Número 129  //  24 de junio de 2001  //  2 Raby` al-Thaany 1422 A.H.

 INICIACIÓN AL ISLAM

Carta que el Emir de los Creyentes, Ali Ibn Abu Talib 
a su hijo al Hasán (que la paz sea con ambos)  en Hadirin, 
al regreso de la batalla de Siffin *
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Esta es la carta de un padre decrépito, consciente de la inestabilidad de la fortuna, que vuelve su espalda a la vida, resignado ante las vicisitudes de la suerte; que desprecia este bajo mundo; que habita las moradas de los muertos y pronto será llamado a dejar esta tierra, para un hijo que espera lo que no obtendrá,  en el camino de aquellos que han perecido, blanco de las enfermedades, rehén de los acontecimientos, presa de las desgracias, esclavo de la vía terrenal. Comerciante que concluye un trato de víctima, juguete de la fatalidad, prisionero de la muerte, compañero inseparable de las penas y las preocupaciones, punto de mira de las calamidades, víctima de los apetitos, heredero de los muertos.

La certeza de que la vida inmediata se aleja de mí, de que la suerte se ceba sobre mi persona y que la vida futura viene a mi encuentro, podría apartarme de pensar en otro y de interesarme por lo que sucederá tras de mí. No obstante, no estando preocupado sino de mí mismo (a exclusión de los demás), mi razón me ha indicado la verdad y me ha apartado de mis pasiones; y mi situación se me ha aparecido con toda su claridad, lo que me ha conducido a ser de una seriedad exenta de toda frivolidad y de una sinceridad alejada de toda mentira.

He encontrado que eras una parte de mi ser, e incluso todo mi ser. Tanto así,  que lo que pudiese alcanzarte me alcanzaría también y que, si la muerte te golpease, me golpearía con el mismo golpe.

Como lo que te concierne me concierne igualmente, te escribo esta carta para que ella te proteja durante mi vida y después de mi muerte.

Hijo mío, te recomiendo que temas a Allâh, que respetes escrupulosamente Sus órdenes, que tengas el corazón lleno de Su pensamiento, y que te refugies en Su alianza.

¿Cómo podrías aferrarte a un lazo más sólido que el que te une a Allâh?

Vivifica tu corazón con los discursos, mortifícalo con la abstinencia; ilumínalo con la sabiduría; hazlo humilde con el pensamiento de la muerte; hazle reconocer la precariedad de la existencia; enséñale a ver las calamidades de la vida; ponlo en guardia contra los ataques de la fatalidad y los cambios detestables de la suerte.

Cuéntale los relatos de los antiguos, recuérdale las desgracias que golpearon a aquellos que te han precedido, paséate por sus moradas y sobre los vestigios de su historia, medita sobre lo que han hecho, sobre lo que han dejado, y sobre el lugar donde han bajado. Encontrarás que han dejado a sus amigos y han vuelto a la mansión del exilio. Pronto, tú serás, por así decir, como uno de ellos. Prepárate un refugio feliz, y no vendas tu vida futura por tu vida inmediata. No hables de lo que no conoces, y no hagas discursos sobre aquello de lo que no se te ha encargado. Si temes que un camino te extravíe, no andes por él, puesto que si hay peligro de perderse, más vale abstenerse que explorar caminos peligrosos. Ordena el bien y serás un hombre de bien. Reprueba el mal con tus actos y con tus palabras, y esfuérzate en apartarte de quien hace el mal.

Combate por Allâh como se debe, sin incurrir en ningún reproche en Su servicio. Únete a la lucha por la justicia, dondequiera que sea; ten un conocimiento profundo de la religión; acostúmbrate a soportar las contrariedades, puesto que el tener aguante por una buena causa es una excelente cualidad. En toda cosa, busca el refugio en tu Allâh, encontrarás un refugio bien guardado y un poderoso protector. No pidas sino a tu Señor, porque es a El a quien pertenece el dar o el negar. Ruega a menudo a Allâh para implorar sus dones; esfuérzate en comprender bien mis consejos y no te desvíes, porque las mejores palabras son aquellas que son útiles. Que sepas que no hay ningún bien en un conocimiento sin provecho, y que no se saca ningún provecho de un conocimiento cuya adquisición no es necesaria.

