Número 128  //  16 de junio de 2001  //  24 Raby` al-awal 1422 A.H.

 PENSAMIENTO

Sobre el mawlid an-Nabí
 Por Sayyed al-Zahirî



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Todas las fechas son propicias para que el musulmán piense en el Profeta (s.a.s.) y en la naturaleza del hombre que fue escogido por Allâh como transmisor de aquellas Palabras que nos sirven de guía y que son, alhamdulillah, nuestro soporte inmediato.

La humanidad de Muhammad (s.a.s.) es algo que nos despierta la más viva admiración, y si ésta jamás puede derivar hacia la adoración es a causa del carácter absolutamente humano de sus cualidades, unas cualidades a la que aspira cualquier hombre sano, se reconozca musulmán o no. Estas cualidades son lo que nos unen a él como a un amigo, como a alguien cercano y muy alejado de la imagen mítica del “profeta iracundo” (voz que clama en el desierto) y otras imágenes codificadas por el universo laico, donde todo lo que tiene que ver con la espiritualidad ha quedado distorsionado y asociado con formas extrañas de comportamiento. En el museo Reina Sofía de Madrid puede contemplarse una estatua de un hombre de hierro con larga barba despeinada y expresión de loco, y el musulmán que se topa con ella se queda perplejo cuando lee que semejante obra lleva por título “Profeta”.

Nada más lejos de la imagen de Rasulullah (s.a.s.). Según nos lo describe la tradición él era un hombre paciente y cariñoso, un hombre ponderado, justo, tierno, jovial y generoso, muy cercano a los suyos, siempre rodeado de gentes a las que, literalmente, se regalaba. El círculo de los suyos abarcaba toda la comunidad de musulmanes e incluso, según nos refieren las crónicas, era capaz de abarcar más allá de la presencia para hacerse uno con gentes de otras dimensiones, de otras creencias, de otras tierras. Su conexión con los que le rodeaban era tan intensa que se nos dice que sentía el dolor de un musulmán en la distancia. Cuando a uno de los suyos recibía una herida él sufría esa herida con idéntica fuerza, pues Muhammad estaba indisociablemente unido a los suyos.

Es este hombre “digno de alabanza” (según el significado de su nombre) el que ha sido escogido por Allâh como sello de la Profecía, y ese es el hecho decisivo cuya celebración me mueve a hablar ahora.

Recientemente nuestro hermano Abdelkarim Mullor escribía: “El amor a Rasul (sobre él la Plegaria y la Paz de Allâh) debe ser superior al que tenemos por nuestras familias y nuestros próximos” (Islam, camino hacia la luz, en webislam.com 124). Sin duda lo que guiaba Abdelkarim Mullor era el deseo de mostrar su cariño y amor por el Profeta (s.a.s.). Son estas, sin duda, palabras bienintencionadas, pero ante las cuales inmediatamente nos preguntamos, ¿cómo se puede amar más que a nuestros próximos a un hombre cuya característica notable es la capacidad de amar a sus próximos? ¿Acaso no hay una contradicción y una traición al ejemplo y la sunna del Profeta (s.a.s.)?

La oposición de un amor a otro es disgregación y trampa. El amor es uno y no un objeto parcelable, no algo de lo que se pueda disponer y distribuir a nuestro antojo. El amor a Rasul (s.a.s.) y el amor a nuestros próximos es el mismo amor que se desborda hacia todo lo que nos da vida, hacia todo aquello real que nos conduce a Allâh, y todo lo real nos llevará hasta Allâh si somos “siervos”, si nos rendimos y desbaratamos nuestros prejuicios de individuo separado del todo que lo envuelve.

El amor no es cuantificable, y por eso no puede ser superior o inferior. Lo que sí es cierto es que con respecto a Rasulullah (s.a.s.) nuestro sentido de agradecimiento y de admiración no están ya sujetos a los efectos de lo temporal, mientras que con nuestros “seres queridos” el amor está expuesto a las vicisitudes de la integración y el cambio, y es ahí donde el musulmán puede hacer una especie de reserva: su amor está condicionado al mantenimiento del lazo, al crecimiento de aquello que una determinada relación contiene potencialmente y que debe desarrollarse constantemente para permitirnos vivenciar nuestro retorno al Uno.

Aunque no hay admiración en el amor a nuestros seres queridos, el mantenimiento y ensanchamiento de los lazos es la forma mediante la cual somos fieles al ejemplo del Profeta. Es por ello que el cuidado de nuestros seres queridos debe estar por encima de cualquier forma de mistificación. Es cuidando el mundo como seguimos el ejemplo del Profeta, y no abocándonos a una forma de adoración que solo puede alejarnos de la realidad que nos envuelve.

