Número 114  //  9 de febrero de 2001  //  15 Thw al-Qi`dah 1421 H.

 ACTUALIDAD

 Sexualidad y espiritualidad
  Por Hashim Ibrahim Cabrera

  
  Poco tiene que ver la sexualidad islámica con la visión de los
  orientalistas proclives a la relectura de Las mil y una noches, pero es
  hasta cierto punto comprensible que una cultura como la occidental,
  profundamente judeocristiana, ascética y negadora del cuerpo, viera 
  y aún quiera ver a los musulmanes y a los árabes como seres primarios 
  y lascivos, bestias lujuriosas que no saben nada del verdadero amor
  basado en el sacrificio y en la muerte, que castran a las mujeres y no 
  se satisfacen con nada. Esta es la visión deformada de la sexualidad
  islámica que prevalece aún entre los occidentales del Norte que
  necesitan justificar los males de su propia visión del mundo frente 
  a la barbarie. 

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El daño filosófico de la Encarnación

Hablar de la sexualidad humana había sido considerado por la tradición romana católica como un nefasto acercamiento a lo tabú, a aquello que no debe ser removido o revivido en la conciencia del rebaño. La sexualidad y todo lo que tiene algo que ver con ella aparece en esa tradición como algo oscuro y degradante, como burda expresión de unos seres que ya no son sino cuerpos desalmados, expulsados del paraíso por el pecado, depositarios ciertos de la culpa y culpables, en suma, de sentir y de desear.

No puede haber gozo en las almas cautivas de quienes idolatran la virginidad y la pureza, como no puede haber humanidad sin mancha, sin esa gota de esperma que llega hasta la conciencia de sí misma en su madurez. Y no es que rechace la virginidad ni la pureza sino más bien ese tipo de idolatrías que sólo sirven para distraer a la conciencia del verdadero objeto de su conocimiento, y que acaban impidiendo al ser humano encontrar esas cualidades en su vida real, volviéndolo infeliz y autosatisfecho.

El pecado católico por excelencia es el de la carne, porque la carne es intrínsecamente mala, pecadora, diabólica. La carne necesita que el espíritu la posea, que se ‘encarne’, para poder ser redimida de la oscuridad del deseo. No existe, por tanto, ningún conocimiento verdadero acerca de la sexualidad humana dentro de esta tradición sino más bien dogmas tendentes a mantener a los seres humanos alejados del conocimiento de sí mismos, de sus capacidades y de su realidad. Doctrina de la miserabilidad humana, el catolicismo romano occidental se constituyó sobre la idea de que el ser humano ha sido desposeído y degradado y que la tierra que habita es el lugar nefasto de su exilio. Con estas consideraciones la única redención posible pasa por la negación del cuerpo, de la tierra, de la materia y de la naturaleza. Esta cosmovisión del miedo, del terror y de la oscuridad inflinge a sus feligreses una herida interior que no se restaña nunca, porque no les es posible vivir pacificados, porque no pueden dejar de revivir la culpa ni vivir de manera genuina el deseo.

En este sentido, la iconografía resulta casi tan expresiva como la doctrina. La imagen de Jesús, la paz sea con él, que las iglesias han elaborado para el consumo de sus fieles y devotos, es la de una encarnación de Dios y por tanto, como Él, eximido de todo deseo, de toda sexualidad y tentación. En ese subterfugio se contiene toda la doctrina. ¿Cómo podría la humanidad subsistir si todos los seres humanos adoptáramos esa forma de vida? Como no puede ser, sólo unos cuantos elegidos alcanzan ese estado y tienen la facultad mediúmnica de ser —mediante una suerte de conversión mental transitoria— ministros o encarnaciones de lo divino, célibes dedicados “en cuerpo y alma” a consolar a los desdichados que no pueden vivir en paz con su deseo, a afirmar su propio poder de absolver todas las debilidades humanas, a insuflar esperanzas a los pobres fieles de carne, irredimibles, que sólo se siente vivos cuando, como Tomás, tocan con la mano la llaga de la encarnación y se someten al magisterio espiritual del sacerdote. Creo que fue Pablo de Tarso quien cambió el eros por el ágape, el anhelo de bien y de belleza por el sacrificio y por la entrega.

