Número 123  //  24 de abril de 2001  //  22 MuHarram 1422 A.H.

 PENSAMIENTO

El hombre en el Universo: permanencia en medio 
del cambio aparente
 Por Seyyed Hossein Nasr 

 

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Una de las cuestiones que se encuentran en el corazón de las enseñanzas sufíes es la situación del hombre en el universo, pues el hombre debe iniciar necesariamente a partir de esta situación el viaje espiritual que al final le conducirá allende el cosmos. Lo que ha causado que muchas verdades deslumbradoramente claras pareciesen improbables, es precisamente la deformación de la verdadera imagen de la situación del hombre en el universo ocurrida en occidente a lo largo de los pasados siglos, sobre todo con el surgimiento de las teorías evolucionistas. Para comprender plenamente las enseñanzas del sufismo es, pues, necesario examinar de nuevo la relación del hombre con el mundo que lo rodea a la luz de la cuestión del cambio y de la permanencia, apartando de esta forma los obstáculos que impiden la plena comprensión de la realidad que rodea al hombre y determina su devenir futuro.

En la perspectiva del mundo moderno no hay esfera en la que el cambio y la transformación reinen con la misma supremacía y de forma tan total como en la que concierne a la naturaleza, a la relación del hombre con ella y al conocimiento que el hombre tiene de ella. La ciencia moderna, que a lo largo de los pasados siglos ha actuado como un catalizador del cambio en tantos otros campos, se basa en el cambio y la no-permanencia, si cesara de cambiar y se volviera inmutable, dejaría de existir en su forma actual. Además, dado que ésta es la única ciencia de la naturaleza conocida por el hombre moderno, toda la relación entre el hombre y la naturaleza, así como la misma naturaleza del hombre y el universo que le rodea, es vista sólo a la luz de la fluctuación y el cambio. La opinión de que la posición del hombre en el universo y su conocimiento de él, por no hablar de la finalidad de dicho conocimiento, está en continuo cambio ha llegado a considerarse tan evidente que cualquier otro punto de vista parece absurdo y poco menos que ininteligible a aquellos cuyo conocimiento está limitado a los horizontes del mundo moderno. El hombre contemporáneo se confunde incluso ante la posibilidad de un elemento de permanencia en su relación con el universo, no porque no exista un elemento tal, sino porque el problema nunca se considera desde el punto de vista de la permanencia.

A menudo se olvida que antes de que empezara a considerar su relación con la naturaleza sólo en el aspecto del cambio y la evolución, el hombre se había separado interiormente del principio inmutable del Intelecto, el nous, que, junto con la revelación, es el único factor que puede actuar como eje permanente e inmutable para el funcionamiento de la razón humana. Con la debilitación de los elementos intelectuales y gnósticos en la cristiandad (si entendemos por gnosis el conocimiento iluminativo que el sufismo denomina ‘irfân y que es el corazón mismo del sufismo así como de cualquier otra tradición espiritual auténtica y completa), la facultad racional del hombre occidental se apartó gradualmente de las dos fuentes de toda inmutabilidad, estabilidad y permanencia: a saber, la revelación y la intuición intelectual (1). El resultado fue, por una parte, la tendencia nominalista, que destruyó la certidumbre filosófica y, por otra, esta reducción del hombre a sus aspectos estrechamente humanos, separado de todo elemento trascendental; así es el hombre en el humanismo del Renacimiento. Este modo de concebir al hombre implicaba su total compromiso en el cambio y el devenir, este efecto puede observarse incluso exteriormente durante dicho periodo en las rápidas transformaciones de la sociedad occidental, que han dado al Renacimiento su carácter transitorio. Pero incluso en aquel entonces, el concepto que el hombre tenía del universo todavía no había cambiado. Su ciencia de la naturaleza era todavía esencialmente medieval, estaba formada por elementos herméticos y escolásticos. En un principio fue sólo su concepción de sí mismo lo que cambió, lo cual, a su vez, condujo poco a poco a un cambio en su concepto del universo y del lugar que el hombre ocupaba en él.