¡Sí, hijo mío! Viendo que he alcanzado una cierta edad, y que me debilito más y más, me apresuro a dirigirte estos consejos para enseñarte la verdad, por miedo a que llegue mi hora antes que te haya podido confiar lo que tengo que decirte, o que mi razón decline como mi cuerpo. Yo temo también que, adelantándose a mis recomendaciones, las pasiones o las seducciones de la vida se apoderen de ti y te vuelvan sombrío y huraño.

En efecto, el corazón de un hombre joven es parecido a una tierra virgen que engulle todo lo que se le arroja. Me apresuro a   educarte antes de que tu corazón se endurezca y que tu espíritu sea absorbido, a fin de que tu inteligencia considere atentamente las verdades que la experiencia de otros te libra de descubrir y de comprobar. De este modo, te ahorrarás la molestia de buscar, y evitarás los inconvenientes de la experiencia. De esta forma, lo que nosotros fuimos obligados a buscar, vendrá a ti espontáneamente, y lo que podía parecernos oscuro, te aparecerá a ti evidente.

¡Sí, hijo mío! Aunque yo no haya vivido como los antiguos, he reflexionado sobre sus actos, he meditado su historia y andado sobre sus huellas, tanto que me he vuelto como uno de entre ellos. Aún más, gracias a mi conocimiento de su pasado, es como si yo mismo hubiese vivido desde la época del primero de entre ellos hasta la del último. Reconozco (distingo) lo límpido de lo turbio, lo útil de lo nocivo. He extraído para ti la quintaesencia de toda ciencia, he escogido los aspectos más bellos, y he apartado de ti todo lo que es indigno. Interesándome por ti en todo lo que interesa a un padre afectuoso, y muy particularmente en tu educación, yo deseo que ésta se haga mientras tú aún tienes la vida delante de ti, que tu destino no hace sino comenzar, que tus intenciones son sanas, y que tu alma es pura. He pensado primeramente en enseñarte y explicarte el Libro de Allâh, las reglas y las leyes del Islam, lo que es lícito y lo que es prohibido, sin ir más allá. Pero enseguida he temido que caigas en la misma confusión que aquellos que han seguido sus pasiones y sus opiniones personales. Entonces, a pesar de mi repugnancia de atraer tu atención sobre estas cuestiones, prefiero exponértelas exhaustivamente antes que dejarte a ir a tu perdición. Es por lo que, con la esperanza que Allâh te indicará la buena dirección y te guiará por el camino recto, que yo te dirijo estas recomendaciones.

Has de saber, hijo mío, que la mejor forma de seguir mis consejos es la de temer a Allâh, de atenerte a Sus prescripciones, y seguir el ejemplo de tus primeros padres y de los amigos de Allâh de entre tu familia. En efecto, ellos no han dejado de examinar su situación como tú examinas la tuya, y de reflexionar como tú reflexionas. Eso les ha conducido a seguir aquello que ellos conocían y abstenerse de lo que les estaba prescrito. Si tu espíritu se niega a admitir estas conclusiones antes de haber aprendido lo que ellos sabían, que tu búsqueda se funde en el estudio y la inteligencia, no en la perpetración de faltas graves o en la exageración de las querellas. Antes de examinar este punto, comienza por implorar la ayuda de Allâh, desear Su asistencia y abandonar toda impureza que podría hundirte en la duda o el extravío. Cuando estés seguro de que tu corazón es puro y humilde, que tu razón está completa e intacta, que no tienes en este campo sino una sola preocupación, entonces reflexiona sobre lo que yo te explico. Pero si tu alma y tu espíritu no son tan disponibles como tú quisieras, entonces sabe que obras a ciegas y te precipitas en las tinieblas.

¡Ahora bien, aquel que se interesa por su religión no se conforma ni con la oscuridad ni con la confusión! Estas son condiciones que vale más evitar.