 
La visión de Las Luces

Ante un planteamiento semejante, paradójico y castrador de tantas potencialidades humanas, la filosofía de las luces proveyó a Occidente de un aparato crítico que le iba a permitir abordar temas esenciales para el humanismo y que habían sido relegados a la consideración de tabú por la compulsiva necesidad de oscuridad que propugnaron las iglesias.

Con la afirmación del paradigma cientificista frente al religioso, se procede a considerar al ser humano como centro de atención preferente para la reconstrucción del humanismo clásico de corte pagano, aquel que considera la religión como un mito necesario que provee al ser humano de ideas sobre el ser y el mundo, y que le sugiere un sentido existencial. 

La ilustración aparece como propuesta que pretende superar los lastres de un pensamiento alienado por los dogmas del judeocristianismo, y que produce la laicidad. Pero a ésta última le interesan sólo los aspectos que pueden ser medibles, controlables y reproducibles bajo la tutela de la ciencia. A través de esta ideología ilustrada hemos llegado a conocer más sobre algunos aspectos de nosotros mismos.

El ilustrado Freud quiso sentar las bases para un estudio científico del alma humana, de la psique. Miró en el interior y pudo estudiar las pulsiones básicas, los instintos. Observó los mecanismos básicos de la sexualidad y del erotismo, y llegó a descubrir las huellas que la cultura deja en el alma de los seres humanos. Jung, por su parte, trabajó sobre el imaginario colectivo y propuso mirar en otras tradiciones y culturas. Reich habló de la función del orgasmo y de las capacidades inmensas del ser humano cuando éste consigue librarse de la coraza muscular que le ha producido la ideología.

Junto al antiguo oscurantismo y conviviendo con él, empezamos los occidentales a descubrir la existencia de nuestro cuerpo y de los otros cuerpos, a mirar la naturaleza no como a la tierra de pecado y exilio sino como un mero conjunto de seres que evolucionan sin ningún propósito trascendente conocido, pero que están ahí y tienen peculiaridades.

La revolución de los sesenta vino a proponernos la liberación sexual, la superación de todas las narraciones y tabúes, la consecución del paraíso en la tierra. La religión oficial de occidente había mentido pero existían otras tradiciones religiosas. La mayoría de ellas no consideraban la sexualidad como una lacra sino, al contrario, como algo sagrado y en el caso del tantrismo incluso como vía espiritual. Pero aquella propuesta fue pronto convertida en mercancía estética y hoy en día ya casi nadie piensa que eso tenga en realidad demasiada importancia. Las costumbres sexuales de los pueblos son objeto de estudio para la etnografía y la antropología en general, pero estas ciencias no nos proponen un modelo de comportamiento sexual y, mucho menos aún, una moral. El relativismo desapasionado que inunda la actitud analítica impide la proposición de un sentido trascendente, la adquisición de significado. Cuando el mundo no tiene sentido para nosotros nos sentimos alienados, separados, inermes, a merced de la primera descripción que se nos presente, en forma documental y razonada, como fragmentos entre información indiscriminada y contradictoria o como ideología para el consumo en la publicidad.  

Diferenciación y alteridad

Aquel humanismo de las luces es el que ahora se ahoga en el mercado, aquellas imágenes de los mitos son las que nutren ahora el panteón de la propaganda virtual, descontextualizadas y coercitivas, convertidas en objetos de consumo sexual a través de la tele-visión. La antigua y artesanal liturgia de las iglesias es sustituida por la liturgia de los medios de comunicación y los protocolos de las nuevas tecnologías. Pero el rebaño necesita ahora más que nunca la mediación porque el individuo ha perdido soberanía sobre sí mismo y sobre su mundo. A cambio de una hipotética seguridad material ha perdido la seguridad ontológica, porque ya no tiene una visión del mundo sino de sus imágenes y depende más que nunca de los sacerdotes que las producen y controlan.

