Número 119  //  18 de marzo de 2001  //  22 Thw al-Hijjah 1421 H.

 INICIACIÓN AL ISLAM

 El miedo en el Islam  
  Por Tarek Faussi

 
  

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Los musulmanes no nos planteamos el miedo a Allah como un objetivo como se hacía en la Edad Media europea, sino que todo aquello que nos llena de temor lo atribuimos a Allah. El peligro del discurso cristiano sobre el temor de Dios es que arraigaba en la culpabilidad del hombre. El miedo del cristiano a Dios es autodestructivo porque piensa que el hombre es naturalmente malo y que necesita del miedo para contenerse.

En nuestro sentir el universo que nos rodea no hay miedo al miedo. 
No tratamos de desarraigar el miedo del fenómeno humano, como el que escarda las malas hierbas. El miedo es señal de estar vivo. Constatamos que cuando más vivo estuvimos, cuando más lugar tenía en nosotros la fantasía, durante nuestra infancia, fue el tiempo en que tuvimos más miedo. Lamentablemente nos construimos como adultos venciendo al miedo a costa de la fantasía. A los musulmanes esa caza de brujas que se desata en la mente del adulto nos parece enfermiza. Pensamos que si no eres capaz de temer por tu existencia, no eres capaz de intuir la Inmensidad. El problema del discurso cristiano del temor de Dios era que tras la orden de temerle podía saberse a qué debía de tenerse miedo, porque para eso la teología se encargaba de decirte qué era ese Dios al que debías de temer. Naturalmente, al final era el Dios del capricho de la Iglesia de ese momento, o el Dios del capricho del parroco de la iglesia de tu pueblo, un Dios que te venía descrito y explicado por el cura, que era el que detentaba el poder a costa de tu miedo. En las sociedades islámicas observamos que el efecto de esta orden coránica (ajafa allah) es justamente la contraria a la que se dió en Europa hasta hace no tanto. Al ser imposible identificar a Allah con nada, en la práctica, el musulmán es alguien que carece de sentido de miedo a nadie ni a nada. Efectivamente, son muchas las veces que en el Corán se le promete al creyente: lâ tajafu wa lâ tahçanu ("No tendréis miedo ni estaréis tristes").

Aparte de lo dicho, sabemos que la jashia se compone de una parte 
de terror por saberte plenamente expuesto y de otra parte de dulzura por constatar que pese a esa incapacidad que tienes de protegerte, ahí estás, sano y salvo, de una pieza. El que se expone a la realidad completa de un golpe sufre como consecuencia el terror, que es el efecto de asumir plenamente que la realidad está por encima de ti. La dulzura que acompaña -como un resabio final- a la jashia, es la posterior comprensión de que eres no obstante real. Cuando descubrimos hasta sus últimas consecuencias que la realidad nos sobrepasa tenemos un miedo animal de correr peligro de muerte. La evidencia de lo real que percibo gracias a mi experiencia unitaria -íntegra- desde mi totalidad me supone la pérdida absoluta de mi identidad. La dulzura es la consecuencia de sentir que yo también soy esa realidad; que pertenezco a esa realidad que me sobrepasa. Sin capacidad de terror, seríamos tiranos; sin dulzura, nos disolveríamos, porque el placer nos teje. Así que el jushua del sufi es una experiencia extractada de la condición humana.

El que tiene el hal (estado) de la jushua está pertrechado de capacidad de compensar ese terror. No es algo que te supere, que te enloquezca, que te aniquile. Es más bien un derretirte placenteramente ante la grandeza infinita de tu Señor. Es el vacío del hombre que descubre su absoluta desnudez. Los jashiîn son los que están continuamente muriendo en Allah, pero muriendo con placer. No es el Yalal de Allah -su Majestad- ante lo que están, sino el Yalal y el Yamal juntos: Terribilidad y Belleza fundidos ante ti. La segunda hace que no te desintegre la primera. Pero ahí estás, inmune, sintiendo esa inmensidad que te hace temblar como una hoja.

Es curioso que el que nunca lo ha sentido habla de la jashia como 
de esa sensación que atribuimos a la palabra "terror", mientras que el místico recuerda la jushua como un saboreo de dulzura tremenda. El místico ha sentido que no tenía razón de ser, que no tenía consistencia, literalmente, que no era, y que sólo el pánico a dejar de ser lo aferraba a su pellejo, le impedía disolverse en esa nada en la que iba precipitándose vertiginosamente, como si viéramos nuestro propio cuerpo destejerse músculo a músculo, fibra a fibra. Pero sin embargo lo único que recuerda es la dulzura que se le dió como antídoto para poder soportar sin enloquecer el terror a no ser. "Todo yo soy un regalo" es la conclusión del místico que le hace romperse en llanto. El que no lo ha experimentado, ve al místico estremecerse, temblar, y llorar sin parar, e identifica todo esto a lo que él siente en las circunstancias que le hacen estremecerse, temblar y llorar. Pero el místico está sintiendo todo esto envuelto en un manto de shukr, de agradecimiento cuya fromulación más simple podría ser: "yo no tengo razón de ser pero aquí estoy".

La jashia es la consecuencia final del faqr: es sentir la precariedad humana como lo único que es el hombre. Ya no es que necesitemos de esto o de lo otro, sino que no somos nada porque incluso nuestra necesidad nos ha sido dada como un regalo.

Por eso, nada tiene que ver este makam (grado) de la vida espiritual con lo que se predicaba en la Iglesia como el Terror de Dios, que en el fondo, para la gran mayoría de nosotros siempre fue terror a los curas, porque nunca conseguimos entender esa entelequia que era Dios ni nunca llegó a darnos miedo.

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