Número 122  //  15 de abril de 2001  //  21 MuHarram 1422 A.H.

 LITERATURA

 Mujer e Islam: una celebración
  Por Husseyn Vallejo

 
  

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Los autómatas de la moral no podrán evitar el júbilo que se apodera de la materia cuando el soplo de Allâh la recorre y despierta.

Los autómatas de la moral no saben que precio han pagado por una certeza caduca. No saben del cuerpo inviolable surgiendo del uno y al uno entregado.

Los autómatas de la moral no desesperan si ven a la mujer cautiva. No saben dar la mano ni ver en su rostro la mitad del cielo. Ellos creen poder encontrarse sin ella, sin la suma atención y cuidado que lo femenino reclama como parte de la Vía.

Hoy es un día de júbilo. Un día de fiesta ante el nacimiento de una oración en los labios del niño que nada sabía de religión ni estado. Hoy es el día del niño no nacido que alumbra la presencia de la tierra como el lugar de la teofanía. Hoy es el día de la siembra de un cuerpo sobre otro, y en la entraña del mundo aparece la luz que me convoca. Tan sólo estas palabras pueden medir su alcance, la fuerza de la entrega.

Estoy en un peldaño parado. Estoy en un peldaño de aquella escalera que dicen que sube hacia el cielo y Allâh se me escapa, desvía sus ojos de mí.

Yo floto en la nada, le doy calor al sol con mi fuego verbal. Estoy separado de la naturaleza buscando en mi mismo la unión con el todo. Estoy en un peldaño más alto que el cielo, subido en un monte de preceptos, de libros e ideas. A mis pies veo el mundo y devoro distancia. Mi vértigo acata la ley del vacío. Me fundo el sol que calienta la tierra si miro hacia abajo, si miro despacio las hojas cayendo del árbol como una plegaria.

La tierra gravita. La tierra perdura y los lazos sutiles destacan con fuerza de grito. Los labios gravitan, destacan el dhikr que me abarca. Repito la palabra, doy cabida en mi a la sumisión a la palabra nacida de la tierra, nacida con la tierra. Ella es mi aquida, ella es mi creencia. Recito el Corán y veo que coincide detalle a detalle con esa palabra que nace en la tierra. Y veo como vuelan las moscas y clama el desierto. Y veo como afilan sus dientes los sabios de cera.

“Los hombres tienen sobre ellas el grado de la precedencia...”

Comprendo que dicha “precedencia” es puramente verbal, que la mujer tiene una presencia más vinculante con lo anterior al lenguaje. Comprendo que debo bajar del peldaño de gloria para abrazar el mundo como un todo. Comprendo que sólo en la entrega a lo otro que yo vivenciaré el sentido interno del Mensaje.

La renuncia al amor carnal es un apetito de cera. La renuncia al cuerpo reniega del mundo que gira por verse atrapado en las manos de Allâh. Del mundo que gira en el tiempo fruitivo y gestante de luchas y abismos por verse abocado a la entrega.

Si el hombre precede en el acto es como condición de su terrible soledad y espanto. Si el hombre precede es por ver separado su cuerpo de la matriz primera. Pero también debes saber que ella esta separada verbalmente del hombre.

“¡Mujeres del Profeta! No sois una mujer cualquiera. Si os mantenéis conscientes de Allâh, no seáis pasivas al hablar, pues aquel en cuyo corazón hay una enfermedad os desearía. Hablad con palabras adecuadas” (Al-Ahsab, 32)

El silencio de la mujer es contrario al islám porque no suscita más que un deseo enfermizo. Enfermo es aquel que se haya separado. El silencio implica, en este caso, falta de identidad, de individualidad, de nombre.

Se trata de hablar “sin humildad” para acceder a la propia individualidad, para salir de la masa anónima donde somos “cualquierea”. La Palabra adecuada es la palabra propia. El deseo enfermizo no es hacia lo singular, sino hacia lo indistinto.

La mujer musulmana debe romper con aquello que le separaba del Uno mediante la sumisión al lenguaje del Uno. Ha roto la distancia con el hombre asumiendo la Palabra coránica como lo propio, como correlato del lenguaje natural que en ella habita.

Separar a la mujer de la oración es prolongar una discordia. Es no seguir la senda de la unidad y el abandono en Allâh. Cortar la atracción natural obligando a cubrirse a la mujer de los pies a la cabeza es suscitar fantasmas, despertar una lascivia pueril que erosiona la tierra y destruye la naturalidad de la mirada.

El paraíso está formado por ocho niveles y el infierno por siete. La unión de lo masculino y lo femenino en el creyente es el resultado, la suma de uno y otro. Tú mismo puedes comprobar que su cifra coincide con el Uno. Ella es la necesaria, la mitad de la Vía, y ambas mitades no son nada. Se trata de fragmentos, de partes en ti que al unirse se funden en Uno. Él es el que convoca, que pronuncia la palabra unión que ella lleva en su seno.

“...ellas son una túnica para vosotros, y vosotros sois una túnica para ellas...” (Al-baqara, 187)

Suavemente brilla y se reviste de una túnica como la luz de la aurora, y el hombre se refugia en ella. La luz actúa en ella movida por el viento. Se trata del encuentro, del cordón umbilical del tiempo desterrando la sed torpe del miedo. Tan sólo son las manos de viento las que donan la carícia. Tan sólo se ama la luz si se gravita, si se desciende de la certeza absurda a la materia que fluye y unifica los cuerpos con la aurora.

El mejor de los perfumes es el aliento del Misericordioso, el mejor de los mundos es Su abrazo, el mejor de los rostros es Tú rostro. Al contemplarme en ella recobro dimensión de siervo y compañero.

“¡Oh gentes! Sed conscientes de vuestro Señor que os ha creado a partir de un solo ente vivo del cual creó la pareja y de ambos hizo surgir multitud de hombres y mujeres”  (An-Nisa’, 1)

Guardaos de la túnica rasgada, de la pasión sin luz y del amor sin verbo. Guardaos de la ley que no unifica. Celebrad la oración junto a la esposa.

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