Las referencias básicas sobre la sexualidad se ofrecen hoy a través de imágenes descontextualizadas. La aldea global se constituye sobre la sociedad de la información y la comunicación, pero desde una posición de ventaja para los poderes. El control de los medios y de las ideas contenidas en ellos apuntala la ideología favorable a sus intereses.

Una economía como la que proponen hoy esos poderes, basada exclusivamente en el consumo de bienes —materiales, culturales e incluso espirituales— sólo puede legitimarse a duras penas desde la presunción postilustrada —Bataille, Deleuze—  de que somos básicamente “máquinas deseantes” y que estamos abocados a vivir en un estado de insatisfacción estructural. Ello provee además, una explicación añadida al fracaso de las religiones en materia sexual, sin detenerse a considerar la posibilidad de que las otras ‘religiones’ tengan algo diferente que decir de lo expresado por el cristianismo romano.

Pero si observamos bien debajo de todo ello, nos damos cuenta de que la insatisfacción estructural no lo es tanto, de que existen grandes intereses detrás del mantenimiento de ese estado de cosas. Los pueblos que aún conservan algo de sus tradiciones y de su medio natural no viven en un estado de permanente insatisfacción. Existen aún seres humanos que, viendo una fruta que les apetece, la cogen del árbol y se la comen, sienten deseos de hacer el amor con sus mujeres y van a buscarlas, pero los ciudadanos de las culturas urbanas, por el contrario, están siempre alienados, alejados de los objetos de su deseo. Están, por decirlo de alguna manera, puenteados, mediatizados desde los poderes.

Diferir la satisfacción del propio deseo a causa de los imponderables es signo de madurez —los niños se hacen adultos aprendiendo a esperar— Diferirlo como medio para aprovechar, sublimándola, la energía que produce, también entra dentro de las potencialidades humanas, pero negar sistemáticamente la satisfacción de los deseos para crear artificialmente otros deseos que se satisfacen en el mercado es un crimen contra la humanidad casi tan devastador como el genocidio. De hecho es una forma soterrada de genocidio porque propone una comunidad de seres anónimos e iguales, una sociedad clónica en la que la sexualidad es un ámbito más para el consumo.  

Pero aún siendo la sexualidad el medio por el cual se expresa y realiza el instinto de reproducción entre los seres diferenciados, en el caso del ser humano existen otras funciones, además de ésta, propias de su naturaleza racional y espiritual.

La diferenciación sexual, la existencia de diferencias funcionales entre los sexos, alcanza su máxima expresión entre los animales y hace posible, entre los seres humanos, la expresión erótica en sus múltiples facetas: gestual, ritual, psicológica, emocional, fisiológica, etc. No existe un solo ser humano completo sino más bien una humanidad que se realiza en el encuentro entre criaturas divididas. Esta diferenciación y esta complementariedad establecen la tensión y alteridad necesarias para que se manifieste el deseo, para que exista movimiento, aproximación o rechazo. Incluso en el caso de la homosexualidad, la diferenciación en los roles es una realidad argumental ineludible, porque no hay sexualidad sin alteridad, como no hay yo sin otro. Ni siquiera el onanista puede eludir la polaridad porque la autosatisfacción requiere y establece una tensión dramática entre un cuerpo que siente y desea y un yo que quiere hacer suyo este deseo, sentirse cuerpo, y encuentra placer en ello.

La sexualidad se expresa ritualmente según las narraciones de cada cultura, pero en casi todos los casos es considerada como una experiencia trascendente, unitiva, reintegradora y misteriosa. Que la sexualidad sirva a la supervivencia de la especie no es motivo de sufrimiento sino de gozo, y el placer que procura no es abominable sino un favor de Dios. Buscar el placer no es una acción abominable sino la expresión de una naturaleza que surge en la diferencia y quiere retornar al Uno sin fisuras, y que se debate en la danza entre la unión y la separación. Es la expresión de la vida, el signo por antonomasia de la creación.