Esfuérzate, hijo mío, en comprender bien mis recomendaciones, y sabe que el Dueño de la muerte es el Dueño de la vida; es Aquel que crea quien hace morir; es Aquel que aniquila quien hace revivir; es Aquel que impone las pruebas el que preserva de ellas. La vida no sabría tener otros fundamentos que aquellos que Allâh le ha concedido: favor divino, pruebas, sanciones en el otro mundo, y otros elementos que Su Voluntad ha decretado y que nosotros no conocemos.

Si algún punto te parece difícil de comprender, ponlo sobre la cuenta de tu ignorancia. Tú has sido primeramente creado ignorante, a continuación se te ha instruido.

¡Cuántas cosas existen que tú ignoras, ante las cuales tu espíritu permanece perplejo y tu razón se extravía, pero que más adelante acabas por comprender!

Ponte bajo la protección de Aquel que te ha creado, que te ha dado de qué vivir y que te ha formado de manera tan perfecta. Es a Él a quien debes adorar, a Él a quien  debes aspirar y  a Él a quien debes temer.

Sabe, hijo mío, que nadie ha hablado de Allâh tan claramente como el Profeta Muhammad (que Allâh lo bendiga, así como a su familia). Acéptalo como iluminador y como guía hacia la salvación. No desdeño darte ningún buen consejo, puesto que aunque te esfuerces, no llegarás a preocuparte de tu propia persona más de lo que yo mismo me preocupo por ti.

Sabe, hijo mío, que si tu Señor tuviese un asociado, éste hubiese enviado mensajeros, se verían las señales de su realeza y de su poder y se reconocerían sus actos y sus atributos. Pero Allâh es Único, como Él se describe a Sí mismo, sin tener oponente alguno en Su reino, Eterno en el pasado y en el futuro; anterior a la creación, Él no ha tenido comienzo; posterior a la creación, Él no tendrá fin. Él es demasiado grande para que Su soberanía pueda ser abrazada o demostrada por la inteligencia o por la vista.

Cuando hayas reconocido estas verdades, actúa como conviene a tus semejantes, en la pequeñez de sus pensamientos, la insignificancia de su poder, la enormidad de su incapacidad y la inmensidad de la necesidad que ellos tienen de Su Señor. Busca obedecerle a Él, teme Su castigo y ten aprensión de Su cólera, porque Él no ha ordenado sino aquello que es bello, y no ha prohibido sino aquello que es feo.

Hijo mío, te indico las características de la vida inmediata, su aspecto efímero e inestable, y te explico lo que es la vida futura y lo que espera a sus huéspedes. Sujeto de la una y de la otra, te propongo parábolas para que las medites y las  apliques.

Aquel que conoce bien la vida es como un pueblo de viajeros que, huyendo de una tierra árida se dirige hacia un país fértil, de campiñas ricas en pastos. Soporta las fatigas del recorrido, la separación de los amigos, la incomodidad del desplazamiento y la grosería de la comida, para alcanzar un hogar espacioso y una estancia estable.

En esta perspectiva, nada le parece demasiado penoso, y no lamenta ningún pasto. Nada le es más agradable que aquello que le acerca a la llegada y reduce la distancia que le separa de su meta.

Aquel que, por el contrario se deja seducir por este bajo mundo, es semejante a un pueblo que, después de haber vivido en un país fértil, se encamina hacia una región estéril. Nada le es más odioso o más deplorable que el abandonar aquello que poseía, para precipitarse hacia un porvenir incierto.

Hijo mío, en tu relación con otro, tómate a ti mismo por criterio: desea para tus semejantes lo que deseas para ti y evítales lo que tú querrías evitarte.

Igual que a ti no te gustaría ser burlado, no burles a otros; actúa con ellos tan bien como te gustaría que actuasen contigo; desaprueba de tu parte lo que desapruebas de la suya, y admite para ellos lo que admites para ti. No hables de lo que no sabes aunque sepas un poco, no digas lo que no te gustaría que se te dijese.

Sabe que la vanidad es contraria a la sabiduría y que es la plaga de la inteligencia. Sé valiente en tu trabajo, y no seas el tesorero de otro. Si encuentras el buen camino, muéstrate tan humilde como puedas para con tu Señor.