Siempre es importante tener en cuenta el tiempo transcurrido entre la rebelión religiosa y metafísica de finales de la edad media en occidente —que expresa un intento por parte del hombre occidental de separarse de su arquetipo celestial e inmutable y tornarse puramente terrenal y humano—, y la revolución científica que llevó esta visión secularizada del hombre a su conclusión lógica creando una ciencia puramente secular. El hombre occidental, quien durante el Renacimiento se consideró a sí mismo un ser secular, empezó a desarrollar una ciencia que sólo consideraba el aspecto cambiante de las cosas, una ciencia que se ocupaba exclusivamente del devenir más que del ser. Y esto es tanto más lógico si recordamos que incluso etimológicamente secular deriva del latín saecularis, uno de cuyos significados es cambio y temporalidad. La destrucción de la visión sagrada del hombre y el universo equivale a la destrucción del aspecto inmutable tanto del hombre como del universo. Una ciencia secular no hubiera podido nacer sin volcarse totalmente en el cambio y el devenir.

Si tenemos presentes los factores históricos que hicieron aparecer en occidente una concepción del mundo que está basada exclusivamente en el aspecto cambiante de las cosas, nos ha de ser posible reconstruir y redescubrir al hombre moderno los elementos permanentes y olvidados desde hace largo tiempo, sin que parezca que hablamos de absurdos. Pero esto sólo puede suceder si hay una comprensión de la metafísica tradicional y del lenguaje del simbolismo mediante el cual siempre han sido reveladas las verdades metafísicas (2). La metafísica, o la ciencia de lo permanente, que es el elemento básico de la doctrina sufí, puede ser pasada por alto u olvidada, pero no refutada, precisamente porque es inmutable y no esta relacionada con el cambio como tal. Cuanto versa sobre la permanencia no puede volverse “anticuado”, porque no guarda relación con ninguna época en particular. En relación con el hombre y el universo, los elementos permanentes siguen siendo tan válidos hoy como siempre. Únicamente, deben darse a conocer de nuevo en occidente, después del largo período durante el cual el hombre occidental no buscó los elementos permanentes dentro del propio cambio e incluso trató de reducir la permanencia en cambio y proceso histórico. En los círculos tradicionales de oriente, aunque no, por supuesto, entre las clases modernizadas obsesionadas con la occidentalización, este aspecto de permanencia nunca ha sido olvidado o perdido de vista porque el sentido de lo sagrado, y en consecuencia de lo inmutable, ha continuado dominando toda la vida.

Desde el punto de vista de las doctrinas metafísicas y cosmológicas tradicionales, hay varios elementos de permanencia en la relación entre el hombre y la naturaleza y en la situación del hombre en el universo. El primero y más fundamental elemento es que el entorno cósmico que rodea al hombre no es la realidad última sino que posee un carácter de relatividad e incluso de ilusión. Si se comprende lo que significa lo Absoluto (mutlaq), entonces por lo mismo se comprende lo relativo (muqayyad) y se ve que todo lo que no es lo Absoluto debe ser relativo por necesidad.

El aspecto del mundo como velo (hijâb) en el lenguaje del sufismo —o como maya si se usa el término hindú, o como samsâra en el sentido budista— es en sí un elemento permanente del cosmos y de la relación del hombre con él. El universo, en su aspecto cósmico, fue siempre maya y siempre será maya. Lo Absoluto es siempre lo Absoluto, y lo relativo es lo relativo, y ningún proceso ni cambio histórico puede transformar lo uno en lo otro. El proceso histórico puede hacer olvidar durante un tiempo a un pueblo —o incluso a toda una civilización— la distinción entre lo Absoluto y lo relativo, y en consecuencia que tome lo relativo por lo Absoluto, el orden creado (al‑khalq) por la Verdad increada (al‑Haqq), tal como parece haber hecho la ciencia moderna. Pero donde quiera y cuandoquiera que aparece el discernimiento metafísico, la distinción se hace clara y se conoce el mundo por lo que es, o sea, maya. El elemento cambiante del mundo que implica el concepto de maya es en sí un rasgo permanente del mundo. Está en la naturaleza del mundo el irse transformando, el experimentar la generación y la corrupción, la vida y la muerte. Pero el significado de este cambio sólo puede ser comprendido desde el punto de vista de lo permanente. Haber comprendido que el mundo es maya es haber comprendido el significado de Atman o Brahman, que transciende a maya. Saber que el mundo es inestable o samsârico en su naturaleza es conocer por extensión la presencia del estado nirvánico más allá de él (3). La comprensión de que el mundo es al‑khalq implica la conciencia de al‑Haqq, que lo transciende y al mismo tiempo resplandece a través de él.