Sexualidad islámica

Si comparamos las limitaciones legales que establece la Sharía islámica en relación a la sexualidad con las que existen en otras legislaciones, podemos deducir que la moral sexual derivada del Corán y la Sunnah es amplia y comprensiva de la naturaleza humana.

El modelo de ser humano para los musulmanes es sin duda el profeta Muhammad, la paz sea con él. Y es un ser humano íntegro, completo, que no está alienado de ninguna de las capacidades y funciones humanas sino que las expresa en un grado para nosotros inimitable.

Cuando el profeta expresa sus preferencias existenciales se refiere con toda llaneza a su gusto por la oración, las mujeres y los perfumes, inclinaciones todas ellas hacia la paz, el placer y la belleza. En ningún momento de su vida dio a entender que el musulmán hubiera de renunciar a su naturaleza, sino que indicó un camino de autoconocimiento que lleva a la expresión integral de la naturaleza humana, incluida por supuesto y sin ningún problema, la sexualidad. También expresó en repetidas ocasiones que, cuando alguien satisface legítimamente sus deseos sexuales, realiza con ello una buena obra —hásana— merecedora de la recompensa divina. En este punto podemos ver que, lejos de constituir un pecado o un mal, la satisfacción del deseo no es sino expresión de la voluntad divina, que es creadora de diferencia y de tensión, generadora de mundos y existencia.

Dios quiere que el órgano ejerza su función para que tenga un sentido la creación, para que ésta no se realice en vano. Dios no es un creador de dioses inermes, de escayolas ensangrentadas que representan a la muerte, sino creador de vida, de tensión, de lenguaje, creador de lo que el ser humano puede llegar a comprender si rompe el espejo y su yo se aniquila y extingue.

Se narra en los hadices que el profeta afirmó que cuando un ser humano sometido a la voluntad de Allah contempla a su mujer y ella le devuelve la mirada, Allah les regala a ambos Su misericordia en esa mirada. Y que cuando toma su mano y ella toma la suya, “las faltas se escapan por las rendijas que quedan entre sus dedos entrelazados”, y que cuando yacen juntos “los ángeles les rodean desde la tierra hasta cénit del cielo”. También dijo que la voluptuosidad y el deseo tienen la belleza de las montañas y que cuando la mujer concibe, su premio es el mismo que el del ayuno, la oración y el yihad; y que cuando da a luz, el alma “no puede concebir cuánta será la alegría y cuánto el frescor concedido a su mirada”.

En esa misma armonía, el paraíso está lleno de rincones donde las huríes expresan de manera sublime la belleza, y donde la unión procura un gozo milenario. Cielo sobre cielo, más arriba o más cerca o más lejos, el viaje a otros mundos implica otros encuentros. Siempre que haya un yo habrá otro —pues el yo sin otro es Él— y si, por Su deseo de crear la conciencia, Él nos hace vivir en este y en otros mundos, no será sino para conocerse a Sí mismo en sus criaturas, en esos yoes constituyentes de conciencia que somos nosotros.

El ser humano que vive sometiéndose a Dios es Su jalifa, Su ser humano que Le expresa a Él, que Le significa ante las demás criaturas. Hace el amor en Su nombre, como todo aquello que hace, en nombre del Compasivo, del Misericordioso, del Conocedor de la grandeza y de todas las miserias humanas.

Tal vez eso explique la necesidad de intimidad que tenemos los musulmanes. Quizás porque gozamos tanto con los favores que Dios nos procura en Su haram que no queremos perderlos en aquello que Él nos ha hecho ilícito. El musulmán pecador siempre será un mal pecador porque su dios es un dios compasivo, todo misericordia, que no deja que Su siervo se sienta culpable, que sólo le advierte, le amonesta, y que cuando le constriñe hasta la conciencia de Sí, lo aniquila completamente. No hay espacio ni excusa para sentirse culpables de nada, sino responsables de todo, depositarios de la ámana.