Sabe que tienes delante de ti un largo trayecto, atestado de dificultades. Es indispensable que reconozcas bien el recorrido, guardando a la vez una cierta libertad de movimientos. No te sobrecargues, pues la pesadez de tu fardo te traería perjuicio. Si encuentras necesitados para llevarles sus provisiones hasta el día de la resurrección, y para devolvérselas mañana, allí donde tengas necesidad, no dejes de cargarlos y provéelos abundantemente mientras puedas, porque puede suceder que busques y no encuentres. Aprovéchate de aquel que te pide prestado cuando estás en la abundancia para devolvértelo el día que estés necesitado.

Sabe que tienes ante ti una cuesta muy pendiente, sobre la cual se está tanto más cómodo cuanto menos cargado , y donde cuando más deprisa se vaya menos se sufre y que tú no descenderás por ella sino hacia el Paraíso o el Infierno. Estudia bien el terreno antes de descender y prepara tu morada antes de ocuparla, porque tras la muerte no existe ni perdón ni posibilidad de volver a este mundo.

Sabe que Aquel que tiene entre Sus manos los tesoros de los cielos y de la tierra te ha permitido que Le ruegues y te ha garantizado una respuesta. Te ha ordenado que Le pidas para que Él te dé y que Le implores Su piedad para que Él te de de Su misericordia. No ha designado a nadie para que se interponga entre Él y tú y no te ha puesto en la obligación de recurrir a Él por medio de un intercesor.

Si has actuado mal, Él no te impide el arrepentirte y no te castiga prematuramente. Él no te humilla cuando lo mereces, no es demasiado exigente para aceptar tu penitencia, no te vitupera por tus pecados y no te deja desesperar de Su compasión. Al contrario, cuando tú te apartas de una mala acción, Él te lo valora como una buena obra. Él cuenta cada una de tus faltas graves como una falta sola, pero multiplica por diez cada una de tus buenas obras. Te ha abierto la puerta del arrepentimiento y la del conocimiento profundo.

Si tú Lo llamas en secreto, Él capta tus palabras; tú puedes entonces confiarle tus necesidades, entregarle tus sentimientos, quejarte de tus preocupaciones, pedirle que ponga fin a tu penar, solicitar Su ayuda para encontrar salida a tus problemas e implorar de los tesoros de Su misericordia aquello que ningún otro puede conceder: la prolongación de la vida, la salud física y la abundancia de bienes.

Él ha puesto en tus manos las llaves de Sus tesoros, al permitirte poder pedirle. Tú puedes abrir a voluntad las puertas de Su favor mediante la oración y hacer caer las cataratas de Su bondad. Que la lentitud de Su respuesta no te desanime, pues la dadiva guarda relación con la firmeza de la   intención. Sucede que la respuesta es retardada para que el mérito del demandante sea mayor y para que aquel que espera reciba más.

A veces sucede que se le solicite un favor sin obtenerlo, pero que se obtenga tarde o temprano alguna cosa mejor. Sucede también que lo que se pide sea negado, para bien del interés del solicitador. ¡Cuántas cosas pediríais vosotros que, si os fuesen concedidas, os harían perder vuestras almas! Pide, pues, aquello que te procurará ventajas duraderas, y que no estará acompañado de inconveniente alguno. Pues los bienes de este mundo no son eternos y aquellos que los poseen tampoco lo son.

Sabe que has sido creado para el otro mundo y no para éste, para ser aniquilado y no para ser conservado, para la muerte y no para la vida; que tu estancia sobre la tierra es pasajera; que no dispones sino de lo estrictamente necesario; que estás en ruta hacia el otro mundo; que eres perseguido por la muerte, de la cual nadie escapa, que nunca falla su blanco y que lo alcanza infaliblemente. Guárdate de perecer mientras estás en estado de grave culpa y contando con arrepentirte más tarde, pues la muerte te impediría la remisión y perderías tu alma.

Hijo mío, piensa a menudo en la muerte, a lo que te espera tras ella, y al destino que te está reservado. De esta manera, cuando venga tu hora, habrás hecho tus preparativos y no serás sorprendido desprovisto.

No te dejes extraviar por el ejemplo de aquellos que idolatran la vida inmediata y se consagran a ella con un furor animal.