El carácter cambiante del mundo revela metafísicamente la realidad permanente que lo transciende. Comprender la relatividad de las cosas es conocer, por extensión del mismo conocimiento, lo Absoluto y lo Permanente. Esta distinción metafísica ha existido, a lo largo de toda la historia, en todos los períodos de la cultura humana. Descansa en la naturaleza de las cosas, y todos pueden verla si dirigen su visión hacia ella. Sin embargo, en ciertas épocas como la nuestra, lo relativo ha llegado a ser idolatrado como si fuera lo Absoluto.

Hoy en día a menudo se oye afirmar que todo es relativo. Pero las mismas personas que afirman tal cosa a menudo dan un carácter absoluto al campo de lo relativo. Sin siempre darse plena cuenta de ello, confunden Brahman con maya, debido a su falta de discernimiento y de conocimiento verdadero, ignorancia que proviene ella misma de maya. Pero cuando hay conocimiento metafísico también hay conciencia de la relatividad de las cosas a la luz de lo Absoluto, y esta verdad fundamental es un elemento permanente de la situación del hombre en el universo; atañe a su destino como ser llamado a trascender la cripta cósmica en la que ha caído y retornar desde el campo de lo relativo a lo Absoluto (4).

Otro elemento de permanencia en la relación del hombre con el universo es la manifestación de lo Absoluto en lo relativo bajo la forma de símbolos (rumûz) en el sentido tradicional de la palabra (5). El símbolo no está basado en reglas convencionales hechas por el hombre. Es un aspecto de la realidad ontológica de las cosas y como tal es independiente de la percepción que el hombre tiene de él (6). El símbolo es la revelación de un orden superior de realidad en otro inferior a través del cual el hombre puede ser reconducido al reino superior. Comprender los símbolos es aceptar la estructura jerárquica del universo y los estados múltiples del ser.

Durante ciertas fases del proceso histórico, símbolos a los que una religión revelada otorga —por la revelación misma— significación y poder especiales pueden perder gradualmente su eficacia, ya sea parcialmente o por completo, como resultado de la debilitación de la base espiritual de dicha religión, como puede observarse en el caso de los “desmitificadores” de nuestros días. Pero los símbolos que existen en la naturaleza son permanentes e inmutables. Lo que el cielo significa simbólicamente, como por ejemplo la dimensión de trascendencia y el Trono divino (al‑'arsh) —para usar la imagen islámica— es tan permanente como el propio cielo. Mientras el sol brille, simbolizará el Intelecto universal; de forma parecida, el árbol con sus ramas extendidas seguirá siendo un símbolo de los múltiples estados del ser mientras los árboles crezcan sobre la faz de la tierra. Ésta es la razón por la que se puede hablar de una cosmología perenne, de una cosmologia perennis, de una ciencia cualitativa de la naturaleza que es válida siempre y que revela un aspecto de la naturaleza que, como mínimo es tan real como el aspecto mudable estudiado por la ciencia moderna (7).

La principal diferencia entre las ciencias de la naturaleza tradicionales y modernas reside en el hecho de que la ciencia moderna estudia el cambio con relación al cambio, en tanto que la ciencia tradicional estudia el cambio con relación a la permanencia a través del estudio de los símbolos, que no son más que los reflejos de la permanencia en el reino del cambio.