Por eso cuidamos nuestra intimidad, porque el abrazo sexual es la expresión más profunda de nuestra verdadera naturaleza de seres divididos que anhelamos la unión. La unión amorosa procura la extinción de los amantes en el puro placer de Dios. Es una degustación de lo que es puro y sagrado y no debe servir a otra cosa más que a la expresión divina que se esconde en nosotros. Los frutos del amor no son frutos prohibidos, sino más bien un tesoro escondido pues sólo aquello que Allah nos ha hecho lícito puede procurarnos la liberación. No nos preocupan las apariencias, no necesitamos de las imágenes, nos basta con sentir con todo nuestro ser la nada que somos, en la más absoluta intimidad. Él conoce las razones por las cuales crea el mundo como quiere y nos crea a nosotros y nos invita a comprenderLe en Su creación.

Nuestro querido Al Gazali dijo que la visión de Dios en la mujer es la más perfecta de todas. Lo mismo se aplica a la visión de Dios en el hombre. La belleza es un atributo divino y cuando la sentimos con claridad e intensidad el mundo se sacraliza inevitablemente. El deseo de unirnos con esa belleza, de hacernos uno con ella, no puede ser considerado sino como expresión de nuestra más honda y legítima aspiración, la de cerrar la herida que nos supuso el lenguaje, la de recuperar la conciencia anterior a nuestra caída en el mundo de la moral y de las leyes.

Sobre la relación conyugal, el Corán es bastante explícito:

“Vuestras mujeres son vuestro campo de cultivo; id, pues, a vuestro campo de cultivo como queráis, haciendo preceder algo para vuestras almas, y mantenéos conscientes de Dios, y sabed que Le encontraréis. Y da buenas nuevas a los que creen.” (Corán, 2, 223)

Según Muhámmad Asad, este aya postula una relación espiritual entre hombre y mujer como base indispensable de las relaciones sexuales. No existe entonces una sexualidad alienada, separada de la experiencia humana integral, sino una sexualidad que procura al ser humano la extinción en la Realidad Única.

La interpretación tradicional de este aya apunta a que Allah propone al ser humano una sexualidad sin tabúes corporales, que admite todas las formas y posiciones de realizar el coito, pero también podemos deducir que Allah nos está revelando uno de Sus más preciados secretos: Una vez que se han establecido las cualidades de la relación y se ha instado al ser humano a buscar la unión sexual, Allah dice “y mantenéos conscientes de Dios, y sabed que le encontraréis.”

Con ello Allah nos propone nada más y nada menos que la conciencia de Él durante el abrazo sexual y la consiguiente extinción en Él —fanah fillah— que supone el orgasmo, la cesación de la separatidad, de la ilusión del nafs, al extinguirse éste con el deseo.

No he encontrado una manera más llana y clara de describir la naturaleza de la sexualidad humana. Allah nos dice que el erotismo tiene un propósito espiritual, reintegrador de la criatura, que es bálsamo que mitiga su separatidad, y que le conecta con los estados superiores de la conciencia en los que se diluyen los espejismos.

El Corán considera el amor como una virtud y los gozos que procura la unión como tayali, como manifestación anticipada del placer inenarrable de la criatura olvidadiza que se reintegra a la Realidad, y durante el orgasmo, la criatura es sustraida de la conciencia de sí y aniquilada por un momento en Él. Allí Le encuentra, como dice el Corán.  Y también leemos en la revelación: Di: “¿Quien ha de prohibir la belleza que Dios ha creado para Sus criaturas y las cosas buenas de que os ha proveído?”(Corán, 7, 32)

No hay un espíritu encarnado en los cuerpos sino cuerpos que expresan una realidad trascendente. No hay mal en el deseo porque éste es la expresión categórica del misterio de la creación. No hay que redimir un cuerpo culpable sino realizarlo de la manera más humana posible, y esta manera la conocemos bien desde que nacemos. No tenemos que ir a una escuela para aprender a hacer el amor. El amor penetra en los amantes y los arrastra hasta precipitarlos en la más dulce aniquilación. Asume miles de formas, caricias, gestos y palabras, pero se muestra inasible entre los amantes, escurridizo como un secreto.

