su interior, me gustaría tomarla por mujer.

La doncella no alzó la vista, y por eso no vio que llevaba una piel seca de cabro en su petate.

Fue culpa del señor Balam Que no haber cobrado caza en todo el día en que llevó la piel de cabro y se metió dentro.

Cayó por causa de las agujas de pino secas, golpeándose duro cuando la presa se dejó ver.

Esta se escondió en lo oscuro de la montaña mientras fue de día, y él regresó llevándose la piel de cabro en su morral.

Señor, padre, dijo Luna a su progenitor, mira ese hombre, ese cazador me ha gustado; ahora trae un cabro en su morral.

A, hm, hm, parece ser un cabro, respondió el señor Tzuultacá; trae el agua con que lavaste tu nixtamal y derrámala por el camino que ha de pasar, ya veremos qué sucede.

El señor Balam Que nada sospechó, cuando retornaba con la piel de cabro en su petate.

Emocionado por la muchacha que estaba a la sombra de la casa no vio su camino, resbaló por lo resbaloso del agua de nixtamal y se cayó.

¡Bum!, rompió la piel de cabro en su caída, dio en tierra como hoja seca que cae en el camino.

De prisa se incorporó, gran vergüenza tenía, ¡cómo se rió de él la doncella!
Un pajarillo en la punta de la montaña mofábase en su trino: "¿Viste el venado, viste el venado?"

De prisa corrió a ocultarse en su casa.

Pero en la caída perdió una semilla de tabaco, que germinó junto a la fuente que brotaba cabe a la casa del señor Tzuultacá.

Creció, brotaron sus hojas, Regó a ser frondoso.

Le asomaron botones, que se abrieron en hermosas flores.

El señor Balam Que ya no pudo olvidar a la que era causa de su gran amor. Y buscó la forma de volverla a encontrar.

Llamó a un colibrí. Colibrí, le dijo, hazme un gran favor, préstame tu plumaje para ponérmelo.

Eso no podrá ser, respondió el pajarillo, me moriría de frío.

Pero te envolveré con las hojas de la ceiba; así lo hizo.

El señor Balam Que se transformó en colibrí. ¡Br, rum, rum!, voló hasta la mata de tabaco. Hum, hum, voló entre sus flores y libaba de su néctar.

Mira, mi padre, dijo Luna; mira ese colibrí que vuela entre el tabaco, es bellísimo. jamás he visto uno semejante a él.

Tíramelo con tu cerbatana; con cuidado, dale suave para no matarlo.

Tomó su cerbatana el anciano, apuntó, sopló, tiró y cayó al suelo el pajarillo.

Chuy chuy, pillaba, cuando la muchacha lo tomó y lo introdujo en la jícara que usaba para sus hilos; y sentóse nuevamente a tejer.

Y fue reproduciendo en figuras, en su tejido, todos los acontecimientos del día.

Al colibrí no le agradaba el encierro en la jícara, no reposaba, pillaba, rascaba, revoloteaba, y movíase constantemente; por tal motivo la doncella lo tomó, lo ocultó bajo su falda, ahí lo dejó. Ya tarde guardó sus implementos, y entró a la casa para dormir, acostóse en su cama, estrechando al pajarillo contra su pecho.

A medianoche, el señor Balam Que mostró su hombrilla. Te tomaré, le dijo a Luna. Ella, empero asustada no le contestó. Vámonos, huyamos en este momento, no tengas miedo.

Nunca podríamos realizarlo, inmediatamente nos descubriría mi padre, con su espejo en el cual lo observa todo, luego nos encontraría.

Muéstrame el objeto, le dijo a Luna, ella, obediente, se lo trajo, depositándolo entre las manos de Balam Que.

Él quemó pom, y ahumó el espejo con su humo. Negró, negro quedó, ya no reflejaba.

Devolviólo a Luna para que lo retornara a su lugar; así lo hizo.

Vámonos ahora, le dijo a Luna. Tampoco tendremos éxito ahora, mi padre tiene una cerbatana, con ella nos herirá, nos succionará, nos despedazará; no tendremos salvación, de una descarga nos mataría a ambos.

Trae la cerbatana, le dijo Balam Que, date prisa y échale un puñado de chile seco.

Inmediatamente le dio chile en polvo, que Balam Que atoró en la cerbatana. Ya está bien, le dijo, ahora párala en el lugar donde la encontraste. Ahora vámonos rápido, y ambos se dieron prisa en huir.

De madrugada despertó el señor Tzuultacá, llamó a su hija una vez, dos veces, pero nadie le respondió. Rápido se levantó, observó la cama, pero no estaba su hija.

¡Cómo no lo sentí que no era un verdadero colibrí! El fue quien raptó a mi hija, dijo hablando consigo mismo. ¡Pero te encontraré, sí, embustero! Tomó de inmediato su espejo para mirar dentro, pero en el espejo ya no pudo ver, a causa de la gruesa capa de humo de pom que lo cubría. Sólo en la esquina de la cual lo detuvo el señor Balam Que, algo se movía.

Ellos son, dijo. Inmediatamente echó mano de su cerbatana, apuntó, inhaló con todas sus fuerzas para succionarlos.