Una civilización puede desarrollar una ciencia que dé la espalda al aspecto cualitativo de las cosas revelado a través de los símbolos para concentrarse en los cambios que pueden medirse cuantitativamente. Pero no puede destruir la realidad simbólica de las cosas como tampoco un estudio cualitativo y simbólico de los fenómenos naturales puede destruir su peso o su tamaño. Hoy en día, a consecuencia de la destrucción del espíritu “simbolista” (8) en occidente, los hombres han perdido el sentido de la penetración en el significado interior de los fenómenos, que sólo los símbolos revelan. Pero esta impotencia no significa que los símbolos naturales hayan dejado de existir. La significación simbólica de las esferas homocéntricas de la astronomía ptolemaica, que revela la apariencia inmediata de los cielos, continúa siendo válida, tanto si, en el espacio absoluto teórico de Newton o en el espacio curvo de la relatividad, la tierra se mueve alrededor del sol como si el sol se mueve alrededor de la tierra. Las esferas homocéntricas simbolizan estados del ser que están por encima del estado terrestre en el que el hombre se encuentra actualmente. Los estados del ser siguen siendo reales tanto si comprendemos y aceptamos el simbolismo natural que los mismos cielos nos revelan en nuestro contacto inmediato y directo con ellos como si en nombre de otras consideraciones teóricas pasamos por alto esta apariencia inmediata y el símbolo que esta apariencia comunica.

De hecho, incluso las nuevas teorías científicas, si son conformes a alguna realidad, poseen su propio significado simbólico. Corresponder a la realidad en un grado cualquiera significa ser simbólico. Si las esferas ptolemaicas simbolizan la posición del hombre con respecto a estados superiores del ser, el espacio galáctico de la astronomía moderna simboliza el carácter indefinido de lo relativo, la inmensidad del océano del samsâra. Es en sí mismo una prueba del hecho de que la inteligencia del hombre fue creada para conocer lo Infinito más bien que lo indefinido. Pero en un sentido más directo, el significado simbólico de los fenómenos de la naturaleza, por no mencionar las teorías científicas basadas en ellos, representa un aspecto permanente de las cosas y de la relación del hombre con el cosmos. Es sobre este carácter permanente del contenido simbólico de los fenómenos de la naturaleza como se puede construir una ciencia simbólica de la naturaleza, una cosmología tradicional que conserva un valor perenne y una importancia permanente, y que tiene hoy una significación tanto mayor cuanto que las ciencias puramente cuantitativas de la naturaleza y su aplicación amenazan la existencia del hombre y de la naturaleza (9).

Otro elemento permanente de la relación entre el hombre y el universo, al menos desde cierto aspecto de la situación, es el modo en que la naturaleza se presenta al hombre. Hoy en día, el hombre moderno aspira a cambiar todas sus instituciones sociales, políticas e incluso religiosas con la excusa de que la naturaleza está en continuo cambio y que, por lo tanto, el hombre debe cambiar. De hecho, lo cierto es exactamente lo contrario. Si el hombre sólo ve cambio en la naturaleza es porque su mentalidad ha perdido su ancla en lo permanente y se ha convertido en un rápido río de ideas e imágenes en continuo cambio. El hombre moderno ha atribuido la evolución a la naturaleza: empezó a creer en la evolución con su mente antes de haberla observado en la naturaleza. La evolución no es producto de una observación natural, sino de una mentalidad secularizada alejada de toda vía de acceso a lo inmutable, mentalidad que empezó a ver su propia naturaleza efímera en la naturaleza exterior. El hombre siempre ve en la naturaleza el reflejo de su propio ser y su concepción de lo que él mismo es.

Si estudiamos el mundo que nos rodea, vemos que de hecho el medio ambiente terrenal en el que los hombres vieron la permanencia durante milenios no ha cambiado en sus rasgos generales. El sol todavía sale y se pone de la misma manera en que lo hizo para el hombre antiguo y medieval, que lo consideraba como el símbolo del Intelecto divino. Las formas naturales todavía se reproducen con la misma regularidad y con los mismos procesos que en períodos históricos más antiguos. Ni los pétalos de la rosa ni su fragancia han variado desde que Dante y Shakespeare escribieron sobre ellas.