Una interpretación espiritual

En el marco de interpretación de la espiritualidad iraní, —el ta’wil  de los sufíes avicenianos— encontramos algunas claves que pueden ayudarnos a comprender esas energías inefables que nos recorren y constituyen. Semnani nos dice que los siete niveles semánticos del Qur’án se corresponden con la estructura de una fisiología de la luz que se articula en siete órganos sutiles —latifa— que nos constituyen y que expresan “Los siete profetas de nuestro ser”. La relación con los chacram del tantrismo es más que evidente, pero nos interesa, sobre todo, entender el sentido de esta fisiología espiritual, el crecimiento progresivo de estos órganos sutiles que procuran a la conciencia la revelación que cada profeta implica.

Estos centros sutiles son otros tantos niveles de significado, siete revelaciones que hacen progresivamente consciente al ser humano de la Realidad que trasciende su percepción ordinaria, que le ayudan a encontrar su verdadero yo entre los velos lingüísticos que inundan su existencia.

El primer chacra del tantrismo se denomina Chacra Raíz y está situado en la base de la columna vertebral. Es la sede de la energía vital y de la sensualidad. Esa misma energía irá ascendiendo a través de esos chacram —Esplénico, Umbilical, Cardíaco, Laríngeo, Frontal— hasta llegar al Chacra Coronal donde se hace consciente de su cosmicidad y universalidad, es decir, autoconsciente.

Semnani se refiere a ese centro raíz como “órgano corporal sutil” —latifa qalabiya— y tiene el significado de ‘molde’. Comienza a formarse una vez completado el cuerpo físico y no es sino la horma —forma— del cuerpo que renace incesantemente, la conciencia de la resurrección, la matriz energética del ‘hombre de luz’ que es el Adam de nuestro ser, la materia negra, la tiniebla del deseo.

“Y dijimos: ‘¡Oh Adam! Habita con tu esposa en este jardín’.” (Corán, 2, 35)

Es el molde que nos permite actualizarnos y vivirnos como cuerpos físicos, la conciencia del estado puro, la fitra escondida en el deseo. El Adam de nuestro ser es la memoria del Insan al Kamil que nos permitirá ascender por el camino espiritual, de latifa en latifa, de revelación en revelación, hasta extinguirnos en la Creación y resucitar en la Verdad, hasta alcanzar la corona de nuestros deseos, el centro divino de nuestro ser —latifa haqqiya— nuestro yo verdadero.

De ese último maqam dice Henry Corbin que es “el que oculta la rara perla muhammadiana, es decir, el órgano sutil que es el Verdadero Yo y cuyo embrión comienza a formarse en el centro sutil del Corazón, en el Ibrahim de tu ser.” (1) Es la luz verde brillante de la resurrección, el esplendor de la existencia, la belleza sin ninguna constricción de Muhámmad, la salat de Allah sea sobre él y la paz sobre quienes le siguen.

Semnani nos propone una vía para la comprensión de nuestra existencia, una vía para acercarnos a la revelación, al significado, que no es otra que la interiorización:

“Cada vez que en el Libro oyes las palabras dirigidas a Adam, escúchalas a través del órgano de tu cuerpo sutil [...] Medita sobre aquello que simboliza.”

El Adam de nuestro ser, nuestro centro raíz, efectivamente, es el molde de nuestra existencia, la horma original de nuestra conciencia como seres humanos. En este centro sutil prende la llama del deseo, la conciencia de la separatidad, del yo, el puro anhelo de retornar que tiene el nafs nada más emerger a la existencia.