El Profeta (s.a.s.) no aprendió modales en ninguna escuela, no fue educado en ninguna religión de una forma precisa. Fue Allâh —a través de la propia naturaleza— quien lo hizo capaz de abrirse a los demás de una manera omniabarcante, omnicomprensiva. Su naturalidad en el trato, lejos de toda imagen de dignidad externa, era una sorpresa para los extraños que se acercaban esperando ver a un “profeta entronizado”. Pero él siempre trabajó por los demás y para los demás, para unir a los hombres en torno a lo único capaz de unirlos: la Palabra de Allâh, una palabra no humana —no limitada por los intereses particulares— sino común a todos los hombres en todos los tiempos y en todas las circunstancias.

Ninguna fecha, pues, mejor que el mawlid an-Nabí para meditar sobre el hecho de la intersección entre la eternidad de la Palabra de Allâh y su manifestación humana, su paso por los labios del Profeta (s.a.s.) como medio escogido para que el Mensaje nos llegue de una forma verídica y completa.

Esta es una buena ocasión para invitar a la recitación pausada, a la repetición de ese acto de propagación de la Palabra de Allâh cuyo ejemplo supremo tenemos en el Mensajero (s.a.s.). La aparente frialdad de la página escrita (aunque la lectura también sea capaz —y mucho— de provocar la resonancia buscada) no puede nada frente al carácter íntimo de esa palabra que sale de los labios como una emanación, como un aliento musical que llena el aire de calidez y nos pone en movimiento, pues la Palabra hablada es esencialmente compartida, mientras su correlato escrito solo es necesario como conservador, nos posibilita el estudio cuyo fin es el perfeccionamiento del hombre para el mundo.

Las posibilidades del hombre como contenedor-propagador de la Palabra nos hacen entrar en una dimensión difícilmente contenible por nuestra pequeñez de criatura. La recitación e interiorización de la Palabra nos desborda. El lenguaje aparece como algo milagroso antes que como mero transmisor de un contenido cerrado. El milagro del hombre, su carácter adámico, se nos hace así explícito por participación en el fenómeno profético, una participación a la que el Corán nos invita.

(203) Y cuando no les presentas [Oh Profeta] un milagro, algunos dicen: “¿Por qué no has tratado de conseguir uno [de Allâh]?”

Di: “Sólo sigo lo que me es revelado por mi Sustentador: esta [revelación] es una vía de discernimiento que os viene de vuestro Sustentador, guía y rahma para una gente dispuesta a creer.

(204) Así pues, cuando el Qur’an esté siendo recitado, prestad atención y escuchad en silencio, para que seáis agraciados con la rahma [de Allâh].”

Sura al-Aaraf, (La Facultad de discernimiento): 203-204

¿Por qué Allâh ordena al Profeta que diga “mi Sustendador” y no “El Sustentador”? ¿Porqué ese “mi” y ese “vuestro”? ¿Cuál es la diferencia? El texto no puede ser más claro: el Profeta nos dice que él únicamente dice lo que le ha sido rebelado por su Sustentador y que nosotros debemos discernir en lo que a él le ha sido revelado mediante nuestro Sustentador. Por supuesto no se trata de una “revelación” diferente en cada caso, pero resulta evidente que existe un modo propio de cada uno de discernir la Palabra de Allâh, y eso solo es posible mediante la suma atención a aquel que el Corán llama Sustentador o —según otras traducciones— tu Señor (los místicos añaden: “secreto”). Por eso es necesario prestar atención, escuchar el Corán para que se nos revele. Y convocar a nuestro sustentador: nuestra propia manera de penetrar la Palabra, esa comprensión interna que a cada uno de nosotros nos está destinada y que supone el bien supremo que la Revelación otorga a aquellos que se adentran sin mediación —sin prejuicios ni sobreentendidos— en el océano coránico.

Para ello el estudio y la memorización nos son indispensables. La memorización introduce en nosotros la Palabra, la desvincula de la letra impresa y nos da la capacidad de hacerla presente en todos los momentos. Andando por la calle o trabajando, o en cualquier otra circunstancia la Palabra puede surgirnos y desvelar un sentido profundo, algo que nos permanecía oculto, ese sentido preciso que nos mueve a la participación activa en la Realidad: que nos convoca y nos con-mueve para hacernos reales en la entrega. Es así como de un modo sorprendente se nos va desvelando lo Real, se nos va mostrando la potencia del Corán de inscribirse en nuestra vida no como texto o doctrina sino como correlato indisociable de nuestra conciencia. Si la Palabra surge realmente de nosotros sin mediación podremos decir que la revelación ha penetrado en la trama de nuestras circunstancias, y es a partir de ese momento cuando somos ya solo fragmentos del Uno en dirección al Uno.

Realizar ese trayecto, abocarse a la Palabra abandonando toda identificación mundana, es sin duda la manera más poderosa de celebrar el mawlid an-Nabí que esta semana hemos experimentado como un don que pide ser compartido y a cuya gustación —en el sentido más simple del término— invitamos ahora.

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