De hecho, tampoco el hombre ha evolucionado biológicamente desde que ha existido una historia humana registrada o sin registrar. Los hombres de hoy son biológicamente los mismos que los hombres de la antigüedad que creían en la permanencia y en la trascendencia. Si los hombres modernos han abandonado tal creencia, harían mejor encontrando alguna otra excusa que su propia evolución biológica o natural.

En esta cuestión de la permanencia de los fenómenos naturales tal como aparecen ante el hombre hay una oposición diametral entre el punto de vista tradicional y el moderno, que es su completa inversión. Hoy en día se considera que todas las cosas cambian y sin embargo la hipótesis del “uniformitarismo” es empleada en la geología, la paleontología e incluso la antropología con tal certeza que se pensaría que es una ley probada.

Por una parte se dice que las leyes de la naturaleza han sido uniformes, y así hablamos de acontecimientos que tuvieron lugar hace millones y billones de años sin considerar exactamente qué es lo que entendemos por un “millón de años”. Por otra parte, decimos que la naturaleza está en continuo cambio, sin considerar la posibilidad de que lo que hoy aparece como una “ley de la naturaleza” pueda haber cambiado con el transcurso del tiempo o bajo condiciones y circunstancias particulares. Aunque nosotros no podamos caminar sobre agua, no hay razón lógica alguna por la que tal o cual profeta o santo no pudiera haberlo hecho en épocas pasadas.

El concepto tradicional de la naturaleza invierte esta situación por completo. Substituye el cambio por la permanencia, y la uniformidad e inmutabilidad de las condiciones naturales por el cambio cualitativo. Los procesos cambiantes de la naturaleza son considerados como modelos permanentes que, mediante la repetición, integran tiempo y proceso en la imagen de la eternidad (10). La uniformidad aparente de la naturaleza es a su vez modificada por la teoría de los ciclos, los yugas del hinduismo o al‑adyvâr y al‑akwâr de ciertas escuelas de cosmología islámica. Estos ciclos no significan la mera repetición de los mismos modelos, sino más bien las diferencias cualitativas que existen entre las diferentes épocas, tanto en el cosmos como en la historia humana. La inversión moderna de estas dos realidades ha destruido la visión de permanencia en la naturaleza así como la conciencia de las diferencias cualitativas en diferentes ciclos. De hecho, esta inversión es en sí misma prueba de la realidad de los ciclos cósmicos y no hace mas que confirmar lo que todas las tradiciones auténticas enseñan acerca de ellos y en particular acerca del período que estamos viviendo (11).

Sólo por esta razón, las obras antiguas de historia natural y mitología se han convertido en libros cerrados y en el mejor de los casos son interpretados de una manera puramente psicológica, mientras que pueden ser comprendidos a la luz del hecho de que hay una diferencia cualitativa entre el medio cósmico del antiguo ambiente natural y el nuestro. Entonces no había la cristalización y condensación, la separación entre materia y espíritu que hay ahora. El agua de Thales todavía estaba llena del espíritu vivificante de la naturaleza y de hecho simbolizaba el substrato psicofísico de las cosas. Estaba muy lejos de la materia inerte post-cartesiana con la que Lavoisier experimentaba veinticuatro siglos más tarde.

Ahora bien, entre este cambio y esta permanencia y en medio de esta inversión de puntos de vista subsiste un elemento inmutable; a saber, el modo en que los fenómenos de la naturaleza aparecen ante el hombre. El cielo, el mar, las montañas, los cielos estacionales, estas realidades se manifiestan hoy igual que lo hicieron antes durante milenios (aparte ciertas diferencias cualitativas), y son el majestuoso testamento del Inmutable manifestado en el proceso del devenir. Los hombres que aman la naturaleza esencialmente están en busca de lo permanente y de hecho la misma naturaleza desmiente a aquellos que quieren limitar toda realidad al cambio y el devenir. Las filosofías limitadas únicamente a lo relativo nunca surgieron entre los pueblos que vivían cerca de la naturaleza, siempre han sido producto de modos de vida sedentarios, en los que un medio ambiente artificial ha puesto a los hombres en situación de olvidar a la vez la naturaleza y los elementos permanentes que ella revela al hombre, elementos que evocan en la mente del hombre aquellos factores permanentes que están anclados en los estratos inmutables de su ser.