De esta tierra de Adam dice el Corán:

“y en la tierra tendréis vuestra morada y bienes de que disfrutar por un tiempo: en ella viviréis, —añadió— en ella moriréis y en ella seréis resucitados.” (Corán, 7, 24)

Allah nos dice que en esa tierra de Adam, tierra de la palabra y del deseo, tienen lugar la vida y la muerte, el movimiento y la quietud. Esa es nuestra morada en el tiempo, “por un tiempo”, nos dice el Corán, la morada de la separatidad y de la diferencia, la tierra del secreto. En este maqam nacemos y morimos, aquí se produce el fana fillah  y curiosamente a esta tierra se refiere el nafs perfecto del Profeta cuando expresa su gusto por las mujeres. El Corán sigue señalándonos la dirección:

“Este mensaje te transmitimos y esta nueva llena de sabiduría: Ciertamente, para Allah, la naturaleza de Isa es como la naturaleza de Adam, a quien Él creó de tierra y luego le dijo: ‘Sé’ y es.” (Corán, 3, 58-59)

Siguiendo esta aya, podemos ver que la tierra sutil de Adam está íntimamente ligada a la tierra sutil de Isa —latifa jafiya— que es el lugar donde se recibe la inspiración del Ruh, del Espíritu Santo, revelación que anuncia la realización muhammadiana y el fin de la experiencia profética. Si Adam es la materia negra del principio, la oscuridad misma del deseo, Isa es la luz negra que nos describe Naim Razi, la Noche Luminosa que no conoce tiniebla. Comprender el sentido de nuestro Adam es aceptar nuestro nacimiento como criaturas sometidas a la prueba de la diferenciación, y abocadas a la sexualidad como vía de reintegración y permanencia. Llegar al Isa de nuestro ser es articular la última palabra, la que anuncia el nacimiento espiritual, la realización, el Muhammad de nuestro ser.

Adam es una materia que habla, una materia a la que Allah ha confiado el nombre de todos los seres, y ha hecho un espejo donde mirarSe. La diferenciación y la separatidad son, al mismo tiempo, las de los cuerpos y las de las palabras:

 “Y, he ahí, que tu Sustentador dijo a los ángeles: “¡Ciertamente, voy a crear un ser humano de arcilla sonora, de cieno oscuro transmutado; (Corán, 7, 28)

Arcilla sonora, tierra que habla, hombre y mujer primordiales que, precisamente por hablar, por otorgar realidad a los nombres, a los conceptos y a los valores:

“... se volvieron conscientes de su desnudez y comenzaron a cubrirse con hojas del jardín.” (Corán 7, 21)

Hasta ese momento, hasta que no sucumbieron a la palabra, no había conciencia del yo ni del otro y vivían en el puro placer de Dios, Único y sin fisuras, pero la racionalidad se levantó como espejo que refleja la desnudez. Es el lenguaje el que nos condena al exilio, el que obliga al Adam de nuestro ser a iniciar la Hégira de su retorno. La conciencia de nuestra desnudez nos vuelve pudorosos, la fitra deviene en una ley y en una moral, en un código de valores surgidos de la degustación y disfrute de las palabras.

Pero, por un momento, durante el orgasmo, el ser humano tiene la experiencia de Dios, su nafs se aniquila en la Verdad, sus palabras quedan sobrepasadas por el sentimiento, y el deseo, fruto de aquel espejo, de aquella conciencia racional que le constituyó, desaparece en su satisfacción y con él desaparecen también aquella conciencia y aquel espejo.

Así pues, vemos que, tanto el Corán como la Sunna consideran la sexualidad humana como vía espiritual y que ese camino es, sobre todo, un itinerario de la conciencia.

En ese contexto, el concepto de perversión hay que buscarlo en el distanciamiento de ese itinerario espiritual. Por eso, los límites que encuentra la sexualidad islámica tienen que ver con evitar ese distanciamiento y por eso mismo también, como dijimos antes, encontramos los musulmanes tanto placer en la sexualidad que Allah nos propone. No hay posibilidad de errar donde el objeto de nuestro deseo es la extinción en Él, porque entonces hombre y mujer asisten juntos a la disolución y no se frustran en la vana esperanza de otro u otra que Él. Así el abrazo sexual no es sino la más alta de las expresiones existenciales humanas porque no implica sólo la distensión de los cuerpos sino la cesación de la Creación de Dios en Su Presencia. 

 

Notas

1. Corbin, Henry. El hombre de luz en el sufismo iranio. Ediciones Siruela. Madrid 2000.

 

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