Número 129  //  24 de junio de 2001  //  2 Raby` al-Thaany 1422 A.H.

 PORTADA

El Esplendor de los Omeyas: lógica narrativa de una exposición
Por Hashim Ibrahim Cabrera  


Las viejas narraciones y las leyendas son aún la base legitimadora de muchos estados posmodernos. Dichos estados necesitan rentabilizar su  historia, convertir sus narraciones e imágenes en un marchamo de identidad que les permita competir en el mercado geopolítico.

Para ello tienen que reavivar sus mitos fundacionales, aquellas gestas épicas y heroicas que dieron sentido en su día a las construcciones nacionales.

España no es una excepción, porque el español es un estado posmoderno, heredero de uno de los grandes imperios de la modernidad, transmutado en monarquía  parlamentaria. Los españoles de hoy somos herederos democráticos de aquellos otros vasallos del imperio.

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Sabemos que no fueron precisamente los borbones quienes pusieron los cimientos de esa tremenda alegoría llamada España que, como un cuadro de Solana, se proyecta en nuestro interior desde que emergemos a la vida en esta tierra. Una alegoría compuesta básicamente de dos figuras: conquista / descubrimiento, descubrimiento / conquista.

Una epopeya del hombre blanco en su versión más mediterránea y castiza. La conquista se hizo mediante la excusa de la religión, para así desterrar las herejías, las disidencias, y para asegurarse el control del oro de allá y de acá. Para expulsar a las gentes de sus tierras había que considerarlos infieles, extranjeros, y así tuvo lugar uno de los episodios de racismo y genocidio mas vastos y aterradores de la historia.

No, tampoco fueron los borbones quienes interpretaron la magistral panoplia del descubrimiento con sus tremendas consecuencias en la geopolítica global, ni quienes quemaron a mansalva la documentación histórica que contradecía a aquella necesaria alegoría.

Y, sin embargo, nuestra corona, claramente borbónica, post-ilustrada y democrática donde las haya, quiere reavivar con fuerza aquellos viejos relatos y leyendas, como si necesitase inyectar identidad a los ciudadanos de un estado, el español, que, como tantos otros, vive su autodisolución irreversible en las redes de la aldea global.

Tal vez por ello la monarquía post-ilustrada necesita ahora más que nunca del árabe amigo, que estará plenamente de acuerdo con su interpretación. Tal vez sea inevitable pues ¿qué ocurriría si de pronto, la gente empezara a conocer su historia, la historia de sus pueblos y de sus culturas? ¿qué identidad sería hoy necesaria, que imagen podría representar lo que hoy somos?

Al Ándalus no fue sino el fruto genial de una dinastía árabe, extranjera, descendiente de un supuesto omeya milagrosamente salvado. Ahí la historia roza la leyenda, el mito necesario.

Y todo eso viene bien a las relaciones internacionales. Así Siria proyecta en Europa con el apoyo de toda esa industria cultural que son los medios de comunicación.

Pero si hablamos de historia, ¿por qué no hablamos de Olagüe? ¿por qué no se le cita? ¿por qué, casualmente, faltan en la exposición de Medinat al Zahara piezas tan emblemáticas como el bote de Al Mugira o la Arqueta de Leire, que son precisamente las que analiza Olagüe en sus investigaciones?

¿Es que sería tan peligroso abrir una ventana al descubrimiento? ¿Sería, quizás, inoportuno hablar del secuestro de la información y de las ideas, de consolidación de una historia con necesarios capítulos explicativos?

Es bastante probable que este Estado post-histórico necesite mas que ningún otro a la historia, para agarrarse a ella desesperadamente en un intento por ofrecer algo de identidad y de sentido a sus ciudadanos. Y casi seguro que sería bastante desestabilizador abrir los archivos y contar la verdad, porque aquellos hechos de la historia que se han ocultado con tanto ahinco son precisamente aquellos que fundamentaron desde entonces las estructuras del poder.

Sería demasiado peligroso reabrir las tesis de Olagüe o prestar oído a las investigaciones de Luisa Isabel Álvarez de Toledo sobre la historia común de África y América. Y por eso seguimos conmemorando nuestro glorioso pasado cultural, precisando que aquella parte de nuestra historia mas culta y universal, lo fue por obra y gracia del genio extranjero, porque si no, no tendrían sentido los capítulos siguientes.

Tal vez llevase razón nuestro hermano Ali Kettani, que Allah le haya acogido en su misericordia, cuando decía que, en realidad, estábamos conmemorando la derrota de todo un pueblo.

¿No podríamos, en ninguna circunstancia, acceder a nuestra propia historia?

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