En lo que respecta a las modernas ciencias de la naturaleza, con todas las diferencias que las distinguen de las diversas cosmologías tradicionales, incluso en ellas existe un elemento de permanencia si se toma la ciencia moderna por lo que es en realidad. Naturalmente, por el hecho mismo de que esta última ha vuelto conscientemente su espalda al aspecto simbólico y metafísico de las cosas, su propio punto de vista la ha separado de la visión tradicional de la naturaleza y le ha hecho despreciar toda significación metafísica que sus propios descubrimientos pudieran tener. Aun así, dichos descubrimientos, en la medida que mantienen alguna conexión con la realidad de las cosas, poseen una significación simbólica. Por ejemplo, el hecho de que el orden se repita en todos los planos de la realidad material desde la galaxia hasta el átomo, o el hecho de que, sea cual sea la unidad de que la ciencia se ocupe, ya sea la célula biológica o el átomo, haya en ella una armonía entre las partes y el todo, todo esto representa unas características permanentes de toda ciencia de la naturaleza, tanto si se las toma en consideración como si no.

De forma aún más evidente se observa la repetición de ciertos modelos y problemas a lo largo de la historia de la ciencia, hecho que ha llamado la atención de muchos científicos modernos. Por mucho que cambie la ciencia, el encuentro de la mente humana con la naturaleza parece presentar ciertas características permanentes. Tómese por ejemplo el problema de la continuidad y discontinuidad de los cuerpos, que ha ocupado a Aristóteles, a los atomistas griegos, a los peripatéticos y teólogos musulmanes, así como a los físicos modernos. 0 bien la relación de lo Uno con lo múltiple, o la relación entre el orden y el desorden o entre el azar y el determinismo; todos ellos son problemas que se repiten perennemente en todas las formas de ciencia. Muchos científicos se vuelven hoy hacia la historia de la ciencia en busca de una inspiración que les permita hallar metodologías nuevas con las que enfrentarse a ciertos problemas de la física y la biología contemporáneas que están relacionados fundamentalmente con los problemas de las ciencias antiguas y medievales. La reaparición de dichos modelos y problemas en un campo que es el más variable y fluido de todos es también un elemento de permanencia en la ciencia, a pesar de que ésta ha vuelto su espalda a la Unidad para estudiar la multiplicidad y no ha tenido en cuenta el Principio al tratar de analizar lo contingente.

Pero quizás el elemento permanente más importante en la relación del hombre con el universo es su situación «existencial» en la jerarquía de la existencia universal (marâtib al‑wuyûd). El hombre tradicional sabía con certeza de dónde provenga, por qué vivía y adónde iba. El sagrado Corán resume dicha certidumbre en estas simples aunque majestuosas palabras  “A Allah pertenecemos y a Allah retornamos” (Al-baqara, 156), y muchos tratados de sufismo y teosofía (hikmah) llevan por título “el principio y el fin” (al‑mabda’wa’l‑ma’âd), el alfa y omega que contiene de modo sumario toda verdad y sabiduría. El hombre moderno, hablando en general, no sabe ni de dónde viene ni cuál será su fin, y, por lo tanto, no sabe por qué está viviendo. Pero, al igual que el hombre tradicional, se halla frente a los dos puntos que determinan el principio y el fin de su vida terrenal. Nace y muere. Este hecho no ha variado ni un ápice, ni lo hará, aunque se recurra a alguna forma de inmortalidad barata como los trasplantes de corazón. La única diferencia es que lo que otrora era certidumbre hoy se ha convertido en duda y temor. Pero la realidad del nacimiento y la muerte subsiste, y ni siquiera toda la ciencia moderna puede descifrar los misterios de estas dos “eternidades” entre las que está suspendido el instante fugitivo de la vida terrenal (12).