De un todo bajó el polvo de chile a su garganta, al tracto de su respiración.
Trataba de tomar aliento, tosía, se ahogaba, cayó, se revolcaba, y quedó como muerto.

Largo rato permaneció tendido. Todo lo veía rojo cuando recobró el conocimiento. Poco a poco se fue recuperando, penosamente pudo incorporarse.

Cuando recordó la maldad de la cual fue víctima, llamó en su auxilio al señor Rayo, para que matara y destrozara a ambos prófugos.

Pero él no quiso actuar. Mas cuando le relató la felonía de la cual fue objeto, accedió.

El señor Rayo tomó su hacha, se envolvió en una nube negra; tronando, relampagueando, detonando, se fue tras ellos como el viento.

Lejos se encontraban Balam Que y su Luna, y atardecía, estando próximos a la ribera del lago, cuando oyeron que se acercaba y vieron los relámpagos que salían de la nube negra, como aguacero huracanado.

Ahora es nuestro fin, dijo Luna; mi padre ha mandado en nuestra persecución al gran señor para matarnos. ¿Qué hacemos? ¿Dónde podríamos ocultarnos en esta planicie? En eso se encontraron con un armadillo y una tortuga a la orilla del lago.

De inmediato les pidieron sus caparazones, y se introdujeron en ellos; la señora Luna ocupó el del armadillo, el señor Balam Que, él de la tortuga.

Escasamente lo habían hecho, cuando un gran relámpago centelleó en el firmamento, al lanzar el señor Rayo su hacha, que estalló con violencia, retumbando el eco de la montaña.

Luna, en el caparazón del armadillo, no podía nadar, y al caer el hacha del señor Rayo, quedó hecha astillas, que se esparcieron por la orilla del lago.

El señor Balam Que, en la concha de la tortuga, rodó hasta el lago para salvarse en lo profundo; y cuando se apagó el sol, las tinieblas cubrieron la superficie de la: tierra.

Pero al día siguiente, cuando emergió Balam Que del lago, vio la sangre de su bienamada, como el polvo de su cuerpo que flotaba como basurita en, el agua, ya rodeado de pececillos, que se juntaban para comérselos.

Profundamente entristecido, convocó a las libélulas. Recoged lo que flota sobre el agua, y juntad completamente la sangre con vuestros guacales, dijo. Los brujos se juntaron para darle cumplimiento. De guacal en guacal fueron guacalcando, de guacal en guacal fueron llenando las tinajas; pronto concluyeron. Llenaron trece tinajas.

Las colocaron bajo el alero o sombra de un rancho, en la casa de una anciana que vivía junto al lago.

Permanezcan, permanezcan ahí, le dijo el señor Balam Que a la propietaria; al cabo de trece días vendré a verlas. Durante la ausencia del señor, algo nació entre las tinajas.

Algo se movía, poco a. poco empezó; temblaba, picoteaba, cada día aumentaba el ruido.

Se deslizaba, se agitaba, carraspeaba, golpeaba, se revolvía, rascaba en su interior como queriendo salir.

Como era tímida, la dueña dé la casa tuvo miedo.
Cuando pasaron los trece días, vio que se aproximaba el señor Balam Que, y le gritó:

Date prisa, y retira esas horribles tinajas con prontitud; ¿qué fue lo que me distes a guardar?

Ni durante el día, ni durante la noche, he podido conciliar el sueño a causa de mi temor.

El señor Balam Que llegó bajo el alero. Inmediatamente destapó la tinaja espiando dentro. Sólo vio serpientes: nahuyacas, mazacuatas, cascabel, cantil coral, víboras; todas agresivas, todas venenosas.

Procedió a destapar la segunda tinaja, y sólo animales repugnantes había dentro: talconetes, niño dormido, lagartijas, iguanas, sabandijas. Con rapidez la cubrió nuevamente.

Asimismo, procedió con la tercera, la cuarta, y sólo animales ponzoñosos había dentro.

En la quinta, todos tenían aguijón: el avispón, espejo de sol, avispa amarilla, tábano, avispa de podredumbre, piquete de fuego.

En las restantes había?arañas, vampiros, tarántulas, alacranes, ciempiés, gusano chupil, chajal, hasta en la decimosegunda, y Luna no estaba.

No volveré a ver a mi bienamada, dijo, y al destapar la decimotercera estaba desmoralizado. Pero cabalmente en ésa surgió Luna. Brillante, blanquísima, bellísima y perfecta.

Un caminante que iba de paso, fue llamado para ayudar a desocupar el alero de la casa.

Tira esas tinajas al lago, pero no mires en el interior, se le dijo.

El hombre, al llevar la carga, quiso saber qué se movía dentro.

Nadie me habrá de ver, dijo en su interior.

Con cuidado introdujo la punta del dedo, levantando un poco la tapadera. ¡Ssst!, una gran nahuyaca salió, pasándole sobre el brazo.

¡Jay!, gritó del susto, y dejó caer al suelo la carga, haciéndose trizas al romperse, y se esparcieron los fragmentos por el camino.

Reptaban, revoloteaban, siseaban, ondulaban, brincaban, se enrollaban, se levantaban los animales ponzoñosos. Rechinaban los dientes, y se desparramaron sobre la superficie de la tierra, por culpa del hombre que no obedeció la orden del señor Balam Que.

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