Âllâh te ha informado sobre este bajo mundo;  él mismo te deja entrever su fin y te descubre sus taras. Sus adeptos no son sino perros aulladores, bestias feroces que se despedazan las unas a las otras, los más poderosos devorando a los más débiles, los más grandes maltratando a los más pequeños. Son semejantes a cabezas de ganado de las cuales algunas están trabadas, mientras que otras, habiendo perdido sus ataduras, abandonadas, vagabundean al azar. Tropeles calamitosos en un valle escarpado! No tienen ni pastor para conducirlas, ni dueño para marcarlas; la vida les conduce por el camino de la ceguera y desvía sus miradas del faro del buen camino; hierran en su perplejidad, se ahogan en su opulencia y la toman por divinidad; ella juega con ellos y ellos juegan con ella, olvidándose de lo que debe venir después.

Pero poco a poco el día sucede a las tinieblas, ¡como una caravana llegando a su etapa! Aquel que se apresura está presto a reunirse con ella.

Sabe, hijo mío, que quien tiene por montura el día y la noche es llevado, aunque esté parado, y que recorre una distancia, incluso si permanece tranquilamente en una morada fija.

Sabe con certeza que no obtendrás lo que esperas, que no irás más allá de tu término, y que estás sobre el camino de aquellos que te han precedido. Reduce tus exigencias y gana tu vida honestamente.

En efecto, a fuerza de perseguir los deseos, frecuentemente se va a la perdición; aquel que pide, no siempre obtiene y aquel que se conduce con rectitud no es frustrado siempre.

Preserva tu alma de toda mancha, incluso si ella te lleva hacia las tentaciones, pues, si cedieses la menor parcela, nada sabría reemplazarla.

No seas el esclavo de otro, en tanto que Allâh te ha creado libre. ¿Qué satisfacción se puede obtener de un bien que no se obtiene sino haciendo el mal o de una comodidad a la cual no se llega sino a fuerza de vivir en la molestia?

No te dejes llevar por las monturas de la codicia hacia la aguada de la perdición. Si puedes, haz de forma que no haya entre Allâh y tú ningún bienhechor, pues de todas maneras obtendrás tu parte y dispondrás tu lote. Un don ínfimo de Allâh (Gloria a Él) es más importante y más noble que abundantes presentes venidos de Sus criaturas, aunque todo proviene de Él.

Es más fácil reparar un momento de silencio que atrapar una palabra que se os ha escapado. Para guardar lo que se tiene en la bolsa, se aprietan los cordones. Prefiero mejor que conserves lo que tienes en la mano, antes que pedir lo que está en las manos de otros. La amargura de la desaparición es preferible a la humillación de mendigar. El ejercicio de un oficio, acompañado de la castidad, vale más que la riqueza asociada al libertinaje.

Cada hombre guarda sus propios secretos mejor que los demás. ¡Cuántas gentes trabajan para su propio detrimento ! El que habla demasiado desatina y el que reflexiona ve claro.

Frecuenta las gentes de bien y serás uno de ellos; huye de las malas gentes y te distinguirás. ¡Qué detestable es la comida ilícita! La injusticia para con el débil es la más innoble de las injusticias. Si la bondad es una tontería, la tontería es bondad. A veces pasa que el remedio sea un mal y que el mal sea un remedio. Un buen consejo puede venirnos de una persona que no nos quiere bien, mientras que aquél de quien se espera un aviso amistoso puede abusar de nosotros.

Guárdate de tomar tus deseos por realidades; esto sería obrar como un necio. La razón consiste en retener las experiencias, y las mejores experiencias son aquellas que te dan lecciones.

Apresúrate a atrapar la ocasión antes que ella ceda el lugar al disgusto. Todo buscador no encuentra, y todo ausente no vuelve. Es un mal el que uno pierda su viático y el degradar el lugar a donde uno debe volver. Todo asunto tiene consecuencias.

Lo que te está reservado por el destino, te llegará.

El comercio consiste en correr riesgos. A menudo una pequeña cantidad crece mejor que una grande. No se debe esperar ningún bien de un ayudante despreciado o de un amigo dudoso.

Sé conciliador con la suerte en tanto que te sea propicia. No arriesgues nada con la esperanza de ganar más.