Estas dos “infinitudes” son las que determinan el carácter y el significado de la finitud que se encuentra entre ambas. Por lo que respecta a estas dos “infinitudes”, la situación del hombre no ha variado en absoluto aun cuando la destrucción de las cosmologías medievales ha destruido para la mayoría de los hombres la doctrina metafísica de los estados del ser que la cosmología medieval simbolizó con tanta belleza. El hombre es todavía un ser finito con una inteligencia creada para comprender lo Infinito y lo Absoluto, y no lo indefinido y lo relativo, cuya comprensión total ninguna ciencia humana podrá alcanzar nunca. Por lo que respecta a lo Absoluto y a todos los estados del ser que comprende el universo, el hombre es lo que siempre ha sido y siempre será, una imagen de lo Absoluto en lo relativo, proyectada en la corriente del devenir a fin de que este mismo devenir retorne al Ser. Hoy en día se habla tanto de cambio que los hombres están hipnotizados por sus propias palabras y olvidan que, bajo la superficie de esas olas en continuo movimiento, se halla el océano permanente e inmutable de la naturaleza real del hombre. La situación de esa naturaleza permanente que el hombre lleva dentro de sí —por más que vaya éste contra lo Real en el sentido metafísico de la palabra— nunca ha cambiado ni nunca podrá hacerlo. La situación ontológica del hombre en el orden total de las cosas es la misma para siempre: esta situación, más que el resto de aspectos de la posición del hombre en el cosmos, tal como la estudian la cosmología y las ciencias de la naturaleza, es permanencia en medio del cambio aparente.

 

Notas

(1). Véase S.H. Nasr. The Encounter Man and Nature, The Spirimal Crisis of Modern Man, Londres 1968. p. 63ss. (Hombre y naturaleza)

(2) V.F. Schuon. The Transcendent Unity of Religions, p. 9 ss., y R. Guénon. La Metaphyvsique orientale, Paris 1951

(3). Véase F. Schuon, In the Tracks of Buddhism, donde la relación entre nirvana y samsâra se examina en toda su amplitud y profundidad.

(4). En relación con este tema dentro del marco islámico, véase S. H. Nasr. An introduction to Islamic Cosmological Doctrines, cap. XV.

(5). El significado de los sirribolos tradicionales no puede ser tratado a fondo aqui. Este tema ha sido ampliamente tratado en las obras de F. Schuon, R. Guénon, T. Burckhardt y A.K. Coornaraswarny, así como en las de H. Zimmer y, M. Eliade.

(6). “La ciencia de los símbolos —y no simplemente un conocimiento de los símbolos tradicionales— procede de las significaciones cualitativas de las substancias, de las formas... no estamos tratando aquí de apreciaciones subjetivas, pues las cualidades cósmicas se ordenan a la vez en relación con el Ser y según una jerarquía que es mas real que el individuo...”  F. Schuon, Senderos de Gnosis, (Olañeta editor)

(7). Sobre la cosmologia perennis, véase T Burckhardt, Ciencia moderna y sabiduría tradicional. Véase también su Alquimia, que trata sobre los valores permanentes de la cosmología hermética.

(8). Con respecto al espíritu simbolista, véase F. Schuon. The symbolist Outlook., Studies in Comparative Religion, p. 50ss.

(9). El autor ha tratado plenamente la cuestión en su Hombre y naturaleza.

(10). Sobre la relación entre el tiempo lineal y el cíclico tal como afecta a un tiempo a la historia y a la cosmología, véase M. Eliade, El mito del eterno retorno. Véase también A.K. Coomaraswamy, El tiempo y la eternidad, donde se elucida la relación metafísica entre el tiempo y la eternidad en diferentes tradiciones.

(11). La tendencia descendiente del Kali‑Yuga que destruye por si misma la visión del tiempo cualitativo para la mayoría de los hombres, está tratada admirablemente por R. Guénon en muchas de sus obras, especialmente en El reino de la cantidad y los signos de los tiempos.

(12). “La ciencia moderna, racionalista en cuanto al sujeto y materialista en cuanto al objeto. puede situarnos físicamente y de una forma aproximada, pero no puede explicarnos nada acerca de nuestra situación extra-espacial en el universo total y real”

F. Schuon, Sobre los mundos antiguos, (Olañeta editor)

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