No seas un disputador rápido en tomar los muertos por los dientes. Cuando tu hermano rompe los lazos que le unen a ti, acércate a él y atráelo con buenas acciones; cuando él te huye, busca su compañía; cuando es culpable, perdónalo; haz como si tú fueses su esclavo y él tu bienhechor.

Pero guárdate de adoptar una tal conducta fuera de lugar, es decir, con gentes que no son dignas.

No tomes por amigo el enemigo de tu amigo, pues te disgustarás con tu amigo. Sé sincero en tus consejos a tu hermano, sean buenos o malos.

Trágate tus cólera, pues no conozco brebaje alguno de efectos más dulces o de consecuencias más felices que una cólera contenida. Sé suave con aquel que te trata mal y él estará próximo a hacer lo mismo contigo.

Trata a tu enemigo con magnanimidad, es la más suave de las dos formas de vencer.

Antes de romper con tu hermano, déjale un recuerdo de ti mismo hacia el cual pueda volverse si un día lo desea.

Si alguien tiene una buena opinión sobre ti, haz de forma que esta opinión sea justificada. No atentes contra los derechos de tu hermano bajo pretexto de los lazos que existen entre vosotros dos, porque aquel a quien tú privas de su derecho no es tu hermano. No hagas más desgraciados a los tuyos que a los demás.

No corras tras aquel que no se aviene a ti.

Que tu hermano no sea más capaz de romper contigo que tú de reconciliarte con él.

No seas más apto para hacer el mal que para hacer el bien.

No concedas una gran importancia a las injusticias que soportas, pues sus autores trabajan en su propio detrimento y para tu beneficio.

A aquel que te causa alegría, tú no debes, en retorno, causarle una pena.

Sabe hijo mío, que existen dos clases de beneficios: está el beneficio que tú buscas y está aquel que te busca y que, si tú no vienes a él, él viene a ti.

Que feo es mostrarse sumiso en la desnudez y feroz en la riqueza.

De todos los bienes que habrás poseído en este mundo, sólo te quedarán aquellos que te habrán permitido mejorar tu morada en la otra vida.

Si debes afligirte por lo que se te ha escapado de las manos, aflígete entonces por aquello que nunca te ha pertenecido.

Descubre lo que no ha sido con la ayuda de aquello que ya ha sucedido, porque los fenómenos tienen entre ellos analogías.

No seas de aquellos a quienes no aprovechan las lecciones a no ser que les hagan sufrir enormemente; un ser razonable se instruye mediante la enseñanza, pero el bruto no es instruido sino a golpes.

Cuando te asalten las preocupaciones, defiéndete recitando las fórmulas que incitan a la paciencia y haciendo uso de las certezas sanas.

Quien se reúne se parece.

El verdadero amigo es aquel cuya amistad no se desmiente en vuestra ausencia.

La pasión es la asociada a la ceguera.

Sucede a menudo que lo que está lejos esté más cercano que lo que está próximo, y que lo que está cercano esté más alejado que lo que esté a gran distancia.

El extraño es aquel que no tiene amigos.

Quien transgrede el derecho ve su camino estrecharse. Quien se contenta con su parte la conserva más largo tiempo.

El cordel más seguro que tú puedes asir es el que te une a Allâh.

Quien no se preocupa de ti es tu enemigo.

Si se desea algo hasta el punto de morir de envidia, entonces es una victoria el renunciar a ello.

Toda desnudez no es visible, y toda ocasión no es alcanzable.

Sucede a menudo que una persona dotada de buena vista se equivoque de ruta, mientras que un ciego encuentra perfectamente su camino.

Siempre es preciso posponer las malas acciones hasta más tarde, pues se las comete siempre con demasiada rapidez.

La vida traiciona a aquel que confía en ella, y humilla a quien la honra.

No todo el que tira da en el blanco.

Infórmate acerca de tu compañero de viaje antes de preocuparte por tu itinerario y sobre tu vecino antes de informarte de tu vivienda.

Confío a Allâh tu vida material y tu vida espiritual, Le ruego que te reserve la mejor suerte en lo inmediato y en el futuro, en este mundo y en el otro.

As-Salam aleikum.


* Extraído de Nahy ul-Balágha

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